Los incendios australianos como símbolo, a la vez que aviso

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Decir que han ardido en Australia 11 millones de hectáreas significa un desastre sin precedentes; ¡Desde octubre y tantos millones! Algo así como toda Bulgaria, que en los mapas de Europa se ve de buen tamaño; o si lo prefieren lo equivalente a una quinta parte de España. Semejante magnitud asusta, nos coloca ante la intemperie pues algo así podría suceder en otro lugar. Pocas veces somos conscientes del reto ambiental que tenemos por delante, algo enorme que cuestiona el futuro ambiental, económico y social. Los incendios son a la vez símbolo de una naturaleza entrópica, de un calentamiento global, de unas dinámicas climáticas extremas con episodios rápidos y graves, pero ante todo evidencian un desprecio grave de gobiernos y ciudadanos ante lo que supone vivir al límite de lo desconocido. Las autoridades australianas, que desprecian eso del cambio climático, han reaccionado tarde y mal; en Australia del Sur se han cargado a los dromedarios salvajes para que no se bebiesen el agua superficial. Pasado unos días, si los incendios se llegan a apagar, las cenizas del olvido laminarán la catástrofe, a pesar de haber tenido que suspender los entrenamientos del Open de Australia por la mala calidad del aire. El olvido y la dejadez reinarán hasta que llegue otra catástrofe de mismo signo o no, allí o en cualquier parte del mundo. Poco importarán los daños ambientales y a la salud de las personas, poco habremos aprendido lejos de Australia, ni siquiera nos quedará el aviso de uno de los símbolos de la incertidumbre: se nos quema la casa. 

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