Cuando un monte se quema deja una cicatriz en el alma

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La naturaleza tiene sus ritmos, va y viene y sufre acelerones y contratiempos. Entre estos, los incendios son una parte de la vida cuando los provocan causas propias. Cuando llevan el rastro de la negligencia o intencionalidad humana lastiman el entramado de los ecosistemas y atentan contra las emociones colectivas. Sucede en todo el mundo, pero ahora ha ocurrido en donde uno nació, el territorio monegrino, una joya de la estepa mediterránea. Este ecosistema árido representa un escenario en donde seres vivos y personas viven en condiciones duras, pues la climatología los somete al calor tórrido en verano y al frío y las nieblas en invierno; todo en el contexto de la escasez de precipitaciones. Un lugar pleno de belleza, aunque no dominen los verdes exultantes, y resistencia. Ahora se ha quemado una parte. Una supuesta competición deportiva en “buggys” provocó que uno de estos cacharros ardiera y encendiera la mecha; la negligencia o el descuido portan siempre el apellido humano. Como también la lucha que desplegaron ante las llamas los habitantes del lugar, junto con las brigadas forestales, para evitar que el fuego se extendiera.

El monte no pertenece a nadie, solo a sí mismo y a sus pobladores vegetales y animales. Es de uso colectivo transitorio, respetando sus ritmos para que siga viviendo y nuestros descendientes puedan disfrutarlo. Cuando las condiciones meteorológicas del verano son extremas, altísimas temperaturas con escasa humedad y vientos, el horno está preparado. El incendio de la Sierra de Alcubierre cercó el Santuario de la Virgen de Magallón, nuestro icono afectivo; acabó con el intento de reverdecer sus alrededores que algunos acometimos hace 40 años. ¡Qué no habrá visto este edificio en sus más de seis siglos de existencia! Este enclave físico y sentimental queda aislado en un fondo negro, con una cicatriz en los afectos de mucha gente. Algo se nos ha muerto en el alma de los lugareños de Leciñena, Robres y Perdiguera.

Los bosques se seguirán quemando, en su errante devenir entrópico. En este caso, por fortuna, las llamas fueron controladas tras quemar 1200 hectáreas, justo delante de la principal masa boscosa de la Sierra de Alcubierre, imagen y reverso del transcurrir de milenios de vida. Su desaparición hubiera sido un irreversible golpe para el territorio monegrino y, por extensión, para la ciudad de Zaragoza. Por eso, urgen políticas activas de protección del monte y los bosques, impidiendo también que los urbanitas los empleen sin respeto para sus caprichos expansivos. 

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