El prodigioso vidrio tiene muchas vidas si la gente colabora. ¿Cómo lo hace usted?

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De Ecoescuela abierta en El Diario de la Educación.

Seguro que en algún momento nos han atraído las botellas de vidrio, más ahora que las fabrican de tantas formas y colores. Como muchos de los antiguos adelantos, su historia es apasionante desde que aparecieron en Egipto o Mesopotamia hace unos 3.000 años. A partir de ahí llegó la revolución, primero se emplearon para guardar cosmética; después los antiguos romanos adoptaron esas vasijas para servir sus vinos en la mesa de los ricos. Quizás estas dos funciones (ser contenedores de perfumes y vino), además de su transparencia, estuvieron en el origen de la alta consideración que las botellas de vidrio han tenido siempre. 

Pocos dudan hoy que la sociedad tiene que volverse ecologista, a la vez realista, y no puede malgastar materias primas ni energía. Recoger el vidrio para darle una segunda vida, y muchos más usos, supone la no emisión de millones de toneladas de gases de efecto invernadero y se evita la extracción de millones de toneladas de materias primas. El vidrio de ida y vuelta emite destellos de una sociedad coherente, en forma de botellas y envases de distintos tipos y colores, que parece que están diciéndonos: úsame de nuevo o llévame al contenedor verde. Semejante logro daría sentido a lo que en nuestra sociedad es una tarea pendiente: la economía circular, de la que hay gente que “no ha oído hablar”. Hay que educar a los ciudadanos en este nuevo modelo de producción y vida.

De esto se debe hablar en las escuelas, al alumnado de cualquier edad. Uno de los temas del desarrollo curricular de muchos cursos trata de los materiales en la vida diaria. Por cierto, no estaría de más conocer qué materias primas y cantidad de energía se emplean para fabricar inicialmente el vidrio –junto con las emisiones que conlleva–, y cuáles si se hace mediante el reciclado de los frascos y botellas triturados.

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