La transición climática de los bosques no es sencilla; el tiempo los encorre

Cada cual, unos más que otros, se prepara para llevar a cabo su transición climática. Todo el mundo biológico está en marcha, adaptándose a la entropía que siempre nos dominará. Escuchamos noticias de variaciones en la vida de animales y plantas, que colonizan sitios antes impensables, como algunas aves migratorias africanas que se quedan en España a pasar el invierno y se irán de veraneo a Europa del Norte. Las personas también caminan en diferentes direcciones. Los aciertos y los errores se combinan: unas veces empujados por la ignorancia, otras por la imposibilidad de recorrer semejante camino en tan poco tiempo.

Los bosques aguantan como pueden los embates del cambio climático. La debilidad permite que agentes patógenos se ceben en ellos, o será cosa de la entropía permanente de la naturaleza, que así acaba con el arbolado más debilitado. Sin frío proliferan más los atacantes, sin agua los árboles no son capaces de generar estructuras resistentes que les hagan frente. El antropizado cambio climático actúa de impulsor del deterioro global que padecen ya casi una cuarta parte de los bosques. Si alguien no lo cree, que pregunte a las encinas, acuciadas por sequías y lluvias torrenciales en el sur, que en tiempos sabían responder a los agentes patógenos con más o menos generación de biomasa y asignación de sus recursos. Seguro que las masas boscosas van a cambiar. ¿Hacia dónde? No se sabe porque el tiempo los encorre y ellos permanecen anclados en el suelo.