Si la vida de las abejas es un buen indicador ambiental; estamos abocados a la enfermedad

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Nadie discute el poder de las abejas –polinizan uno de cada tres alimentos que nos llevamos a la boca-, como los beneficios de otros muchos insectos que contribuyen a que la naturaleza sea como es y nos aprovechemos todos de su riqueza. Pero claro, llegaron los insecticidas y pesticidas y el mundo natural dejó de ser libre. Los ciudadanos, sin poder de veto, confiábamos en que nuestros representantes en Bruselas no sucumbieran a las grandes químicas que han estado empujando más de dos años para que el glifosato siguiera autorizado. Pero no, la UE les dio permiso para otros cinco años, con el visto bueno de los países poderosos y el silencio cómplice de otros. Sepan también que los neonicotinoides van exterminando progresivamente a las abejas, aunque las empresas que los comercializan como Bayer o Syngenta lo niegan. Pero sepan que esos venenos también pueden haber llegado al agua que después beberemos nosotros. De esta no nos salva ni Greenpeace, que lleva años peleando por las abejas, confiado de que la vida de estos invertebrados alados y sus parientes es un buen indicador de salud ambiental y social.

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