El año de los camélidos, un acertado homenaje a sus servicios en todo el mundo y en reconocimiento a sus adaptaciones

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Reconozco que de chico me resultaban indiferentes, a no ser porque los Reyes habían venido en ellos varias veces a traerme regalos y les ponía un poco de cebada para que se alimentaran. También por verlos en el cine con Lawrence de Arabia. De joven tuve algún contacto con ellos, más que nada porque entonces fumaba, desconocedor de los problemas del tabaco. Había una marca “Camel” que se ilustraba con un dromedario, y el error al identificarlo me persiguió durante un tiempo, por la cosa de una o dos jorobas. Luego supe que unos, los del cartel del tabaco eran mayormente africanos y otros, de dos jorobas, asiáticos y a partir de ahí ya no hubo errores. Mi sorpresa fue conocer que el género Camellus era mucho más amplio, incluía unos camélidos americanos que me resultaban simpáticos: las lamas, alpacas y vicuñas. Cuando la cosa me interesó, ya de profesor, me asombré de que tuviesen tres estómagos, de que su ovulación fuese inducida, de que las dos extremidades del mismo lado se moviesen simultáneamente y del poder nutritivo de su leche, y de otras cosas que cuenta National Geographic. Por eso me parece genial que los Reyes Magos sigan trayendo los juguetes todos los años montados en ellos. De no ser así caerían en el olvido, como otras muchas especies. Si tuviera alguna influencia intentaría que las ONG ambientalistas celebrasen por todo lo grande el “Año Internacional de los camélidos”, como ha hecho la FAO con el año que ahora comienza.

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