Un mundo creciente de desigualdades nos hace dudar de la existencia del principio ético que debería sostener la vida en común

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Los informes de Oxfam suponen cada año, coincidiendo con la Cumbre de Davos, una mirada crítica a la vida colectiva. El título de los últimos ya resulta esclarecedor: Gobernar para las élites (2014), Riqueza: tenerlo todo y querer más (2015), Una economía al servicio del 1 % (2016) y Una economía al servicio del 99 %. El de este año “Premiar el trabajo no la riqueza” alerta de que el año pasado el número de personas cuyas fortunas superan los mil millones se incrementó en dos cada día. Este incremento podría haber acabado con la pobreza extrema siete veces. Esto sucede porque la riqueza extrema de unos pocos se acumula sobre el trabajo peligroso y mal remunerado de una mayoría. En España, la mejora económica global ha beneficiado cuatro veces más a los ricos, el 57% de la riqueza en España está en manos del 10% de la población desde los años 80; así no es extraño que nos encontremos a la cabeza de la desigualdad en la UE.

P.D.: Una pregunta para los adultos en el Día Escolar de la No-Violencia: ¿Puede haber paz duradera con semejante desigualdad global?

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