Internet nos cablea tanto que nos coloca entre el riesgo de la sobreexposición y el aprendizaje crítico

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España era hace un año uno de los países donde más uso se hacía de Internet. Nuestros chicos y chicas, jóvenes adolescentes, manifiestas que no estar conectados un día a las redes supone una grave decepción existencial. A la vez, algunos pueden estar interactuando con sus terminales hasta 6 horas diarias; lo confiesan alguno de mis alumnos y alumnas. Si es bueno o malo depende de qué y cómo lo hagan. Seguramente el asunto le interesaría a don Santiago Ramón y Cajal; ya lo imagino recibiendo otro Nobel por sus estudios. Si lo valoramos en porcentaje de la vida enganchados a la red desde aquí lo vemos excesivo. Será más saludable comunicarse con la persona de al lado, realizar actividades conjuntas, practicar algún deporte, leer un buen libro, participar en ilusiones colectivas y, si sobra tiempo, darle al dedo digital; a no ser que se utilice para el aprendizaje crítico y el fomento de la inteligencia emocional, que parece que no sucede en la mayoría de las ocasiones. En cualquier caso, esta sociedad debería preocuparse por la intromisión desaforada de las tecnologías en la vida de los jóvenes, debería pensar si el asunto se nos está yendo de las manos. Pero, ¿Quiénes forman la sociedad?

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