Llegó el verano. Los bosques tiemblan de miedo.

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El misterio los enturbió desde que Perrault y los hermanos Grimm los llenaron de peligros, como si la masa boscosa –allá donde el sigilo se escribe con sombras y marañas– tuviese que ser inhóspita y solo albergase alimañas. Esa leyenda los acompañó siempre, Disney lo escenificó, y con el tiempo se hizo historia. Debió ser por eso que a lo largo de los siglos se cometieron toda serie de tropelías contra ellos: talas abusivas, incendios y cosas por el estilo. Los bosques han debido sentir el abandono en el que siguen en demasiados lugares, a pesar de que allá por 1873 se publicó Wood’stown. Alphonse Daudet habla en este cuento fantástico de una ciudad hecha por los hombres con madera robada a un bosque cercano. Un comienzo de verano, en represalia, el bosque-ciudad reverdece y recupera el espacio perdido, llevándose por delante todas las edificaciones. 

Los bosques españoles ganan terreno pero pierden calidad; no todo es de color verde esperanza. En realidad están desatendidos: poco más de una décima parte de ellos cuenta con planes de gestión. Incluso el 70 % de los bosques protegidos –muchos de los 27 encuadrados en la Red Natura 2000-, se encuentra en un estado de conservación inadecuado o, directamente, malo, con una salud muy mermada por la actividad humana y por la falta de cuidados a pesar de los enormes beneficios que generan. Llegó el verano y los bosques tiemblan de miedo. Más de un individuo ya tiene la mecha en la mano.

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