La sabiduría de los árboles está a nuestro alcance; solamente hace falta saber mirar y escuchar

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Parte la tienen escrita en sus anillos, allí donde Schulman supo que “Matusalem” tenía dibujados 4.789 años. No tardó mucho en encontrar señales sobre la atmósfera de los tiempos pasados y remotos. Nos preguntamos qué nos querrán decir el ahuehuete de Santa María de Tule en la Oaxaca mexicana con sus 36 metros de perímetro y unos 11,50 de diámetro. Acaso no habrá presenciado escenas convulsas, habrá tenido noticia por las aves de otras lejanas y próximas. Su historia será diferente a la del olmo soriano que Antonio Machado admiró a pesar de su desgarbada figura. En tiempos se decía que el árbol del conocimiento del bien y del mal, aquel que Dios había colocado en el Edén y que pintó Lucas Cranach, originó el deambular humano. ¿Sería acaso un manzano? Sea como fuere ha dado para mucho; lo supo plasmar Pío Baroja en su “árbol de la ciencia”. Pero el árbol de la sabiduría tiene muchos formatos según las culturas: es un abedul para los pueblos europeos antiguos, el avellano podría ser el de los celtas, el baobab en África, el olivo por el mediterráneo, el bonsái oriental o aquel Elaeagnus angustifolia del Edén. Quizás el laurel griego (recuerdo de Dafne), que igual corona al poderoso que al sabio y poeta. Hay árboles singulares, otros centenarios, pero todos son sabios. Tanto que Herman Hesse decía que le habían dado siempre los sermones más profundos. Así los vio Mario Benedetti.

 

De árbol en árbol 

Los árboles/ ¿serán acaso solidarios?/ ¿digamos el castaño de los Campos Elíseos/ con el quebracho de Entre  Ríos/ o los olivos de Jaén/ con los sauces de Tacuarembó?

¿Le avisará la encina de Westfalia/ al flaco alerce de Tirol/ que administre mejor su trementina?

Y el caucho de Pará/ o el baobab en las márgenes del Cuanza/ ¿provocarán al fin la verde angustia/ de aquel ciprés de la Misión Dolores/ que cabeceaba en Frisco,  California?

¿Se sentirá el ombú en su Pampa de Rocío casi un hermano de la Ceiba antillana?

Los de este parque o aquella floresta/ ¿se dirán de copa a copa que el muérdago/ otrora tan sagrado entre los galos/ ahora es apenas un parásito/ con chupadores corticales?

¿Sabrán los cedros del Líbano/ y los caobos de Corinto/ que sus voraces enemigos/ no son la palma de Camagüey/ ni el eucalipto de Tasmania/ sino el hacha tenaz del leñador/ la sierra de las grandes madereras/ el rayo como látigo en la noche?

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