Elogio a la bella lata, resistente al tiempo; ahora arrinconada, aunque se vista de aluminio

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Belleza a primera vista, en cualquiera de las formas de presentación; resistente, fuerte como un metal y a la vez humilde como un trasto. Compacta en su conjunto, pero una vez abierta, aunque nada más por una rendija, se accede a nuevos universos de percepción.

Viejos ropajes os vistieron hace 200 años -dicen que para servir a los ejércitos napoleónicos acosados por el escorbuto-; ahora mutados en nuevos vestidos de aluminio inerte.

Tenías glamour cuando erais pocas y guardabais salazones diversos, aunque os apelasen laterío.

A menudo olvidadas en la cultura universal, excepto cuando Andy Wharhol os llenó de sopa de tomate y os vistió de Campbells rojos; o ese día en que Miguel Hernández, el insigne poeta cabrero, dijo que los ángeles con hojas de lata tocan a misa. Y también cuando Christine Nöstlinger imaginó a Konrad, aquel niño que salió de una lata de conservas.

En épocas pasadas fuisteis una de las reinas de la tienda de ultramarinos. Ahora os cambian por otros contenedores plastificados, os tiran porque lo nuevo sepulta rápido a lo tradicional. Menos mal que os dan varias vidas reciclándoos; siempre es un consuelo.

Merecéis aquello que dijo Jorge L. Borges de que “La belleza es ese misterio hermoso que no lo descifran ni la psicología ni la retórica.”

 

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