Entender los tipos de nubes no es solo un ejercicio escolar; las antroponubes lo complementan

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Pasamos mucho tiempo en la escuela para entender los diferentes tipos de nubes, de cómo se producían estas y si podían traer más o menos agua. Escuchamos los refranes populares y como son tan peculiares no acabamos de conocer los detalles de lo que anunciaban nubes y vientos. Ahora, a la clasificación -10 géneros, 15 especies, 9 variedades y 9 rasgos suplementarios de nubes que combinándolos pueden clasificar los tipos de nubosidad que se observen en el cielo desde cualquier lugar del mundo- de la Organización Meteorológica Mundial -que ha declarado este año como el dedicado a las nubes- se han añadido las “antroponubes” o “Cirrus Homogenitus”. Las hay altas, medias y bajas. Pero todas ellas tienen un origen común: se han originado por actividades humanas, y tienen una alta incidencia en los cambios climáticos. Si estamos atentos podremos descifrarlas y condicionar su evolución. El cielo ya forma parte de la “antroposfera”, aunque el cielo nunca será nuestro, aunque sea impetuoso y desgarrado por nuestra culpa, por más que consigamos lavarlo un poco, acaso debamos buscarlo allá donde se encuentran juntos el pájaro con la nube y el pino: en la vida de cada día.

No existe esponja para lavar el cielo
pero aunque pudieras enjabonarlo
y luego echarle baldes y baldes de mar
y colgarlo al sol para que se seque
siempre faltaría el pájaro en silencio.

No existen métodos para tocar el cielo
pero aunque te estiraras como una palma
y lograras rozarlo en tus delirios
y supieras al fin como es al tacto
siempre te faltaría la nube de algodón.

No existe un puente para cruzar el cielo
pero aunque consiguieras llegar a la otra orilla
a fuerza de memoria y pronósticos
y comprobaras que no es tan dificil
siempre te faltaría el pino del crepúsculo.

Eso es porque se trata de un cielo que no es tuyo
aunque sea impetuoso y desgarrado
en cambio cuando llegue al que te pertenece
no lo querrás lavar ni tocar ni cruzar
pero estarán el pájaro y la nube y el pino.

Mario Benedetti.

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