La inteligencia de los animales asombra a quienes olvidan qué son ellos

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Leímos en El País una reciente entrevista a Carl Safina, el autor de “Mentes maravillosas”, el libro que explora las conexiones cerebrales del mundo animal y que les recomendamos leer. Decía Safina que “veía en el pulpo una inteligencia propia de un extraterrestre”. Siempre nos pareció un animal singular. Por eso le dedicamos este cuento, esta parábola inédita que ya ha cumplido diez años (muchos más que cualquiera de sus congéneres, que con un par se despachan y así desaprovechan su maravillosa inteligencia):

El Octopus, 

Mentiría si les dijera que no sé quién soy, porque fui y sigo siendo la más lista criatura del reino animal, con permiso de unos pocos humanos. Por lo que se cuenta, permanecí oculto durante mucho tiempo en un poema infantil de Boy Lornsen, “Der Tintenfisch Paul Oktopus”. Seguro que ustedes no lo han leído. Tampoco yo, no sé leer. Me sacaron de él, la ignorancia humana es atrevida, cuando todas las máquinas electrónicas interconectadas fueron incapaces de predecir el futuro del mayor acontecimiento del mundo: el campeonato mundial de fútbol que se celebraba en 2006 en la Alemania reunificada y boyante. Muchos, demasiados, me conocen solamente por esto. Fui declarado la especie marina más insigne en Germania, en donde se me llamó “das Krakenorakel”  y mi fama se extendió al Reino Unido de la Gran Bretaña en donde fui nombrado como “The psychic Octopus” por los más reconocidos clubes balompédicos. Más tarde me adoptó la “Celtirroja pelotonera” y me hicieron una estatua que recorrió todas las capitales del suelo patrio para que quien lo desease pudiese hacerse una foto conmigo. Fueron 15 millones de instantáneas –las contó un insigne periodista de esos del fútbol pagado por la FIFA que todo lo paga-. Muchos establecimientos comerciales, bueno, algunos, fueron rebautizados con mi nombre; en otros colocaron imágenes mías en los escaparates, de variados tamaños y coloraciones más o menos acertadas.

El mundo se volvió “octopusiano u octopusino”, pues no se ponían de acuerdo en el calificativo. Muchos humanos quisieron copiar mi inteligencia, incluso se hicieron concursos de sabiduría en mi homenaje en las cadenas televisivas BBC y CNN, cuyos reporteros gráficos casi se convirtieron en mi sombra. Mi búsqueda en Internet arrasó. Pensé que el asunto terminaría ahí, pero no. Al principio, por qué no decirlo, me gustaba la cara de sorpresa que ponían los humanos cuando yo acertaba mis pronósticos futboleros. Todos los ojos pendientes de mí. Me pavoneaba ante los ¡Ohhhh! de admiración; si hubiera tenido pelo se me hubiera puesto como esparpias. Me henchía con la adulación universal, como hacen esos artistas que cantan o juegan al fútbol en el Real Madrid o el FC Barcelona. Pero lo que sucedió a continuación fue cargante, en cierto modo porque una estrella debe pagar más de una servidumbre, como les sucede a famosos que persiguen los paparazzi. Lo confieso sinceramente: no podía más. ¡A la mierda la fama! Varias sociedades protectoras de animales solicitaron mi liberación y el Zoo de Madrid pujó por mí. Fui nombrado hijo predilecto de Carballino. Todo esto a pesar de que las universidades de “Pierre y Marie Curie” de París, de Bath y de Cambridge quisieron echar lodo terrestre sobre mi fama. No digamos el daño moral que me produjo la maniobra del presidente iraní Ahmadineyad, que me acusó ser un agente de la propaganda occidental, de provocar una superstición mundial, y de haberme convertido en un símbolo de la decadencia y la podredumbre. A pesar de todos los sinsabores, mientras viví tuve la sensación de que mucha gente sana me adoró; en China me pusieron de protagonista en una película.

Imagino que con el tiempo nadie hablará de los pulpos. Antes solo se nos conocía algo porque Julio Verne intentó derrotarnos en sus viajes por el mundo submarino; no lo consiguió a pesar de lo que dejó escrito. Quien nos trató bien fue “El Roto”, que nos dibujó para la revista “Madriz” en forma de una lámpara y una fregona. No pudimos tener mejor homenaje pues esos utensilios no son sino luz y esclarecimiento universal. Sigo preguntándome desde tiempos inmemoriales sobre la influencia de la inteligencia animal en el espíritu, la cultura y las artes; en el fútbol no, va por otros derroteros.

P.D.: Tenía razón Paul; ahora nadie se acuerda de él ni de sus congéneres, excepto Safina.

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