No vamos a dedicarle una oda al papel higiénico, pero sí una mirada de agradecimiento y una propuesta de reducción

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Se cuenta que los chinos fueron los primeros en emplearlo, unos siglos antes de nuestra era, pero no debía estar muy extendido en aquellos años. En Roma no parecía un invento necesario, pues la gente, quién sabe si toda o no, se limpiaba con una esponja amarrada en el extremo de un palo, que se guardaba, cual si fuera una escobilla como las de hoy, en un cubo de agua salada. Durante muchos siglos la historia no se ocupó de este menester –parecería un poco escatológico y se llevaban más las guerras y esas cosas- aunque se supone que los pobres harían uso de lo que tuviesen más a mano mientras que la aristocracia se limpiaría con paños de algodón humedecidos en agua de rosas; eso sí, hasta que apareció en algunos baños el bidé. Cuentan los británicos que un paisano suyo, Joseph C. Gayetty empezó a comercializar allá por 1857 unas láminas de papel humedecidas con aloe, papel medicinal lo llamaban, que lógicamente estaba reservado para unos pocos por su prohibitivo precio; el resto de la gente seguía utilizando lo que tenía a mano, ya fuera vegetal o no. En 1880, los hermanos Scott, ¿seguro que les suenan porque los han visto en su baño” empiezan a comercializar un papel en rollo que se vendía casi a escondidas –ellos ni siquiera le pusieron su nombre- y que no debía ser muy fino todavía y erosionaba la salida del tubo digestivo, casi como aquel de la marca “El elefante” que hizo furor en la autárquica España. Dicen los mal pensados que la generalización del uso del papel higiénico fue un detalle de mejora social, vamos que como si hubiera ido parejo a la democracia. Incluso hemos leído que una marca ha creado la primera boutique del papel higiénico. Así se explica que hoy se puedan producir diariamente más de 80 millones de rollos, lo cual tiene un coste ambiental considerable en árboles cortados, clorados de agua en su producción, depuración de agua antes de verterla, etc. Después de dedicarle una mirada por el servicio prestado, no estará de más utilizar menos –puede que en España gastemos unos 3.000 millones de rollos al año- y apuntarse a la moda del chorrito que tan bien llevan los japoneses, o darle protagonismo al despreciado bidé que tenemos en los baños españoles.

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