La economía circular es el camino menos sinuoso para asegurar el futuro de todos, pero tiene badenes y alguna que otra cuesta

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¿Se acuerdan de aquel visionario llamado Ítalo Calvino? Allá por 1972 publicó Las ciudades invisibles. Una de estas, Leonia, sucumbía ante el avance inexorable de las basuras circundantes. Por aquel entonces todavía no nos esclavizaban las cosas; éramos pobres. Pero llegó la globalización, se divulgó por los medios de comunicación, y el consumo nos atrapó desde la mañana hasta la noche. Un sarcástico se inventó aquel lema propagandístico que inundó el mundo mundial: “¡Consúme (te)! Serás eternamente feliz y la envidia de tus vecinos. Y hala, todos a la marcha. Cuando la sociedad, algunas empresas avispadas estuvieron al loro, se sintió amenazada por el despilfarro de recursos no tuvo otra opción que transitar por la senda del reciclaje. Aparecieron como hongos los contenedores diferenciados en nuestras ciudades. ¡Uf, qué peso nos quitaron de encima! Pero claro, ¡no todo se recicla, ni se aprovecha todo de lo que se recicla! Un lema que liberamos gratis para figurar en los productos de consumo. A ver cuántas empresas caen. En serio, hay que hablar seriamente del consumo, preocupadamente diríamos. Dicen los expertos que cada vez más debemos acercarnos a la economía circular, que el reciclaje es insuficiente aunque llegásemos a niveles de eficacia que duplicasen los actuales. Por cierto, acércate al portal de Economía solidaria para contestar a esta pregunta: ¿consumes o te consumen? No dejen de leer el libro citado y sumergirse en esas ciudades.

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