La competencia para vivir la sostenibilidad

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Hace más de 6 años ya que en este blog empezamos a hablar de sostenibilidad, que no de sostenible. Pueden comprobarlo con una sencilla búsqueda y encontrarán las muchas esperanzas y a la vez dudas que nos ha suscitado.

Sostenibilidad se nos antoja mucho como habilidad. Ha irrumpido en el mundo de las palabras fetiches, mágicas, que con solo pronunciarlas, o adosarlas a cualquier lema o producto tienen inmediatos efectos sanadores. Pero llevada a la vida entra en el reino de la paradoja porque significa tanto competir con alguien o algo por más que sea un peligro y, a la vez, viene marcada de incumbencia que a todos afecta. Además de pericia, aptitud ante algo e idoneidad para enfrentarse a una situación que no se ha buscado. 

Resulta complicado llevar a cabo simplificaciones sobre un tema tan complejo como sostenibilidad, vivencia ciertamente utópica. Una máxima incierta en un mundo tan diverso y desigual como el actual, pleno de anuncios comerciales o políticos que la nombran. La sostenibilidad sería en sí misma una entelequia, pero es que además buena parte de lo que tenía su sentido primitivo ha sido manoseado en grado sumo en pocos años; los que lleva entre nosotros. Tanto es así, que las depredadoras energéticas se han colocado como apologistas de la sostenibilidad (sic). Por eso, algunos ya hablamos de “sostenibilidad de plastilina con fondo verde”, cual si fuera un cuadro surrelista -¿irracional o absurdo?- o dadaísta -empeñado en contrariar al bien ser ecosocial-. En resumen, en tiempos era una entelequia compleja que quería conquistar uno o muchos mundos vivenciales, ahora olvidados o perdidos. Vaya desde aquí la profunda crítica a este enrevesado mundo distópico.

Pero claro, la sostenibilidad no está encerrada en un concepto como área protegida o reserva natural. Afecta a muchos ámbitos, con intenciones diversas y beneficios buscados. La troceada sostenibilidad produce pena a quienes imaginamos que el mundo debería dirigirse hacia postulados colectivos. Ya se sabe que el ecosistema ecosocial exige un abordaje sistémico. Pero no es costumbre afrontarlo así, porque no se entiende así; prima lo mío o lo nuestro. Nos tememos que si triunfan transiciones hacia la sostenibilidad se limitarán a ámbitos concretos (uso de la energía, movilidad, etc.), que siempre vendrán bien como abordaje parcial o como cuña de entrada en la cultura social escasamente proactiva, pero dudamos que remuevan la compleja transición ecosocial que tan bien nos iría.

¿Y si intentáramos, cada cual en su medida, representarla?

P.D.: Un año ya de la invasión rusa de Ucrania y del comienzo de la negación de la sostenibilidad en una parte importante del distópico mundo que busca la derrota antes que la paz.

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