El oscuro encanto de la jerarquía climática

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No sé siquiera si el titular de la entrada puede sugerir algo. El paisano Luis Buñuel me prestó la idea en una película El discreto encanto de la burguesía estrenada en París en septiembre de 1972 y merecedora de diversos premios, entre ellos el Óscar a la mejor película de habla no inglesa. Contaba las singulares peripecias que ocurrieron antes/durante y después de una programada cena de tres parejas. A la reunión iban a acudir mandamases de oscuros negocios que manifestaban sus pesares por la gente atrapada en sus redes. Todos los poderes están en la diana del surrealismo de Buñuel. Merece la pena volver a verla y llevarla mentalmente al escenario climático.

A pesar de los 50 años transcurridos tiene plena solvencia para criticar lo poco que cambian los intereses particulares de los dirigentes de todo. Aunque se reúnan en Cumbres del Clima a las que acuden con alforjas llenas de intereses y disfrazados de distintos ropajes de correcta demanda global. Porque, al decir de algunos de los presentes, lo sucedido estos días en Egipto en la COP27 es surrealismo puro, que veríamos en clave de humor ácido, estilo El Roto, si no fuera por las desgracias globales que provoca. Todo ha quedado en subvenciones para ayudar a reparar desastres y descarbonizar en los países pobres pero se sigue sin asumir las causas de la crisis climática. La guerra de Ucrania ha podido con el clima, ha dado aire a las energías sucias.

A casi nadie se le escapa que la climática jerarquía (países grandes consumidores y los operadores energéticos) se halla dominada por lo equivalente en dineros e influencias, sin nacionalidades pero con naciones amigas. Ella hace consumible lo heterogéneo, se podría llamar vida, reduciéndolo a grandezas abstractas para que los individuos lo disfruten, o aspiren a ello, o enfermen por ello. Los números no se les agotan, siguen aquello del creced y multiplicaos. De vez en cuando se disfrazan de verde con «encantadoras promociones» y hasta pagan Conferencias climáticas o humanitarias que pretenden hacerles cosquillas. A modo de ejemplo las conclusiones de la COP26 de Glasgow para tener una idea de la oscura plática de la jerarquía climática, de lo lejos que estamos de sujetarnos al objetivo de + 1,5 ºC. De palabrerío verde y surrealismo climático calificaba un periodista la COP25 Chile-Madrid de 2019.

En cierto modo, esa gente pudiente prepara crisis más generalizadas y esconde las estrategias para prevenirlas, aunque con ello realimenten daños en salud económica, mundial y ambiental. Siempre tienen los grifos de la existencia mundial, el pueblo multirracial les importa poco; lo que diga la ciencia del IPCC tampoco.

Esta burguesía se parapeta en fondos de inversión con una carga lobista detrás. En realidad tiende a constituirse en Estado multinacional porque es la forma que responde mejor a sus intereses y garantiza un mayor desarrollo de las relaciones capitalistas. Toda su existencia es una eterna tragicomedia surrealista. 

Por qué dar vueltas alrededor del planeta con estos temas. Si el planeta está encogido; si por cualquier lado que lo miremos adivinamos algún tipo de magia burguesa que mueve los hilos de los intereses poco éticos. Sencillamente por eso hay que seguir con las cumbres sobre el clima; hasta que cambien y sean más eficaces.

Menos mal que arranca el Mundial de fútbol de Qatar y oscurecerá el fracaso edulcorado de la COP27. Allí se intuirán o nos asombrarán evidentes muestras de las oscuridades de la jerarquía balompédica mundial, en un país poco ético a la hora de asegurar los derechos humanos de sus habitantes. Por eso las televisiones sólo hablarán del balón rodante, evitando imágenes y comentarios «superfluos».

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