La anónima culpa de los niños sin escolarizar, o sin educación de calidad

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Niños y niñas, adolescentes sin una posibilidad de subir peldaños en su formación personal. Las escalas sociales se agrandan. Pocos dicen algo. La educación tiene una autoría anónima y como tal si falta las culpas se diluyen. Se dijo en tiempos aquello de que el Objetivo de Desarrollo Sostenible núm. 4 nos iba a llevar a una educación de calidad en el año 2030, o casi porque los puntos de partida no eran similares en todo el mundo. 

Acabamos de conocer el informe «Establecimiento de compromisos: puntos de referencia nacionales del ODS 4 para transformar la educación» (por ahora el texto completo en inglés). El asunto no va bien. Incluso da vergüenza leer algunos párrafos que muestran la deshumanización educativa. Porque, ya decía Emilio Lledó que «la riqueza del pueblo no es la del suelo, sino la del cerebro».

Eso se traduce en estos momentos en que 84 millones de niños y niñas corren el riesgo de estar sin escolarizar en 2030. De ahí que el Secretario General de las Naciones Unidas convocase la Cumbre de Transformación de la Educación (aquí entran los países pobres y los niños y niñas de los países ricos que viven en entornos de pobreza o riesgo de exclusión) con el objetivo de dejar bien claro que la educación como niveladora social debe colocarse en la parte superior de la agenda política.

No los vamos a cansar con una larga perorata de la carga ética que la universalización de la educación lleva consigo. Nos limitaremos a notificar en qué indicadores se puede concretar, entre 2025 y 2030, para servir de referencia siempre, los comprometido deseos de la educación en cada país:

  • asistencia de la educación en la primera infancia
  • tasas de no escolarización
  • tasas de finalización de los diferentes estudios
  • brechas de género en las tasas de finalización
  • índices mínimos de competencia en lectura y matemáticas
  • maestros y maestras capacitados
  • gasto público en educación

«Según el informe, basado en datos facilitados por nueve de cada diez Estados Miembros de la Organización, los países prevén que el porcentaje de estudiantes que alcanzan las competencias básicas en lectura al final de la escuela primaria aumentará del 51% en 2015 al 67% en 2030. A pesar de este progreso, se estima que 300 millones de niños y jóvenes seguirán sin tener las competencias básicas en aritmética y alfabetización que necesitan para acercarse al éxito vivencial». Hay mucho más para sonrojarse: «solo uno de cada seis países pretende cumplir el objetivo de conseguir la superación de la secundaria para 2030, y solo cuatro de cada diez jóvenes del África subsahariana la terminarán».

Las culpas se reparten, diluidas, entre todos los integrantes del pueblo mundo. Sí, alguna nos llega. La educación es el camino incluso más que el objetivo. Repartir los recursos abre sendas, veredas o carreteras que lleven a la oportunidad de educarse. Cualquier postura insolidaria debería entenderse como un atentado contra la propia dignidad. Como dice Oxfam «la desigualdad no se va de vacaciones«.

No nos dejemos vencer, no perdamos la ilusión. La pandemia y la guerra en Ucrania nos han demostrado que los de aquí no somos los únicos en el mundo. No vendrán tiempos mejores si no luchamos por ellos. Exijamos un compromiso también a nuestros gobiernos por una educación pública y de calidad, también para los pobres. Por cierto, si encuentran tertulias sobre el fin de la educación y su generalización hacia el ODS 4 atiendan a lo que se dice y reaccionen. Guarden las frases diana de algunos-as dirigentes nacionales y autonómicos para debatirlos en familia, o en la escuela a la vuelta de vacaciones. Al menos hablemos de la justicia educativa en España.

COROLARIO centrado en España: Una familia superrica, que matricula a sus hijos en centros educativos privados, merece una ayuda educativa. O sería más demócrata y humanitario destinar los recursos a las familias pobres o con muy bajos recursos, que escolarizan a su descendencia en centros públicos, y así favorecer el ascensor social que debe proporcionar la educación.

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