Contra el tiempo y la desesperanza, diversas raciones de rebeldía social

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Vivimos tiempos difíciles. Se podría resumir diciendo que no se encuentra una solución que reduzca las desigualdades y atempere las incertezas. Las plagas que azotan el mundo tienen nombres comunes (hambre, pobreza, desigualdad, guerras, genocidios, limitación de derechos universales, persecuciones por causas subjetivas, falta de alimentos y agua, desnutrición, alzas aceleradas de precios, etc. Pero detrás, esos nombres comunes llevan lugares concretos, muchas personas anónimas. A poco que nos esforcemos vemos el planisferio entintado, con colores en rojo y matizados. Pero estas calamidades se distribuyen de manera desigual también dentro de cada país. El Índice Gini así lo confirma. Ya sucedía antes de que la COVID-19 y la guerra expansionista de Rusia y otras olvidadas en el mundo destruyesen una parte de la esperanzas en los lugares expuestos. Ahora se han incrementado.

Cabe esperar a que las cosas cambien a mejor por algo indefinido; quién sabe si sucederá y cuándo. Casi siempre, si ocurre, beneficiará a los ricos, de ingresos altos o medio altos. En cualquier país de mundo. No podemos resignarnos, nunca es demasiado tarde para no hacer nada. El nada ya nos hubiera convertido en no ser. La vida es una aventura por la que se transita mejor amparado en la ética, removiendo la personal y pensando en la ecosocial. En ese caso, cualquier avance conmueve a quienes escuchan el latir del mundo. En otras ocasiones se ha demostrado que la capacidad de resistir las contrariedades puede ser infinita y nos aproxime a la tabla de salvación. Tocará compartirla y agrandarla con ciertas dosis razonadas de rebeldía social. Pues desconocemos si el tiempo sicológico dura más o menos que el real.

Hasta hace poco se predicaba que la esperanza es universal, incluso los pobres la atesoran por si en algún momento pueden intentar dar el salto definitivo. Pero para ello hay un componente básico. Se identifica con la rebeldía, con la lucha contra los infortunios. No solamente los propios sino los ajenos;  nos lo dice la supervivencia de la especie. Contra el tiempo y la desesperanza no cabe resignarse. Sin embargo, vemos con preocupación que, como recoge EOM, el mundo se rearma para las que llaman paces armadas. No es buena noticia. Por eso, hay que demandar acciones a las administraciones, más en los países llamados democráticos. Máxime cuando los gobiernos, no sólo de la OTAN que ahora se va a rearmar de obuses contra la esperanza, de muchos países que hacen de las cosas de las guerras una parte importante de sus presupuestos. Rebeldía frente a aquellos países, pero también empresas y partidos políticos cercanos, o ciudadanos de aquí que los aplauden; empeñados en “explotar su libertad” sin importarles para nada la de los demás. Para entender esos comportamientos leamos detenidamente “De la necesidad y la esperanza” de María Zambrano, escrito en Roma en 1949. Tan actual como desconocido.

Busquemos contenido y acción, curiosidad y posibilidad de actuar, en aquello que decía A. Schopenhauer: quien ha perdido la esperanza es que ha perdido también el miedo, eso es lo que distingue a las personas desesperadas. Qué si no impulsa a los migrantes africanos que buscan el infinito a pesar de verse sometidos a tantas maldades en el camino. Un recuerdo especial para quienes mueren en el intento, como los fallecidos la última semana en la frontera entre la pobre África y la deseada Europa. También para la gente humanitaria que se rebela e insiste en socorrerlos, trata de apagar el miedo y alargar la esperanza de un mundo menos injusto.

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