Las guerras son un nunca jamás. Anulan la esperanza

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Quino nos trajo a Mafalda en muchas ocasiones explorando e interpelando al globo terráqueo. Lo miraba y daba vueltas sobre su eje inclinado. Pensaba, más bien estaba convencida de, que los países gordos anulaban a los chicos, de que había muchos nortes que aplastaban a casi todos los sures. Pensaba quiénes mueven el mundo. Si eran aquellas personas que se niegan a creer que la Tierra gira alrededor del Sol, y no de ellas. Esas mismas que marcan la cercanía a la luz planetaria. Siempre ha habido imbéciles que han llegado a lo más alto. Ahora vería un trozo del norte aplastado, girando como si fuera una centrifugadora. ¿Qué diría?

Hay dictadores mundiales que emulan estupendamente al francés Luis XIV y otros jerarcas, seguros de que la vida mundial no existe, que ellos son el sol y pueden calentar más o menos según dónde y a su antojo. Leíamos hace 9 años en un periódico de justificado renombre una entrevista en la que Emilio Lledó decía que ya estábamos en la Tercera Guerra Mundial, la de la desesperanza. Añadía que «El mundo está fatal por culpa de la codicia y la ignorancia”. Hace poco tiempo, Adela Cortina lamentaba que después de todo lo vivido en Europa en el siglo XX no hubiésemos aprendido nada.

Leamos los libros de historia. Están atiborrados de egoísmos patrióticos. Parece que existe una tendencia natural humana desde el neolítico hacia la guerra. Frente a todo esto somos poco críticos. Nos cuesta reconocer, a estas alturas del siglo XXI, que no hay nada que la guerra de Ucrania haya supuesto de victoria. Siempre se hubiesen logrado más avances sin ella.

Cuando esto se acabe, ojalá sea pronto, alguien tendrá que recoger los escombros materiales, sociales y personales. Los primeros pueden ser más o menos costosos, el resto será imposible de restañar pues quedó manchado de odios y egoísmos. Por más que intentemos resolver las raíces de las desigualdades estas se convertirán seguramente en potencias.

El mundo puede dejar de perder su esencia básica: la libertad. Hace falta recordar aquellas palabras de un ruso americanizado que falleció ahora hace 30 años. Afirmaba el maestro de la ciencia ficción Isaac Asimov: No solo los vivos son asesinados en la guerra.

Una y otra vez las esquirlas incrustadas en el cerebro y en los corazones duelen siempre. Muchas no dejan de supurar nunca.

Leer el artículo completo en «La suma de egoísmos eleva la raíz cuadrada de las dificultades» del Blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

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