Las escuelas de Ucrania se vacían de esperanza

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Escuelas abandonadas en las que los recuerdos clamarán las ausencias de voces e imágenes. Imágenes de escuelas refugio que salvaron vidas porque  no se encontraron con ellas las bombas. Bombas que explotan sin hacer ruido en la vías de escape, para huir de la maldita invasión. Invasión que debería desaparecer de los libros de texto de todo el mundo. Mundo que asiste perplejo a las imágenes que ven los niños y niñas de Ucrania estos días. Días que no se olvidan nunca, ni siquiera con un lavado de cerebro. Cerebros lavados que se suponen en las escuelas rusas, o en algunas previas ucranianas, para identificar al enemigo. Enemigos que no lo fueron ni lo serían de no ser por invasiones varias. Invasiones que dan argumentos para trabajar aquí la paz solo con mirar a las caras de mujeres que huyen con sus niños y niñas. 

Caras de sufrimiento que miran al infinito, a aquello que perdieron. Perdieron lo que hasta anteayer era su esperanza y se cifraba en la educación. Educación sin fronteras que se escribe en forma de paz. Paz como nexo de unión entre todas las escuelas que se interrogan sobre qué supone de ventaja y si es más necesaria que nunca una ciudadanía global. Ciudadanía global olvidada por unos, ennegrecida por otros y bombardeada ahora por los invasores rusos. Invasores rusos que también hablan de paz, pero en sus escuelas de la vida cotidiana no educan para la paz, sino para la brutal competencia. Competencia no colaborativa, que ya animaba a Mafalda de Quino a pedir que se parase el mundo pues se quería bajar, que puede ser el origen de desencuentros y guerras. Guerras en pasado, en presente y en futuro. Futuro en huida, niños y niñas empujados a dejar su escuela. Escuela que es sufrimiento, que se vive huyendo, en donde se aprende para no saber dónde se encuentran ni siquiera si podrán regresar de allí donde crecían aprendiendo junto a otros. Otros serán quienes los acojan en sus aulas en los países que reciben desplazados o en toda Europa, que tendrán que ser marcadamente inclusivas. 

Educación inclusiva que si se logra no llegará a borrar el lenguaje universal de las armas, las matemáticas del número de muertos y destrozos, el medio natural abrasado, el sistema social destruido, el arte plasmado en bombas destructoras, la memoria de la educación cívica, los mapas que recogen los efectos de la discordia. Discordias tan fuertes que anulan los intentos de formular esperanzas educativas. Esperanzas que quedaron sepultadas porque la guerra reemplazó, hace tiempo ya, a la aprendida democracia. Democracia que debería quedar permanentemente escrita con letras grandes en cada aula de Ucrania, Rusia, la Unión Europea y todo el mundo, en cada cuaderno del alumnado. Al lado una frase de Paul Valéry: la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para gentes que sí se conocen pero no se masacran.

Masacres mentales y físicas que llevan consigo las guerras que quieren acabar con otra guerra. Así nunca se alcanzará la paz. El dinero malgastado en tanques, en armas y soldados sirve para tener más y mejores libros, lápices, escuelas y profesores. Esto dijo una y otra vez Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz, «de la Igualdad y la Esperanza», en 2014. Si algún día llega la paz habrá que mantenerla, pero ya sabemos en qué invertir lo ahorrado en guerras nunca emprendidas. Por desgracia hay más «ucranias» (Siria, Yemen, Afganistán, Palestina, etc.) en el convulso mapa mundial de intereses. No las olvidemos, aunque nos queden más lejos. Se merecen que allí entre la esperanza.

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