Entre algo de Mecanópolis de Unamuno y Walden de Thoreau se desliza la vida

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Seguramente don Miguel de Unamuno no había leído Walden. La vida en el bosque (1854) de Henry D. Thoreau. Tampoco, según lo vemos hoy, estuvo muy afortunado al sugerir «que inventen ellos». Las genialidades de los genios a veces derrapan, quién sabe la intencionalidad con la que las expresan y frente a qué. Hace más de 100 años Unamuno publicaba el cuento Mecanópolis. Parece ser que don Miguel estaba muy enfadado con las contradicciones y complicaciones que el avance material y tecnológico produce en los seres humanos. Ahora lo querríamos ver dándonos su opinión acerca de la multiconexión on line que maneja nuestras vidas. Unamuno, como Thoreau, se preguntaría por las nuevas formas de sociabilidad generadas por el ya por entonces creciente predominio de la vida en las ciudades, por contraposición a la vida en el campo en contacto con la naturaleza.

El cuento de Unamuno presenta las andanzas de un hombre perdido en un desierto. Alcanza a llegar a una misteriosa e inquietante ciudad en la que al parecer no habita ningún ser humano visible, pero sí unas máquinas extremadamente avanzadas que había adquirido funciones humanas, hasta conducían trenes autómatas que llevan al protagonista a una ciudad fastuosa. Tanto lo deslumbró que se dio cuenta de que hasta las obras de arte que sus museos atesoraban eran las originales; mientras que las que él conocía en su vida anterior eran copias. Hasta su hotel llegaba el periódico local, redactado, se suponía por máquinas inteligentes. Al final del cuento, el único protagonista llega a un oasis habitado y vuelve a la vida. Manifiesta que desde entonces «he concebido un verdadero odio a eso que llamamos progreso, y hasta a la cultura, y ando buscando un rincón donde encuentre un semejante, un hombre como yo, que llore y ría como yo río y lloro, y donde no haya una sola máquina y fluyan los días con la dulce mansedumbre cristalina de un arroyo perdido en el bosque virgen».

Si hubiera leído Walden pensaría en ese párrafo donde se dice «Hay un flujo incesante de innovación en el mundo, pero toleramos una opacidad increíble. Bastará con que mencione la clase de sermones que aún se escuchan en los países más ilustrados». O aquello de «Antes que el amor, el dinero y la reputación, denme la verdad». Quizás «Necesitamos ver que nuestros propios límites han sido sobrepasados y alguna criatura viviente paciendo con libertad donde jamás apacentaríamos nosotros». A cambio le pediría a Thoreau que interpretase lo de Unamuno: Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento. O mejor: Lo natural de un hombre es buscarse a sí mismo, en su prójimo. Sin embargo, el hombre huye de sí mismo hacia las plantas y las piedras (la naturaleza), por odio a su propia animalidad, que la ciudad exalta y corrompe (Juan de Mairena).

Me gustaría enfrentarlos en una conversación. ¿Qué pensarían ambos de la domótica, los 5G y la posibilidad de generación de vida a partir de restos de ADN antiquísimos? Mejor aún, cómo hablarían de las generaciones actuales y su vida conectada a la nube? Podríamos invitar a Orvell para que nos aportase su visión del «Gran Hermano».

Son dos historias para ser leídas al unísono. Si no las pueden comprar búsquenlas en la Red, están en pdf, como casi todo de ahora. Suponemos que ambos filósofos del tiempo vivido sentirían curiosidad por lo actual pero manifestarían escaso convencimiento. 

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