Trampantojo climático. Versión COP26

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¿Si lo que es es pero no se ve acaso no deja de serlo? Mirar sin ver es un ejercicio universal. Semejante afirmación valdría para calificar la COP26 de Glasgow, que acaba sin acabar de ver todo el lío climático que pende sobre nuestras vidas. Faltaron espejos grandes en donde no solo se devolviese la imagen de lo que somos sino la posibilidad de ser otros. Se dice que para curar algo es necesario construir a partir de sí mismo, en este caso con dimensión universal, un futuro soportable. Si se permanece un rato delante de ese espejo cuarteado se nos presenta un autorretrato de la vida global, pero con esfuerzo se puede llegar a ver una reinvención del entramado convivencial. A eso parecen aspirar las sucesivas cumbres sobre el cambio climático.

Pero la COP26 se convirtió en un trampantojo porque la mayor parte de la gente nunca la vio con pasión; acaso unas cuantas ONG muy fragmentadas en su ilusión. Al final, si se acumula el aburrimiento de escuchar siempre lo mismo desaparece la pasión, que viene cargada de fuerza y vida, si bien no siempre compensadas en lo individual y social. Somos, nuestros representantes debían serlo aún más, aquello hacia lo que vamos en la cuestión climática, lo que perseguimos, eso concreto por lo que luchamos. Pero por ahora apenas llegan a ser una mera enumeración de proposiciones reclimatizadoras que tardarán en llegar. ¡Qué decir de los recursos económicos comprometidos por los ricos para que los pobres salgan nítidos en la imagen! Así gana el dejarse llevar hasta que la COP27 nos rescate, o no.

Los países que más contaminan el aire -empujados por causas diversas- se han esforzado en decir con mentiras lo que querrían ser, pero ahí hemos visto cómo son. Sus oscuras proposiciones de compromisos, en torno a la emisiones de metano y el abandono del carbón, resultan a la vez delatoras y transparentes: primero mi país (sobre todo si es poderoso como EEUU, China, Rusia o India) y después todo lo demás. Nunca les perdonaremos lo imperdonable: que aparezcan tan difuminados en el esfuerzo mundial; si bien es cierto que algunos como la India tienen el atenuante de su punto de partida. 

Al final, algo bueno saldrá de la COP26. Los medios de comunicación han hecho lecturas varias; ninguna ilusionante como en París. Quien lea de forma crítica los resultados de Glasgow se preguntará si todos, cada cual también, decimos mucho en esto del cambio climático y no hacemos lo que decimos; una parte de lo que pensamos no tiene que ver con cómo vivimos. Querámoslo o no, la acción no responde solamente a la intención, bien sea singular o colectiva. Precisamos de otros que sean francos para que nos hagan ver lo  verdadero. Eso deberían ser la cumbres del clima. En esta se ha avanzado poco, tanto es así que la ONU lo ha hecho saber. Aún así, gracias a quienes – desde la sociedad civil sobre todo- han sabido decir con valentía, con coraje, con ilusiones y sin trampantojos que riesgo incluso, por que el tiempo se acorta. Sin embargo, los plazos se han alargado cual chicle envejecido. 

Por todo esto bienvenido sea aquello que la COP26 pueda significar en el fortalecimiento de una cultura mitigadora o adaptativa, bien sea voluntaria o forzada por las circunstancias. Todavía podemos descifrar los enigmas si nos empeñamos. Nunca el silencio, nos convertiría en cómplices; en un trampantojo de nosotros mismos.

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