La fábula inconsistente del botón arreglatodo

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Érase un mundo difícil de verdad. Costaba entender la magnitud de cada esquina de la vida. El singular oscurecía al plural, cual capa mágica al estilo Potter. Una mirada alrededor desvanecía a los seres incómodos, esos que forman el ejército de los transparentes del pensamiento. En realidad no eran grupo, venían y se iban sin ton ni son. El desorden se convertiría en rutina. El pensamiento prefiere encasillar. Así se evita las nostalgias.
Alguien miraba. Veía a las personas como deberían ser frente a como son. Quería llegar a ellas 
para plantearles como podrían ser si pensasen en plural. Antes de abordarlas se pensó por qué decir del mundo lo que no hay, cuando ya se hacen esfuerzos imaginativos para desfigurar lo que hay. Quería asegurarse de hablarles con propiedad. Si es que se puede estar seguro de la objetividad realista. Dudaba si apoyarse en la plasmación de la alienación social como punto de partida para lanzarse a experiencias colectivas que renovasen el futuro. Incluso se le pasó por la mente recurrir a la variopinta naturaleza presentándola en forma de compleja simplicidad. Se ilusionaba pensando que eclosionaría una avalancha realista como en la segunda mitad del siglo XIX. Acaso demasiado fabulada y poco fabulosa.
Se lanzó en busca de la reconciliación de la gente con la existencia colectiva. No lo tenía claro. Otros muchos intentos habían fracasado. Al final se decidió. Pulsó el botón arreglatodo, ese que soluciona de inmediato los problemas del planeta y sus criaturas. El mismo que sirve para olvidar las guerras,las desigualdades o el cambio climático, las hambrunas y pobrezas, xenofobias y otras lacerantes menudencias, etc. 

¡Qué pena que se le olvidase dejarnos escrita la(su) moraleja!

 

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