Encauzar un debate sobre el bendito/maldito Ebro es difícil, más todavía cuando se intenta domesticarlo, porque es especialista en traspasar obstáculos

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Las recientes inundaciones que han sufrido los ribereños del Ebro no son episodios aislados. Forman parte del pulso vital de un gran río que transita por un territorio sujeto a vaivenes meteorológicos permanentes y fuertes transformaciones humanas. Volverán a suceder –con mayor o menor intensidad- una y otra vez, para desesperación de quienes las soportan. En primer lugar hay que procurar auxilio rápido para los afectados, que no se quede en palabras alargadas como en muchas ocasiones. Pero hay que ser muy rigurosos en el análisis de las causas, evitar que la lógica indignación nuble la razón, porque el necesario consenso se justifica en que hay que saber convivir con “el padre Ebro”, a medio y largo plazo, no vivir contra él, porque la energía que puede acumular nos derrotará siempre.

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