Entre la pandemocracia y el compromiso social se busca una salida

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Señalaba Daniel Innerarity en su Pandemocracia: Una filosofía de la crisis del coronavirus, entre otras muchas cuestiones sociales, un par de ideas que deberían ser pensadas por mucha gente, no solamente los políticos y fuerzas económicas que nos encaminan la vida. La una aludía a que es imprescindible la transición hacia una inteligencia cooperativa, esa que acerque la comunidad expectante de los afectados con la intención política de quienes deciden, muy condicionada por cargas tribales. La otra avanza que la catástrofe del coronavirus nos ha puesto al descubierto que un riesgo/incerteza, que nos afecta a todos por cauces diversos, nos ha demostrado que la desigualdad es una seña de identidad cada vez más creciente. Esta situación pone a prueba no solo la gestión de las relaciones sociales sino los principios que deberían regir esa grandiosa idea llamada democracia, venida a menos por acción u omisión, sin duda desgastada en sus adjetivos.

La pandemia no ha hecho sino demostrarnos el escaso compromiso por lo colectivo en la organización social, que no se rige por el bienestar de las personas sino por los intereses de los mercaderes. Fabrican, nos venden y encaminan la vida a su antojo, por más que las democracias efectivas intenten poner límites a sus beneficios. La globalización ha sido mucho más comercial que societaria. Los vulnerables se quedaron hace tiempo atrás y cada vez ven más alejados a los privilegiados. Pensando en positivo, es posible que incluso estos quisiesen superar la presente plaga, pero por lo que parece las emergencias siempre cogen por sorpresa. Tras la inicial incredulidad surgen estrategias de salvación, tan insensibles no pueden ser, pero esas salidas siempre requerirán tiempo, que es lo que nunca existe en una emergencia.

Sea como fuere, mal que nos pese, en la cuestión de compromiso y derechos sociales se repite aquello de “un paso hacia adelante y dos hacia atrás”, a nada que haya un leve cambio de melodía, y a veces ni siquiera por eso. Si queremos salir de esta crisis social habrá que disminuir la presión por producir y consumir. Una somera revisión a los titulares de los medios de comunicación y otros encartes renueva su teología. De hecho, el consumo, poco escrupuloso con lo social, nos avoca a rupturas vitales. Por ahí se escucha una y otra vez una pregunta renovadora: ¿Cómo vamos a salir de las crisis que tenemos planteadas haciendo lo mismo que nos ha llevado a ellas? Por cierto, cada vez dejan más damnificados, a los que por ahora no sabemos cuidar.

Así pues, restauremos la democracia, o inventemos una nueva a través del diálogo social comprometido, para que más gente confíe en ella. En este complejo cometido, en lo espacial y en lo temporal, quienes más responsabilidad tienen son los tenedores del poder político o empresarial, que deben dejar de usar maquillajes externos y renovarse por dentro, pero no solamente ellos. Hay que buscar con ahínco una salida.

 

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