Los misterios de la naturaleza generan emociones y deseos

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La naturaleza nos seduce quizás por guardar una parte de sus enigmas. De una forma u otra nos atrae. Una vez allí invita a asomarnos a alguna de sus claves. Supongamos que desvelamos una o varias; se nos abrirán otras. Es posible que no resultase tan atractiva si no estuviese adornada de ocultaciones. Acaso por eso siempre haya impregnado culturas y religiones. Jean-Jacques Rousseau ya alababa sus misterios; antes, Galileo barruntaba que el gran libro de la naturaleza revelaba símbolos matemáticos.Ahora mismo, a la vez que viaja por las redes sociales, miles de científicos quieren desvelar sus entresijos; insisten en buscar secretos para hacérnoslos comprensibles.

A menudo se nos presenta grande e inabarcable. Sin embargo nos queremos sentir dentro –pequeños y con limitada capacidad de entenderla bien–. Acudimos frecuentemente a su encuentro, siquiera con el pensamiento. La anhelamos más todavía en estos meses en los que el horizonte vital se nos ha limitado con confinamientos y peligros. Percibimos una imagen de sus ritmos, que encontramos o no según situación personal y lugar. Lo sentido por cada cual se podría calificar como una especie de artesanía, algo evocador de esas obras maestras que nos aportaron la literatura o tantos pintores desde antaño; o ahora pregonan los naturalistas y los documentales tipo BBC o National Geographic. El paisaje representado llega a provocar sentimientos; por eso reconforta emociones, o ayuda a crearlas si faltan.

Leer artículo completo publicado en Heraldo de Aragón (2-02-2021)

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