Idolatría de lo intangible en formato de balón

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Cuando alguien goza de tanto reconocimiento universal como sucedió a Maradona, cierta deidad lo ha acogido bajo su protección. Seguramente reuniría como futbolista cualidades acreedoras a semejante reconocimiento. Su balompédico arte quedará fijado en lo intangible, que siempre está sujeto a la opinión y las emociones. El dorado de los ídolos se nos queda en las mentes, pudo haber dicho Flaubert. No somos nadie para cuestionarlo. Así que, descanse en paz Maradona allí donde more.

Cuesta mucho digerir la adoración universal de la que ha sido objeto en vida y tras su muerte; se ha asemejado a aquella historia/leyenda del vellocino de oro. Parece que por todo el mundo sus pormenores han alcanzado más comentarios en medios audiovisuales, más artículos y páginas que cualquier otro asunto de alcance universal, que esos múltiples peligros que amenazan el porvenir de tanta gente. Normal, en diversos ambientes se le comparaba con un dios terrenal. Varios periódicos, incluso de tirada restringida a un territorio, le dedicaron 8 páginas al día siguiente de su lamentado fallecimiento. Es como si cada articulista o comentarista quisiesen verse retratados en él, con el debido respeto. Pero a veces la idolatría tiene la basamenta de barro, como cuenta el profeta Daniel que sucedía en tiempos de Nabucodonosor.

Ante esa unanimidad sobre el futbolista, puede que de perseverancia limitada, más de uno nos preguntamos cuáles son los asuntos que más deberían ocupar a los medios de comunicación: si los hechos ligados a tal o cual persona, casi siempre del ámbito deportivo -especialmente a los futbolistas se les disculpa cualquier yerro o desmán- o musical, o los valores que sostienen lo que podríamos titular como ética universal. 

Aún así, quédense los amantes del fútbol con su arte, que dicen que tuvo como nadie; revisemos entre todos el sentido de los ídolos, su persistencia como elementos clave para la esperanza en el futuro. Quizás convendría fijarnos más en las desigualdades sociales, cambio climático, hambre y pobreza, salud universal, y todas cuantas queramos añadir. En este contexto, hablando del intangible colectivo, el cual se puede admirar pero nunca es conveniente idolatrar, nos viene a la memoria, y nos encamina el pensamiento, aquello que su paisano Jorge L. Borges decía: no he cultivado mi fama, que será efímera. ¡Y bien que este la conserva por hechos tan diferentes! Esos que han llenado de poemas, ensayos y cuentos el mundo literario universal. Por cierto, su poema «La Fama» merece una reposada lectura.

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