Leyes educativas paradójicas, estilo Buridán

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Llevan años nuestros políticos imaginando una nueva Ley de Educación. Ahora mismo, España en noviembre del año 2020, quienes tengan el mínimo interés educativo, y por un momento puedan abandonar los estragos pandémicos, se encuentran un día sí y otro también en los medios de comunicación con pinceladas de cómo nuestros políticos intentan ser emuladores de Buridan, al menos quienes en el Congreso, o en sus respectivos partidos, están ocupados en configurar una ley para la educación obligatoria. No es nuestra intención llamar su atención comparándolos con acémilas, como aquella reducción al absurdo que se inventó el teólogo escolástico del siglo XIV, sino por lo frustrante que resulta que no se pongan de acuerdo en casi nada. Pudiendo mejorar la educación, deseo que estimamos comparten todas las fuerzas políticas, se enfangan en dilatadas discusiones. Quizás porque no aciertan a concretar lo que realmente buscan, o no quieren encontrarse en el camino, o la senda, por donde transitan sus rivales políticos.

Pierden el tiempo en razonar con argumentos conocidos y parcialmente interesados, difícilmente permeables con los de sus oponentes. Podrían separar lo prioritario de lo accesorio, emplear el razonamiento ético para avanzar. Se lo pedimos, se lo exigimos. Tienen sobrada capacitación para lograrlo.

La nueva ley educativa no puede retrasarse más. Al final, corremos el riesgo, como sucedió en el ejemplo de Buridán, de que la educación muera lánguidamente de inanición transformadora por carecer del sustento que la ha de nutrir: encontrar el camino para que cualquier estudiante pueda desarrollar todas sus potenciales capacidades educativas si así lo desea pues la sociedad pone a su disposición todos los recursos necesarios para lograrlo.

No queremos que de todo esto del trámite parlamentario quede una reducción al absurdo, como ya barruntaban los griegos allá por los siglos VII-VI a.C. que parece ser que ya utilizaban aquello de “unos por otros y la casa sin barrer”, más o menos. La educación de calidad es un derecho universal, no puede estar en una paradoja sin fin. Hay que encontrar la diferencia de valor entre unas posiciones y otras y sacar adelante una ley educativa para el siglo XXI, comprometida, que aminore a la gente una parte de las actuales incertidumbres.

Gracias señoras y señores diputados por intentar alejarse del estilo Buridán. Estamos seguros de que pueden lograrlo. Lo celebraremos en este blog y en muchos centros educativos de toda España.

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