Los maestros y maestras frente a la pandemia, versión «a lo Albert Camus»

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Pocas personas reconocidas mundialmente han sabido expresar como Albert Camus la figura de lo que hacen o representan maestros y maestras de todos los niveles educativos, desde infantil a la universidad. Sus palabras pronunciadas, desde la sencillez nada impostada, en la aceptación de Nobel en 1957 nos sirven para componer esta entrada. Por ello, y con el debido respeto si alguna la hemos utilizado incorrectamente, gracias Maestro.

Por las escuelas de hoy, pendientes de los sobresaltos pandémicos, conviven profesores y profesoras con sus dudas. Desarrollaron el hábito de cierta soledad en su trabajo, reducidos al silencio social. A veces sienten inquietud y malestar por ello; para superar ambas han de apelar a menudo a su destino generoso: educar para que los demás sepan educarse. Buena parte de ellos y ellas no pueden vivir sin su trabajo, lo llevan fuera de la escuela, lo comentan en sus casas; les cuesta desprenderse de su interés social. Porque se empeñan en emocionar, y las emociones no se dejan en las aulas. Educar es para muchos una diversión también, a veces colectiva y a menudo solitaria, íntima.

Intentan congeniar lo que mandan las autoridades educativas con aquello que demandan sus alumnos. Difícil tarea hacer comprensible lo uno con lo otro, siempre pero más todavía en este año tan singular. Por eso han de ser comprensivos con el error, venga de un lado o del otro, sea cierto  o percibido. Ahora se afanan en vivir educando en tiempos catastróficos, por eso su tarea es infinitamente mayor: han de preparar a los estudiantes para restaurar su vida y el mundo, cuando todo esto de la pandemia amaine.

Están comprendiendo mejor su oficio. Por eso, si cuando superemos la pandemia como sociedad escribiésemos una carta de agradecimiento a los profesores y profesoras, como hizo Camus a su maestro Germain, no olvidaríamos agradecerles habernos tendido una mano afectuosa y una mirada alegre. Además de otras emociones y sentimientos vividos, no vendría mal repetir aquello que él recordó a su maestro: “sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”. Gracias Camus, gracias maestras y maestros.

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