Redescubrir la naturaleza es un aconsejable ejercicio pospandémico

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Hay que insistir en el valor de la naturaleza, para que nunca se nos olvide, para que pensemos en ella cuando no sea urgente visitarla para que nos mejore el cuerpo y nos atempere el alma. De ella salimos o formamos parte, el significado exacto que lo elija cada cual, y en ella somos; para ella debemos ser amables conviventes. «Tan corto el amor, tan largo el olvido», parafraseando a Pablo Neruda que utilizaba la frase para otros menesteres.

Estaba ahí permanentemente, casi sin levantar la voz. Desde siempre, servía como fuente inagotable (sic) de recursos. Tanto tiempo pasó en esta situación que la habían despojado de una parte de sus tesoros, por más que siempre había sabido renovarse. La naturaleza va a su ritmo entrópico, pausado o abrupto, pero cada vez se altera más pues padece incidencias antrópicas más o menos graves. Su devenir bascula de un lado para otro respondiendo a condiciones físicas extremadamente complejas, algunas le ayudan a mantener su esencia y estampa, otras se las cambian. Durante siglos y siglos no le faltaron afectos, si bien últimamente se sintió olvidada.

Era ella por tierra, mar y aire; toda una expresión de biodiversidad. Hay que recordar que el metabolismo de la biosfera terrestre se parece al de un organismo, que lo es, pero en este caso extremadamente complejo. Si alguien se da una vuelta por ‘World Mapper’ encontrará un cartograma animado de la NASA elaborado con las informaciones de satélites que detectan la ‘producción primaria bruta’ (GPP) acumulativa de la biosfera en tierra. Esta productividad, diferente según zonas y países, es la energía para la vida multidiversa de la naturaleza; cambia con las estaciones y según la variabilidad geográfica.Nos da una idea de cómo todos los organismos de la biosfera están interaccionando gracias al sol. Por eso no basta con visitarla, su belleza es parte de su existencia; una y otra dependen de quienes miran o viven.

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