La sostenibilidad ecosocial no deja de ser un bonito postulado en espera

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Hasta ahora, las medidas que toman los gobiernos, las que adoptan los circuitos comerciales o aquellas que hacen suyas una mayoría de la ciudadanía resultan mínimas en relación con las necesidades del sistema convivencial, social y con el planeta. Un ejemplo lo tenemos en el posicionamiento frente al cambio climático: cuatro carriles bici, la quimera del coche eléctrico sin recargas ni recambios de baterías, y una reorientación del mix energético basado en la proliferación de la eólica. Nada se dice de consumir menos energía y adoptar medidas colectivas de mitigación del cambio climático. 

Todo esto a pesar de que los científicos, miles de ellos, llevan años avisando de que el cambio de rumbo debe ser radical, de que es ineludible verificar si continuando con el estilo de vida actual no se lastima a mucha gente, al medioambiente; si todo ello de deja de ser un obstáculo para detener lo que se nos viene encima. La crisis pandémica nos obliga a una transformación brutal, a la cual nos resistimos. La ciencia nos dice que hay que cambiar el (des)orden global, que todavía se puede aprovechar la plasticidad existencial de la que la sociedad ha hecho gala en otros tiempos.

Pocos responsables políticos están convencidos de revolver la dinámica consumista, de concertar los instrumentos adecuados para que la ciudadanía los acompañe en el diseño de otro ritmo de vida, a pesar de lo que dicen alguna vez o de lo bonito que queda el Pacto Verde Europeo. Mientras tanto, el tiempo pasa, esperando que llegue el año 2030, aquel en el que se suponía que todo iba a cambiar. A él miraban los grupos sociales más vulnerables, hasta el medioambiente empezaba a creérselo. Será verdad que no sabemos ser modernos, híbridos sociales y planetarios, como manifiesta Bruno Latour cuando afirma que «No se trata ya de retomar o de modificar un sistema de producción, sino de salir de la producción como principio único de relación con el mundo».

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