El aula de la naturaleza espera a los escolares descofinados, y a la gente que quiera aprender de ella

Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

La armonía de la naturaleza que tanto apreciamos es un poco inventada. No hagamos excesivo caso a lo del equilibrio ecológico; es una verdad débil porque nada está quieto permanentemente, ni siquiera tres minutos seguidos. El morir o vivir de tal o cual individuo tiene una importancia relativa. Es más terrible si una especie desaparece porque los individuos no supieron a adaptarse a los nuevos tiempos o climas. Muchos ya no están por la intervención humana, muy criticable. Por cierto, hay que buscar la armonía con la naturaleza, que significa no molestar demasiado a quienes por allí viven o transitan. Eso más o menos decía una resolución de la ONU de 2009 y que ha dado título a varios informes de este organismo internacional. De este asunto se habla todos los años el 22 de abril, coincidiendo con el Día de la Madre Tierra.

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