El redescubrimiento de la naturaleza tras la pandemia. ¡Cuidado con los espontáneos!

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Era ella. Estaba casi sin estar. Servía de fuente inagotable (sic) de recursos. Perdía poco a poco una parte de sus tesoros. Le llegaban a veces afectos. No se sabe si compensaban.

Era ella tan necesaria y a la vez tan poco estimada. Se estima a alguien o algo por que emociona. Pocos lo veían así. Durante la última década se ha ralentizado la pérdida de millones de hectáreas de bosques, la vertiente artística de la naturaleza la llamó alguien; pero sigue. Poco parecían preocuparse. La naturaleza es mar océana, asimilación que no viene de Alberti. Los océanos sufren desprecios similares a la naturaleza terrestre. 

Era ella por tierra, mar y aire toda una expresión de biodiversidad. La vida multiforme se reduce según denuncia la FAO en su reciente avance del informe «Evaluación de los recursos forestales mundiales. 2020«. A lo largo de los últimos años han desaparecido especies. Tampoco ha pasado nada, dicen quienes ve el mundo desde la atalaya del negacionismo.

Era ella ensalzada por naturalistas y científicos, también por los artistas que la cantaron o pintaron. Ni por esas los amores fueron eternos. Pero va un bicho que ni ve ni siente y nos descubre hasta qué punto nuestros destinos están compartidos con la naturaleza. En cuatro días, meses, ha logrado destapar el tarro de las esencias de la naturaleza cosa que los científicos ni los ecologistas no han logrado tras avisarnos durante décadas.

Es a ella a donde todos queremos desplazarnos. No sabemos si la que era o la que es. «La naturaleza es salud», escuchamos y leemos estos días. La estampida que se prepara al medio rural y natural nos hace temer que ese descubrimiento no sea para ensalzar, sino para temer. Los espontáneos no tardan nada en ser invasores.

Era ella, también en el Mar Menor; ya lo decían los ecologistas. Entre muchos la mataron y ahora hay quienes se lamentan, viendo peligrar sus negocios. La naturaleza es y no es sujeto de amores. 

¿Será ella?

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