La deseada y necesaria transición escolar no es una preocupación política

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El mundo es como es, por más que le demos muchas vueltas. España es como es, dan lo mismo sus circunstancias. Más de una vez surge la duda sobre si la educación es importante. Se ha podido comprobar durante estos meses. Ha sido la gran ausente de los combates partidarios que se han librado entre los políticos, dentro y fuera de las sedes parlamentarias, a lo largo de tantos días de castigo pandémico. A la vez, hemos tenido que soportar una profusión de noticias sobre si era bueno o malo abrir cualquier negocio; he ahí la cuestión. Cada sector económico ha ido empujando para resolver su problema concreto, su ERTE o la desaparición de tal o cual empresa, si el PIB iba a caer más o menos de diez dígitos.
La escuela ha hablado menos, o los medios de comunicación no se han echo eco de sus inquietudes. Nada se ha dicho de la caída de un imaginado TEC (Tesoro Educativo Común) ni de los consumidores finalistas más expuestos durante este cierre (vulnerables por no poseer recursos o por tener limitadas ciertas capacidades, familias estresadas, alumnado desorientado). De vez en cuando, desde el Ministerio de Educación o las Consejerías -que no consiguen unanimidad en el resto de los departamentos administrativos- se lanzan ideas que son matizadas por quienes las divulgaban. Algunos colectivos educativos o sindicales levantaron la mano tímidamente para hablar pero enseguida perdieron su turno, qué decir de las quejas de familias concretas.

La escuela vaciada merece algo más. Debería estar en el centro, no solo ahora, del interés social y político. Necesita una transformación profunda, llenarse de compromiso y esperanza. Este sería un buen momento para acordar la transición -se habla de la ecológica, la económica y la social pero de la educativa poco- hacia el futuro compartido, pero nos tememos que los ruidos políticos y mediáticos no dejen hacerla -deben pensar que no da réditos económicos- y anulen las buenas intenciones que muy de vez en cuando se escuchan. Al final, habrá que darle a la razón a aquel lugareño que decía que muchos de los actuales políticos no sirven para hablar de educación; no la tienen, o si la poseen no la practican. ¡Qué pena que no tengamos a Luis Carandell para hacernos las crónicas parlamentarias menos dolorosas! Si incluso algunos políticos se quejan de que el Plan del Gobierno para salir de la pandemia les obligue a gastar una parte de los dineros en restañar la heridas de la escuela. Pero aún están a tiempo. La escuela necesita una urgente y comprometida transición, como las que se anuncian en otros campos, pero sobre todo la consideración política que conduzca a un Pacto Educativo. ¿Tan difícil les resulta a los políticos dejar de ser ellos y pensar que son nosotros?

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