Las abejas tuvieron su día reivindicativo; nos necesitan

Hace año y medio les dedicamos un homenaje sentido. Ahora, dado que el miércoles pasado fue su día mundial, retomamos aquel texto para animar a pensar en pequeñas cosas, algunas de las cuales nos animan la mirada crítica de la vida en estos tiempos en los que la pandemia nos nubla cualquier salida. Además, hay que hablar de algo placentero en estos días tan críticos.

El artículo se publicó el 14 de diciembre de 2018 en Ecoescuela abierta de El Diario de la Educación. Aquí va el enlace. Empezaba así:

De chiquillo las miraba y me imaginaba siendo una de ellas. Su vida se me antojaba complicada: ir y venir de flor en flor y vuelta a la colmena, sin parar allí dentro construyendo los panales. Pensaba si tendrían algún criterio para clavar el aguijón según a quién y por qué razón; defenderse casi seguro. Las consecuencias significaban para ellas muchas veces la muerte y habría que pensárselo bien, o no. Dudaba si ser zángano u obrera; me inclinaba por lo primero sin pensar mucho en las consecuencias. De joven participé en alguna saca de miel y me quedé prendado de la estructura geométrica de los panales, de la perfección de esas celdillas hexagonales que los componen.

La fascinación por ellas no ha desaparecido. En cierta ocasión, refugiado un día de calor a la sombra de la falsa acacia, un par de ellas revoloteaban de flor en flor; en aquel momento conjeturaba si prefería ser abeja o mariposa –una también se movía por ahí más grácilmente y tenía una espiritrompa maravillosa– o quizás prefería ser libélula. La libertad de volar me sugestionaba pero de pronto aparecía aquel abejaruco que las perseguía; abandoné momentáneamente aquellos deseos infantiles. 

Mi admiración por las abejas no decayó con el tiempo sino que se amplió al conocer más detalles de su vida. En los textos sagrados de varias religiones la miel, su producto más valorado, se asemeja al conocimiento que empuja a la felicidad humana. En la mitología griega la abeja está asociada a la diosa del amor, Afrodita, (Venus, en la mitología romana), y también a Deméter (diosa de la agricultura), como símbolo de fecundidad. Sin duda, el mundo hubiera sido diferente sin la cera y la miel de las abejas, como ya supieron apreciar los pobladores neolíticos; no es extraño que hasta don Quijote ensalzase a las abejas por ofrecer sin interés alguno la fértil cosecha de su trabajo. Más recientemente, su sabiduría provocó la admiración de los científicos. Tanto que la interpretación de sus códigos de comunicación para explorar el territorio le valió al naturalista austriaco Karl von Frisch el Nobel de Fisiología en 1973.