Demasiada gente juega con la pandemia

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La memoria borrada de los días pasados, el desprecio insensato hacia lo que pueda venir, quizás el deseo de la inoculación de rebaño como lucha colectiva. Solo así se explica la estampida deportiva y paseante tras la autorización para salir o hacer deporte, expansión necesaria tras tantos días de confinamiento. Menos fundamento tiene el asalto a las terrazas para, en algunos casos, apiñarse con los amigos o familiares para degustar afecto y una bebida más o menos espirituosa. ¡Qué decir de los juegos infantiles compartidos o de las concentraciones de jóvenes! Estampas todas de la intemperie que nos acoge.

Mientras tanto, sanitarios y gente damnificada por el coronavirus luchan con las últimas energías que el deseo de resistir y vencer les procura. Necesitan nuestro sosegado aliento y la protección ante riesgos presentes, pero más nuestros comedidos comportamientos.

Lo que tiene menos explicación razonada son las concentraciones gritando libertad para, suponemos, manifestar tensiones y enfados que la gestión gubernativa desplegada y la dilatada reclusión como la que hemos padecido ha podido causar. Pero claro, juntarse, apiñarse en algún momento, pone en riesgo a los protestantes pero también los convierte en posibles vectores de la nueva propagación de la pandemia, con los riesgos que eso entraña para sus conciudadanos y el sistema sanitario español, tan maltrecho tras la reciente batalla; más bien al borde del colapso que todavía merodea. Aún peor el hecho de que algunos dirigentes disculpen, incluso alienten, estas concentraciones. Menos mal que no estamos en Michigan, donde cualquiera tiene un arma.

Todo esto durante una pequeña pausa de la batalla, pendientes de escaramuzas que pueden seguir igual de terribles, o más.

NOTA: Frente a esos o aquellos, otros muchos ciudadanos cumplen escrupulosamente con las normas de protección y separación física que la situación exige.

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