El imperio del desinfectante, distancia social incluida, se extiende a lo escolar

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Unicef tiene fijado el 15 de octubre como Día Mundial del Lavado de Manos. Desde hace muchos años, esa iniciativa ha logrado salvar de muchas enfermedades a la infancia mundial, ha generado unos hábitos que son parte de la cultura social.

El pasado 5 de mayo la Unesco recordaba la necesidad del lavado de manos como medio de supervivencia. Sin duda, los efectos de la actual pandemia han generado actuaciones diversas, como  el Marco para abrir las escuelas ideado por UNESCO, el UNICEF, el Banco Mundial y el Programa Mundial de Alimentos. No solo está pensado para aquellos países de ingresos medios o bajos en donde muchos hogares no disponen de abastecimiento y saneamiento, en donde el agua como derecho humano es un lujo. En estos momentos muchos niños y niñas no tienen clases (más de 1.200 millones por todo el mundo), sus escuelas cerraron por la pandemia. El día que vuelvan se encontrarán con nuevos dispositivos de higiene, con protocolos más estrictos para evitar contagios. El Marco dice que “es indispensable asegurar condiciones que reduzcan la transmisión de enfermedades, salvaguarden los servicios y suministros esenciales y promuevan un comportamiento saludable. Esto incluye el acceso a jabón y agua limpia para el lavado seguro de las manos, procedimientos para cuando el personal o los estudiantes se sientan mal, protocolos de distanciamiento social y buenas prácticas de higiene”.

También en esto hay clases:  solo el 53% de las escuelas del África subsahariana tienen instalaciones básicas de saneamiento y agua. Nuestros responsables educativos está lanzando ideas para la reapertura en septiembre, si es que se lleva a cabo. En todas prima el desinfectante: previo antes de llegar, mantenido cada día, apoyado en la separación física de quienes coincidan en las aulas, con seguimiento pormenorizado de unidades higiénicas dentro de la administración. En fin, con protocolos muy serios en donde los contactos quedan limitados a verse y escucharse, poco más. No va a ser sencillo recuperar ritmos pasados, pero llegarán más tarde que pronto. Después es posible que los afectos se manifiesten de formas diferentes; el yo y los otros adquirirá dimensiones diversas. La distancia social es un desinfectante con riesgos colaterales; ya se ha experimentado antes con las ideologías.

La mitigación de la pandemia y la adaptación a los nuevos protocolos sociales no es sencilla; necesitará bastante comprensión y algo de acompañamiento. Aquí sí que la sociedad educativa debe ser una comunidad de intereses compartidos, que se pueden acordar mirándolos siempre desde el bien común y la necesidad de no dejar a nadie atrás o apartado.

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