Escuelas en suspense pandémico

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Se cerraron las escuelas y las universidades debido a la pandemia. La educación formal intentó combatir la pandemia mediante la formación en Red, en distintas plataformas. Pero no es lo mismo, cuesta entender una escuela sin muros; no estábamos preparados todavía. Las escuelas y universidades han programado actividades para mantener ocupados a los estudiantes, para que “no pierdan curso”. Loable intención si el cierre es corto, envite complicado cuando se alarga como está sucediendo. Las rutinas han funcionado en unos casos, en otros no porque la pereza puede con los deseos, a veces las tareas –empeñadas en lo curricular y tradicional- han sobredimensionado el objetivo de no romper el hábito de querer aprender, siempre difuso cuando la recompensa no se divisa cerca. Transcurridas un par de semanas el alumnado ya habría perdido algo de su motivación; el profesorado dudaría si sus mensajes llegaban bien, si al otro lado se entendería que la situación tan excepcional requería disciplina en el trabajo propio y compromiso. A la vez, buena parte de las familias, que han necesitado estar bastante más implicadas en la educación escolar –seguramente por ello habrán entendido de otra manera el valor de la escuela- se empezarían a despistar porque no sabían cómo desarrollar bien la tarea. Seguro que todos los confinamientos serán difíciles, más todavía en esos domicilios reducidos en donde no es sencillo canalizar las energías de los más pequeños. La tarea escolar es una cosa, se hará mejor o peor; la (con)vivencia diaria otra, pues disfruta y sufre momentos más o menos relajados. Llevamos así más un mes; ya se anuló la socialización, que es el primer argumento de cohesión para el desarrollo, y los niños y jóvenes la necesitan pues la interacción entre semejantes también es profesora. Las redes no las pueden suplantar porque carecen de afectividad. Cabe preguntarse si después de esto la vida será como antes o aumentarán actos de rechazo ante tareas o comportamientos. Habrá que escuchar con detalle lo que dice el ilustre pedagogo Francesco Tonucci sobre el asunto.

Cuando todo esto amaine, y si volvemos siquiera unos días a las aulas para retomar las clases hay una lección sobre la que hablar detenidamente, un buen tema de diálogo para tratar con el alumnado de los cursos más mayores, una experiencia o muchas a compartir entre los más pequeños. Unos y otros deberán comunicar(se) cómo han sido capaces de superarlo, qué estrategias les han resultado más valiosas. Un trance social tan doloroso (apreciable en múltiples emergencias) del que debemos aprender y saber explicar a quienes ahora estudian, para que figure siempre en su libro personal con letras más o menos grandes: viviremos siempre en alguna incertidumbre; otras vendrán, más mortíferas o menos. Los ahora estudiantes habrán de estar preparados, educados en desarrollar hábitos personales dentro de estrategias colectivas. Si se retoman antes del verano algunos días de clase, es necesario concretar si es más importante evaluar contenidos (poner una nota más o menos justa) que reflexionar sobre lo vivido, que siempre enseña si se aprende de forma colectiva. La escuela no debería retomar, en septiembre o cuando sea, el pulso normal como si nada hubiese sucedido. Sin embargo, la educación reglada es esclava de las calificaciones; mal asunto siempre, un tremendo desatino en momentos de múltiples incógnitas.

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