El Covid-19 contagia gravemente a la educación en el mundo

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No te rindas que la vida es eso,/ continuar el viaje, /perseguir tus sueños,/ destrabar el tiempo,/ correr los escombros y destapar el cielo. Nos dijo Benedetti.

DECIMOTERCER DÍA DEL ESTADO DE ALARMA EN ESPAÑA, Y EL MUNDO TAMBIÉN SE ESTREMECE

Tal es así que ha expulsado de las aulas a más de 1.300 millones de estudiantes, lo cual supone el 80 % de la población estudiantil mundial. Este hecho, en unos casos dura más que en otros, supone un grave quebranto para ellos, sus familias y cada país en su conjunto. La UNESCO alerta en su último trabajo GEM de que las respuestas son muy diferentes en unos países y en otros. En unos casos se ha fortalecido la educación a distancia, en otros se ha hecho mediante MOOC o por televisión. Pero hay muchos niños y niñas, incluso estudiantes universitarios que no tienen pantallas, ni si quiera disponen de electricidad en sus casas. Siempre los pobres se llevan la peor parte de todo. Padecen la fatiga anticipada de la negación educativa, que destruye la humana ambición de huir de la miseria, que siempre resulta más fuerte si es iletrada.

El cierre de las escuelas no solo trastoca los calendarios escolares, que serán adaptados mejor o peor según se alargue la pandemonia. En las familias pobres impide el acceso a comidas nutritivas que les proporcionaba la institución escolar. El aislamiento social que supone la reclusión lleva pareja una sobrecarga de familias y cuidadores, muchos de los cuales no pueden/saben ayudar en las tareas sustitutivas que les mandan los centros escolares. No se sabe la duración de estos cierres; sí se puede intuir que el curso escolar ha acabado ya en algunos sitios. ¿Consecuencias visibles? El tiempo dirá. Seguro que los países ricos saben encontrar cuidados paliativos. Vaya desde aquí el homenaje a tantos profesores y profesoras empeñados en no romper los lazos educativos a través de la red.

En estos momentos en los que pocos se siente a gusto en su piel, en estos episodios de cierre escolar, hemos de acordarnos de todos esos niños y niñas refugiados y desplazados de Siria, Afganistán, Yemen; Eritrea o el África subsahariana, etc., para los cuales la escuela es un simulacro, como denunciaba UNESCO hace unos meses; cifraba en más de 250 millones los niños y jóvenes privados de escuela. Lo más probable es que el Covid-19 no tenga en cuenta desgracias previas y también se cebe con sus familias y con ellos. Nadie los protegerá de la posible hecatombe.

Hace falta un concierto mundial que ayude a la humanidad entera al cambio de era.

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