El patógeno de la osadía humana reclama un antiséptico colectivo

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OCTAVO DÍA DEL ESTADO DE ALARMA EN ESPAÑA

No sabe a ciencia cierta cómo surgió, si fue fruto de la casualidad o una consecuencia de la inteligencia acumulada, de la complejidad cerebral. Quizás fue la fuerza para derrotar a sus múltiples enemigos, al amparo del paso del tiempo de los tiempos, desde las armas prehistóricas hasta la nuclear barbarie. No falta quien dice que el descuido estuvo en su génesis. La realidad es que la especie humana se convenció del lugar que ocupaba en la pirámide de la vida, incluso desbancó a las deidades. Tuvo sus puntos de inflexión, luchas por el territorio la llevaron a guerras aniquiladoras;  maldades diversas diezmaron su población. ¿Quién ha olvidado la peste de 1348? Tal fue la mortandad general que casi elimina a la especie en Europa. Nos hubiésemos quedado sin la revolución cultural y comercial del Renacimiento.

Vinieron después otras fuerzas ocultas, en forma de nuevas pestes o de guerras malditas impulsadas por demonios exterminadores. ¡Que les pregunten a los europeos del siglo XX, o a aquellos japoneses que sintieron derrumbarse el cielo por efectos de las bombas atómicas! ¡Qué decir de los desastres provocados por la peste de 1918! Dicen los científicos que tras todos efectos exterminadores hay detrás un patógeno -virus u otro-, que cuando se trata de invadir la especie humana se apoya en mucho desconocimiento, algo de envidia, una parte de prepotencia y no falta el miedo al otro; o que en realidad unos y otros vectores pandémicos son los genes del patógeno. Eso al menos comentaban cuando los presidentes de unas poderosas naciones estaban a punto de pulsar el botón nuclear.

Llegó la era tecnológica y nos convenció del dominio del mundo; todo se conseguía al momento a golpe de un clic. Sin embargo, ahora mismo la superpoderosa especie humana vive acosada por un invisible “no ser” que trata de aniquilarla, como si fuesen enemigos declarados. ¿Por qué razón? La gente normal no entendemos; hay científicos que defienden que detrás de la pandemia vírica está la pretenciosa osadía humana de sentirse invulnerable, porque tuvo avisos recientes en forma de ébola, sers u otros. Demasiado precio a pagar por la imprevisibilidad. ¡Suerte a quien debe luchar contra el coronavirus!, desde dentro o con cuidados a otros. Seguramente, ni unos ni otros son osados; su culpa no les pertenece, más bien es cosa del descuido o la imprevisión de otros, o de que todos nos creímos que ya podíamos dominar el planeta a nuestro antojo.

Dice la gente de buena fe que saldremos fortalecidos de emergencia mundial, que la osadía (pretencioso atrevimiento) será apartada de las relaciones humanas internacionales y comerciales y trucará en resolución colectiva, aquella de la que se echa mano cuando todo lo previsto falla. ¿Quién sabe? ¡Ojalá! Para los que creen y también para quienes dudan vendría bien recordar algo de lo que Heráclito nos dijo hace 2.500 años: si no esperas lo inesperado, no lo reconocerás cuando llegue.

Para la gente curiosa: la RAE dice que osadía significa tanto atrevimiento como resolución. Hay que aprovechar esta última como antígeno colectivo, en este momento tan doloroso.

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