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Con el glifosato no se juega; las autoridades que lo aprueban deben anteponer ante todo la salud de los ciudadanos

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Llevamos varios años con la polémica de si el glifosato -el herbicida más utilizado en el mundo y por lo tanto viajero dentro de nuestros alimentos- deteriora tanto la salud como dicen. Las empresas que lo comercializan y los lobbies que las defienden dicen que no. Pero hemos de saber gestionar lo que se nos dice. La autoridades deben aprobar o no su uso, por lo que las organizaciones ecologistas hablan de que eso supone un cheque en blanco con efectos perniciosos. ¡Estamos tan hartos de que nos engañen que nos hacen ser precavidos! Leímos con preocupación que la orina de los franceses tiene rastros de glifosato. Algunas localidades como Barcelona le han declarado la guerra. Alguien nos tendrá que explicar a quienes no entendemos del asunto por qué es tan malo para la salud y lo que debemos hacer para prevenirnos. Hace un par de años la OMS lo titulaba como “potencialmente cancerígeno” mientras la UE rebajaba su peligrosidad. ¡Queremos saber! Puede adherirse a la campaña de Greenpeace que busca la prohibición del producto en la UE.

Elogio del inodoro, delante del cual todos nos damos cuenta de que somos iguales, ¿o no?

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Mientras el hombre fue nómada, el campo fue su lugar de expansión intestinal. Pero se hizo sedentario y las deposiciones en calles y sitios públicos estropearon el tránsito cotidiano, y además eran acumulativas. Por eso se empezaron a construir letrinas, retretes, wáteres o inodoros, con diferentes versiones en cada lugar y país. Dicen que las primeras estancias para deposiciones controladas estuvieron en el valle del Indo, o en Chipre, y que fueron los romanos quienes proporcionaron “latrinae” compartidas a sus ciudadanos. Pero llegaron tiempos malos y en Europa se perdieron esos buenos usos y cada uno se las arreglaba como podía. Los arroyuelos de agua sucias eran comunes en las urbes y en ocasiones el ”agua va” regaba a los transeúntes. Hubo que esperar al siglo XVI para que se fabricase un aparato especial, “el Áyax” para la reina Isabel I de Inglaterra, aunque las malas lenguas de aquellos tiempos aseguran que no lo utilizaba mucho. No fue hasta 1755 cuando un relojero inglés le puso un sifón que evitase las emanaciones de olores: nació el inodoro, que tardó bastante en hacerse universal. Tanto que todavía no lo es en muchos lugares del mundo, como en algunas zonas de la India. Por eso, aunque aquí parezca llamativa la noticia de que en el distrito de Delhi Sur las autoridades obligan a que los hoteles y restaurantes faciliten el libre acceso a sus baños a toda la gente que sienta estos menesteres, allí mejorará la salud pública y protegerá a las mujeres que sufren agresiones cuando salen fuera de las viviendas para hacer sus necesidades. 

GREGUERÍA AÑADIDA: “La taza del inodoro, demasiada taza para tan poco chocolate.” (Ramón Gómez de la Serna)

La crisis global ha raspado el significado de la palabra “humanitaria”; hay que quitarla del diccionario

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Cuesta entender que en otro tiempo ese adjetivo significase que tiene la finalidad de aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que la padecen, como decía la RAE. Incluso se ha perdido el matiz de benigno, caritativo o benéfico, que también portaba. Qué decir de aquella otra acepción que postulaba todo aquello que mira o se refiere al género humano. Decimos esto con tristeza, mientras escuchamos la enésima llamada de la ONU -qué debería hacer más, nos preguntamos- ante la situación que se está cronificando en Sudán del Sur, Yemen, Somalia o una parte de Nigeria. La indiferencia mata más que el subdesarrollo, incluso la guerra. Cuesta reconocer que no se haga nada para detener esa catástrofe que ha llevado a la inanición a millones de personas. Los titulares son dramáticos: “El mundo padece la hambruna más grave de los últimos 70 años” dice El Periódico. “La hambruna ataca en Sudán del Sur” titula El País. Como “Catástrofe humanitaria” lo califica la revista mexicana Siempre. “No los mató la guerra, pero los está ahorcando el hambre” dice eldiario.es. Cuesta entender que como sociedad no presionemos a nuestro gobierno para que presione en la esfera internacional y se detenga el holocausto que está en marcha. Acostumbrarnos a ver los padecimientos de los demás –vean el noticiario de la cadena colombiana-, aunque sean negros y vivan lejos, es uno de los motivos por los que hay que borrar del diccionario la palabra humanidad. ¡Cómo es posible que aumente la producción de alimentos y mueran más personas de hambre!, muchos de ellos niños. Reflexionemos sobre lo que dice este documental de DW. Recordemos mientras tanto el descenso de las ayudas de España y otros muchos países para socorro internacional. Una anécdota: cuenten el tiempo y el espacio que le dedican los medios de comunicación hoy mismo a este asunto y compárelo, por ejemplo, con el que emplean para desgranar pequeñeces de eventos o competiciones deportivas del fin de semana. Es un decir. 

ÚLTIMA HORA: Por lo que se conoce, el Gobierno español NO se plantea enviar ayuda urgente.

Salud infantil en riesgo permanente es igual a futuro comprometido

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Aseguran quienes piensan que cuidar la infancia de una sociedad la engrandece. La historia nos ha dado muchos ejemplos pero nos quedamos con tres estrategias sociales determinantes para la infancia: educación, protección y salud. Sobre este querríamos llamar la atención de ciudadanos y autoridades. Mira que los estudios dicen una y otra vez que poner el empeño en conseguir ambas es un seguro de futuro, al menos de que sea más llevadero; pero ni aún así. Lo afirmamos taxativamente: La contaminación de las ciudades es la plaga del siglo XXI. Se sabe con certeza que sus efectos no son esporádicos; se acumulan con el tiempo. Los niños de hoy serán unos adultos con muchos registros negros en su vida. En la prevención de la salud infantil están implícitas las tres funciones sociales antes aludidas, que interaccionan y se hacen cíclicas: hemos de protegerla, debemos educarnos para llevar una vida más saludable y ambas nos llevan a una mejor protección de la infancia, que crece más sana y educada. El proyecto INMA, en el que han participado más de 70 científicos, ha concluido que la contaminación es el principal riesgo para la salud infantil, pues tiene influencia desde el desarrollo del feto. Se acumula en su vida diaria. El Ministerio de Sanidad y los Departamentos siguen mudos, a pesar de que los últimos datos de la OMS sobre la relación entre contaminación y muertes de niños y niñas son escalofriantes. Echen un vistazo a las infografías que se muestran en esta página y difúndanlas. ¿A qué esperan para intervenir de verdad?

 

El aire que respiran muchos ciudadanos europeos deteriora gravemente su salud; parece que poco importa

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La vida en la ciudad es un compendio de placeres y peajes. La convivencia se estructura en torno a las relaciones humanas pero cada vez inciden más en la vida del urbanita los problemas ambientales, en concreto los asociados a la salubridad del aire que respiran. Científicos del Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados predicen que para el año 2030, muchas ciudades europeas se enfrentarán a niveles de contaminación atmosférica muy por encima de los límites establecidos por la OMS y la UE. Echen un vistazo al mapa. El problema no es exclusivamente europeo. Si lo desea puede saber cómo está el aire por el mundo desde aquí. Algunas medidas se van tomando por aquí, como el plan que se propone para el área metropolitana de Barcelona, pero queda mucho por hacer. Algunos abogan por la protección mediante bosques; otros proponen limitaciones de velocidad y restricciones al tráfico. Mientras esto llega la UE urge a España para que en dos meses se ponga en marcha un plan para reducir la alta contaminación en Madrid y Barcelona. Por desgracia, no son las únicas ciudades en donde vivir supone un riesgo debido a la calidad del aire que se respira. ¿Qué estaría dispuesto-a a hacer para que mejorase la calidad del aire de su ciudad?

Policía ambiental en China. ¡A buenas horas mangas verdes!

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Hace unos diez años se publicó en la revista Estudios de Política Exterior un artículo al que poca gente hizo caso, anclados como estábamos en el crecimiento sin límites –en particular de los BRICS- que nos iba a traer la felicidad en el mundo globalizado. Llevaba por título “China, el coste de un modelo de desarrollo” y llamaba la atención sobre cómo había crecido la economía de la República Popular en los últimos 30 años (8-12% anual) a costa del nulo cuidado de la cuestión ambiental: baja calidad del aire, escasez de agua potable, deforestación, etc., lo que la convertía en protagonista del cambio climático global. Avisaba de la interdependencia entre economía, salud pública y malestar social. El mismo año se recogía en el Anuario Asia Pacífico un artículo “Medio ambiente en China” de Ian G. Cook, Director del “Centre for Pacific Rim Studies” de la Universidad de Liverpool en el que avisaba de la asociación entre deterioro ambiental y vulnerabilidad. Estos días los medios de comunicación recogieron la noticia de que Pekín anunciaba la creación de una policía ambiental. Si no fuera por la tragedia acumulada en deterioro ambiental y salud parecería un chiste. Tomemos nota por aquí, para no tener que poner policía ambiental por las calles de nuestras ciudades, en las que los niveles de contaminación crecen sin parar.

La omnipresencia del aceite de palma en nuestras vidas las cuestiona demasiado. ¡Atentos!

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Vigilemos nuestra preocupación. Hasta hace un par de años no nos enterábamos, pero la nueva reglamentación europea obligó a precisar en los productos alimenticios el tipo de “aceite vegetal” que llevaban. ¿Por qué le tienen tanta manía a este producto? Su uso masivo como sustituta de las grasas trans o hidrogenadas no resulta inocuo. Comporta perjuicios sociales y ambientales allá donde se cultiva, y dicen que riesgos sanitarios en quienes la consumen, algo que atestiguan recientes investigaciones. Se están destruyendo las selvas de Malasia e Indonesia para su cultivo –que provocan la desaparición de especies únicas como el orangután y disminuyen la regeneración de las cualidades del aire, a la vez que se vulneran los derechos laborales de los trabajadores-. Muchos de los productos que comemos, también los turrones de Navidad, llevan estas grasas. Por si quiere más información sobre algunos productos alimenticios que la contienen revise el artículo de la revista Qué, aunque sea de hace un año. Parece, aunque todavía son necesarias más evidencias científicas para asegurar su alta peligrosidad en la salud, que es mejor alejarse del aceite de palma, por si acaso.