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Clamor de los jóvenes por su futuro tras la pandemia

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El Día Internacional de la Juventud fue ayer. Hemos revisado los portales de información general y poco o nada se dice, ni siquiera como anécdota. Han pasado 75 años desde que la ONU empezó a andar, tenemos un reto extraordinario en el año 2030 en relación con los ODS, con un marchamo especial para la juventud. Dice la ONU que la proporción de jóvenes sin empleo, educación o formación (tasa NEET juvenil) se ha mantenido persistentemente alta en los últimos 15 años y ahora es del 30 por ciento para las chicas y del 13 por ciento para los chicos en el conjunto del mundo. 

La respuesta de la juventud ante la covid-19 es multiforme; por eso mismo, desempeñan un papel especial en cómo asumen responsabilidades en materia sanitaria. Para ello necesitan una educación en temas de salud, la promoción de la salud pública y la información basada en pruebas para combatir la propagación y los efectos del COVID-19, pero más concretamente para contrarrestar la propagación de la desinformación en la red.

Pero además, o sobre todo, los jóvenes necesitan que las escuelas sean más inclusivas cuando abran tras la pandemia. Así lo demandan en la Carta abierta que dirigen a todos los gobernantes y actores sociales del mundo. Promovida desde el Blog de la Educación Mundial merece nuestra atención, ¿y por qué no la adhesión? Léanla al menos y piensen si están de acuerdo con lo que solicitan. Nos presentan el propósito de forma elocuente: Salvar nuestro futuro.

El campo resucita en el pandémico escenario social

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La gente del campo suele ser callada, su voz apenas se escucha. Claro, son pocos y sus protestas rara vez llegan a los parlamentos. Comer y dar de comer, que todos coman, no es una preocupación de noticiarios ni de tertulias en los medios de comunicación; ni siquiera en tiempos de crisis pandémica. Si revisan los periódicos gordos, de tirada amplia, casi nada se dice de los campesinos. Aportan una parte importante en la reducción del déficit exterior. Además resulta que sus producciones no nos han faltado en los tiempos duros de la pandemia; y así seguirán.

La agricultura merece una atención delicada, como bien de interés social. Con esa intención le dedicamos el artículo «Agricultura poliédrica» en Heraldo de Aragón del pasado martes. Redactado en un sentido crítico y a la vez constructivo, en parte social y con matiz de economía sencilla, de dignidad humana también, vale para cualquier territorio porque tiene muchas caras y admite múltiples perspectivas.

«Enmascarillarse» ante el móvil

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La palabra entrecomillada es fea de narices; de eso va este artículo: de narices, bocas y manos. No para hablar de ellas sino para protegerlas de la hipotética transmisión del maldito coronavirus que nos persigue. Viene todo esto a cuento de una duda, todo lo que rodea a la pandemia lo es, no satisfecha del todo: ¿Cuánto y cómo actúa el móvil de vehículo de transmisión del coronavirus?

A decir verdad, hay artículos que hablan de que sí mientras que otros callan sobre el asunto. Una hipótesis sensata, pendiente de confirmar, defiende que hagamos un precavido uso de los dispositivos terminales si queremos protegernos de la llegada del virus. En demasiadas ocasiones, el móvil se pone en contacto con manos, cara y boca. La mascarilla que debía protegernos puede no cumplir su función si nos la quitamos para hablar con el móvil, si este reposa en una superficie potencialmente no limpia, si la conversación con el móvil nos aísla tanto del mundo próximo que no reparamos en la llegada de potenciales transmisores o conductas adecuadas. No queda otra que «enmascarillarse» más y mejor.

De esta hipótesis se habla mucho más en «Mi estimado y ahora antipatizado móvil pandémico» de 20minutos.es.

Las mascarillas abandonadas contaminan

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Nuestra vida sin ellas sería de otra manera, nuestra salud mucho más quebradiza en estos momentos pandémicos. Merecen una consideración, incluso en su final de utilización. ¡Nunca deben abandonarse por la calle, mucho menos en la naturaleza! Se sabe que están fabricadas con distintos componentes que tardan en degradarse entre 300 y 400 años, con los riesgos acumulados para la vida en general, además del agua y los suelos. Pero además, aunque vayan al contenedor gris de residuos no separables (en otros sitios es verde oscuro) nada se hace con ellas. Por otra parte, pueden contener una carga vírica peligrosa.
La búsqueda de la seguridad determina que en estos momentos pandémicos se aconseje el usar y tirar, tanto de mascarillas como del resto de materiales protectores plásticos, guantes y similares, ya sea en entornos hospitalarios o no. Esta prevención -que en este caso se ve como necesaria- no puede volver a impulsar la utilización de otros objetos de uso diario doméstico, asunto contra el cual tanto se ha luchado; recordemos los materiales plásticos de un solo uso como pajitas, vasos, bolsas, etc., en proceso de prohibición. Por eso, 
debería pensarse si en determinados momentos de vida cotidiana, no hospitalaria ni sociosanitaria, no es mejor sustituir las mascarillas higiénicas o quirúrgicas por las reutilizables (de especificación UNE 0065).

Lo potencialmente contaminado sigue contaminando durante mucho tiempo. El pasado día 30 el Gobierno de España puso en marcha «Recuerdos inolvidables« para alertar sobre esta cuestión. Averigüemos qué tienen de recuerdos y porqué le habrán puesto inolvidables.

Verkhoyansk en la memoria meteorológica, para recordarnos el presente climático

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En los inviernos fríos de la estepa, cuando las temperaturas podían alcanzar alguna noche los 10 grados bajo cero, aquel estudiante adolescente que esto escribe recuerda el pueblo de la URSS, muy cerca del Círculo Polar Ártico, donde el 7 de febrero de 1892 se había alcanzado la mínima temperatura registrada en todo el mundo: -70 ºC. Cualquiera puede entender el asombro de la gente de entonces -a pesar de conocer que Siberia era una tierra helada- que este dato generaba. La incredulidad mostrada por los mayores de mi pueblo era total, pues más de uno recordaba inviernos extremos en la estepa monegrina en donde soportaron aquel gélido inicio de febrero de 1956, pero con temperaturas distantes a ese cifra. Lógico, dado que sus escasos termómetros no estaban preparados para registrar esos valores. Ni siquiera servía mostrar en el atlas la situación de la mencionada localidad en el norte polar, encontrarla en la bola del mundo que había en la escuela, lo cual hablaría de su importancia.

El presente climático nos sorprende mucho más que el pasado. Dicen las noticias que el 20 de junio de 2020 se alcanzaron en esa pequeña localidad rusa los 38 ºC, cuando por allí apenas se rebasaban en verano los 15 ºC. Al margen del hito de la temperatura alcanzada, lo preocupante es que los veranos duran cada vez más y con valores más altos, como sucede en toda la Europa septentrional. Esta tendencia, mantenida desde hace unos años, nos alerta de los riesgos añadidos al cambio climático en forma de emergencia global. El suelo helado ha perdido su albedo, ya no refleja la luz que le llega y la mayor parte se convierte en calor del suelo y atmosférico; con él viene la rápida descongelación del permafrots, su debilitamiento permanente en muchos lugares, y la liberación del metano escondido en el suelo; se ponen en marcha varias espoletas del cambio climático que tienen repercusiones muy serias en la dinámica atmosférica global.

Verkhoyansk en el memoria y en el presente, que ya es futuro; un aviso para los incrédulos.

NOTA:
En realidad, en Oymyakon, también en la Siberia recóndita, se registraron -71,2 C el 16 de enero de 2018, lo que la convertiría en el récord en un lugar habitado. No nos sirven los -89,2 C medidos en la base rusa Vostok de la Antártida oriental.

La covid-19 aumenta la malnutrición

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Finales de julio de 2020. A pesar de los avances tecnológicos en la producción de alimentos y el multicomercio para la distribución, la alimentación y la nutrición de una buena parte de las personas se ha convertido en un grave problema social, aunque en la privilegiada Europa no se haga visible en la calle. En mayo de este año 2020 se publicó el Informe de la Nutrición Mundial. Medidas en materia de equidad para poner fin a la malnutrición en el que se constata que la alimentación humana sigue siendo un desafío mundial, de apremiante abordaje. Lo es que una de cada nueve personas padezca hambre, que un tercio de las personas tenga sobrepeso u obesidad, que cada vez más países deben enfrentarse a la contradictoria sobrecarga de que la desnutrición de muchas personas coexiste con el sobrepeso, la obesidad y varias enfermedades no transmisibles relacionadas con la dieta (ENT) en otras. El informe lamenta que la reversión de esta situación sea demasiado lenta, que corra el riesgo de no producirse. De hecho, ningún país de los 195 testados por los investigadores del informe ha diseñado las acciones para cumplir los diez objetivos de nutrición mundiales para 2025 y solo 8 están bien posicionados para conseguir cuatro de ellos.

Mientras, la covid-19 se extiende por todo el mundo y daña demasiado a la seguridad alimentaria y la nutrición. Durante estos meses se hacen más visibles los trazos menos amables –amplificados por la vulnerabilidad de la vida humana y la fragilidad del sistema- de la elongada geometría social, marcadamente asimétrica y en donde asoman fronteras temporales y geográficas. 

Seguir leyendo en La Cima 2030 de 20minutos.es.

La escuela pospandémica incrementará las desigualdades

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Toca cerrar por unas semanas el escaparate de la ecoescuela abierta, que ha querido llevar a los domicilios de los escolares confinados, al profesorado, una parte de la naturaleza para hacerla perceptible en su relación con las personas: cometido social o asignatura escolar que todavía necesita bastantes empeños. Estos días de julio, muchas escuelas, a un lado y otro del Atlántico, retoman las vacaciones. Pero ahora todo resulta extraño; ni las pausas lectivas se miran como antes. La emergencia sanitaria nos ha roto los ritmos, además de otras muchas cosas. Lo ha hecho en España, pero qué decir de lo que sucede en México, Perú, Ecuador o Brasil por citar solo unos ejemplos de América Central y del Sur. Un recuerdo especial para las maestras y maestros de Chile.

En estos meses, los cierres han ocasionado graves prejuicios en todo el mundo, más todavía en los países de ingresos medios como es el caso de una buena parte de Latinoamérica. El retroceso que conllevarán estos cierres va a ser tremendo. El último informe GEM (Global Education Monitoring) de Unesco pronostica que las ayudas a la educación mundial, que habían alcanzado buenos valores en 2018, van a sufrir un descenso por la COVID-19 cercano al 12 %, lo cual deja inermes a muchos escolares de países con evidentes dificultades educativas. Además, en territorios en los que las desigualdades en ingresos familiares ya alcanzaban valores graves, el virus no ha hecho sino flagelar todavía más a los desfavorecidos, acaso provocarles cicatrices permanentes. Estas heridas serán pésimas acompañantes para retomar los impulsos educativos cuando las circunstancias los permitan.

Cuando la emergencia de salud disminuya habrá que renovar la educación colectiva y particular; hacerla más reflexiva. En este proceso, cabría preguntarse si la monotonía escolar dificulta su comprensión organizativa, si no se interioriza la dimensión de la escuela como institución, con sus virtudes y sus defectos. Nos tememos que tampoco queda manifiesto, aquí y en América Latina, ese cometido ecosocial dirigido a ayudar a entender la vida cotidiana y el mundo, circundante o no, en temas como el cambio climático o la pobreza e igualdad de oportunidades, por ejemplo.

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Una educación de calidad tras la pandemia

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Ya nada será como nunca. Pero queremos repetir aquello de que la educación de calidad adorna la vida de esperanza, de compromiso, de universalidad y de futuro. Cualquier reflexión educativa se estructura en torno a la valoración del acceso universal a la educación, la equidad, las variables referidas al aprendizaje en sí, la calidad de la educación apoyada también en la formación inicial y permanente del profesorado. Asuntos todos sobre los que hay que trabajar mucho en este momento, cuando la educación formal ha sufrido tanto.

Toca hablar de financiación; máxime ahora cuando los dineros destinados a hacer frente a la pandemia en todo el mundo dejan en incógnita las necesarias inversiones educativas. Cuando volvamos a las aulas hay que examinar si la educación de cualquier país –lo centramos en España y América porque desde allí se visita este blog- dispone de recursos económicos, traducidos en programas y profesorado. El comienzo del informe nos avisa de lo que viene detrás: “Uno de cada cuatro países no cumple ninguno de los principales objetivos de referencia sobre financiación para los gobiernos esbozados en el Marco de Acción de Educación 2030”. Dice la UNESCO que para empezar medianamente bien hay que dedicar al menos el 4 % del PIB a la educación. Claro que es difícil hacer lo que Suecia (7,7 %), Dinamarca (7,6) o Islandia (7,5) pero ahí tenemos a Costa Rica y Belice (7,4) y Bolivia (7,1).

La pandemia debe hacernos cambiar aquellos contenidos estáticos de los que tanto hablamos normalmente en las aulas para acoger acontecimientos de alcance social, propios de una ecoescuela abierta, como puede ser otra de las contundencias del informe: “Las ambiciosas metas en materia de educación no se alcanzarán a tiempo sin recursos adicionales, especialmente en los países más rezagados”. Tomemos nota: de los aproximadamente 5 billones de USD que se destinan a educación al año en el mundo, solamente el 0,5 % se emplea en los países de ingresos más bajos mientras que más del 65 % se dedica a la educación de los de ingresos más altos. Esto se llama injusticia global, es un motivo más para que aumente la explotación de los débiles en muchos países, para anular sus ilusiones colectivas, para que la emigración multidireccional se convierta en una espoleta social. Por eso, solo estos datos nos deben empujar a hacer las cosas de otra forma. Ahí vamos.

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Descuidos peligrosos en tiempos difíciles

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Puso la palabra adecuada, como siempre, Victoria Camps en un reciente artículo en la revista Ethic. Los descuidos tienen una repercusión multidimensional. Durante esta pandemia hemos oído muchas veces que la prevención es la mejor forma de evitar males mayores; la escucha no ha hecho efecto. Fallaron previsiones en los gobernantes, llegaron tarde quizás porque no sabían o están habituados a descuidos, dado que atienden de forma prioritaria a otras cosas, que es una manera de no comprometerse con lo importante porque suele costar más resolverlo. Pero ¿qué es lo importante hoy: cada uno de nosotros o los demás? Lo uno y lo otro combinados e interrelacionados, la salud colectiva o las cifras macroeconómicas.

Sorprende ver que por todo el mundo se generan situaciones de manifiesta irresponsabilidad en la actuación individual o colectiva frente a la pandemia; cuentan poco los cuidados que tiene otra mucha gente para que el peligro no se extienda. El lema «Cuídate para cuidar de los demás» no cala del todo. Será porque lo primero supone una cierta restricción y por eso se supedita a la libertad, a la expansión o al jolgorio. Tanto da una cosa como la otra. Quien puede proteger(se) y no quiere merece la crítica unánime. Pero ahí estamos: 13,5 millones de contagios y 584.000 víctimas.

Vivir en la zozobra pandémica es un ejercicio de temor continuado, con episodios de miedo, con riesgos y peligros; de los que costará recuperarse a mucha gente. Aquí estamos, sin poder hablar de otra cosa, consumiendo nuestras energías en repasar lo que se hace mal. Debemos aprender una lección que cada día la pandemia nos recuerda: nadie es independiente, ni está a salvo de lo que le pueden transmitir los demás; nadie puede usar la libertad para poner en peligro al colectivo. Cuesta decirlo, pero a quienes no lo entiendan habrá que explicárselo bien, incluso limitándole su autonomía, que no le es propia sino un préstamo colectivo. Los descuidos que entrañan peligros provocan enormes desperfectos en tiempos difíciles.

La covid-19 nos hunde en la turbación socioambiental

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No resulta exagerado decir hoy que casi todo que afecta a nuestra vida está en paréntesis, que cualquiera de las relaciones sociales es una incógnita marcada por las incertidumbres. Si esto es realmente así, habrá que aprender a saber campearlas; acaso componiendo nuevas estrategias vivenciales. Se comenta que fue Confucio quien alertaba de que para aprender lo primero que hay que hacer es reflexionar; a la vez, o después, convendría fijarnos en el espejo de los demás; incluso habiendo pensado las cosas adecuadamente, no debe faltar la experiencia. Pero ni siquiera eso asegura la protección ante lo que se nos viene encima.

Todo esto sucede cuando las actuaciones para aplanar la virulencia del coronavirus en la salud se enfrentan a una batalla contra el tiempo. ¡Vaya encomienda que se presenta al sistema, a la gobernanza y a la ciencia! Hay que hacerlo bien y rápidamente, extremos que la mayoría de las veces restan bastante eficacia a cualquier transformación social, o de mejora colectiva como puede ser encontrar la tan anhelada vacuna. Un proyecto colectivo de tal envergadura requiere una medida previsión, una planificación exquisita, la colaboración multisectorial y una pausada ejecución.

En este escenario complejo, el mundo mantiene pendiente el reto socioambiental en forma de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). Tampoco tienen solución rápida ni universal y sin embargo urge extenderlos a mucha gente; no muy tarde para no dejar demasiadas personas atrás. Seguro que si los ODS se pudieran expresar -en particular el núm. 3 que postula una salud y bienestar universal- maldecirían a la covid-19. Ha sumido al mundo en una emergencia imprevista, que no respeta fronteras ni ideologías, de complicada gestión tanto a escala próxima como lejana.

Cunde la impresión de que la atención prioritaria a la covid-19 va a arrinconar a los ODS en todo el mundo. Lo asegura Naciones Unidas en su informe Responsabilidad compartida, solidaridad global: una respuesta a los impactos socioeconómicos de la COVID-19

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El espejo climático nos previene de aconteceres difíciles

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Atentos como estamos a lo que nos dice la ciencia para explicar el cambio climático, no podíamos dejar pasar ni siquiera unos días. La AEMET nos lo ha puesto delante de los ojos en un espejo con superficie plana. Allí ha proyectado la imagen nítida de lo que acontece hoy en las variables que condicionan el clima. Pero además, nos ha proporcionado claves para pensar en que al lado de esa pantalla podría haber situado otros espejos, más o menos convexos o cóncavos, para que cada cual aventurase lo que puede suceder. El 2 de julio pasado se presentaba el Primer Informe anual sobre el estado del Clima en España 2019. Lo dicho ahí viene a corroborar el pronóstico del Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU (IPCC) que nos avisa de que debemos estar preparados para esos cambios que suponen el incremento de las lluvias torrenciales al lado de sequías más o menos pronunciadas, las sucesivas e incrementadas olas de calor y el progresivo aumento de la salinidad del mar, entre otras malas noticias meteorológicas vs climáticas.

El informe de la AEMET tuvo unos antecedentes. Ya nos habló de las evidencias del cambio climático: el otoño pasado fue el más cálido en el conjunto de la Tierra desde 1880. En España, fue más húmedo de lo normal, cerró con una temperatura media de 16,5 ºC, 0,7 ºC por encima de la media 1981-2010, lo que lo convierte en el sexto más cálido desde 1965. Es más, desde aquel año, ocho de los diez otoños más cálidos tienen fecha del siglo XXI. Mal asunto cuando lo que podría ser episódico se convierte en duradero. Otro aviso de la AEMET para sufridores: “En 2019 se registraron tres olas de calor de las que destaca, por su gran intensidad, la que tuvo lugar entre el 26 de junio y 1 de julio; en ella se superaron los 43 ºC en puntos del nordeste peninsular y se batieron numerosos récords absolutos de temperatura máxima anual”. Si miramos bien estas cifras nos queman, demasiados reflejos sin protección.

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Redescubrir la naturaleza es un aconsejable ejercicio pospandémico

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Hay que insistir en el valor de la naturaleza, para que nunca se nos olvide, para que pensemos en ella cuando no sea urgente visitarla para que nos mejore el cuerpo y nos atempere el alma. De ella salimos o formamos parte, el significado exacto que lo elija cada cual, y en ella somos; para ella debemos ser amables conviventes. «Tan corto el amor, tan largo el olvido», parafraseando a Pablo Neruda que utilizaba la frase para otros menesteres.

Estaba ahí permanentemente, casi sin levantar la voz. Desde siempre, servía como fuente inagotable (sic) de recursos. Tanto tiempo pasó en esta situación que la habían despojado de una parte de sus tesoros, por más que siempre había sabido renovarse. La naturaleza va a su ritmo entrópico, pausado o abrupto, pero cada vez se altera más pues padece incidencias antrópicas más o menos graves. Su devenir bascula de un lado para otro respondiendo a condiciones físicas extremadamente complejas, algunas le ayudan a mantener su esencia y estampa, otras se las cambian. Durante siglos y siglos no le faltaron afectos, si bien últimamente se sintió olvidada.

Era ella por tierra, mar y aire; toda una expresión de biodiversidad. Hay que recordar que el metabolismo de la biosfera terrestre se parece al de un organismo, que lo es, pero en este caso extremadamente complejo. Si alguien se da una vuelta por ‘World Mapper’ encontrará un cartograma animado de la NASA elaborado con las informaciones de satélites que detectan la ‘producción primaria bruta’ (GPP) acumulativa de la biosfera en tierra. Esta productividad, diferente según zonas y países, es la energía para la vida multidiversa de la naturaleza; cambia con las estaciones y según la variabilidad geográfica.Nos da una idea de cómo todos los organismos de la biosfera están interaccionando gracias al sol. Por eso no basta con visitarla, su belleza es parte de su existencia; una y otra dependen de quienes miran o viven.

Leer artículo completo en la Firma de Heraldo. 

La movilidad como símbolo de libertad ilustra el despiste vital

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Ya hemos hablado de esto otras veces: ¿De qué forma se contraponen el ejercicio de la libertad personal con los efectos éticos, sociales o ambientales de cada una de nuestras acciones? Si difícil era la respuesta a esta pregunta enrevesada hace medio año, ahora casi habría que hacer un ejercicio de pensamiento elevado en un cónclave. ¡Vaya despiste en el que estamos metidos! Por ejemplo, imaginemos una situación cotidiana en nuestras ciudades: movilidad y consecuencias ambientales y en la salud. Antes, ya nos resultaría complejo decantarnos por una postura drástica. En estos días casi es eso lo que menos nos preocupa si pensamos en el concepto movilidad, la queremos toda pues de lo contrario no nos sentimos libres. Esto a pesar de que el asunto no deja de ser serio, como lo demuestran los frecuentes atascos que han vuelto a repetirse en salidas y entradas a grandes ciudades cuando nos han dejado pasar a «la extraña normalidad». ¡Esto a pesar del riesgo de volver a extender la pandemia!

Para analizar lo que hacemos nosotros y los otros hemos de utilizar algo de crítica, compromiso, deseos, derechos y deberes, o lo que mejor vaya. Casi nunca se encuentran resultados duraderos, lo de ahora no me vale después, lo de aquí no sirve allá, etc. Algunas personas sí tienen las cosas claras, o al menos eso demuestran; se mueven por donde quieren poniendo en riesgo la salud de los demás. Las tenemos a nuestro lado o lejos -gobernando grandes países en donde la libertad de unos lastima la salud de otros hasta costarles la vida; no es necesario citarlos-. Hagamos el ejercicio de preguntar a la gente que vive o trabaja con nosotros, lo más probable es que no se encuentren mayorías estables. Aquí va una secuencia de ABC news aunque sea de hace más tres años. Aunque parezca exagerada la imagen, sirve para rescatar uno de los vectores/modelos de la insólita normalidad. Hay quien dice que no piensa comportarse de forma sostenible y saludable ante contaminaciones y pandemias. Otros, tal como están las cosas, acuden en masa a celebraciones deportivas o lugares de ocio sin prevenciones ni protecciones mínimas. El despiste vital no parece normal, a pesar de que se haya viralizado. ¿Es eso libertad?

La sostenibilidad ecosocial no deja de ser un bonito postulado en espera

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Hasta ahora, las medidas que toman los gobiernos, las que adoptan los circuitos comerciales o aquellas que hacen suyas una mayoría de la ciudadanía resultan mínimas en relación con las necesidades del sistema convivencial, social y con el planeta. Un ejemplo lo tenemos en el posicionamiento frente al cambio climático: cuatro carriles bici, la quimera del coche eléctrico sin recargas ni recambios de baterías, y una reorientación del mix energético basado en la proliferación de la eólica. Nada se dice de consumir menos energía y adoptar medidas colectivas de mitigación del cambio climático. 

Todo esto a pesar de que los científicos, miles de ellos, llevan años avisando de que el cambio de rumbo debe ser radical, de que es ineludible verificar si continuando con el estilo de vida actual no se lastima a mucha gente, al medioambiente; si todo ello de deja de ser un obstáculo para detener lo que se nos viene encima. La crisis pandémica nos obliga a una transformación brutal, a la cual nos resistimos. La ciencia nos dice que hay que cambiar el (des)orden global, que todavía se puede aprovechar la plasticidad existencial de la que la sociedad ha hecho gala en otros tiempos.

Pocos responsables políticos están convencidos de revolver la dinámica consumista, de concertar los instrumentos adecuados para que la ciudadanía los acompañe en el diseño de otro ritmo de vida, a pesar de lo que dicen alguna vez o de lo bonito que queda el Pacto Verde Europeo. Mientras tanto, el tiempo pasa, esperando que llegue el año 2030, aquel en el que se suponía que todo iba a cambiar. A él miraban los grupos sociales más vulnerables, hasta el medioambiente empezaba a creérselo. Será verdad que no sabemos ser modernos, híbridos sociales y planetarios, como manifiesta Bruno Latour cuando afirma que «No se trata ya de retomar o de modificar un sistema de producción, sino de salir de la producción como principio único de relación con el mundo».

El aula de la naturaleza espera a los escolares descofinados, y a la gente que quiera aprender de ella

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Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

La armonía de la naturaleza que tanto apreciamos es un poco inventada. No hagamos excesivo caso a lo del equilibrio ecológico; es una verdad débil porque nada está quieto permanentemente, ni siquiera tres minutos seguidos. El morir o vivir de tal o cual individuo tiene una importancia relativa. Es más terrible si una especie desaparece porque los individuos no supieron a adaptarse a los nuevos tiempos o climas. Muchos ya no están por la intervención humana, muy criticable. Por cierto, hay que buscar la armonía con la naturaleza, que significa no molestar demasiado a quienes por allí viven o transitan. Eso más o menos decía una resolución de la ONU de 2009 y que ha dado título a varios informes de este organismo internacional. De este asunto se habla todos los años el 22 de abril, coincidiendo con el Día de la Madre Tierra.

Seguir leyendo el artículo completo en Ecoescuela abierta de El Diario de la Educación.