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La sostenibilidad ecosocial no deja de ser un bonito postulado en espera

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Hasta ahora, las medidas que toman los gobiernos, las que adoptan los circuitos comerciales o aquellas que hacen suyas una mayoría de la ciudadanía resultan mínimas en relación con las necesidades del sistema convivencial, social y con el planeta. Un ejemplo lo tenemos en el posicionamiento frente al cambio climático: cuatro carriles bici, la quimera del coche eléctrico sin recargas ni recambios de baterías, y una reorientación del mix energético basado en la proliferación de la eólica. Nada se dice de consumir menos energía y adoptar medidas colectivas de mitigación del cambio climático. 

Todo esto a pesar de que los científicos, miles de ellos, llevan años avisando de que el cambio de rumbo debe ser radical, de que es ineludible verificar si continuando con el estilo de vida actual no se lastima a mucha gente, al medioambiente; si todo ello de deja de ser un obstáculo para detener lo que se nos viene encima. La crisis pandémica nos obliga a una transformación brutal, a la cual nos resistimos. La ciencia nos dice que hay que cambiar el (des)orden global, que todavía se puede aprovechar la plasticidad existencial de la que la sociedad ha hecho gala en otros tiempos.

Pocos responsables políticos están convencidos de revolver la dinámica consumista, de concertar los instrumentos adecuados para que la ciudadanía los acompañe en el diseño de otro ritmo de vida, a pesar de lo que dicen alguna vez o de lo bonito que queda el Pacto Verde Europeo. Mientras tanto, el tiempo pasa, esperando que llegue el año 2030, aquel en el que se suponía que todo iba a cambiar. A él miraban los grupos sociales más vulnerables, hasta el medioambiente empezaba a creérselo. Será verdad que no sabemos ser modernos, híbridos sociales y planetarios, como manifiesta Bruno Latour cuando afirma que “No se trata ya de retomar o de modificar un sistema de producción, sino de salir de la producción como principio único de relación con el mundo”.

El aula de la naturaleza espera a los escolares descofinados, y a la gente que quiera aprender de ella

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Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

La armonía de la naturaleza que tanto apreciamos es un poco inventada. No hagamos excesivo caso a lo del equilibrio ecológico; es una verdad débil porque nada está quieto permanentemente, ni siquiera tres minutos seguidos. El morir o vivir de tal o cual individuo tiene una importancia relativa. Es más terrible si una especie desaparece porque los individuos no supieron a adaptarse a los nuevos tiempos o climas. Muchos ya no están por la intervención humana, muy criticable. Por cierto, hay que buscar la armonía con la naturaleza, que significa no molestar demasiado a quienes por allí viven o transitan. Eso más o menos decía una resolución de la ONU de 2009 y que ha dado título a varios informes de este organismo internacional. De este asunto se habla todos los años el 22 de abril, coincidiendo con el Día de la Madre Tierra.

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La vacuna pandémica la impulsa el pensamiento crítico individual

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Cada cual debería pensar si su comportamiento sirve o no para aminorar el golpe en la salud, en la economía y en la vida social que tenemos encima, que durará bastante tiempo. Algunos defienden una transformación brutal de los comportamientos, hacerlo a toda velocidad. Muchas veces, la felicidad en la vida depende de la calidad de los pensamientos. Solamente así se ayuda la persona que vive consigo misma y con los demás. Cada individuo tiene una plasticidad que debe aprovechar para rediseñar sus comportamientos, por más que actuar de acuerdo con unos pensamientos sólidos sea incluso mucho más difícil. Pensar para acabar con los problemas, no resulta fácil.

Estos días estamos asistiendo a rebrotes pandémicos por todo el mundo, buena parte debido a la inconsciencia particular y colectiva. Dicen los científicos que era previsible. Aseguran quienes saben del comportamiento humano que no se puede tener total seguridad ante cualquier emergencia si cada individuo quiere hacer uso de la plena libertad que le corresponde.  Si se buscan resultados distintos, eso se dice, no se puede hacer lo mismo que antes. Protégete y protege a los demás, es un axioma que podría servir en este momento crítico. Dado que la inseguridad es un aspecto de la vida individual y colectiva, resulta que la libertad siempre es un riesgo. No pensar críticamente la convierte en una temeridad, que a menudo acompaña a la juventud. Sin embargo, habrá que pensar si el valor reside en un escenario en medio de la cobardía y la temeridad. Siempre hay que tomar opciones que, pensándolo bien, significan algo para sí mismo y para los demás.

Del estado de alarma al escaparate de la vulnerabilidad

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Llegó el verano astronómico y trajo muchos cambios. Con él abandonamos en España el estado de alarma, en Europa se abren fronteras, pero no por eso abandonamos nuestros temores, nos sentimos vulnerables. El verano invita al jolgorio, pero en este hay menos cosas que celebrar. No sabemos cómo será cada día, ni si habremos de cortar una parte de nuestros deseos de expansión, después de tanto tiempo confinados. Acaso nos llegará algún otro susto. Parece que el verano ha venido para acabar con la larga monotonía del pasado reciente; ya podemos viajar y recuperar afectos perdidos, disfrutar de expansiones varias.

Cada día que pase nos acercará al futuro, cada día pasado nos enseñó cosas si quisimos aprender. Nos habremos dicho que lo de hoy no daría lo mismo mañana pues teníamos la voluntad de aprender. En este verano atípico, temeroso del otoño e invierno futuros, cada día nuevo nos recordará en su escaparate social que cerca o lejos, ayer o antes, pasó algo relacionado con la fragilidad de la especie reinante del mundo, o con la vulnerabilidad de una parte de sus miembros. Ambas propiedades de uno o muchos se usan indistintamente, será porque cada día marcan la existencia colectiva, pero ahí están expuestas para quien las quiera ver.

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La expectante conquista de la naturaleza en un verano atípico

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La naturaleza nos espera temblando. Este verano va a ser especial; vamos a salir de estampida al campo después de tantos días confinados. Puede que lleguemos a esos lugares tan deseados y encontremos lo que buscamos. Seguramente aparecerá algún personaje de los que hemos visto en los documentales que nos han entretenido estos días, o recordamos de experiencias pasadas. De entrada, saludémoslos con la mirada, esa que ayuda a entender la vida en libertad si se conecta con el pensamiento. No intentemos clasificarlos en buenos o malos, bonitos o feos, necesarios o no, simpáticos o molestos; también los hay ocultos, grandes y pequeños. A pesar de cualquier enumeración, las clasificaciones no existen allí, todo está mezclado en un complejo muestrario de vida y cosas, sin más. “La naturaleza nada guarda incompleto ni en vano”, vino a decir Aristóteles, a lo que añadiríamos que cuando no hay propósito de juzgar poco se puede echar en falta. Hay que mirar con el corazón alerta, pues de lo contrario nos perderemos muchos detalles, más todavía si no hemos desarrollado previamente el sentido de la observación o la escucha atenta, o se nos nubló después de estos meses de agobios varios. Allá donde vayamos, observemos a quien siempre nos llamaba aunque no pronunciase palabra; será por eso que Víctor Hugo se lamentaba de que la humanidad no escucha.

Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución, pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

Al final, en el mundo natural nadie que quiera se siente solo, ya que, si sabe percibir, cuenta más lo latente, casi oculto, que lo patente que se ve mucho. Cuando el verano acabe nos habremos llevado las confidencias del paisaje, que nos ha susurrado que ninguna especie destruye su propio nido. Costumbre que los humanos hemos olvidado a pesar de que ya el sabio Averroes explicaba a sus contemporáneos andalusíes del siglo XII que nada de la naturaleza le es superfluo. Cuando el verano pase, puede que olvidemos algunos descubrimientos;  los vientos nos traerán sus ecos a poco que nos esforcemos; si no, a esperar al siguiente, en donde la naturaleza ya no será como la de este año, tan inédita, o no tendremos tantas ganas de verla porque ya habrán acabado los confinamientos. ¡Ojalá!

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El IDH (Índice de Desarrollo Humano) en suspensión de pagos éticos.

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Pronostica la ONU que la actual pandemia causará un grave retroceso en el IDH –el mayor desde 1990-. Tal descenso supone una debacle en la vida de muchas personas, en particular las que habitan en esos países de IDH bajo. Algunas cifras del informe elaborado por el PNUD (Programa de las Naciones Unidad para el Desarrollo) asustan: la esperanza de vida descenderá, es posible que centenares de miles de niños menores de cinco años mueran por la falta de asistencia. Por si esto no fuera suficiente, la educación (factor del IDH que no del PIB) que transitaba mal que bien por países de ingresos bajos y medios no llega durante estos meses de pandemia pues las escuelas siguen cerradas para más del 60 % de los niños. Solamente teniendo en cuenta los millones de personas afectadas y los centenares de muertos ligados a la COVID-19 se atisba un panorama más que sombrío para el IDH global y el particular de los países de ingresos bajos o medios. No olvidamos esas Agendas 2030 que querían poner en valor el desarrollo sostenible. ¿Se rellenarán con hechos?

El IDH se fija especialmente en la esperanza de vida al nacer, los años esperados de escolaridad, los años promedio de escolaridad y el PIB per cápita. Pero también se ajusta en su relación con la desigualdad en general, con el desarrollo y la desigualdad de género, con la pobreza multidimensional, con la salud, con el empleo y bastantes indicadores que permiten dibujar una imagen de los países, agrupados para su estudio en aquellos que tienen un desarrollo humano muy alto, alto, medio, y bajo. Tras la COVID-19 es mejor esta lectura.

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El redescubrimiento de la naturaleza tras la pandemia. ¡Cuidado con los espontáneos!

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Era ella. Estaba casi sin estar. Servía de fuente inagotable (sic) de recursos. Perdía poco a poco una parte de sus tesoros. Le llegaban a veces afectos. No se sabe si compensaban.

Era ella tan necesaria y a la vez tan poco estimada. Se estima a alguien o algo por que emociona. Pocos lo veían así. Durante la última década se ha ralentizado la pérdida de millones de hectáreas de bosques, la vertiente artística de la naturaleza la llamó alguien; pero sigue. Poco parecían preocuparse. La naturaleza es mar océana, asimilación que no viene de Alberti. Los océanos sufren desprecios similares a la naturaleza terrestre. 

Era ella por tierra, mar y aire toda una expresión de biodiversidad. La vida multiforme se reduce según denuncia la FAO en su reciente avance del informe “Evaluación de los recursos forestales mundiales. 2020“. A lo largo de los últimos años han desaparecido especies. Tampoco ha pasado nada, dicen quienes ve el mundo desde la atalaya del negacionismo.

Era ella ensalzada por naturalistas y científicos, también por los artistas que la cantaron o pintaron. Ni por esas los amores fueron eternos. Pero va un bicho que ni ve ni siente y nos descubre hasta qué punto nuestros destinos están compartidos con la naturaleza. En cuatro días, meses, ha logrado destapar el tarro de las esencias de la naturaleza cosa que los científicos ni los ecologistas no han logrado tras avisarnos durante décadas.

Es a ella a donde todos queremos desplazarnos. No sabemos si la que era o la que es. “La naturaleza es salud”, escuchamos y leemos estos días. La estampida que se prepara al medio rural y natural nos hace temer que ese descubrimiento no sea para ensalzar, sino para temer. Los espontáneos no tardan nada en ser invasores.

Era ella, también en el Mar Menor; ya lo decían los ecologistas. Entre muchos la mataron y ahora hay quienes se lamentan, viendo peligrar sus negocios. La naturaleza es y no es sujeto de amores. 

¿Será ella?

Temores para imaginar la transición a la inesperada escuela de todos

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Qué raro se hace todo, qué pena da ver cerradas nuestras escuelas, qué miedos salen de dentro al intentar abrirlas, todavía embozados y plenos de lenguajes de miradas desconfiadas. Qué difícil es conjugar lo deseable con lo satisfactorio, lo necesario con lo accidental. Porque todo esto ha sido como un grave accidente colectivo prolongado, casual o no, eludible o avisado, pero para nada trivial; de ahí su difícil encaje en el futuro. Nada más pensar este tiempo y enseguida emerge el dilema: cómo encajar lo que unos desean o necesitan con lo que otros temen o se niegan a aceptar. Aceptar aparece al lado de acertar; combinación difícil en situaciones de emergencia. Emergencia es sinónimo de catástrofe como la actual pandemia. Pandemia eventual o trance permanente pues los temores serán difíciles de borrar; nos avisan de los riesgos otoñales. El contratiempo de los meses pasados se podría tachar, si bien las marcas dejadas en los más vulnerables quedarán, nadie sabe con qué dimensión. Dimensión educativa compleja la desarrollada durante este meses. La formación on line no es buena ni mala sino una incógnita en la que no teníamos experiencia previa de forma tan masiva. Masiva se parece a excesiva, como ha sido la implicación del profesorado y de algunas familias, convertidas a la vez en profesores y alumnos. Los alumnos habrán ido respondiendo mal que bien a las demandas de la escuela cerrada. Cerrada la posibilidad de socialización la escuela se desvanece, como los posibles conocimientos aprendidos a golpe de pantalla. Pantallas que no todos tienen en las mejores condiciones, como esas redes con apagones inoportunos.

Una oportunidad para aprender, han titulado algunos a esta emergencia escolar. Escolar es alianza y convivencia, entre la administración que regula y el profesorado que interpreta, de un lado las familias que desean retomar el pulso ordinario y de otro los alumnos que se encuentran en un limbo difícil de entender y explicar. Deseos que se sobreponen a los temores en algunas familias (trabajan todos los adultos o sus hijos soportan vulnerabilidades o discapacidades) y se convierten ahora mismo en necesidades: piden que abran las escuelas ya con cuidados particularizados. Para eso, hay que explicar posturas que lleven a concertar entre todos (equipos técnicos, administración, profesorado, sindicatos, familias y asociaciones de alumnos) los pasos a dar ahora mismo, de aquí a septiembre o cuando sea, para disipar temores y convertirlos en deseos. Deseos que compondrán realidades diferentes: la escuela no puede resucitar como si no se hubieses destrozado sus deseos.

Vayan desde aquí los mejores para la tarea compleja que espera, sin olvidarme de una duda permanente: la seguridad nunca será evidente en este mundo que nos ha demostrado una parte importante de nuestra fragilidad, como especie y educativa. La escuela es de todos y a nadie pertenece. ¡Suerte para avanzar en este escenario de tránsito, que concierte a la nueva escuela con menos atemorizados! 

Conmemorar en el confinamiento sin escuela el Día del Medio Ambiente mirando el uso de las cosas de casa

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Cada 5 de junio la gente habla del medioambiente. Este año es especial porque se conmemora dentro de un mundo en modo pandemia. Seguro que dentro de unos años los libros de Historia recogerán que hubo una pandemia por un coronavirus. Detallarán que afectó a más de mil millones de personas y provocó centenares de miles de muertes por todo el mundo. No cabe duda de que hablarán también de cómo se pusieron en marcha investigaciones para encontrar una vacuna que protegiese a la gente. Es posible que en los textos se recuerde a Jenner y a Pasteur. Entre el uno y el otro dieron valor a un proceso que se llama vacunación.

Cualquier persona que quiera saber algo de la vida debe enterarse de lo que descubrieron ambos; más todavía han de hacerlo los estudiantes que no van ahora a las aulas. No sabemos lo que dirán los libros de cuándo se descubrió la vacuna o las vacunas contra el coronavirus de ahora, ni siquiera si se logró. Porque a veces no hay defensas colectivas frente a determinadas enfermedades, como sucede con el VIH. Tampoco si dirán mucho de cómo se conmemoró el 5 de junio. Como va de vacunas, aquí queremos llamar la atención sobre nuestro Premio Nobel Ramón y Cajal o del médico Jaime Ferrán que andaban bastante atinados cuando la epidemia de cólera de 1885. Otro asunto para buscar información.

Proponemos conmemorar el Día Mundial de otra forma: relacionando las cosas o productos que usamos con el medioambiente que nos las procura. Seguro que los libros de dentro de unos años dirán que durante unos meses hubo mucha gente sin poder salir de su casa, o que solo lo hacía para comprar lo imprescindible para vivir, que en realidad era poco. El tema/la lección de Historia que trate de esto explicará que se pararon muchas fábricas, se destruyeron muchos empleos, que las economías de muchos países se resintieron. ¡Qué decir de aquellos hogares en donde no entraba nada de dinero! Lo más probable es que los libros no reflexionen sobre cómo una buena parte de la gente, millones de personas de todo el mundo, se las arregló durante los confinamientos con las cosas básicas; incluso una parte de la que vivía en los países de ingresos altos. Puede que tampoco hablen de que el medioambiente natural se benefició del parón mundial, al menos en lo que respecta a la contaminación del aire.

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La resurrección del plástico debe sanearse con el tiempo

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El plástico ha recuperado el protagonismo soñado en estos meses de emergencia sanitaria. Ha medio protegido a la gente sanitaria, ha separado estancias, nos ha cubierto manos, ha embalado cientos de alimentos. Ha vuelto a ser una estrella de la vida, en este caso sanitaria. ¡Bien por la labor prestada! Pero claro, tanto plástico de uso efímero se ha convertido en un potencial de riesgo. Adosado a él viajarán los malditos virus; si no se manipulan y tratan como se merecen los residuos hospitalarios y de residencias (dice la prensa que solo en Valencia se han recogido 134 toneladas de 20 de estos centros en un solo mes), y algunos domésticos, por los servicios de limpieza expandirá su fea estampa, visible o no. Como nos cuenta National Geographic estupendamente lo reutilizable plástico ya no se lleva, no sea que contamine nuestra salud. Asegura Ecoembes que durante estos días los contenedores amarillos han incrementado su volumen de recogida en un 15%.

También las mascarillas portan plásticos y sucedáneos víricos. Cada día millones de ellas acabarán en la basura, o por los montes o ríos y mares. Dice la gente que sabe que mientras dure la pandemia no se puede prohibir el plástico de un solo uso. Pero todo es revisable después, nuestra misma vida con sus peculiares estilos lo que más. Porque la socorrida incineración de estos meses o la peligrosa acumulación de estos días tiene sus riesgos. No dejemos que esa imagen salvadora de los plásticos de estos días nuble todos los esfuerzos que se han hecho hasta ahora para encauzar sus usos. Por cierto, hagamos una revisión crítica del Anteproyecto de ley de residuos y usos contaminados presentado. Vaya un dato para animar el necesario debate. Lo dijo la ministra Teresa Ribera ayer en la presentación: “Si juntáramos el conjunto de los residuos acumulados en un año en España, sería posible rellenar 2.900 veces el estadio Bernabéu”.

En fin, gracias a los plásticos pero según y cómo. Nos apuntamos al deseo de que desaparezcan casi totalmente los de un solo uso en julio de 2021, a pesar de la pandemia.

Mascarillas mentales frente al cambio climático

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El cambio climático, que no se ha ido de nuestra vida, ha quedado sepultado por las trágicas consecuencias de la pandemia vírica. A lo largo del proceso vivido, la reacción ha sido más tardana de lo conveniente y con una organización mejorable. Aún así se ha producido una lucha colectiva ante la hecatombe generada en la salud colectiva; ha sido posible porque la especie humana, como buena parte de los animales, tiene un cerebro preparado para responder a puntuales sucesos catastróficos, visibles y contundentes. Ese mecanismo lo emplean los gobernantes y lo enseñan a sus ciudadanos.

Aun con todo, a pesar de los recientes episodios de masas tras los pases de fases de desescalada que ponen en peligro los esfuerzos colectivos en España y en otros países de la UE, podríamos calificar como adecuado el desempeño ciudadano y social. Sin embargo, en el asunto de cambio climático, seguramente es el mayor reto de salud que hay planteado actualmente, casi nadie piensa, a pesar de preocupación de hace unos meses, cuando era noticia permanente en los medios de comunicación. No se han usado ningún tipo de mascarillas mentales y vivenciales –estas serían construcciones emocionales o razonadas que evitan pasar hacia muy adentro los peligros y como reacción expanden hacia afuera la participación- para evitar sus estragos. Si se ha hecho algo, casi siempre se ha actuado tarde, mal y a desgana, con leves correcciones. Craso error. Ahí sigue, en tierra de nadie porque no hay vacuna mental inmediata y los laboratorios del pensamiento no están en ello o no se les hace caso. Bueno, algunos equipos investigan y razonan, como es el caso del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) o las organizaciones ecologistas como Greenpeace o Ecologistas en Acción. También otras implicaciones como la Fundación Bill y Melinda Gates, por poner solo unos pocos ejemplos; acaso citar también las continuas llamadas de la ONU.

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Demasiada gente juega con la pandemia

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La memoria borrada de los días pasados, el desprecio insensato hacia lo que pueda venir, quizás el deseo de la inoculación de rebaño como lucha colectiva. Solo así se explica la estampida deportiva y paseante tras la autorización para salir o hacer deporte, expansión necesaria tras tantos días de confinamiento. Menos fundamento tiene el asalto a las terrazas para, en algunos casos, apiñarse con los amigos o familiares para degustar afecto y una bebida más o menos espirituosa. ¡Qué decir de los juegos infantiles compartidos o de las concentraciones de jóvenes! Estampas todas de la intemperie que nos acoge.

Mientras tanto, sanitarios y gente damnificada por el coronavirus luchan con las últimas energías que el deseo de resistir y vencer les procura. Necesitan nuestro sosegado aliento y la protección ante riesgos presentes, pero más nuestros comedidos comportamientos.

Lo que tiene menos explicación razonada son las concentraciones gritando libertad para, suponemos, manifestar tensiones y enfados que la gestión gubernativa desplegada y la dilatada reclusión como la que hemos padecido ha podido causar. Pero claro, juntarse, apiñarse en algún momento, pone en riesgo a los protestantes pero también los convierte en posibles vectores de la nueva propagación de la pandemia, con los riesgos que eso entraña para sus conciudadanos y el sistema sanitario español, tan maltrecho tras la reciente batalla; más bien al borde del colapso que todavía merodea. Aún peor el hecho de que algunos dirigentes disculpen, incluso alienten, estas concentraciones. Menos mal que no estamos en Michigan, donde cualquiera tiene un arma.

Todo esto durante una pequeña pausa de la batalla, pendientes de escaramuzas que pueden seguir igual de terribles, o más.

NOTA: Frente a esos o aquellos, otros muchos ciudadanos cumplen escrupulosamente con las normas de protección y separación física que la situación exige.

La pandemia permanente de la contaminación del aire

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Las imágenes de ciudades difuminadas en edificios ocultos y gente silueteada por la contaminación del aire, como las chinas en determinadas épocas, o Madrid y Barcelona, nos alertan una y otra vez de que la vida es aglomerada; en realidad un complejo invento que sirve mientras dura, permanece si no explota. La contaminación del aire es un signo distintivo de la urbanización; podría representar el símbolo de varios aconteceres que el tiempo ha ido combinando de forma más o menos organizada. Entre todos forman un escenario muy complejo que si hiciera falta concretar en una sola idea me inclinaría por decir que es mucha gente que aspira a vivir, sin más, o a vivir sin menos. Pero nada más formularla se complica ya que cada vez más gente se concentra en los mismos sitios y quiere hacer lo mismo.

Como la hipermovilidad era un signo del motor económico dominante hasta hace un par de meses, casi nadie se preguntaba si los rumores de los apocalípticos ambientalistas se confirmarían. Sorprendía la falta de escucha pues las muertes directamente relacionadas con la calidad del aire suponían en el año 2016 la cifra de 800.000 en Europa, 133 por cada 100.000 habitantes (European Herat Journal). La disminución/restricción de los movimientos motorizados – en España un 50 % de media según detalla en un informe Ecologistas en Acción-con la covid-19 ha devuelto la transparencia a los cielos de las ciudades chinas, europeas y suponemos que de todo el mundo, pues el transporte es el causante de más de la mitad de la contaminación. Pero el asunto es puntual y territorial, no nos felicitemos tan pronto. Según mide la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) en fecha 2 de mayo los niveles de CO2 en la atmósfera eran superiores a los de hace un año, pues cuando el dióxido sube es para quedarse un largo tiempo. Las organizaciones ecologistas y varias instituciones científicas que investigan la salud atribuyen esta contaminante pandemia sanitaria -ya permanente y con extensiones por todo el mundo- al descuido general, a la incompetencia de gobiernos y empresas y al egoísmo de todos, que impregna la vida en común. 

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Lo cotidiano es medioambiente; incluso si estamos confinados.

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A lo largo de las últimas semanas hemos ido incluyendo en el blog Ecoescuela abierta que mantenemos en El Diario de la Educación propuestas de actividades para realizar en casa, el familia o en equipo con los compañeros y compañeras del curso, ahora que estamos enlazados constantemente por medio de redes. Se trata de acciones diferentes a las que se proponen a menudo en las clases. La presente tiene que ver con la mirada crítica hacia determinados hábitos y consumos en relación con la energía, la producción de residuos y el uso del agua. También puede servir para buscar en porqué de las cosas en familias en las que no haya niños. La hemos titulado “Un diario muy resumido del medioambiente doméstico”. Ahí va:

En estos días hay tiempo para todo; por eso recomendamos pararse a pensar unos minutos en todo eso que hacemos cotidianamente en casa que tiene que ver mucho con nuestra relación con el medioambiente. Aquí caben cantidad de cosas, si bien vamos a indicar algunos caminos para no perderse. Hace falta ponerse las gafas de explorar y tomar notas, pues en muchas ocasiones nuestras rutinas nos impiden sacar partido de lo que hacemos bien, o menos bien. Por eso, mejor si lo vamos escribiendo; así nos servirá a nosotros e incluso podremos enseñarlo, o enviarlo en un whatsapp a nuestras amistades.

Esta es una propuesta para hacer en equipo; estaría bien ensayarla en familia. También la recomendamos para aquellos hogares en donde no haya niños y niñas. Después podemos llevarla al grupo de WhatsApp u otras redes que tenemos con las amistades, con los compañeros y compañeras de clase. Seguro que cada cual tendrá su visión de las cosas que hace, aunque si se piensa con un poco de detenimiento se verá que poco a poco surgen coincidencias. Se trata de ir anotando en una tabla pequeñas o grandes acciones que tienen que ver con una parte del medioambiente; el real, no ese que estudiamos en aquella lección en el colegio o el instituto. Esta actividad se podría titular “Una gincana por el medioambiente casero”. Avisamos ya de que nos dará una visión incompleta, hay otras muchas más cosas que podríamos revisar.

Vamos a fijarnos solamente en cada actuación que tiene que ver con el consumo de agua, energía y otros materiales que tienen que ver con la producción de residuos; no tratamos aquí de los alimentos pero habría mucho que hablar. Repasar ciertos hábitos cotidianos es como abrir una ventana de casa y lanzar una mirada a la naturaleza, ahora que está más lejos. Nadie negará que el agua y la energía son parte de ella, como la tierra y el aire. Solo es necesario recordar que en la cultura occidental, desde los griegos, los cuatro elementos motores de todo fueron agua, fuego, aire y tierra; de hecho, están incorporados a las ideas de varias religiones. Quiénes tengan interés lo pueden buscar en Internet y lo comprobarán.

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El imperio del desinfectante, distancia social incluida, se extiende a lo escolar

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Unicef tiene fijado el 15 de octubre como Día Mundial del Lavado de Manos. Desde hace muchos años, esa iniciativa ha logrado salvar de muchas enfermedades a la infancia mundial, ha generado unos hábitos que son parte de la cultura social.

El pasado 5 de mayo la Unesco recordaba la necesidad del lavado de manos como medio de supervivencia. Sin duda, los efectos de la actual pandemia han generado actuaciones diversas, como  el Marco para abrir las escuelas ideado por UNESCO, el UNICEF, el Banco Mundial y el Programa Mundial de Alimentos. No solo está pensado para aquellos países de ingresos medios o bajos en donde muchos hogares no disponen de abastecimiento y saneamiento, en donde el agua como derecho humano es un lujo. En estos momentos muchos niños y niñas no tienen clases (más de 1.200 millones por todo el mundo), sus escuelas cerraron por la pandemia. El día que vuelvan se encontrarán con nuevos dispositivos de higiene, con protocolos más estrictos para evitar contagios. El Marco dice que “es indispensable asegurar condiciones que reduzcan la transmisión de enfermedades, salvaguarden los servicios y suministros esenciales y promuevan un comportamiento saludable. Esto incluye el acceso a jabón y agua limpia para el lavado seguro de las manos, procedimientos para cuando el personal o los estudiantes se sientan mal, protocolos de distanciamiento social y buenas prácticas de higiene”.

También en esto hay clases:  solo el 53% de las escuelas del África subsahariana tienen instalaciones básicas de saneamiento y agua. Nuestros responsables educativos está lanzando ideas para la reapertura en septiembre, si es que se lleva a cabo. En todas prima el desinfectante: previo antes de llegar, mantenido cada día, apoyado en la separación física de quienes coincidan en las aulas, con seguimiento pormenorizado de unidades higiénicas dentro de la administración. En fin, con protocolos muy serios en donde los contactos quedan limitados a verse y escucharse, poco más. No va a ser sencillo recuperar ritmos pasados, pero llegarán más tarde que pronto. Después es posible que los afectos se manifiesten de formas diferentes; el yo y los otros adquirirá dimensiones diversas. La distancia social es un desinfectante con riesgos colaterales; ya se ha experimentado antes con las ideologías.

La mitigación de la pandemia y la adaptación a los nuevos protocolos sociales no es sencilla; necesitará bastante comprensión y algo de acompañamiento. Aquí sí que la sociedad educativa debe ser una comunidad de intereses compartidos, que se pueden acordar mirándolos siempre desde el bien común y la necesidad de no dejar a nadie atrás o apartado.