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La fábula de la libertad escrita con trazos víricos

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Pronostican las agencias de noticias que el Día de Acción de Gracias estadounidense provocará hoy jueves y en días sucesivos un masivo movimiento de personas para repartirse la aplazada afectividad en torno al pavo. El presidente electo Biden había invitado a sus conciudadanos a quedarse en casa para evitar la expansión del covid, que ha causado ya la muerte de más de 260.000 personas en ese país. Tampoco han tenido éxito las reiteradas recomendaciones de no viajar lanzadas una y otra vez con argumentos científicos comprobados desde los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, en sus siglas inglés), y también por parte de los comités gubernamentales que coordinan las normas sanitarias.

El ejemplo parece una fábula como aquella que contaba Borges sobre un hilo y el laberinto. En este caso, para nosotros el hilo supondría la cordura que nace de la adaptación a la pandemia y la mitigación de sus efectos, se supone que en base a la inteligencia colectiva humana, construida a lo largo del tiempo. El laberinto sería la vida, llena de recovecos, ahora difíciles de transitar, porque después de ese laberinto estará otro, el del tiempo. Si bien aquí tanto el uno como el otro se expresan muchas veces en libertad de obrar según los intereses personales

Las autoridades del Estado y de las CC.AA. se embarullan ahora en tejer hilos y construir laberintos para rescatar una parte de la afectividad festiva que suponen aquí las navidades, sin escuchar tampoco a los comités científicos que aconsejan no adentrarse en aventuras peligrosas. Habrá que ver cómo se comportan los españoles. Porque por muchos sitios se pueden abrir boquetes en el laberinto, provocar rupturas del hilo de la responsabilidad colectiva, en forma de abrazos, turrones y regalos. El tiempo descubrirá los efectos, si la prudencia ha servido para medir las horas o han primado otras razones o intereses.

Dejó escrito Borges hace más de 35 años en «Los conjurados»: El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad.

El derroche alimentario como signo de la sociedad actual

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El expresidente uruguayo José A. Mújica, que en octubre pasado acaba de formalizar su renuncia al Senado uruguayo, empujado por los temores ante la pandemia, ha sido un defensor de la ética social universal. Durante su paso por la política ha dejado evidentes muestras de sencilla sensatez, aventura harto difícil hoy. Durante una entrevista que la Agencia Efe le hacía en 2014 mostraba sus preocupaciones por la impotencia de mundo contemporáneo. Denunciaba que en todo el mundo se tiraba un tercio de la comida que se produce. Decía que era posible que los perros de Europa comiesen mejor que los niños africanos, esos que arrastrarán tremendas deficiencias de por vida. También alertaba el expresidente de que no podemos escudarnos en la falta de dinero para semejante inequidad, dados los enormes dispendios que se hacen en armas de guerra.

En síntesis, lo que vino a decir Mújica es que el derroche alimentario manda en nuestras vidas y amenaza la supervivencia de mucha gente. Recordemos que la FAO ya avisaba de este desastre hace casi una década en las Pérdidas y desperdicio alimentario en el mundo, que incluía el alcance en aquel momento, analizaba las causas y daba pautas para la prevención. Aquí estamos, produciendo hoy un 60% más de los alimentos necesarios para satisfacer a los 7.600 millones de habitantes que somos, buena parte de ellos hambrientos o malnutridos. Sin escrúpulos se nos puede llamar la sociedad del despilfarro.

Leer el artículo completo en La Cima 2030 de 20minutos.es.

Nacer en 2020, toda una aventura

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Este año se podría calificar con justicia como «el de la COVID-19» o «el que el mundo se dio cuenta que vivía dentro de incertidumbres». Será recordado de muchas formas, según la salud, la economía o las emociones hayan afectado a cada cual o al país donde se vive. Seguro que a cada nacido-a y a sus familias no se les olvida nunca la fecha y sus circunstancias.

Worldometer me dice cuando redacto estas líneas que en 2020 llevamos ya, porque todos que se incorporan nos pertenecen un poco en el interrelacionado planeta, más de 125 millones de nacimientos en el mundo. Seguro que quienes han ampliado familia, además de felicidades, habrán vivido algún tipo de temor; máxime en aquellos países en los que la sanidad tiene muchas carencias. Quienes hayan venido al mundo se habrán sorprendido de encontrarlo tan revuelto nada más asomar su cabecita. Sin embargo, algo biológico actuará en su interior como energía positiva para hacer frente a riesgos y temores de sus padres. Lo emocional y cercano les dará calor y les reducirá los sobresaltos.

Queda la esperanza de que entre todos les construyamos un mundo más favorable; es nuestro deber como sociedad adulta limitar los efectos de las incertidumbres; tan graves como la salud, el cambio climático o el disfrute de una vida digna, educación de calidad incluida. Ojalá que pasados unos decenios, cuando celebren su cumpleaños, recuerden el 2020 como «aquel en el que el mundo unido decidió hacer frente a un problema colectivo», y lo superó. Ojalá que todas madres y padres superen la aventura, salgan sin menoscabos serios de las incertidumbres de estos tiempos y hagan de la crianza su mejor homenaje a la vida de quien acaba de nacer.

¡Bienvenido Pablo!, y todos los demás.

Insistir en lo obvio: niños y adolescentes tienen sus derechos

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Repetimos casi textualmente una entrada que sobre el mismo tema publicamos en este blog en 2016. Entonces recordábamos que el 20 de noviembre de 1989 se firmaba un tratado internacional -ratificado en la actualidad por casi 200 estados- para proteger a niños, niñas y adolescentes, que se concretaba en la Convención de los Derechos del Niño. Resaltábamos que tuvo su precursor en la Declaración de los Derechos del Niño en 1959. Decíamos entonces que los 10 principios básicos de esta declaración tenían un limitado alcance, que eran incumplidos por muchos países, que hacía falta algo más.

Nos alegrábamos de que el texto vigente desde 1989 convierte a niños y jóvenes, a chicas y chicos, en sujetos de derecho; hasta entonces habían tenido el rol de un objeto pasivo de atención. Resaltábamos que el tratado  obliga a que los gobiernos cumplan todos los artículos, pues allí se recogen  los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos de todos los niños y niñas. Alertábamos de que su aplicación es obligación de los gobiernos, pero no solo ellos. Existen responsabilidades compartidas con otros agentes como los padres, profesores, profesionales de la salud, investigadores y los propios niños y niñas.

Alguien pensará que las ONG que se preocupan por la infancia siempre están demandando. Pero no es eso. Quieren conseguir lo que parece obvio, asunto del que a escala universal todavía se está muy lejos. ¿Es mucho pedir que de una vez por todas se haga realidad inclusión y educación como defienden los informes GEM, que todos los niños y niñas tengan escuela, que dejen de ser utilizados los niños como soldados, que la salud infantil sea un derecho consolidado en todo el mundo, que mejore el estado de la infancia en España?, y más cosas de coherencia natural. Para colmo, durante este año de pandemia las cosas no han hecho sino empeorar.

Terminamos la entrada repitiendo la petición que hacíamos a madres y padres y colegios en 2016 para que lo debatiesen en su entorno concreto: cuáles son los derechos que no podrían faltar a ningún niño, niña y adolescentes en todo el mundo. ¿A qué creen que se debe que llevemos 21 años insistiendo en prácticamente lo mismo?

La nutrición universal tiene serias carencias

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La especie humana, sujeta a la búsqueda de alimentos como el resto de los seres vivos, no ha logrado resolver sus necesidades nutricionales a pesar de sus continuos avances científicos y tecnológicos en siglos y siglos de historia. Resulta sorprendente, más bien daña enormemente la ética colectiva, comprobar que una buena parte de las personas que habitan junto a nosotros o lejos pasa hambre: no come lo suficiente o lo que come no sirve para estar bien nutrida. O lo que es peor, a pesar de la cultura y convivencia acumuladas es incapaz de repartir mejor los alimentos y los nutrientes imprescindibles.

Así, la pretendida equidad, figura presente en el ideario de muchas religiones y culturas es la que más sufre los impactos del hambre; por cierto, sigue muy vapuleada  en este siglo XXI. Qué pena que después de tantos años no se haga verosímil aquello que decía Hipócrates (s. V y IV a. C.) de que nuestra comida debería ser nuestra medicina y viceversa; seguro que estaba pensando en el poder saludable de los nutrientes, no solo en comer más o menos cantidad. Dado que mejor nutrición y su papel como medicina para la salud todavía no van de la mano, ni en países pobres ni en sectores vulnerables de los países ricos, podemos afirmar con rotundidad que bien entrado el siglo XXI la nutrición está desnutrida. 

Bien es cierto que  se ha experimentado un tímido progreso en el reparto de beneficios, pero no es suficiente para cumplir con las metas mundiales de nutrición para 2025. Quizás ayudaría a mejorar la situación la integración de la nutrición en la cobertura sanitaria universal.

En este asunto no acertamos a saber lo que querría decir don Francisco de Quevedo y Villegas con aquello de que “El rico come, el pobre se alimenta”. ¿Serviría para definir nuestros tiempos o ni siquiera se da lo segundo?

Ver al artículo completo en el blog La Cima 2030, de 20minutos.es.

La pandemia puso a África en el norte de la esfera terrestre

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Desde siempre, el norte europeo y americano ha sido la zona rica del planeta, la parte mejor preparada y allá dónde los problemas colectivos se dominaban y alcanzaban una menor dimensión social. Pero la pandemia ha revuelto todo. Solamente hay que echar un vistazo a la tabla que proporciona la OMS para entender lo que queremos decir: la pandemia se ha cebado con los países ricos, alguien sugiere que con los más prepotentes, pero dejamos eso a la interpretación de cada uno. En la citada tabla se habla de África en términos de incidencia y muertes por la covid-19. Los más incrédulos dirán que allí los datos son tan bajos porque no realizan pruebas, habida cuenta de las carencias médicas y hospitalarias que padecen. ¡Quién sabe?

Invitamos a fijarse en que según los datos de la OMS, si sumamos Marruecos, Sudáfrica, Egipto, Etiopía y Túnez no alcanzan las cifras de España. Con las salvedades que se quieran en el cuenteo, no deja de ser terrible que si a fecha 7 de noviembre, según la OMS, en África se contabilizan 1.868.000 en España estemos en más de 1.300.000. ¿Qué decir si comparamos los números de África con los de Europa? Cuando esto pase un poco, dentro de unos meses, habrá que analizar lo hecho en Europa.

Por una vez, el «sur africano», débil y convulso, no ha sido tan perjudicado como el «norte europeo», tan poderoso y bien organizado. ¿Habrá que darle la vuelta a los hemisferios? Nos tememos que dentro de unos meses «las cosas volverán a su secular sitio».

La Amazonía nos llama para contar sus mitos y pesares

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En El libro de nuestra selva, que no tiene nada que ver con El libro de la selva, de R. Kipling, se relatan por primera vez en una versión impresa varios mitos de algunos pueblos indígenas del bajo Urubamba, una de las fuentes del Ucayali, por el sur peruano. Allí sobrevivían en la memoria colectiva. Ahora se divulgan para que todos los disfrutemos, incluso se pueden descargar; disfrutar de ellas para comentar las historias en familia y aislarse un poco de la tragedia pandémica.

Una leyenda de la Amazonía, se convirtió en mito, asegura que durante la búsqueda en la selva de “El Dorado”, hacia la mitad del siglo XVI, los soldados españoles se vieron sorprendidos por unas fieras “mujeres en cueros». Por lo que parece, la leyenda de esas mujeres sin igual –alguien escribió que se cortaban un pecho para disparar mejor los arcos– pudo interesar ya a Cristóbal Colón. El viejo mito o leyenda llegó a América desde la antigua Grecia, pues otras amazonas ya parece que figuraban en La Ilíada y Heródoto escribió algo sobre ellas, Incluso suenan en otras culturas del Próximo Oriente. 

Pero es la cruda realidad lo que nos impulsa a escribir esta entrada. La deforestación de la Amazonía está adquiriendo niveles históricos. La degradación de sus tierras –selvas que dejan de serlo sin desaparecer– va paralela a la deforestación –por talas abusivas, muchas de ellas para aprovechamientos ganaderos–. ¡Cuidado! Asegura la ciencia que la destrucción de las grandes masas selváticas tiene, además de todos sus riesgos, una estrecha relación con la aparición de enfermedades zoonóticas, entre ellas podía estar la Covid-19. Es posible que el 70% de las enfermedades humanas están relacionadas con la pérdida de los bosques.

Seguir leyendo el artículo completo en Ecoescuela abierta, de El Diario de la Educación.

La contienda pandémica en la escuela

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Ahí siguen las escuelas, manteniendo su esencial contribución a paliar los desastres pandémicos. Tienen algunas instrucciones de la OMS y de sus autoridades educativas y sanitarias para reducir los impactos. Pero eso no resuelve todo. En algunos países han sido dotadas de recursos extraordinarios, en otros no. Pero el día a día no es fácil, siempre pendientes del episodio crítico.

Utilizan el rigor para moverse cada jornada, con grave preocupación y enormes esfuerzos, adaptando horarios y movimientos, modificando agrupaciones. En general, el alumnado cumple las prevenciones dictadas; el profesorado mantiene el tipo, no sin sobresaltos. Las familias ayudan lo que pueden, a pesar de los pesares. 

Cada día se cierran muchas aulas, otras reabren después de periodos de cuarentena. Ojalá la creciente incidencia de casos covid que sufre Europa no obligue a cerrarlas de nuevo; sería un tremendo fracaso de la sociedad entera que no supo poner freno a los daños colaterales de su mala gestión de la pandemia, tuvo muchos meses para prepararse, y también actuó con irresponsabilidad ciudadana en muchos casos, todavía visibles hoy.

Los medios de comunicación hablan poco de la escuela «pandemiada»; les preocupa más si se cierra la hostelería, foco reproductor de casos según muchos científicos. Algunas personas se manifiestan contra las limitaciones impuestas porque dicen coarta su libertad individual. ¿Acaso no cercena más el derecho individual que supone la educación la actitud irresponsable de algunos frente a la pandemia?

No sabemos el devenir de la escuela en los meses venideros. Siempre quedará en el recuerdo el esfuerzo de maestras y maestros, pero habrá que acompañarlos en su tarea restringiendo las actividades personales o familiares que la puedan poner en más riesgos.

SOS comprometido por la Amazonía

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Complejo mundo plagado de mitos, de biodiversidad, de culturas ancestrales que se desvanecen. El Amazonas es uno y son muchos, junto con todas sus fuentes y afluentes. Amazonía callada que levanta la voz, cual guerrera legendaria que quiere luchar contra los peligros que la acechan. Algunos vienen de fuera, otros los incentivan desde el territorio. 

Amazonas, ese gran río que sería el más largo del mundo si lo unimos a sus fuentes, atraviesa como tal Perú, Colombia y Brasil. Alberga en su sistema hídrico más agua que los otros tres grandes ríos del mundo juntos: Nilo,  Yangtsé y el Misisipi; la quinta parte del caudal fluvial de planeta. Su cuenca hidrográfica (con sus fuentes Marañón y Ucayali) alcanza a otros países. ¿Quién puede permanecer impasible a la destrucción de la selva que mantiene? Porque es realidad y a la vez mito: si vivimos en parte se lo debemos a esa selva que purifica una buena parte del aire que respiramos.  Muy mitológico lo vería Pablo Neruda que le dedicó un poema en el que lo llamaba capital de las sílabas del agua, padre patriarca y eternidad eterna de las fecundaciones; decía de él que ni la luna lo puede vigilar ni medir.

Este apunte es parte de un relato comprometido, que lanza un SOS urgente para salvaguardar la Amazonía. Leer completo en La Cima 2030, de 20minutos.es.

De salud alimentaria también se vive

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Digamos que en esta ocasión la concesión de un Nobel ha sido un acierto. Se ha otorgado al Programa Mundial de Alimentos, en realidad a todas las personas que por el mundo hacen realidad su existencia y, por qué negarlo, a los países donantes. Pero no es un premio cualquiera, habla de Paz, así con mayúsculas. 

Dentro del marasmo pandémico en el que estamos metido, países y personas deberíamos ser conscientes de que en algunos lugares se juntan falta de alimentos y conflictos bélicos con la pandemia. Afirma el GNR (Informe Global de Nutrición) que la malnutrición se acelerará durante y tras la pandemia actual. Esta situación niega el derecho a la vida en paz que figura ya en el preámbulo de la declaración Universal de los Derechos Humanos, de la cual se van a cumplir 72 años. 

Mientras el hambre y la malnutrición azotan a más de 800 millones de personas en todo el mundo, se desperdician un tercio de los alimentos que se producen. Lo recordaba la FAO el pasado 26 de septiembre, Día Internacional de la Concienciación de la Pérdida de Alimentos.

Seguramente otro mundo es posible. ¡A ver cuándo encontramos el camino!

Desastres climáticos, efectos perversos

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Asegura la ONU, con ocasión del Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, que se conmemoró el 13 de octubre, que 6.681 desastres naturales relacionados con el clima castigaron el mundo en las dos primeras décadas del siglo XXI. Esta cifra supone un aumento del 80% con respecto a los 3.656 registrados en los últimos 20 años del siglo pasado. Dicho en cuatro cifras: entre 2000 y 2019 murieron 1,23 millones de personas en desastres naturales (incluyendo los de origen climático y los geológicos, tales como terremotos), que también afectaron a 4.200 millones de personas.

Dice la Organización Meteorológica Mundial (OMM) que más de 100 millones de personas precisaron ayuda en 2018 tras los desastres ocasionados por grandes tormentas, inundaciones, acusadas y prologadas sequías e incendios forestales. Pronostica la misma organización que no sería de extrañar que esa cifra creciese un 50 por ciento en 2030. Estos desastres se han quintuplicado, da igual el territorio hacia donde miremos. Detrás de la mayor parte de ellos está el cambio climático. Parece ser que en 2018 se destinaron más de 500.000 millones de dólares a restituir una parte de lo destruido. La OMM asegura que como el cambio climático irá a más por la falta de medidas que aseguren que no se superan incrementos de 1,5 ºC, habría que invertir para paliarlos 1.800.000 millones hasta el año 2030, el de la evaluación de los ODS.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) avisa: la asociación entre pandemia y cambio climático era cuestión de tiempo.

Cabe preguntarse si se puede aminorar esos perfectos perversos. Cada contribución, positiva o negativa, al cambio climático cuenta. No miremos hacia otro lado; exijamos a nuestros gobiernos y empresas una urgente acción comprometida.

Las escuelas «pandemiadas» redescubren el medioambiente

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A pesar de todo, o por eso mismo, ahora más que nunca hay que mirar hacia el medioambiente, vivirlo con intereses diferentes a como se hacía antes. Para llevarlo a cabo no son necesarias grandes aventuras. Desde diversas plataformas relacionadas directamente con la escuela o de fuera, pero que piensan en educar y prestar servicios educativos básicos, se ofrecen muchas posibilidades.

Las metodologías sugeridas, los proyectos desarrollados, las actividades aportadas sirven para traducir necesidades actuales de la que podría ser nueva enseñanza obligatoria. Dado que lo más probable es que haya que reformular los proyectos educativos y curriculares de los centros, no estaría de más que se visitase: #EA26,  una plataforma de búsqueda de horizontes didácticos;  ESenRED, una red de centros que quiere rescatar de la vida los temas ambientales y llevarlos a las aulas; Profesores por el futuro (Teachers for future Spain), que, entre otras propuestas, se detienen en el cambio climático y las emergencias que trae consigo. Hay también impulsos muy interesantes que surgen desde fuera de las aulas como Re-conectándonos, el programa piloto de apoyo al sistema educativo mediante la generación de nuevos aprendizajes desde la Educación Ambiental, elaborado por la Red de Equipamientos de Educación Ambiental para el primer trimestre del curso 2020-21.

Un merecido reconocimiento a todas estas iniciativas, a otras muchas que no hemos citado aquí. La escuela actual necesita ver la educación de otra forma, en estos momentos tan complicados; incluso nos atrevemos a proponer que después de todo esto debe surgir una nueva escuela, ambiental y colectivamente sostenible.

Ver al artículo completo en Ecoescuela abierta, de El Diario de la Educación.

Clamor de los jóvenes por su futuro tras la pandemia

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El Día Internacional de la Juventud fue ayer. Hemos revisado los portales de información general y poco o nada se dice, ni siquiera como anécdota. Han pasado 75 años desde que la ONU empezó a andar, tenemos un reto extraordinario en el año 2030 en relación con los ODS, con un marchamo especial para la juventud. Dice la ONU que la proporción de jóvenes sin empleo, educación o formación (tasa NEET juvenil) se ha mantenido persistentemente alta en los últimos 15 años y ahora es del 30 por ciento para las chicas y del 13 por ciento para los chicos en el conjunto del mundo. 

La respuesta de la juventud ante la covid-19 es multiforme; por eso mismo, desempeñan un papel especial en cómo asumen responsabilidades en materia sanitaria. Para ello necesitan una educación en temas de salud, la promoción de la salud pública y la información basada en pruebas para combatir la propagación y los efectos del COVID-19, pero más concretamente para contrarrestar la propagación de la desinformación en la red.

Pero además, o sobre todo, los jóvenes necesitan que las escuelas sean más inclusivas cuando abran tras la pandemia. Así lo demandan en la Carta abierta que dirigen a todos los gobernantes y actores sociales del mundo. Promovida desde el Blog de la Educación Mundial merece nuestra atención, ¿y por qué no la adhesión? Léanla al menos y piensen si están de acuerdo con lo que solicitan. Nos presentan el propósito de forma elocuente: Salvar nuestro futuro.

El campo resucita en el pandémico escenario social

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La gente del campo suele ser callada, su voz apenas se escucha. Claro, son pocos y sus protestas rara vez llegan a los parlamentos. Comer y dar de comer, que todos coman, no es una preocupación de noticiarios ni de tertulias en los medios de comunicación; ni siquiera en tiempos de crisis pandémica. Si revisan los periódicos gordos, de tirada amplia, casi nada se dice de los campesinos. Aportan una parte importante en la reducción del déficit exterior. Además resulta que sus producciones no nos han faltado en los tiempos duros de la pandemia; y así seguirán.

La agricultura merece una atención delicada, como bien de interés social. Con esa intención le dedicamos el artículo «Agricultura poliédrica» en Heraldo de Aragón del pasado martes. Redactado en un sentido crítico y a la vez constructivo, en parte social y con matiz de economía sencilla, de dignidad humana también, vale para cualquier territorio porque tiene muchas caras y admite múltiples perspectivas.

«Enmascarillarse» ante el móvil

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La palabra entrecomillada es fea de narices; de eso va este artículo: de narices, bocas y manos. No para hablar de ellas sino para protegerlas de la hipotética transmisión del maldito coronavirus que nos persigue. Viene todo esto a cuento de una duda, todo lo que rodea a la pandemia lo es, no satisfecha del todo: ¿Cuánto y cómo actúa el móvil de vehículo de transmisión del coronavirus?

A decir verdad, hay artículos que hablan de que sí mientras que otros callan sobre el asunto. Una hipótesis sensata, pendiente de confirmar, defiende que hagamos un precavido uso de los dispositivos terminales si queremos protegernos de la llegada del virus. En demasiadas ocasiones, el móvil se pone en contacto con manos, cara y boca. La mascarilla que debía protegernos puede no cumplir su función si nos la quitamos para hablar con el móvil, si este reposa en una superficie potencialmente no limpia, si la conversación con el móvil nos aísla tanto del mundo próximo que no reparamos en la llegada de potenciales transmisores o conductas adecuadas. No queda otra que «enmascarillarse» más y mejor.

De esta hipótesis se habla mucho más en «Mi estimado y ahora antipatizado móvil pandémico» de 20minutos.es.