Ética universal

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La sostenibilidad ecosocial no deja de ser un bonito postulado en espera

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Hasta ahora, las medidas que toman los gobiernos, las que adoptan los circuitos comerciales o aquellas que hacen suyas una mayoría de la ciudadanía resultan mínimas en relación con las necesidades del sistema convivencial, social y con el planeta. Un ejemplo lo tenemos en el posicionamiento frente al cambio climático: cuatro carriles bici, la quimera del coche eléctrico sin recargas ni recambios de baterías, y una reorientación del mix energético basado en la proliferación de la eólica. Nada se dice de consumir menos energía y adoptar medidas colectivas de mitigación del cambio climático. 

Todo esto a pesar de que los científicos, miles de ellos, llevan años avisando de que el cambio de rumbo debe ser radical, de que es ineludible verificar si continuando con el estilo de vida actual no se lastima a mucha gente, al medioambiente; si todo ello de deja de ser un obstáculo para detener lo que se nos viene encima. La crisis pandémica nos obliga a una transformación brutal, a la cual nos resistimos. La ciencia nos dice que hay que cambiar el (des)orden global, que todavía se puede aprovechar la plasticidad existencial de la que la sociedad ha hecho gala en otros tiempos.

Pocos responsables políticos están convencidos de revolver la dinámica consumista, de concertar los instrumentos adecuados para que la ciudadanía los acompañe en el diseño de otro ritmo de vida, a pesar de lo que dicen alguna vez o de lo bonito que queda el Pacto Verde Europeo. Mientras tanto, el tiempo pasa, esperando que llegue el año 2030, aquel en el que se suponía que todo iba a cambiar. A él miraban los grupos sociales más vulnerables, hasta el medioambiente empezaba a creérselo. Será verdad que no sabemos ser modernos, híbridos sociales y planetarios, como manifiesta Bruno Latour cuando afirma que “No se trata ya de retomar o de modificar un sistema de producción, sino de salir de la producción como principio único de relación con el mundo”.

La vacuna pandémica la impulsa el pensamiento crítico individual

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Cada cual debería pensar si su comportamiento sirve o no para aminorar el golpe en la salud, en la economía y en la vida social que tenemos encima, que durará bastante tiempo. Algunos defienden una transformación brutal de los comportamientos, hacerlo a toda velocidad. Muchas veces, la felicidad en la vida depende de la calidad de los pensamientos. Solamente así se ayuda la persona que vive consigo misma y con los demás. Cada individuo tiene una plasticidad que debe aprovechar para rediseñar sus comportamientos, por más que actuar de acuerdo con unos pensamientos sólidos sea incluso mucho más difícil. Pensar para acabar con los problemas, no resulta fácil.

Estos días estamos asistiendo a rebrotes pandémicos por todo el mundo, buena parte debido a la inconsciencia particular y colectiva. Dicen los científicos que era previsible. Aseguran quienes saben del comportamiento humano que no se puede tener total seguridad ante cualquier emergencia si cada individuo quiere hacer uso de la plena libertad que le corresponde.  Si se buscan resultados distintos, eso se dice, no se puede hacer lo mismo que antes. Protégete y protege a los demás, es un axioma que podría servir en este momento crítico. Dado que la inseguridad es un aspecto de la vida individual y colectiva, resulta que la libertad siempre es un riesgo. No pensar críticamente la convierte en una temeridad, que a menudo acompaña a la juventud. Sin embargo, habrá que pensar si el valor reside en un escenario en medio de la cobardía y la temeridad. Siempre hay que tomar opciones que, pensándolo bien, significan algo para sí mismo y para los demás.

Del estado de alarma al escaparate de la vulnerabilidad

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Llegó el verano astronómico y trajo muchos cambios. Con él abandonamos en España el estado de alarma, en Europa se abren fronteras, pero no por eso abandonamos nuestros temores, nos sentimos vulnerables. El verano invita al jolgorio, pero en este hay menos cosas que celebrar. No sabemos cómo será cada día, ni si habremos de cortar una parte de nuestros deseos de expansión, después de tanto tiempo confinados. Acaso nos llegará algún otro susto. Parece que el verano ha venido para acabar con la larga monotonía del pasado reciente; ya podemos viajar y recuperar afectos perdidos, disfrutar de expansiones varias.

Cada día que pase nos acercará al futuro, cada día pasado nos enseñó cosas si quisimos aprender. Nos habremos dicho que lo de hoy no daría lo mismo mañana pues teníamos la voluntad de aprender. En este verano atípico, temeroso del otoño e invierno futuros, cada día nuevo nos recordará en su escaparate social que cerca o lejos, ayer o antes, pasó algo relacionado con la fragilidad de la especie reinante del mundo, o con la vulnerabilidad de una parte de sus miembros. Ambas propiedades de uno o muchos se usan indistintamente, será porque cada día marcan la existencia colectiva, pero ahí están expuestas para quien las quiera ver.

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El IDH (Índice de Desarrollo Humano) en suspensión de pagos éticos.

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Pronostica la ONU que la actual pandemia causará un grave retroceso en el IDH –el mayor desde 1990-. Tal descenso supone una debacle en la vida de muchas personas, en particular las que habitan en esos países de IDH bajo. Algunas cifras del informe elaborado por el PNUD (Programa de las Naciones Unidad para el Desarrollo) asustan: la esperanza de vida descenderá, es posible que centenares de miles de niños menores de cinco años mueran por la falta de asistencia. Por si esto no fuera suficiente, la educación (factor del IDH que no del PIB) que transitaba mal que bien por países de ingresos bajos y medios no llega durante estos meses de pandemia pues las escuelas siguen cerradas para más del 60 % de los niños. Solamente teniendo en cuenta los millones de personas afectadas y los centenares de muertos ligados a la COVID-19 se atisba un panorama más que sombrío para el IDH global y el particular de los países de ingresos bajos o medios. No olvidamos esas Agendas 2030 que querían poner en valor el desarrollo sostenible. ¿Se rellenarán con hechos?

El IDH se fija especialmente en la esperanza de vida al nacer, los años esperados de escolaridad, los años promedio de escolaridad y el PIB per cápita. Pero también se ajusta en su relación con la desigualdad en general, con el desarrollo y la desigualdad de género, con la pobreza multidimensional, con la salud, con el empleo y bastantes indicadores que permiten dibujar una imagen de los países, agrupados para su estudio en aquellos que tienen un desarrollo humano muy alto, alto, medio, y bajo. Tras la COVID-19 es mejor esta lectura.

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A qué sonará el medioambiente pasados unos años

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Como cada 5 de junio, también en este tan pandémico, el medioambiente volará desconfiado. Durante unos días será tan nombrado que acaparará protagonismo en televisiones, periódicos y cadenas de radio. Sin quererlo nos impregnará los pensamientos. Las emociones convivirán con sentimientos placenteros. No faltarán recuerdos de desastres puntuales. Quizás ese día traiga a la memoria compromisos propios o ajenos que quedaron atrás: la emergencia climática entre ellos. El tiempo los borró cuando el mundo convivencial se vino abajo por efecto del maldito coronavirus.

En el pasado, el medioambiente se hizo canción y lamento. Dejó ideas críticas en la cultura social. Unas de estas las declamaba el cantor multicultural Georges Moustaki. Hacia 1970 ya poemaba que existió en tiempos un jardín llamado Tierra. Se trataba de un lugar mágico. No lo habían conocido los niños de aquellos años, que siempre caminaban sobre el asfalto o el hormigón. Un jardín lo suficientemente grande como para acoger incluso a todos los niños de entonces. Los nietos de unos abuelos muy antepasados. Gentes que lo cuidaron porque lo habían heredado a su vez de los suyos.

Ligadas a esas letras vienen detrás otras. Aquellas del chileno Pablo Neruda. Alertaba por los mismos años acerca de unos hombres “voraces manufacturantes”. Se trataba de los que tomaron un planeta desnudo y lo llenaron de lingotes de aluminio. Seguramente impulsados maquinalmente por unos intestinos eléctricos. Dónde jugarán los niños, se preguntaban los mexicanos Maná. Hay otros muchos cantos sin rima pero con hondo sentimiento. La ONU se empeña una y otra vez en avisar a las instituciones de gobernanza mundial de que deben promover un mundo más justo e igualitario en un medioambiente compartido. Vivir en común exige más transparencia y una continuada rendición de cuentas. Conocer el peligro anima a la sociedad civil a la defensa de sus espacios naturales o sociales. Los cantores hablan de paraísos perdidos. Cualquiera de esos expresa una parte de vida y esperanza. Trae una voluntad de transformación. Se hace leve porque las desigualdades no paran de crecer.

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La Educación también se expresa con los ejemplos parlamentarios

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En estos tiempos críticos cualquier ejemplo tiene sus consecuencias. Lo sabe bien el profesorado y el alumnado de nuestras escuelas y universidades que ahora mismo están realizando un enorme esfuerzo por adaptarse a las dificultades de todo tipo que el confinamiento exige. Lo reconoció Albert Camus cuando elogiaba a su maestro en el discurso de recogida del Nobel en 1957. Las palabras vienen cargadas de atributos, son una lección permanente de vida; se mira con palabras, nos recuerda una y otra vez el maestro Emilio Lledó que apela a aquello que dijo Platón: “Lo bello es difícil, por eso lo necesitamos”.

Cualquiera que escuche las palabras, plenas de mensajes hirientes, que se lanzan los parlamentarios españoles sentirá enojo y pena. Los representantes políticos son elegidos por mujeres y hombres que les piden que trabajen para la sociedad. En estos momentos de emergencia deberían animar la esperanza, luchar por el bien común, concertar lo que es mejor para la ciudadanía y ponerse a su servicio. Los malos ejemplos parlamentarios, plenos de maniobras de distracción para no abordar lo importante, desaniman a la ciudadanía, y especialmente a la comunidad educativa. Esta se empeña en enseñar competencias que sirvan para la vida, para los proyectos compartidos, para aminorar desigualdades, para construir sociedad. La comunidad educativa está pendiente de una Ley que, de una vez por todas, ponga a las personas en el eje de la Educación Obligatoria. Por eso, sufre cuando ve esos comportamientos expresados en los lugares en donde menos se deberían escuchar. ¿Si esto es lo que dicen cómo será lo que piensan? De ahí que la escuela se desanime, que dude mucho que alguna vez haya una Ley educativa que sea útil para la necesaria adaptación a los nuevos tiempos.

Aunque nada más fuese como homenaje al profesorado y al alumnado, pediríamos a quienes ostentan representación parlamentaria que dejen de herirse y piensen en el bien común, eso tan bello que se sabe es difícil, pero están ahí para intentarlo.

Ocurrencias pandémicas sin vacunar

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Un relato es una secuencia ordenada de hechos o ideas; otras veces una mezcla de apuntes varios, sin orden ni concierto. En fin, una reiteración sobre un asunto, más o menos banal. Quizás sea esto lo que sigue. Cada cual que interprete.

A menudo sentimos más necesidad de que los acontecimientos se articulen en relatos, para encontrarles un sentido.

El despiste actual nos impide ver que cada cosa que sucede es una parte de un sistema complejo, para bien y para mal.

En ocasiones, necesitamos algo o alguien que nos sirva de fuente de alivio. Ahora mismo sucede.

Debemos preguntarnos a menudo si somos o estamos siendo, si el ineludible cambio nos hace o nosotros construimos el cambio. La mirada condiciona el destino.

El límite de la saturación pandémica está superando sus niveles comprensibles; en este momento ya no sabemos a quién pedir cuentas ni dónde buscar socorro.

Las malas noticias de la pandemia, vestidas de salud y economía, giran en el vacío en el que se ha convertido el bien común, en unos periodos de confinamiento en los que casi han desaparecido la ambición y la codicia, ocultas por la felicidad íntima de pequeñas cosas, incluso agarrados a algo trivial que nos traiga un mundo suspendido.

Nos apremian tanto las incertidumbres que llegamos a pensar en el infierno, del cual Thomas Hobbes dijo que es la verdad vista demasiado tarde.

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La educación iba despacio en los ODS, nuestra guía hacia el 2030. ¿Y ahora qué?

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El texto se redactó antes de la pandemia. Ahora la educación es todavía más necesaria.

Una parte del mundo se hizo eco de la formulación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Le resultó atractivo el mensaje que vino con ellos: buscan que ninguna persona se quede atrás en el camino hacia una vida digna en relación amistosa con el medioambiente, que es el planeta y sus moradores. No faltaría tampoco quien mirase con más detalle, especialmente dentro del mundo educativo, lo que venía a decir el ODS Núm. 4. Su mismo enunciado, Educación de calidad, ya expresa algo o mucho, depende de por donde se mire. Seguramente interesaría más a aquellas escuelas que tienen muchas necesidades internas; tantas que no les da tiempo de mirar cada día a escala global.  La educación lo es cuando mejora el pensamiento y la vida de las personas, hoy y mañana, cerca y lejos; en realidad, poca trascendencia adquiere para sí misma como no sea su cordura, que también debe tenerla y por desgracia pierde a menudo. La cultura de sostenibilidad lo será cuando se universalice el pensamiento colectivo frente a la protección de lo propio.
Insistimos en todo esto porque acaba de conocerse el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo, publicado por la UNESCO; no tiene una palabra de más, ni un gráfico que sobre. Se detiene de forma especial en cinco escenarios fundamentales que debemos revisar y mejorar en la educación si queremos mantener la ilusión transformadora que posee: el acceso a ella, la búsqueda de la equidad, los renovados estilos de aprendizaje, su imprescindible calidad y la necesaria financiación. Convendría que los Departamentos o Ministerios de Educación, y quienes tienen competencias para hacer realidad los derechos de la infancia y adolescencia en cada país, se lo estudiasen con detalle y pusiesen en marcha lo que falta para conseguir en cada una de las metas del ODS 4.

Seguir leyendo en la revista de mayo de la Carpeta Informativa del CENEAM (centro Nacional de Educación Ambiental).

La verdad en tiempos de pandemia; da para una novela

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Es posible que el momento actual hubiera inspirado a García Márquez una nueva novela sobre la condición humana, trayendo a cuento alguno de sus grandes amores y desafectos. En este convulso periodo pandémico, la gestión de la verdad ha sido una de las dolencias más extendidas, lo cual nos da argumento para hilvanar este y muchos artículos. No es aventurado empezar opinando que cada cual construye con los hechos y sentimientos una idea/verdad, que se está viendo bastante condicionada por aquellos que chillan más o dicen las cosas con palabras más gruesas. Esta estrategia belicosa la emplean bastantes los actuales grandes opinadores que invaden las cadenas de los medios de comunicación, incluso algunos ejercen de soliviantadores de oficio. Qué decir de los políticos que hacen interpretaciones banales de lo que la ciencia ni siquiera se atreve a considerar imaginariamente cierto. En el castigado escenario español de la Covid abundan de los unos y de los otros. Así no es de extrañar que cada vez sean más los ciudadanos que ya no soportan sus peleas para defender su parcial interpretación de la pandemia y sus consecuencias. ¡Con lo bien que nos iría una verdad acordada! Al despiste contribuyen las autoridades sanitarias de algunas CC.AA. y el Gobierno. Ni siquiera se ponen de acuerdo para contar afectados; cada cual utiliza sus varas de medir para atizar al otro. Suponemos que habrían de considerar los detalles de aquello que Antonio Machado apuntaba en el sentido de que “la verdad es lo que es, y sigue siéndolo aunque se piense al revés” o cuando se pregunta en un proverbio de Nuevas canciones. “¿Dijiste media verdad? Dirán dos veces que mientes si dices la otra mitad”.

La mayoría de la gente va buscando razones para explicar lo que no entiende.

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Pasado mañana no es anteayer, como nos repite la covid

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En este escenario que nos ha tocado vivir sucede todo tan despacio que uno no acaba de entender qué día es hoy. Si el que sumó uno a ayer o el que restó algo al mañana. A la vez, los ciclos pasan sin darnos cuenta; cada cual tiene su calendario, a veces una misma hoja contiene muchos renglones de escritura. El número del mes apenas importa, 18 es más o menos lo mismo que 24; si es lunes o viernes casi es lo de menos, a no ser que se trabaje de forma presencial o telemática. Las jornadas se cuentan y sin quererlo te pasas al descuento que no sabes de qué restarlo; que se lo pregunten a quienes fueron atrapados por la espiral pandémica o a la gente que cuida.

El hoy se ha dilatado tanto, por las similitudes entre las jornadas, que parece que las 24 horas que antes lo delimitaban tienen una duración indeterminada, acaso interrumpida por las noches, más o menos durmientes. El reloj, tan reconocido hasta hace poco, ha perdido su función primordial para muchos de nosotros. Si miramos bien, de verdad, queda reducido a un amasijo de cuestiones puramente biológicas, propias y ajenas. Acaso logremos algo de paz emocional si se recuerda lo que sucedió anteayer, aquel lejano estadio de hace un par de meses. Sirve para no lamentar el pasado mañana, o creer que estos días que llevamos de confinamiento sean simplemente un paréntesis. En esta condición colectiva de shock hasta ha perdido casi todo su valor el “más pronto que tarde”, porque a nada que te descuides compite con su contrario.

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50 años no eran nada en la salud de la Tierra, ahora son una barbaridad

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Ayer era un día especial. Hacía 50 años que un grupo de gente se preguntó en voz alta por la salud de la Tierra, de todos su habitantes, fuesen capaces de imaginar o no. Se preguntaban entonces si la huella de los humanos estaba deteriorando demasiado la salud global del planeta, si ya había sobrepasado lo que era permisible. Ahora saben que los humanos consumimos/malgastamos 1,7 veces lo que ella puede generar intercambiando materias y energías varias. Ahora, desde Global Footprint nos invitan a preguntarnos si preferimos la salud del planeta o su paulatina miseria, de él en concreto poco -seguirá el curso de los tiempos hagamos lo que hagamos-, más de los seres vivos que disfrutamos de sus donaciones continuadas. Así es la vida, un vaivén de bucles de actividad. Las decisiones de dar forma al futuro son individuales y colectivas. ¡Ahí estamos las personas! La degradación ecológica es una tragedia global. Estos últimos 50 años han estado marcados por la barbarie depredadora del planeta. No es necesario poner ejemplos. Miremos a nuestro alrededor o consultemos las hemerotecas.

Ironías de la vida: la tragedia de la pandemia del COVID-19 está teniendo algunos efectos beneficiosos en la salud del planeta. Magro consuelo que no nos alivia la pena pero nos alerta de que la vida actual necesita una reconversión urgente. Mientras tanto, como dicen desde la Islas Canarias, Sigue girando

Reflexivas condolencias de la Madre Tierra

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Hoy era su día, pero seguramente pasará desapercibido en todo el mundo, ocupado en la lucha contra la pandemia vírica. Se me ocurre imaginar los mensajes que nos enviaría para reconfortarnos y a la vez ponernos sobre aviso de nuevos peligros.

Querría negarlo, pero se ve en un mundo de soledad. Apenas escucha sonidos fuera de las ciudades. Ve menos luces en la noche pero siguen luciendo; por eso está segura de que nos encontramos ahí. De hecho, desde su marcado periplo de traslación y rotación, cada día ve más estrellas que pueden guiarnos, antes ocultas tras el aire contaminado. Recuerda, sin resquemor, el pasado compartido con la gente; incluso parece que lo escucha y quiere entender no se qué del futuro. Seguro que le gustaría adentrarse en la mente de los humanos para advertirles que se enfrentan al mayor desafío desde hace muchas generaciones, que a la vez les permitirá entrenarse para el futuro, que no tardará en llegar pues las frecuencia se van a reducir; al menos eso ha escuchado decir a los científicos que la auscultan.

Aprovecharía para ofrecernos su sentido deseo de reconciliación, alertándonos de que nunca debemos separar los caminos tal cual sucedía hasta anteayer. A pesar de que la han acusado de haber liberado el maldito virus que ahora nos mantiene atrapados. Incluso sabedora de que algunos malpensados han entendido la pandemia como una venganza de la Madre Tierra; una madre nunca actúa así. Para quienes lo quieran entender, explica que tenía retenido a este coronavirus, como a otros muchos, en sus ecosistémico mundo, pero la gente empezó a darle dentelladas, abrir trozas y de allí partieron sus bichos que ahora atacan a una parte, sufridora, del conjunto humano que bien podría calificarse como especulador.

Por experiencia sabe que  el futuro es distópico, siempre la entropía ha tenido sus caprichos. Por eso, lanza un entrañable aviso: Aislarse de la Madre Tierra es una aventura de alto riesgo. A la vez nos pide que celebremos su día o mejor una semana, una vez que el agobio pandémico nos deje pensar, pues hay suficientes motivos  para la reflexión terrícola y social, aunque haya transcurrido mucho tiempo desde este 22 de abril de 2020.

Trampantojos de la vida para disimular lo que parece que no es

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La pandemia actual nos ha pillado descolocados. Son pocos quienes entienden la vida de hoy que es mañana. Se ha escrito mucho sobre el asunto, quizás como una manera de desvelar las dudas porque certezas no parece que haya muchas. Bueno, sí, las lanzan los acérrimos que detonan explosivos contra todo que no sea ellos mismos. La realidad es que nada de lo que pasa parecería real hace unos meses; acaso es un sueño. No faltan quienes se preguntan si estos apocalipsis no formarán parte del curso real de la historia futura. Lo que sí parece cierto es que se ha extendido entre mucha gente una sensación de fragilidad, propia y compartida.

Acaso sea cierto. “En lo más profundo de sí mismo, Tsukuru Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Ésos son los cimientos de la verdadera armonía.“, dice una secuencia novelada Los años de peregrinación de un chico sin color de Haruki Murakami. O será aquello que el mismo autor dice “el destino siempre se lleva su parte y no se retira hasta obtener lo que le corresponde”, Crónica del pájaro que da la vuelta al mundo.

Hay quien sugiere que el trampantojo nos los presentó el progreso, PIB o como se llame, que logró hasta la deshumanización de la vida. Se engrandeció en todos los ámbitos, cargado de ironías y privilegios. No faltan voces autorizadas que afirman que es reversible pues la pandemia nos ha servido para darnos cuenta de que el aumento ilimitado del “nivel de vida”, con parámetros engañosos y escenarios multiplicadores diferentes, cada vez tiene más límites.

El despiste es global, muchas vidas escondidas en imágenes similares o diferenciadas. Por ellas circula la autonomía personal, inestable pues en ella convive el deseo de seguridad propio con la sensación de mayor o menor pertenencia a un grupo concreto, a un colectivo que va desde la comunidad de vecinos hasta el mundo.  La salvación vista como una epopeya.

Habremos de ser capaces de reconocer las debilidades y fortalezas de estas imperfectas sociedades; solo así se podrán concertar y universalizar sus valores más esenciales.

 

El dolor silencioso de los afectados por el COVID-19

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“El dolor silencioso es el más funesto” vino a decir Jean-Baptiste Racine. Bien se podría aplicar la afirmación al momento actual en el cual sufrimos todos, desde los sanitarios y demás servidores que ponen barreras o prestan servicios esenciales contra el coronavirus hasta los afectados por las secuelas que deja, también sus familias y acompañantes. Aplíquese a quienes en España y Latinoamérica nos leen, a todas personas que son ya más de mil millones que han visto como su vida ha cambiado de la noche a la mañana.

En España, en este complejo conglomerado de personas recluidas en escucha activa se podrían anotar muchos grupos sociales: mayores y más jóvenes, niños y adolescentes, gente universitaria o que trabajaba en la precariedad, teletrabajadores, gente en paro o sometida a ERTES y tantos otros que siguen las pautas de aislamiento y sanitarias a la espera de retomar la vida activa. Su dolor está confinado pero no por eso es menos importante. Sufren en silencio preocupaciones de salud o económicas y otros deterioros. Poco se dice de ellos, ni siquiera los remiendos televisivos les confortan del todo. Se les agradece lo que se les exige, y ese premio es casi una expiación según como se mire. Viven con la puerta de casa como frontera que los separa del mundo. Las redes sociales les envían mensajes de ánimo, les acercan estrategias de supervivencia que seguramente harán más llevadero el día tras día. Se emocionan cada vez que escuchan acciones solidarias y desprendidas de otros grupos; así pasan mejor los días, especialmente los mayores que ni siquiera pueden salir a comprar y dependen de la adhesión de otros. Esos anónimos confinados se empeñan en capturar el polvo tenue de lo trivial, ese que mañana será irrelevante; por eso se inventan ficciones salvadoras. Si reparamos en el momento, todas las personas estamos aprendiendo a vivir. Nos queda la satisfacción de haber hecho lo que nos mandan, también la esperanza de que algún día se abrirá el telón y detrás de él aparecerá algo grato. “No hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que te supera”, escribió el Nobel de Literatura Albert Camus.

El principio de precaución desapareció hace décadas de la vida individual, colectiva y política. Por eso, una petición que apoyarían masivamente los anónimos es que la continuada investigación, con todos los recursos necesarios, sea el mejor escudo para proteger de la siguiente pandemia. Los invisibles sin techo o en precario demandarían además un salario social (renta básica) sin que se note el estigma de la caridad.

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Diario, más o menos apócrifo, de un jubilado recluido

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La defensa cerrada contra el coronavirus nos está permitiendo comprobar si la solitud tiene ventajas, si se ha podido encontrar el espacio justo de las rutinas, si hemos sido capaces de disciplinarnos en los horarios. Cuesta empezar el día pensando en rellenarlo de cosas (escribir sensaciones sin expresar amargor, leer sin convicción, echar mano de unas dosis de pantallas sin fijación concreta, relajarse limpiando una y otra vez la casa, caminatas por el pasillo y otras extensiones gimnásticas, etc.) para alimentar la esperanza de que todo esto acabe cuanto antes. En cierto modo, cada cual trata de sustituir los pensamientos cruzados por tareas relajantes.

A menudo estos días, todos -poco importa en este caso la edad- acudimos a la conexión telemática para reconectar afectos, bien sea por la convencional llamada de teléfono o por otros medios. Al menos el confinamiento ha tenido de positivo que nos ha ayudado a reducir distancias no percibidas antes, ocupados como estábamos en resolver lo nuestro. Esos momentos afectuosos casi llegan a reemplazar a las distancias cortas, recomponer las miradas. Pero no, nos juramentamos para recuperarlas cuando esto acabe.

En su diario, el jubilado quiere escribir renglones de confianza y optimismo, alentado por las variadas muestras de solidaridad que muchos profesionales derrochan estos días. Por más que lo intenta, no logra encontrar una situación  anterior que se le parezca a esta, que le ayude a entender lo que pasa. En ocasiones, se consuela pensando que vivir es capear incertidumbres, que la sociedad es casi tan entrópica como el sistema energético que nos mantiene. Mira varias veces al día por la ventana, más que nada para que los rayos del sol lo iluminen y le ayuden a demostrarse a sí mismo que sigue vivo. Este ejercicio real es algo mental, muy parecido a lo que hace toda esa gente que cada día a las ocho de la tarde aplaude al infinito, identificado o no, para escucharse también, para sentir latir sus emociones. Desde su atalaya observa el ir y venir de la urraca -aparentemente despreocupada- al platanero que tiene debajo de su ventana. Pero algo intuye el córvido pues no trajina en su nido antiguo, simplemente se posa cerca de él, como ausente y solitaria; será que barrunta algo porque parece que hasta las palomas han huido. La única gente -enmascarillada- que transita por la calle da la sensación que huye de sí misma. El parque verdea como si fuera una primavera normal; al menos cambia el horizonte del mirón que alarga su vista hacia el parque, lugar de encuentro antes, ahora cercado por unas cintas que lo delimitan. Ni un niño por la calle, y esta vez no se los ha llevado el Flautista de Hamelin. La ciudad sin niños es un espectro de sí misma. Al jubilado le gustaría conocer qué siente ante esta situación Francesco Tonucci; otro jubilado, en este caso ilustre, que siempre pensó y vivió para los niños.

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