Ética universal

La pobreza mundial de muchos frente a la escandalosa riqueza de unos pocos

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Debía causar un sonrojo enorme, seguido de múltiples acciones compensatorias, el hecho de que en la actualidad «los diez hombres más ricos del mundo han duplicado su fortuna, mientras que los ingresos del 99 % de la población mundial se habrían deteriorado a causa de la COVID-19». Es lo que dice Oxfam en su último informe Las desigualdades matan, al que ha añadido en su presentación una propuesta universal: «tenemos la oportunidad de reformar drásticamente nuestros modelos económicos para que se basen en la igualdad. Podemos abordar la riqueza extrema aplicando una fiscalidad progresiva, invirtiendo en medidas públicas de eficacia demostrada para eliminar las desigualdades, y transformando las dinámicas de poder dentro de la economía y la sociedad. Sin duda, todo esto pasa por una decidida voluntad de adhesión y práctica a la idea de esos movimientos sociales que están exigiendo cambios, la creación de una economía en la que nadie viva en la pobreza, ni tampoco en una riqueza inimaginable: una economía donde las desigualdades dejen de matar».

Rebeldía general debería originar conocer que entre 22 ricachones multimillonarios del mundo poseen más dineros que 1.000 millones de mujeres y niñas de África, América Latina y el Caribe. Cómo hemos sido tan insensibles a escala global para permitir que, desde 1995, 1 % más rico haya acaparado cerca de 20 veces más riqueza global que la mitad más pobre de la humanidad. también mata la desigualdad degenerada por esas emisiones individuales de 20 de los milmillionarios más ricos que llega a ser 8000 veces superior a la de cualquier persona de entre los mil millones más pobres.

Aun hay más. Las desigualdades han provocado que la pandemia de coronavirus resulte más letal, más prolongada y más dañina para los medios de vida de los pobres, tal como constatan instituciones tan poderosas en el mundo de los dineros como el FMI, el Banco Mundial, Crédit Suisse, el Foro Económico Mundial.

Incluye el informe de Oxfam otros datos escalofriantes como la constatación de que las desigualdades contribuyen a la muerte de unas 23.800 personas en el mundo diariamente, o lo que es lo mismo: una cada cuatro segundos.

¿No podemos fabricar entre todos-as una vacuna contra estas desigualdades? Porque además estas diferencias se dan entre países pero también entre ciudadanos de un mismo país. También en los países ricos como España. Se nos ocurre que a escala política hay que promover leyes y reformas que eviten o al menos reduzcan tremendas desigualdades, que se apliquen de verdad y las ayudas lleguen pronto. Pero también que esos mismos legisladores o gobernantes se acuerden de que fuera de nuestras fronteras hay mucha gente que nos necesita, que tarde o temprano llegará a nuestra casa para hacérnoslo ver. Todos deberían leer con detalle y subrayar retos en el informe presentado ayer por Cáritas-Foessa, radiografía social tras la COVID-19, y ponerse en activa lucha para eliminar esta lacra social. 

Sostenibilidad: el discreto encanto de la impostada modernidad

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El título va dirigido a todas aquellas administraciones o marcas comerciales que venden sostenibilidad a raudales, sin importarles demasiado consumir mentalmente el mismo pensamiento (que conste que también las hay que obran de buena fe). Quiere lanzar una llamada de primeros de año para que intenten escalar la cima del coloso 2030, para que pongan todo tipo de ingeniería y logística al servicio de esa quimera que supone no dejar a casi nadie atrás, porque a todos no podrán convencer. Quiere llamar modernidad a esa sociedad que en algún momento creía aquello de que a todos debe venir bien lo que aprovecha cada cual. Queremos avisarles que detrás de la marca de la sostenibilidad se esconde la señalética del peligro. No sabemos qué querría decir Paracelso con aquello de que «el hombre fue formado a partir de la materia y del espíritu del mundo». Si se puede decir viceversa. Ahora comprobamos que las distintas modernidades consumadas a lo largo de siglos tienen puntos oscuros.

Dichas instancias administrativas y entes comerciales juegan con códigos que nos seducen, tras los cuales esconden entresijos cruciales, a la vez dramáticos para toda esa gente que no ha sido beneficiada con la suerte, esta que muchas veces llamamos progreso. En el corazón de la tormenta actual epidémica se encuentran desigualdades, hambres, exclusividades y deterioros varios; algún que otro egoísmo. A quienes perjudiquen más todos esos desajustes se les derrumbaron los soles y les cayeron encima descargas de nubarrones que muchas veces se convirtieron en enigmas insondables.

La vida es siempre una conjunción de alegorías; la modernidad también aunque se llame sostenibilidad. En algunos países los Reyes Magos, que dicen venían de Oriente, satisfacen este 6 de enero los deseos materiales de niños y niñas, jóvenes y no tanto. En otros Papá Noel ya hizo lo propio.

Por algún sitio pasaría de largo. Una jovial melancolía nos recuerda a toda esa gente que está en otra onda, en orillas desconcidas. Para ella, que el nuevo año sea de verdad próspero, universalmente provechoso, porque la inmensidad de lo desconocido siempre está al acecho. Los enigmas vendrán sin ir a buscarlos. Por eso, los Magos debían traer una mejor comprensión de los misterios para toda la humanidad, por si a Papá Noel se le olvidó. 

Empecemos el año combinando ética universal con salud y ecología. Impidamos que la economía tenga un sentido único. Pensemos en la infancia olvidada, que está pendiente de un acceso universal a la educación, salud, bienestar, etc. En algún momento, quizás obligados por las circunstancias, habrá que desentrañar eso de la sostenibilidad; los ricos pero también en los países de menos ingresos. ¡Qué 2022 sea el comienzo del «socioceno planetario»! Ese mundo moderno, nada impostado, en el que poco a poco se llegó a constituir una sociedad universal que mejoró los destrozos que estaba causando el antropoceno.

Se nos olvidaba: gratitud eterna a quienes desde cualquier instancia o colectivo luchan por que el mundo crea en la sostenibilidad, sustentabilidad, inclusividad, coherencia ética, etc. y tengan éxito. A aquellos (mujeres, hombres e instituciones, etc) que añoran que la sostenible modernidad es formar parte consciente y comprometida de un colectivo, en el espacio y por siempre.

Propuestas para la transición hacia una España más sostenible durante 2022

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No me atrevo a decir que sea de obliga lectura, pero si convendría una atención pausada a algunos de los apartados que se recogen en el Informe de Sostenibilidad en España 2021. Propuestas para la recuperación. Es el sexto Informe que promueve la Fundación Alternativas sobre este asunto. En el presente se trata de calibrar los retos para conseguirla, superar las secuelas que la pandemia ha causado en todos los ámbitos de la vida, entre ellos la afección a la sostenibilidad ecosocial. En su preámbulo se anuncia que el objetivo es «ayudar a los encargados de adoptar las decisiones a comprender dónde las inversiones pueden tener mayor efecto para generar una transición realmente justa y sin dejar a nadie atrás». Se proponen una serie de medidas para acercarnos al mantenimiento de ciertos estándares amigables entre la vida planetaria y el colectivo social. 

Todo el informe está planteado en la necesidad de transiciones múltiples: el recuerdo de los compromisos adquiridos, la necesidad de avanzar mucho en las transiciones, la ecologización del sistema productivo, las obligadas necesidades fiscales de la transición ecológica, las oportunidades y desafíos que son ya una realidad, la recuperación pos pandémica a partir del impulso de lo natural, así como las obligaciones internacionales, de España y de todas las administraciones en la inevitables transformaciones que conduzcan a una sociedad diferente, más visible en el compromiso colectivo. También los retos en la formación (formal, no formal e informal) de la sociedad  para una transición duradera y renovada en forma de sostenilidad. Ámbito del que nos hemos encargado Javier Benayas y Carmelo Marcén.

El informe comienza haciendo una síntesis de los retos que tenemos planteados y de las recomendaciones para abordarlos poniendo énfasis no solo en la transformación, que siempre será provisional, sino en una transición social, política, económica, emocional y colectiva que encamine la manera de actuar ante los retos actuales y los futuros. Se trata de recuperar con cuidado múltiple las interacciones socioambientales para evitar caer en el abismo de las crisis posibles. Se concreta en el año 2022, paso intermedio para llegar al 2030 con una buena parte de las transiciones fuertemente consolidadas.

En fin: ¡Un próspero Año Nuevo en la convivencia entre el Planeta y sus criaturas!, porque las personas hemos entendido el fondo y la forma que justifican las ineludibles transiciones.

Detalles actuales de España fragmentada; un rompecabezas a finales de siglo

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Muchos mundos reducidos a dos: los muy poblados, preferentemente en ciudades, y los abandonados por la gente; el llamado mundo rural. Desiertos humanos en tierras abandonadas donde crecen plantas de diversas formas y colores frente a zonas masivamente habitadas, donde el suelo se ha convertido en un pavimento continuo. Ciudades que a pesar de que solo ocupan el 3% de la tierra, representan entre el 60% y el 80% del consumo de energía y el 75% de las emisiones de dióxido de carbono. Ahora mismo, más del 65% de la población vive en ciudades, según el Banco Mundial. Dentro de poco… El EOM (Orden Mundial) avisa de que los habitantes de las ciudades se enfrentan cada día a más retos y de mayores dimensiones.

Miremos más cerca. La España que va camino del año 2030, uno de los momentos de evaluación mundial, concentra en ciudades el 80% de la población total. La de las capitales de provincia supone un 32% de la población total según datos del INE. Entre seis provincias suponen el 43,5% de habitantes, las seis CC AA más pobladas acogen al 70% de la población. Casi nadie defendió  hace más de 70 años que en lugar de acopiar  habitantes en donde había riqueza se llevasen incentivos a donde había población. Me parece que lo contaba el NO-DO.

Al otro lado del balancín humanizado se encuentra buena parte de la España olvidada, menguante la llamaba Julio Llamazares en un artículo reciente. Entre esta, escondidos porque tienen pocos votos y menos voz, están 3.403 municipios (42% del total) en riesgo de despoblación, como los califica el Informe Anual del Banco de España. Acumulan apenas un 2,36% de la población. Por lo que podemos decir que la España fragmentada no solo se da entre la costa y el interior, sino entre el medio rural y urbano, también dentro de provincias o comunidades que cuentan con una elevada población como Madrid (el norte de su provincia es otro desierto demográfico). Otro detalle: Zaragoza concentra más de 680.000 habitantes de los 1.325.371 de Aragón. Imaginemos el reparto espacial en un territorio de 47.719,2 km².

Así pues, la distribución poblacional es un conglomerado con acumuladas incógnitas con respecto a sus posibilidades vitales y a la dotación de servicios indispensables, de complejo encaje en esta lanzada carrera hacia la difusa meta del año 2030. Dicen que van a llenar la España ignorada de molinos y huertos para producir energía, macrogranjas, enclaves de residuos; también de parques temáticos de aventura al aire libre para los urbanitas y con los dineros que den esos usos mantendrán a la población pegada al suelo. Les animarán con la música de Cecilia en Mi querida España o les pondrán películas del estilo del Disputado voto del señor Cayo de Giménez Rico, o mejor que lean el libro homónimo de Miguel Delibes. Cuando acaben que se pasen a La lluvia amarilla de Julio Llamazares. O los libros de Sergio del Molino que hasta viaja a un país que nunca fue. Al final, se responderán a la incógnita de por qué siguen ahí.

¿Cómo será en 2100, que es un futuro cercano? Algo de lo que deberían ocuparse mucho en los parlamentos europeos, español y autonómicos. Dentro de cada circunscripción se dan grandes diferencias ecosociales. Todo se fragmenta y para unirlo se necesitan variados pegamentos éticos. 

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Entre algo de Mecanópolis de Unamuno y Walden de Thoreau se desliza la vida

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Seguramente don Miguel de Unamuno no había leído Walden. La vida en el bosque (1854) de Henry D. Thoreau. Tampoco, según lo vemos hoy, estuvo muy afortunado al sugerir «que inventen ellos». Las genialidades de los genios a veces derrapan, quién sabe la intencionalidad con la que las expresan y frente a qué. Hace más de 100 años Unamuno publicaba el cuento Mecanópolis. Parece ser que don Miguel estaba muy enfadado con las contradicciones y complicaciones que el avance material y tecnológico produce en los seres humanos. Ahora lo querríamos ver dándonos su opinión acerca de la multiconexión on line que maneja nuestras vidas. Unamuno, como Thoreau, se preguntaría por las nuevas formas de sociabilidad generadas por el ya por entonces creciente predominio de la vida en las ciudades, por contraposición a la vida en el campo en contacto con la naturaleza.

El cuento de Unamuno presenta las andanzas de un hombre perdido en un desierto. Alcanza a llegar a una misteriosa e inquietante ciudad en la que al parecer no habita ningún ser humano visible, pero sí unas máquinas extremadamente avanzadas que había adquirido funciones humanas, hasta conducían trenes autómatas que llevan al protagonista a una ciudad fastuosa. Tanto lo deslumbró que se dio cuenta de que hasta las obras de arte que sus museos atesoraban eran las originales; mientras que las que él conocía en su vida anterior eran copias. Hasta su hotel llegaba el periódico local, redactado, se suponía por máquinas inteligentes. Al final del cuento, el único protagonista llega a un oasis habitado y vuelve a la vida. Manifiesta que desde entonces «he concebido un verdadero odio a eso que llamamos progreso, y hasta a la cultura, y ando buscando un rincón donde encuentre un semejante, un hombre como yo, que llore y ría como yo río y lloro, y donde no haya una sola máquina y fluyan los días con la dulce mansedumbre cristalina de un arroyo perdido en el bosque virgen».

Si hubiera leído Walden pensaría en ese párrafo donde se dice «Hay un flujo incesante de innovación en el mundo, pero toleramos una opacidad increíble. Bastará con que mencione la clase de sermones que aún se escuchan en los países más ilustrados». O aquello de «Antes que el amor, el dinero y la reputación, denme la verdad». Quizás «Necesitamos ver que nuestros propios límites han sido sobrepasados y alguna criatura viviente paciendo con libertad donde jamás apacentaríamos nosotros». A cambio le pediría a Thoreau que interpretase lo de Unamuno: Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento. O mejor: Lo natural de un hombre es buscarse a sí mismo, en su prójimo. Sin embargo, el hombre huye de sí mismo hacia las plantas y las piedras (la naturaleza), por odio a su propia animalidad, que la ciudad exalta y corrompe (Juan de Mairena).

Me gustaría enfrentarlos en una conversación. ¿Qué pensarían ambos de la domótica, los 5G y la posibilidad de generación de vida a partir de restos de ADN antiquísimos? Mejor aún, cómo hablarían de las generaciones actuales y su vida conectada a la nube? Podríamos invitar a Orvell para que nos aportase su visión del «Gran Hermano».

Son dos historias para ser leídas al unísono. Si no las pueden comprar búsquenlas en la Red, están en pdf, como casi todo de ahora. Suponemos que ambos filósofos del tiempo vivido sentirían curiosidad por lo actual pero manifestarían escaso convencimiento. 

Trampantojo climático. Versión COP26

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¿Si lo que es es pero no se ve acaso no deja de serlo? Mirar sin ver es un ejercicio universal. Semejante afirmación valdría para calificar la COP26 de Glasgow, que acaba sin acabar de ver todo el lío climático que pende sobre nuestras vidas. Faltaron espejos grandes en donde no solo se devolviese la imagen de lo que somos sino la posibilidad de ser otros. Se dice que para curar algo es necesario construir a partir de sí mismo, en este caso con dimensión universal, un futuro soportable. Si se permanece un rato delante de ese espejo cuarteado se nos presenta un autorretrato de la vida global, pero con esfuerzo se puede llegar a ver una reinvención del entramado convivencial. A eso parecen aspirar las sucesivas cumbres sobre el cambio climático.

Pero la COP26 se convirtió en un trampantojo porque la mayor parte de la gente nunca la vio con pasión; acaso unas cuantas ONG muy fragmentadas en su ilusión. Al final, si se acumula el aburrimiento de escuchar siempre lo mismo desaparece la pasión, que viene cargada de fuerza y vida, si bien no siempre compensadas en lo individual y social. Somos, nuestros representantes debían serlo aún más, aquello hacia lo que vamos en la cuestión climática, lo que perseguimos, eso concreto por lo que luchamos. Pero por ahora apenas llegan a ser una mera enumeración de proposiciones reclimatizadoras que tardarán en llegar. ¡Qué decir de los recursos económicos comprometidos por los ricos para que los pobres salgan nítidos en la imagen! Así gana el dejarse llevar hasta que la COP27 nos rescate, o no.

Los países que más contaminan el aire -empujados por causas diversas- se han esforzado en decir con mentiras lo que querrían ser, pero ahí hemos visto cómo son. Sus oscuras proposiciones de compromisos, en torno a la emisiones de metano y el abandono del carbón, resultan a la vez delatoras y transparentes: primero mi país (sobre todo si es poderoso como EEUU, China, Rusia o India) y después todo lo demás. Nunca les perdonaremos lo imperdonable: que aparezcan tan difuminados en el esfuerzo mundial; si bien es cierto que algunos como la India tienen el atenuante de su punto de partida. 

Al final, algo bueno saldrá de la COP26. Los medios de comunicación han hecho lecturas varias; ninguna ilusionante como en París. Quien lea de forma crítica los resultados de Glasgow se preguntará si todos, cada cual también, decimos mucho en esto del cambio climático y no hacemos lo que decimos; una parte de lo que pensamos no tiene que ver con cómo vivimos. Querámoslo o no, la acción no responde solamente a la intención, bien sea singular o colectiva. Precisamos de otros que sean francos para que nos hagan ver lo  verdadero. Eso deberían ser la cumbres del clima. En esta se ha avanzado poco, tanto es así que la ONU lo ha hecho saber. Aún así, gracias a quienes – desde la sociedad civil sobre todo- han sabido decir con valentía, con coraje, con ilusiones y sin trampantojos que riesgo incluso, por que el tiempo se acorta. Sin embargo, los plazos se han alargado cual chicle envejecido. 

Por todo esto bienvenido sea aquello que la COP26 pueda significar en el fortalecimiento de una cultura mitigadora o adaptativa, bien sea voluntaria o forzada por las circunstancias. Todavía podemos descifrar los enigmas si nos empeñamos. Nunca el silencio, nos convertiría en cómplices; en un trampantojo de nosotros mismos.

La causalidad climática llama a la renovación ética: un todo humanizado

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El refranero español está lleno de aforismos en los que se alaba el buen hacer para alcanzar un saludable vivir. Sencillos unos, retorcidos otros, hablan de la condición humana, muy diferenciada. Viene esto a cuento de un pensamiento repetido en todas las cumbres climáticas y olvidado por casi todos apenas esas echan el cierre: la aceleración del cambio climático  ha sido motivada por la acción humana, ergo se puede revertir en parte si los humanos se ponen de acuerdo en hacerlo. La ciencia, ¡cuántos dineros se han gastado en callar su denuncia climática!, ha demostrado la incidencia de la acción antrópica en la generación del cambio climático. De hecho, más del 99,9 % de los 88.125 artículos científicos revisados por pares coinciden en darlo por irrefutable.

La catástrofe climática está en código rojo casi negro en algunos aspectos porque todavía no se aprecia la marca de los acordado en la COP25 de París, ni Río 92. En la actual COP26 de Glasgow se habla mucho pero el adorno en el vestido climático de las palabras no siempre deja ver los pensamientos; o engaña directamente. Resumamos lo que todo el mundo sabe: se trata de elegir entre implicarse todos en la consecución de un planeta vivo, amigable con sus criaturas, o mantener nuestro insostenible sistema de vida hasta que llegue el colapso. O lo que es lo mismo: decrecimiento saludable, asumido sobre todo por quienes más contribuyen a la catástrofe climática, o crecimiento abrasador, primero para los vulnerables y después para todos. Porque, lo queramos ver o no, en el origen del embrollo está el aumento del incentivado consumo. 

Parecía que, ante la contundente lectura que realiza el IPCC de lo que está pasando, la Cumbre de Glasgow sería el momento del arranque hacia un destino mejor. Pues no. “Estamos a años luz de alcanzar nuestros objetivos del cambio climático” proclama una y otra vez Antonio Guterres desde la Secretaría General de la ONU. La gente que se manifiesta en tantas ciudades contra la inacción climática siente lo mismo. En este blog vemos el aire en color rojo oscuro casi negro.

La causalidad climática debe ser reversible para bien. Nos tememos que transcurridos unos días casi todos los medios de comunicación se quedarán mudos ante este problema existencial. La verdad molesta si se ve como posible cambio/limitación de intereses. Pero necesitamos que sigan hablando siempre para que llegue la mejora de la calidad el aire que cada día nos permite ser y estar, nos renueva las ilusiones.

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El cambio climático reprende a la ambición humana por crecer

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El planeta está condicionado por algo llamado entropía. Solamente los bichos raros prestan atención a semejante palabra. El concepto también importa. Más todavía si se topa con la ambición humana, con una generalización de esta virtud/vicio. La realidad climática nos está demostrando que es más delirante que cualquier ficción literaria o cinematográfica. La ambición humana por crecer prioritariamente en lo económico es tan ilusa que quiere tenerlo todo controlado. Tanto que muchas personas se creen invulnerables en un mundo que en realidad le es extraño, por extranjero y difícil de entender. Ya lo aventuraba Fénelon para quien «La ambición está más descontenta de lo que no tiene que satisfecha de lo que tiene», y debería conservar, añadiríamos nosotros. Tiempo antes, el gran Miguel de Cervantes escribió algo como que «pocas o ninguna vez se cumple con la ambición propia que no sea con daño de tercero», si bien ahora es también al cuarto, quinto y así hasta el infinito.

Quién sabe si puede haber cordura en este momento de locura. Queremos tener más en un mundo que necesita ser menos. La soledad de los predicadores del decrecimiento es patética. Se encuentran con que pocos de los destinatarios del mensaje quieren enfrentarse a la realidad, muchos menos aliarse con ella. ¿Cómo es el mundo de hoy?, cuando menos extraño a pesar de que sabemos mucho de él, del cambio climático por ejemplo. A la vez que queremos la libertad de ser y tener; somos un misterio en conjunto. ¿O no?

Cambio climático y ambición humana se deberían conjugar con ecología, economía ajustada, educación y ética universal en grandes proporciones. Cabrían también una larga dosis de salud propia y ajena y mucha dimensión social en medio. Parece que no nos preocupan las sociedades futuras, aunque continuamente digamos lo contrario. Bueno, cada cierto tiempo sí porque para eso están las cumbres climáticas y los informes del IPCC, que son una reprimenda muy seria. En estos documentos encuentro mucho cambio climático y propuestas ambiciosas con beneficio universal. ¡Qué decir!

A veces de la impresión de que cuando nos cansemos/destruyamos esta Tierra nos iremos a otra. Hasta ahora quienes nos mandan/engañan con los PIB y el consumo nos están demostrando que la ambición humana y el cambio climático no se pueden coordinar. ¿Podría ser al contrario? Antes o después tendremos que reconocerlo. ¿Será tarde ya?

Mientras, estemos atentos a lo que predican o se comprometen la gente poderosa en Glasgow, COP26; más que nada por si se acuerda de los compromisos de París, si de ella salen ambiciosos acuerdos para detener el cambio climático. Al tiempo, pero nos falta tiempo como diría Benedetti.

Pesadumbres de la pasión electrónica en tiempos de cambio climático

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Más de una vez me sucede que miro al horizonte mundial y de allá lejos viene Orwell resucitado y aumentado; también se aprecian las siluetas de otras mujeres y hombres que le dieron vueltas al asunto de pensar. En esta ocasión me cuenta, o me imagino, que una maraña electrónica ha capturado nuestras mentes, casi de manera universal. Las puertas de la inteligencia y el pensamiento están continuamente abiertas. Por allí se cuela todo. 

Me avisa de que la araña tejedora de Facebook, cual Gran Hermano, se ha aliado con trece universidades y centros de investigación para desarrollar el proyecto Ego4D”. ¡Vaya nombrecito más aparente! Con su desarrollo, si tienen suerte y dinero (esto parece que les sobra), construirán algo que logre enseñar a las máquinas a entender lo que ve y escucha, como si fuera uno mismo. Mas bien que uno deje de serlo. Algo así como si nos quitasen los ojos, oídos y lo que es peor: el pensamiento autónomo. Cuando leo cosas de este estilo me acuerdo de aquella la frase de Juanjo Millás de “llevar la  cabeza en el bolsillo”, o tenerla encima de la mesa o en el bolso; a veces pegada permanentemente a las manos. Incluso he visto a algunos bebés ir en sus carrito jugando con el móvil, en lugar de tener en la boca el chupete para entretenerse. Así empiezan a sujetarse a la maraña electrónica. Me digo: ¡vaya penuria!

Porque pasión rima con apasionados-as pero también con padecimientos. ¿Cómo mantener la coherencia?

Con más frecuencia de la debida me pregunto si esto de la dependencia electrónica será bueno para el devenir ecosocial del año 2030. Y en el caso de que así sea, si servirá para que el medioambiente y sus habitantes reduzcan una parte de sus problemas. Por eso, desde mi humilde despiste me atrevo a pedir a los gigantes de la electrónica que van a construir esos programas tan «inteligentes» que consideren también la posibilidad de que los aparatos, los chips y los algoritmos apuesten por la sostenibilidad social y natural: antes, durante y después de su utilización. Total, unos cuantos algoritmos más. Aun así nos nublarían las mentes, pero al menos el rastro que dejamos en asuntos como el cambio climático, que está de promoción estos días, se aminoraría. Por cierto, se me nubló el horizonte y no veo a Orwell pero sí a otra gente que quiere conservar la facultad del pensamiento no electrónico, por más que esté sometido siempre a errar e ir contracorriente y le genere alguna pesadumbre que a lo mejor el algoritmo le solucionaría. Habría que ver en qué dirección y con qué sentido.

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Medioambiente saneado como derecho humano

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El Consejo de Derechos Humanos de la ONU acaba de aprobar una resolución que reconoce que “vivir en un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible es un derecho humano sin el cual difícilmente se pueden disfrutar de otros derechos, como la salud o incluso la vida”. Hay que congratularse de esta decisión. Sin embargo, en el texto no queda totalmente explícito que no tenemos ese derecho por ser nuestro el medioambiente sino por formar parte de él. Por tanto, habrá que extender ese derecho al planeta en su conjunto y a cada una de sus biodiversos habitantes.

Los derechos humanos se ejercitan en interacción con todos los pobladores de la Tierra, vivan donde sea y ocupen un estadio u otro en el entramado de la vida. Si se desea construir un mundo que se articule con el disfrute universal de cada uno de los derechos humanos, incluidos algunos tan prioritarios como la salud y la vida, solamente puede conseguirse en el contexto de una ecodependencia amigable, dedicada en primer lugar a cambiar interpretaciones erróneas del uso del espacio y a restaurar desastres previos, a valorar que el medioambiente es una interrelación compleja. Decir saneado significa no estar expuesto a alteraciones graves inducidas por la acción antrópica. Hecho que sí sucede ahora.

Lo saben bien quienes no disfrutan de esos beneficios. El pasado 16 de octubre la FAO lo dedicaba a recordar que la alimentación también es un derecho. Señalaba que más de 3.000 millones de personas, casi el 40% de la población mundial, no pueden permitirse una dieta saludable en un medioambiente que muchas veces les resulta poco acogedor, o está muy deteriorado. Salud y vida se construyen en correlación con la alimentación, además de otros vínculos. En su Web se puede leer que «También deben considerar los diversos vínculos existentes entre las áreas que afectan los sistemas alimentarios, incluida la educación, la salud, la energía, la protección social, las finanzas y demás, y hacer que las soluciones encajen. Y deben estar respaldados por un aumento considerable de la inversión responsable y un apoyo enérgico para reducir los impactos medioambientales y sociales negativos en todos los sectores, especialmente el sector privado, la sociedad civil, los investigadores y el ámbito académico.» Ojalá podamos decir dentro de un año que ha habido avances significativos.

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Toca aclimatarnos a una vida ecosocial en un planeta inestable

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Julio Verne decía aquello de que la Tierra era cada vez más pequeña porque podía recorrerse más rápida que hacía cien años. Nos gustaría poder preguntarle qué piensa ahora del asunto. Quién sabe cómo calificaría el que hayamos tardado tanto en darnos cuenta de que todas las colonizaciones también entrañan riesgos para el ejército invasor, a pesar de que cada vez tiene más poder tecnológico y cuenta con más atacantes. Más todavía si todo se desarrolla en un espacio cerrado, por ahora, como es la Tierra.

A este derecho de soberanía que es la apropiación múltiple le surgieron siempre problemas. Quizás se debe a aquello que decía Bárbara Ward, economista y periodista que hacia 1960 empezó a hablar del desarrollo sostenible: nos hemos olvidado de ser buenos huéspedes, de cómo caminar ligeramente sobre la Tierra como hacen sus otras criaturas. Fue ella la encargada de elaborar  junto a René Dubos –científico investigador reciclado al mundo de la ecología del que se dice que se inventó aquello de “piensa globalmente, actúa localmente”- el informe previo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, celebrada en Estocolmo en 1972. Aquel documento, que supuso un hito en el pensamiento global sobre el medioambiente, se publicó en forma de libro con un título premonitorio La Tierra es única (“Only One Earth”). También se divulgó con la marca de Sólo tenemos una Tierra. Este axioma, que se repitió en la Cumbre de Río en 1992, fue recordado con aquello de que “no tenemos un planeta B”, enunciado por el Secretario General de la ONU Ban Ki-Moon hace unos años. Una parte de las inquietudes de B. Ward fueron recogidas por el IIED  International Institute for Environment and Development que fundó en 1971.

No tenemos otra solución que aclimatarnos. La crisis climática es la punta, cada vez mayor, del iceberg ecosocial en el que estamos inmersos. Ya constituye un problema de salud colectiva, como nos recuerda el Instituto de Salud Carlos III. Luego está la cuestión ecológica, económica, de biodiversidad, de dinámicas poblacionales, desigualdades, etc. 

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El examen de la educación española en 2030

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Es un año tan nombrado en todo el mundo que parece que tras él comienza una nueva era. ¿Quién sabe? Por lo que afecta a España, además de otras muchas transformaciones ecosociales y económicas pendientes, debería suponer la consolidación de una educación diferente, desde la Primaria hasta la Universidad. Deberíamos llegar a ese año con las hechuras firmes. Sin embargo, estamos contemplando que las variables ecosociales hasta ahora se «resuelven» con argumentos frágiles, basadas sobre todo mercadotencia. Señal de que falta una lectura crítica y un debate reposado sobre lo que significa el Espacio Europeo de Educación para 2025.

En 2030 y en los años siguientes no habrá sociedad posible, entendida en sus interrelaciones favorables, si la educación no se toma en serio. Recordemos que la educación de calidad es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS. 4). En torno a ella se nos ocurren proyecciones transformadoras tan delicadas como el respeto al prójimo, las crecientes desigualdades, lo que suponen unos derechos humanos universales, la pertenencia a un conjunto multidiverso, la ecodependencia social, el complejo mundo de las emociones, las variables vitales ligadas al cambio climático, las incertezas que van y vienen, etc. 

Lo exige el mundo cambiante actual; no podemos anclarnos en la escuela de hace décadas. Pero por ahora, nuestros representantes políticos se enfrentan por casi todo y desatienden la educación para 2030. No es una escena nueva. Cada vez que se quiere revisar la Educación, suponemos que para mejorarla, se origina una esporádica tragedia nacional en forma de ideologías contrapuestas, que poco tienen que ver con el sentido social y transformador que le sería propio. Pasa ahora con la Lomloe, la reforma educativa que corre el riesgo de no llegar al año 2030. Nos gustaría tener una visión renovada de lo que sucede en otros países.

Podrían reflexionar si para esa fecha no sería más conveniente darle alguna vuelta a aquello que afirmaba Emilio Lledó sobre el hecho de utilizar la bandera ideológica como única señal para educar, de que lo que consigue es entorpecer el futuro de la generación. Apostillaba que valdría más tener como referencia una enseña bordada con hilos de “de justicia, de bondad, de educación, de cultura, de sensibilidad, de amor a los otros, de los que formamos parte nosotros”. En todo el mundo se espera mucho del año 2030, si se llegará a él por la pasarela de la ética global. ¿Quién sabe si en España lograremos superar el examen?

Ver artículo completo sobre esta cuestión en el blog «La Cima 2030» de 20minutos.es

Olímpico(D)s en 2030 a pesar de todo

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Ya se cumplen seis años desde que aparecieron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Durante este tiempo han sobrevolado la acción política, la propaganda mediática, el verdeo empresarial y la atención ciudadana. En una reunión que mantuvieron los mandamases mundiales en septiembre de 2019 en Nueva York se dieron cuenta de que poco habían hecho hasta ahora. Se dijeron que debían relanzar políticas para atender propósitos enunciados hace seis años. 

Si la cosa andaba lenta se empeoró con la pandemia. El Secretario General de la ONU reprendió en Nueva York a los líderes olvidadizos. Sirva como muestra el ejemplo del hambre mundial: puede que el 7% de la población mundial se encuentre en pobreza extrema en el año 2030. Y muchas más cosas que de partida ya no eran nada buenas.

El año 2030 habrá que hacer un repaso serio de lo realizado. También en España, que por ahora tiene muchos deberes pendientes: hay gente que pasa hambre y vive en la pobreza, no hay trabajo digno al alcance de todos y muchas más tareas pendientes que subrayan los ODS; no digamos cómo va el asunto del cambio climático. Por eso no deja de sorprendernos que ahora algunas CC.AA., anden ocupadas en celebrar unas olimpiadas de invierno en 2030. Además, con lo que llevamos hablado del calentamiento global y la crisis climática, del deterioro de la salud relacionado, y de otros asuntos inciertos. Hay que leer este artículo de María Gilaberte- Búrdalo y Nacho López-Moreno del Instituto Pirenaico de Ecología CSIC que manda un mensaje claro: el esquí y los esquiadores deben adaptarse a la disponibilidad de nieve, y no al revés. 

Si apetece, en el artículo del Blog La Cima 2030, encontrará algunos argumentos para poner en cuestión semejante empeño. Podría pensarse que no nos afecta el asunto, que se traduciría en un crecimiento económico fundamental y en más cosas buenas y bonitas. Esperemos acontecimientos pero la complejidad ecosocial y la incierta carretera de la economía exigen hacer mucho caso a la voz de la prudencia.  

P.D.: Ahora Madrid parece que resucita su pretensión olímpica, varias veces fracasada, para los JJOO 2036, se supone que con todos ODS completados. ¿O el asunto es un bulo o un pulso político? Vivir para ver.

Amargores veraniegos para el mundo ecosocial

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Nos refugiamos en el verano para huir de los desastres anteriores. Pero sin darnos cuenta se asomó el apocalipsis del mundo. El colapso no viene en forma de meteorito, como aquel que se llevó a los dinosaurios hace unos 66 millones de años. Hoy las amenazas son más sutiles o distintas. Las advertencias del tiempo pasado ahí están en forma de dilemas del presente: olvidos éticos, desastres ambientales, récords de temperaturas que se quedarán en anécdotas, evidencias científicas, disgresiones políticas y desigualdades crecientes, entre otras. El miedo atenazó meses pasados por momentos con episodios muy sonados por su intensidad y recurrencia. Pero en verano los nubarrones se disipan pronto, aunque descarguen tormentas y agobios por el calor. Las emisiones olímpicas alejaron al medioambiente de nuestras ataduras mentales.

El verano no consiguió limpiar la(s) crisis ambiental(es). Quedaron en forma de incendios en los países ribereños del Mediterráneo, en California o Siberia y sequías varias. Anteriormente en inundaciones porque los ríos quisieron recuperar sus cauces usurpados. Las máximas mandatarias europeas Der Leyen y Merkel se acordaron momentáneamente del cambio climático. Pero pasó el ruido mediático y la preocupación se disipó.La malla mediática apenas se hizo eco del deshielo de Groenlandia o de las liberaciones gaseosas del permafrost en Siberia. Otros iconos veraniegos acapararon la audiencia, como la publicación del informe del IPCC culpando a los humanos del desatino climático, pero su eco se apagó enseguida. O el caso anunciado de Mar Menor muerto.

Lo que dicen los aguafiestas, por más que sean científicos o ecologistas razonadores, no es bien recibido. No hay nada mejor que taparlo con todo un santoral de iconos placenteros alejados de los daños ambientales. La gente recuperaba la playa y las vacaciones en la liberación pospandémica. Casi al final ha estallado el drama social de Afganistán, que también es medioambiente con borrones humanitarios difíciles de digerir.

Continuará aumentando la fragilidad del medioambiente ecosocial y después…

Leer artículo completo en La Cima 2030 de 20.minutos.es

La fábula inconsistente del botón arreglatodo

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Érase un mundo difícil de verdad. Costaba entender la magnitud de cada esquina de la vida. El singular oscurecía al plural, cual capa mágica al estilo Potter. Una mirada alrededor desvanecía a los seres incómodos, esos que forman el ejército de los transparentes del pensamiento. En realidad no eran grupo, venían y se iban sin ton ni son. El desorden se convertiría en rutina. El pensamiento prefiere encasillar. Así se evita las nostalgias.
Alguien miraba. Veía a las personas como deberían ser frente a como son. Quería llegar a ellas 
para plantearles como podrían ser si pensasen en plural. Antes de abordarlas se pensó por qué decir del mundo lo que no hay, cuando ya se hacen esfuerzos imaginativos para desfigurar lo que hay. Quería asegurarse de hablarles con propiedad. Si es que se puede estar seguro de la objetividad realista. Dudaba si apoyarse en la plasmación de la alienación social como punto de partida para lanzarse a experiencias colectivas que renovasen el futuro. Incluso se le pasó por la mente recurrir a la variopinta naturaleza presentándola en forma de compleja simplicidad. Se ilusionaba pensando que eclosionaría una avalancha realista como en la segunda mitad del siglo XIX. Acaso demasiado fabulada y poco fabulosa.
Se lanzó en busca de la reconciliación de la gente con la existencia colectiva. No lo tenía claro. Otros muchos intentos habían fracasado. Al final se decidió. Pulsó el botón arreglatodo, ese que soluciona de inmediato los problemas del planeta y sus criaturas. El mismo que sirve para olvidar las guerras,las desigualdades o el cambio climático, las hambrunas y pobrezas, xenofobias y otras lacerantes menudencias, etc. 

¡Qué pena que se le olvidase dejarnos escrita la(su) moraleja!