Ética universal

Hasta la ley quiere reducir el cambio climático

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Mal que nos pese, el cambio climático es todavía un espacio social sin alerta contundente, a pesar de sus riesgos, algunos muy graves y de difícil gestión. Debe abordarse con un gran compromiso social. En España se acaba de aprobar una Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Se trata de poner en marcha transformaciones que hagan más racional la movilidad, la generación energética y su consumo o la industria turística; entre otras muchas cosas.

Si la ley fuese perfecta, si en su desarrollo se implicasen todas las fuerzas sociales, las administraciones y la ciudadanía, nos acercaría a esa utopía que quiere detener buena parte de las afecciones del cambio climático en todo el mundo. Gente de ciencia, ONGs y cada vez más entidades públicas y privadas son conscientes de que su aspiración nunca debe parecer inalcanzable, por más que ahora mismo sean visibles múltiples transgresiones que la dificultan demasiado.

Pero toda ley tiene tramitaciones que la despojan de parte de su ser. Se cuenta que al final las leyes se convierten en el máximo posible o en el mínimo común. De ahí que no lleguen a la ciudadanía las mejoras buscadas. Si lo hiciese es posible que se entendiesen los protocolos del camino a recorrer, para acelerar el paso si se intuye que la resolución de la crisis climática se ve cada vez más lejos, para demandar cambios a los poderes públicos y comerciales.

Los medios de comunicación no se han ocupado del tema, con escasas excepciones. En general han estado más pendientes de los argumentos de laboratorio mesiánico de algunos negacionistas exhibidos en los diferentes ámbitos legislativos, de partido y mediáticos.

Desde diversas instancias se ha criticado la escasa ambición de la ley, que le falta velocidad en sus fases y deseos más contundentes, que no lleva pareja una educación ambiental que sostenga a los gestores y anime a la ciudadanía. Aún así, habrá un antes y un después a partir de esta Ley, por más que su andadura no sea fácil. Por lo tanto, gracias a quienes han luchado por sacarla adelante. Apetece imaginarse, a pesar de sus imperfecciones, que la mayoría de los países del mundo tuviesen algo similar.

Pero para salir de esta situación de crisis climática se necesita algo más que una ley, hay que convertir la lucha contra el cambio climático en una especie de utopía que suponga la modificación del estilo de vida. Costará, sí, tampoco será fácil, pero no hay otra opción de futuro.

Leer artículo completo en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

La basura como sustento de vida crítica

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El titular de la entrada es crítico, debería escocer hasta a la persona más insensible. Rebuscar en la basura para vivir y comer es una práctica que desarrolla gente atrapada por la espiral de vulnerabilidad. Si lo miras bien hiere, parece una maldición de la sociedad de consumo. No se entiende que sobrando alimentos haya tanta gente que debe buscarlos en la basura para sobrevivir. 

Hace unos años se comentaba que casi la mitad de los alimentos producidos en EE UU iban a la basura, se  quedaban sin recoger o se dedicaban a la alimentación del ganado, por no dar la talla o por tener una estética que no gustaba a los consumidores americanos. ¡Comer algo feo, aunque sea igual de nutritivo! A finales del año pasado conocimos que los españoles desperdiciamos de media unos 179 kg de alimentos al año. Al mismo tiempo, en esas fechas próximas a las navidades, se desarrollaba la Gran Recogida de Alimentos, cuyas necesidades sociales han aumentado con la pandemia.

Pero la basura encierra muchas cosas que unos tiraron por inservibles y son tesoros para otros. Lo cierto es que cientos de miles de personas en todo el mundo viven en torno a la basura, removiendo toneladas de residuos de los vertederos para recuperar los tesoros que esconden. Una periodista chilena, María José Terré, decidió vivir 21 días con los recogedores hace cuatro años para poder sentir el ritmo de la basura en La Chimba, el vertedero de Antofagasta, en el que cada cual defiende su exclusivo territorio, como una rica propiedad. Su relato en TVN (Televisión Nacional de Chile) es estremecedor. No se lo pierdan, es algo así como el espejo del mundo, o la trastienda donde se esconde la vulnerabilidad consentida.

Seguir leyendo el artículo en La Cima 2030, un blog de 20minutos.es.

Salud ambiental, entre la personal y la colectiva

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Los males en la salud no son estancos. Van de un lado para otro sin respetar el pasado, ni si los damnificados son causa o efecto, o ambas cosas a la vez. La investigación científica, la educación y los avances sanitarios lograron mejorar la salud colectiva, más bien mucho la de algunos y algo en general la de todos. Pero la salud ambiental, especie de hospital donde se curan ciertos males y a la vez escenario en el que se contagian otros, empeora. Sufre dolencias varias, acrecentadas con nuestra forma de vivir.

Hoy, en el Día Internacional de la Salud, se recuerda que la OMS se ha propuesto que todas las personas del mundo puedan ejercer el derecho humano a una buena salud, en cualquier lugar. La salud universal será por un día reina efímera en los noticiarios de televisiones y portada en los medios informativos. Por ahora, tiene tantos males dispersos por todo el mundo que no es nada saludable en conjunto, como lo atestigua una y otra vez la gente que investiga. A los viejos síntomas se le añadieron tormentos nuevos: la mala calidad del agua y el aire, la pérdida de reservorios que dejaron escapar virus, la desnutrición por diversos avatares entre ellos el cambio climático, y un largo etcétera, que provocan cada año la muerte directa de más de una decena de millones de personas en el mundo. Luego están todas las afecciones silenciosas que no matan enseguida pero dañan patologías diversas. 

El lema de este año es «Construir un mundo más justo, equitativo y saludable». ¿A qué suena semejante buena intención? Si dudamos nos basta con preguntarle a la COVID-19. La salud particular, la salud colectiva y la salud ambiental evocan algo parecido que se gestiona de manera diferente. Pero es indudable que alguna relación tienen entre ellas. Este largo año de pandemia debería haber enseñado que han de abordarse con estrategias bien coordinadas, universales, generadoras de confianza, sanadoras, etc. Al final de todo cabe preguntarse tanto en su día internacional como siempre: ¿qué es la salud? Si es dirección o sentido, no lo es todo pero sin ella todo lo demás es nada -al estilo Schopenhauer, que le dedicó varios pensamientos al tema-.

En fin, algo más de salud para cada vez más gente en un medioambiente cada vez más saludable. ¡Y que no tarde demasiado!

 

Entre la pandemocracia y el compromiso social se busca una salida

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Señalaba Daniel Innerarity en su Pandemocracia: Una filosofía de la crisis del coronavirus, entre otras muchas cuestiones sociales, un par de ideas que deberían ser pensadas por mucha gente, no solamente los políticos y fuerzas económicas que nos encaminan la vida. La una aludía a que es imprescindible la transición hacia una inteligencia cooperativa, esa que acerque la comunidad expectante de los afectados con la intención política de quienes deciden, muy condicionada por cargas tribales. La otra avanza que la catástrofe del coronavirus nos ha puesto al descubierto que un riesgo/incerteza, que nos afecta a todos por cauces diversos, nos ha demostrado que la desigualdad es una seña de identidad cada vez más creciente. Esta situación pone a prueba no solo la gestión de las relaciones sociales sino los principios que deberían regir esa grandiosa idea llamada democracia, venida a menos por acción u omisión, sin duda desgastada en sus adjetivos.

La pandemia no ha hecho sino demostrarnos el escaso compromiso por lo colectivo en la organización social, que no se rige por el bienestar de las personas sino por los intereses de los mercaderes. Fabrican, nos venden y encaminan la vida a su antojo, por más que las democracias efectivas intenten poner límites a sus beneficios. La globalización ha sido mucho más comercial que societaria. Los vulnerables se quedaron hace tiempo atrás y cada vez ven más alejados a los privilegiados. Pensando en positivo, es posible que incluso estos quisiesen superar la presente plaga, pero por lo que parece las emergencias siempre cogen por sorpresa. Tras la inicial incredulidad surgen estrategias de salvación, tan insensibles no pueden ser, pero esas salidas siempre requerirán tiempo, que es lo que nunca existe en una emergencia.

Sea como fuere, mal que nos pese, en la cuestión de compromiso y derechos sociales se repite aquello de “un paso hacia adelante y dos hacia atrás”, a nada que haya un leve cambio de melodía, y a veces ni siquiera por eso. Si queremos salir de esta crisis social habrá que disminuir la presión por producir y consumir. Una somera revisión a los titulares de los medios de comunicación y otros encartes renueva su teología. De hecho, el consumo, poco escrupuloso con lo social, nos avoca a rupturas vitales. Por ahí se escucha una y otra vez una pregunta renovadora: ¿Cómo vamos a salir de las crisis que tenemos planteadas haciendo lo mismo que nos ha llevado a ellas? Por cierto, cada vez dejan más damnificados, a los que por ahora no sabemos cuidar.

Así pues, restauremos la democracia, o inventemos una nueva a través del diálogo social comprometido, para que más gente confíe en ella. En este complejo cometido, en lo espacial y en lo temporal, quienes más responsabilidad tienen son los tenedores del poder político o empresarial, que deben dejar de usar maquillajes externos y renovarse por dentro, pero no solamente ellos. Hay que buscar con ahínco una salida.

 

La escuela olvidada, versión Latinoamérica y el Caribe

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Mientras aquí por Europa docentes, alumnado y familia esperan las vacaciones de Semana Santa, en otros sitios quieren volver a la escuela. Pronunciar escuela es abrir una puerta a la esperanza en Latinoamérica y el Caribe. Cerrar una escuela es limitar una parte importante de la vida, acaso negar un recorrido básico para millones de niñas y niños; siempre los más desfavorecidos. Algunos países latinoamericanos y del Caribe llevan un año con sus escuelas cerradas. Cabe pensar en las graves repercusiones que eso tendrá en sus vidas, en países en donde la desigualdad y la vulnerabilidad acamparon hace tiempo.

¿No les podríamos ayudar un poco desde los países ricos? Parece que no porque merman la ayudas desde buena parte de los ayuntamientos y gobiernos autonómicos (incentivados por el partido de los localistas excluyentes- y el Gobierno de España tampoco anda muy listo en eso de la Ayuda al Desarrollo de los que menos tienen. 

No se pierdan la entrada de Planeta Futuro «Un año sin pisar mi escuela» es como un espejo donde deberían mirarse quienes no ven más allá de sus fronteras. ¡Qué todavía no se convencen! Revisen lo que dice el Banco Mundial sobre el asunto de la desigualdad en educación.

 

El valor del agua que se escapa de las manos

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Cada año por estas fechas nos salpica la mente el valor del agua. De ello se encargan quienes impulsan la celebración de su día en todo el mundo, quienes se preocupan por un reparto más equitativo. En los mensajes que escuchamos estos días se habla de costo y valor, ambos atributos los tiene. Sin embargo, al mezclar ambas cosas se pierde una parte del mensaje colectivo, sin alcanzar a concretar si vale lo que cuesta o mucho más.

El agua imaginada se nos escapa de las manos, porque quienes tenemos toda la que necesitamos apenas la valoramos mientras que aquellos que la querrían para dar valor a su vida sienten sedientos su falta. El agua es una metáfora de la vida en muchos lugares: el ser o no ser, el entregarse al territorio o huir de él. Y no nos referimos solamente al agua agraria o ganadera, la cual tarda en mejorar su valor porque en bastantes lugares su coste está por debajo de los estándares de coherencia social. Por el ancho mundo, pero más en los países ricos, falta educación en el manejo, corresponsabilidad en su uso.

Agua de ciudad y agua de campo, de países ricos y pobres, de privilegiados en las megalópolis y de chabolistas, de surtidores múltiples y de garrafas exiguas, de canales kilométricos y de marcas dejadas en cauces secos. Agua que envuelve las manos para limpiar en esta pandemia crítica y agua que corre sin destino concreto, a la espera de que el mejor postor la capture y acapare.

Agua de ayer que ya no es agua de hoy, porque hasta hubo que darle el significado de Derecho Humano para salvar algo y otorgárselo a una parte de la sociedad sedienta. Dicen que faltará agua por todo el mundo cuando la mayor parte de los continentales hielos lleguen a los mares por el cambio climático, cuando los ríos ya no puedan autodepurar toda la suciedad que les llega. Agua de Nueva York o París, que nada tiene que ver con la no agua de un barrio de Bombay o Nairobi, por poner solo un ejemplo.

Ante todo esto y mucho más, bastantes ONG y Agencias ONU siguen recordando el valor del agua, y hay personas que escuchan que escuchan sus mensajes. Sienten que se empezó a escapar de las manos hace mucho tiempo. Por eso luchan por que el agua sea universal, colectiva y compartida, y así sea recogida en convenios y compromisos internacionales.

Recordemos hoy, Día Internacional del agua, aquello que poemó Mario Benedetti sobre el valer y el valor del agua, en su múltiples formas:

La del grifo / la mineral / la tónica
La del río / la dulce / la salada
La del arroyo / la del mar / la regia
La de las cataratas / la del pozo

La de la lluvia / la del aguanieve
La de las fuentes o la del rocío
La del océano / la del aljibe
La del diluvio o de la cascada

Toda el agua del mundo es un abuela
Que nos cuenta naufragios y fragatas
Que nos moja la sed y da permiso
Para seguir viviendo otro semestre

El Índice de desperdicio alimentario engorda. ¿Cómo lo novelaría Auster?

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Sonroja conocer que el 17% de los alimentos acaban en la basura. Duele saber que el dato viene referido a los hogares (61%), los servicios de servicios de alimentación como restaurantes (en torno al 26%) y el pequeño comercio (13%). Ese porcentaje se traduce en unos 74 kg de derroche anual en cada hogar. Supone unos 931 millones de comida desperdiciada en todo el mundo, y no solo en los países ricos sino también en megaciudades símbolo de las desigualdades. Todo esto viene en el informe del Índice de desperdicio alimentario elaborado por analistas del Pnuma (Programa de las Naciones Unidad para el Medio ambiente) y de la ONG británica WRAP. A la vez, o por eso mismo, millones de personas pasan hambre y padecen inseguridad alimentaria, según la FAO. Sin tapujos: la sociedad tiene una seria necesidad de aprendizaje vital, de reescribir sus idearios; la mayor parte de los gobernantes y los mandamases de las empresas deberían dimitir ya, o reciclarse con convicción y compromiso. La situación ética es preocupante: a mucho se le da el valor de casi nada, con lo que cuesta todo.

Hace más de 30 años, Paul Auster publicaba El país de las últimas cosas. Un libro enigmático, para algunos apocalíptico y distópico, que habla de sobre un universo social sórdido, degradado y con niveles de violencia y miseria extremos. En la ciudad descrita, no queda casi nada de lo anterior, pero a la vez que lo sórdido campea, por otro lado poco se desecha sin más. De una forma u otra se buscan aplicaciones para dar segundas y terceras vidas a cosas que antes se desterraban en forma de basura. El desperdicio convive con la entropía y el ingenio. Hay gente, organizada en patrullas, que recoge por la noche los desperdicios de todo tipo; son los «fecalistas». 

Ahora mismo, en nuestras ciudades, mucha gente rebusca en los contenedores algo de valor, que dejó de tenerlo para otras personas. La pandemia ha trastocado la cesta de los alimentos en muchas familias; nada queda en sus despensas y por eso acuden a centros de ayuda. Y mientras tanto el desperdicio alimentario engorda. ¿Qué enfoque le daría Auster a la novela si el escenario fuese el año 2020? Nos gustaría pensar que los protagonistas habían aprendido a reducir a la mitad el desperdicio mundial de alimentos per cápita a nivel de los minoristas y los consumidores, así como a reducir al mínimo las pérdidas a lo largo de las cadenas de producción y suministro. Es la meta 12.3 de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible).

Leer el artículo completo «Entre el desperdicio alimentario y los fecalistas de Paul Auster» en La Cima 2030, de 20minutos.es.

 

Brueghel, un precursor del fotoperiodismo crítico actual

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Las opiniones de la gente sobre los sucesos diarios están entre quienes piensan que nada de lo que acontece se repite y los que defienden que todo lo nuevo tiene un sabor parecido a lo pasado; no sabemos el porcentaje de indecisos en este asunto. Ese dilema me viene una y otra vez al pensamiento, se me despierta, cuando leo ciertos libros o miro algún cuadro, como es el caso de muchas obras de Pieter Brueghel, un contemporáneo de Felipe II que vivió los tiempos convulsos en los Países Bajos de entonces. Se dice que las pinturas de Brueghel, el Viejo, tratan los temas de lo absurdo, las debilidades y las locuras humanas, entre otros episodios de vida. Pero también que podía ser un humorista, por su carácter satírico y cómo plantea los enigmas de entonces.

En su pintura Los proverbios flamencos se plasman detalles de aquel tiempo que a la vez invitan a lecturas actualizadas, al entretenido ejercicio del desciframiento. Un personaje se ocupa de tirar plumas al viento, que es una manera de lanzar algo para que se expanda, quizás calumnias que después no se pueden recoger. Hoy mismo, se difunden por Internet reclamos peligrosamente interesados o directamente falsos, marcadamente individualistas y muchas veces insolidarios, aventados en forma de ondas que golpean a los sensatos o ensalzan a los conspiradores.

En La Torre de Babel algunos críticos ven una concepción mecanicista del mundo, apoyándose en una metáfora de la legendaria torre bíblica que acarreó la confusión de las lenguas, o el nacimiento de ellas. ¡Vaya paradoja! Se estructura mediante una superposición de plantas, un diseño en espiral del que se duda de su funcionalidad. No debe extrañar que haya partes que se hunden, un toque de atención hacia el orgullo humano, que muchas veces emprende obras alejadas de la razón. Porque Babel, al decir del relato del Génesis es el símbolo de una ambición, y el castigo divino consistente en confundir a los hombres por ser incapaces de entenderse hablando la misma lengua y debiendo compartir intereses. 

Aunque parezca atrevido calificarlo como fotoperiodista, no cabe duda que es un pintor de la condición humana, esa que nos hace permanecer en la duda permanente de la que hablábamos al principio, que también dejó patente Antonio Machado en su poema y Joan Manuel Serrat tan bien cantó. ¡Quién sabe si todo pasa o todo queda!, pero lo nuestro es pasar…

Leer artículo completo en La Cima 2030, de 20minutos.es.

Grietas educativas de género por el cierre escolar pandémico

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En muchos países, las niñas, adolescentes y mujeres padecen el castigo de no tener las mismas posibilidades educativas que los varones. Esta lacra conduce a despreciar las capacidades de la mitad al menos de la población. Cualquier país que quiera prosperar, si quiera económicamente, debería tenerlo en cuenta. Pero las mujeres capacitadas no solo contribuyen a la economía, mueven muchas más cosas, entre ellas el entramado social. En demasiados países, son educadas en un seno familiar sometido a coercitivos corsés tradicionales, acaso una sociedad no exenta de ideologías retrógradas; todo va en contra del sentido más universal que tiene la educación reglada. Si además el país dispone o dedica escasos recursos a la educación se provocan heridas y grietas sociales que las golpean especialmente, que serán difíciles de taponar. 

El Blog de la Educación Mundial recogía ayer, 8 de marzo, que se están produciendo nuevas brechas de género como consecuencia del cierre de las escuelas. Transcurrido una año desde la irrupción de la COVID-19 tofavía 990 millones de estudiantes están afectados por el cierre escolar. Copiamos textualmente y que cada cual interpreta: UNESCO estimó que a finales de enero, en promedio, las escuelas habían estado cerradas o parcialmente cerradas durante 5,5 meses (22 semanas). A medida que los niños se quedan en casa para aprender a distancia, una cosa queda clara: el impacto no solo de las responsabilidades domésticas, sino también de las responsabilidades adicionales de la educación en casa, ha recaído en las mujeres más que en los hombres. La igualdad de género está amenazada, las grietas que laceran a ellas y las que las separan de las facilidades de los hombres no hacen sino crecer.

Unicef se pregunta, las niñas se cuestionan, si abrir o no las escuelas. Hace falta una mirada de mujer desde aquí para entender las penurias a las que deben enfrentarse muchas niñas y mujeres un poco o mucho más lejos en el espacio, pero tan próximas cuando se analiza su vulnerabilidad. 

Deforestación y salud, con la ciencia en medio

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La ciencia se pregunta constantemente, entre otras cosas, por los condicionantes que marcan la salud global. En una reciente entrevista, María Neira, directora de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS, alertaba de que muy probablemente varios virus –ébola, SARS, VIH, etc.– habían saltado de los animales a los humanos tras la enorme destrucción de selvas y bosques tropicales (Amazonía, África y Sudeste de Asia); incluso cifraba en el 70% ese mecanismo de eclosión y propagación. Añadía que la deforestación había provocado varias turbulencias más, algunas en el cambio climático. Unas décadas antes ya se había documentado la relación entre la pérdida forestal y la propagación de la malaria en la Amazonía y en Borneo, el ébola, con las talas para cultivar palma de aceite en Liberia.

La FAO publicaba hace quince años ‘Los bosques y la salud humana’, en donde avanzaba las repercusiones que la pérdida de las masas forestales tropicales tenía ya en la aparición de nuevas enfermedades infecciosas, en la nutrición y en la degradación del suelo fértil que servía a la biodiversidad. 

Urge un enfoque de salud planetaria. Esta se fundamenta en creer de verdad que la salud humana y todo lo que lleva anejo, economía y sociedad, depende de los sistemas naturales. Como consecuencia, dado que el progreso socioeconómico del siglo pasado se ha basado en una explotación insostenible de esos sistemas naturales (ligados al agua, suelo, calidad del aire, etc.) habrá que diseñar otros modelos que protejan la salud de todas las personas y, por ende, de los diversos ecosistemas. 

Leer artículo completo en Heraldo de Aragón del 2 de marzo de 2021.

Solo un apunte más. Hoy se celebra el Día Mundial de la Vida Silvestre. Dediquemos unos minutos de la jornada a pensar en ello. 

El desarrollo humano es un compendio de incertezas y desigualdades

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Hasta hace unos años, el PIB nos decía si un país era rico o pobre, no hablaba de las personas. Ya está desfasado, aunque en términos económicos siga teniendo su tirón. Ahora le ha restado protagonismo el IDH (Índice de Desarrollo Humano) porque habla de personas (acceso a la educación, desigualdad, género, pobreza multidimensional, etc.) más que de dineros, productos elaborados y vendidos y esas cosas. Nos da una foto más nítida de los países y así podemos comparar los niveles de bienestar. En el último IDH conocido, referido a 2019, Noruega, Irlanda, Suiza, Islandia, Alemania, Suecia, Australia, Países Bajos, Dinamarca y Finlandia ocupan las diez primeras posiciones; España se encuentra en el lugar vigésimo cuarto.

Pero la lectura de los datos no puede ser unidireccional: si hay países que lo tienen mejor, en conjunto y sus habitantes, es a costa del planeta en su conjunto y del resto de las personas de otros países y de los seres vivos. Noruega  cae 15 posiciones en la lista si se incluye la presión que ocasiona al planeta por sus emisiones de dióxido de carbono y la huella ecológica de su elevado consumo, que por supuesto no se queda encerrada en su territorio. Otro tanto se podría decir de Islandia, la cuarta en la lista, que retrocede 25 lugares o Australia, que interconectada con el mundo occidental y formando parte de él pero situada en la antípodas, retrocedería más de 70 puestos.

Resulta que los nórdicos europeos, como el resto de los países ricos, son igualmente depredadores de un planeta que no es propiedad de nadie. Por todo esto, ¡más justicia universal ya!, para que el IDH refleje menos diferencias. Se decía que “el desarrollo desarrolla la desigualdad”, quién sabe si el argumento camina colgado de índices como el PIB, los del banco Mundial o la OCDE, e incluso el IDH 2019. ¡Es hora de cambiar el modelo de crecimiento, desarrollo, vida personal y en común! La pandemia nos lo ha demostrado claramente.

Leer artículo completo en La Cima 2030 de 20minutos.es.

Qatar y Luxemburgo ya han vaciado su despensa de 2021

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Estos pequeños países son, por las noticias que tenemos emitidas desde el Banco Mundial y organismos similares, dos de los más afortunados en renta per cápita del mundo. Allí hay bastante gente que debe vivir muy bien, o poca que vive muy mal. Pero claro, como en esto del PIB entran variables ligadas a movimientos dinerarios y comerciales, a la hora de prorratear por habitante, son pocos, la cosa sale bien. Digamos que desmesuradamente elevada para lo que sucede en otros lugares.

Pues bien, no es oro todo lo que reluce. El primero consumió los recursos generados por el planeta para el año 2021 en relación con sus habitantes, llamámosle la huella ecológica permitida si hubiera una cosa que se podría llamar estrategia de supervivencia global, el día 9 de febrero; Luxemburgo el 15 del mismo mes. Si todos los países del mundo hiciesen lo mismo ahora mismo nos encontraríamos al borde de una grave extinción. Las diferencias de los niveles de vida entre países es abismal, más todavía en este 2020 que la pandemia ha hecho estragos en muchos. Echemos una mirada a la previsión del Earth Overshoot Day (Día de Sobrecapacidad de la Tierra) para el año presente; en la asignación de días no se tienen todavía en cuenta el impacto de la pandemia, que por lo que se dice va está siendo brutal y se verá reflejada en los datos de los años 2020-2021. 

Tenemos siempre la duda ética de si esto es justicia universal; también hasta cuándo durará el planeta si las prácticas no se detienen. Los países pobres, que tienen huellas menos dañinas para el planeta, no pueden proporcionar una vida digna a sus habitantes, aunque les quede algo en la despensa. Qatar y Luxemburgo, y muchos de los que están representados en la parte derecha de la esfera planetaria y parte de la izquierda, consumen en demasía. Pero claro, unos cuantos guardan en su despensa/bancos muchos dineros que les sirven para comprar el futuro de aquellos que tienen una huela ecológica más llevadera. Para colmo, se nombran muchas veces como modelo y no faltan reportajes televisivos que nos muestran sus derroches/bienestares. No pasa un día sin que dudemos si nos acercaremos a aquello que decía Wangari Maathai: El mundo necesita una ética global con valores que den sentido a la experiencia de vivir. En fin.

La piel del planeta, el arte de las emociones

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Esta entrada quiere ser un reconocimiento a la gente que interpreta el planeta desde las emociones, algo imprescindible en tiempos de crisis. El detonante de su escritura fue el corto Cambio a flor de piel elaborado por el Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), de la mano de Graja Producciones. Con sus mensajes hemos compuesto los nuestros, algunos pueden ser de todos, ahora mismo o dentro de poco. Los hay que hablan de que con nuestro calor y humo estamos elevando su temperatura, tanto que el planeta está en alerta pues ya calza otras huellas nuestras. Además el agua grita. El planeta vivo tiene una memoria que está escrita en las páginas de su libro, prestas a ser leídas e interpretadas; un resumen escrito del confuso camino de la vida. El planeta tiene muchas bibliotecas por los lagos, la tierra o en las montañas. También luces visibles u ocultas en los bosques que fueron y no son; en estos nuestros ojos se sorprenden con las heridas de la tierra.

En un artículo que publicamos ayer en La Cima 2030 de 20minutos.es, decimos que el planeta presenta imágenes plenas de estética o contradictorias, por las que viajan placeres y desastres, naturaleza y personas; parece saludable o peligroso, previsible o incierto, etc. En “La sal de la Tierra” se recoge una visión emocionada de la piel del planeta de Sebastiao Salgado, dibujada con trazos diversos. Está accesible en HBO y varias plataformas.

Por esto, y muchas más cosas nos atrevemos a decir, copiando a Vicente Huidobro que «el planeta que atravesó la noche no se reconoce al salir por el otro lado, y mucho menos al entrar en el día».

El infinito de la Educación Ambiental

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La Educación Ambiental (EA) es muy variopinta en sus formas, a la vez enorme o diminuta en sus dimensiones, en sus afectos y emociones. No podría ser de otra manera pues educar sobre el medioambiente, del cual nunca se conocerán los límites, así lo requiere. La EA, tal que infinita, debe estar en todos lados; incluso estas dos ideas, extensión y dimensión cualitativa, no dejan de ser una analogía. Pero cuidado, no sea que tanto buscarla e intentar ampliarla se nos haga vaga, se vaya alejando de su sentido primero. ¿Cuál era? O por el contrario, a través de insistir en ella acopiemos energía de la gente con la que la buscamos; es nuestra gran pasión y como tal no tiene frontera. Acaso, en una mala copia socrática, podríamos decir que en cualquier dirección que la recorramos nunca encontraremos la terminal. El mero intento de cambiar las reglas del mundo, ¿no es eso lo que busca la EA?, es moverse hacia el infinito, máxime si se quiere impulsar mediante la educación.

Cada día que viene es nuevo, la EA debe reinterpretarse; siempre proceso inacabado. Eso es algo que algunas veces se nos olvida, máxime en nuestra cultura tan supeditada a objetivos cuantificables. ¡Ya está logrado!, pero no. A la vez, le concedemos el mayor valor que se pueda, se trata de vivirla; no puede tener una cantidad asignable de intenciones o logros. Como también son incontables las gentes que la buscan y los medios sobre los que transitan. ¡Qué difícil resulta dimensionar lo infinito! Nunca la EA, a nuestro pesar, podrá explicarlo todo, porque hay demasiadas cosas que escapan a la razón humana.

Tan grande es y tanto se extiende que en ocasiones la asimilamos a sostenibilidad, por eso de los ODS. También en este caso es permanente, sin fin; durable o sustentable como la caracterizan por tierras americanas. Por eso quedaría mal reducirla a un signo, ese ocho volteado que dicen que tiene relación con la religión o la alquimia. Es más bien una lemniscata abierta, la cinta que nunca se acaba. En cierta manera similar a la que nos regaló la escritora Irene Vallejo a propósito de los libros en El infinito en un junco, de quien somos deudores en la composición de esta entrada.

26 de enero, al menos un día para dar protagonismo a la Educación Ambiental, en un calendario de innumerables hojas. 

La esperanza de la odisea odsiana para alumbrar un mundo nuevo

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El mundo está pendiente de muchos retos. Quizás los ODS sean la guía del cambio de dinámica social. Resumen de nuestros deseos odsianos:

La renovación de la vida colectiva no es sencilla. Las necesidades están identificadas. Tiene por delante la búsqueda de remedios consistentes a la necesaria nueva realidad: la amortiguación de las desigualdades; la reforma del capitalismo para que congenie más con una democracia participada; la transformación de las estructuras de poder para que la élite de quienes deciden y gobiernan se aproxime a la comunidad de afectados; la amenaza de la polarizaciones, esas que la pandemia no ha hecho más que evidenciar e intensificar; el ejercicio de la discrepancia para encontrar coincidencias; el creciente desafío del cambio climático; la revolución sanitaria permanentemente pendiente; la consolidación de una sociedad que valore y potencie el papel de los cuidados sanitarios y sociales porque han alcanzado el estatus de responsabilidad colectiva; el aseguramiento de una educación de calidad en todo el mundo; la coherencia entre la presión para producir y el derecho a un consumo más justo y sostenible; las ciudades del futuro y sus estrategias de movilidad sostenible; la recuperación de papel sanador de una naturaleza olvidada; y muchos más, siempre distinguiendo entre los soportables por el momento y los que no lo son. Algo así, al menos en el espíritu, de lo que decía la campaña sobre sostenibilidad de una gran cadena comercial: Instrucciones para dar vida a un mundo más justo. O si lo preferimos “Estímulos para la compleja respuesta al estado del malestar”, que se extiende como una plaga a diferentes niveles, con variadas intenciones.
Se trata, en suma, de asegurar unos mínimos vitales irrenunciables, conscientes de que estamos sometidos a limitaciones y dependemos cada día más los unos de los otros. Alguien lo simplifica que hay que repartir mejor los riesgos y la riqueza. Habría que explorarlo. En cualquier caso, se necesita más que nunca un pensamiento social que lance la odisea colectiva
. Mirar al futuro nos inquieta, pero hay que seguir.

Leer artículo completo en La Cima 2030, de 20minutos.es