Ética universal

Ecovestimenta para rescatar la ética olvidada; menos «fast fashion»

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Dicen por ahí, seguro que lo ha escuchado, que la moda de usar y tirar puede resultarnos cara. Pensemos en esa ropa barata, que se vende en esas grandes cadenas, que nos compramos cada año. Dado que el coste económico no ha sido grande podemos desecharla a los cuatro días. Quienes están influidos por la recuperación y el reciclaje la lleva en bolsas a los puntos de recogida que han puesto en marcha ayuntamientos o algunas instituciones de socorro colectivo ligadas a las iglesias. 

Hasta ahora todo parecerá bien, comparado con quienes se deshacen de ella en el contenedor de residuos donde va el «resto» o directamente la amontonan en sus repletos armarios. Pues sí y no. Vivimos en el denominado fast fashion, que más o menos se podría traducir con indulgencia diciendo que es una renovación constante y acelerada de la vestimenta. Por si se había olvidado, las industrias que elaboran esa ropa son de las más contaminantes del planeta (responsables de casi un 10 % del CO2) y de las que más agua utilizan. Marcan a demasiadas personas «el estilo tendencia» y mucha gente se apunta a esa corriente. 

Tanto cuestan tanto duran puestos en un cuerpo, dirían los más viejos del lugar. Pero hay otra cuestión de esclavitud encubierta. De igual valor son los derechos humanos y sueldos de las trabajadoras y trabajadores de esas fábricas de lo efímero. Seguro que saben cuáles son pero los voy a recordar: Bangladesh, India, Camboya, Indonesia, Malasia, Sri Lanka y China, etc..

Apuntemos estas razones para abandonar la moda de la brevedad, según cuenta una investigación divulgada por Greenpeace México: Entre 2000 y 2015 la producción de esa ropa se duplicó (unos 100 millones de prendas), las veces que se ha usado una ropa ha decrecido un 36 %, hay muchas prendas que se usan 7 o 10 veces como máximo, un 75 % de esa ropa recogida termina incinerada (no admite un 2º uso), y un etcétera muy largo.

Según leemos en la revista Ethic «el sector textil genera más de un millón de toneladas de residuos solo en España, situándose entre las cuatro industrias más contaminantes del mundo y siendo la segunda en mayor consumo de agua (con una reutilización, además, de apenas el 1%)». parece ser que la UE, en Bruselas, están trabajando para reducir y, si pueden, eliminar esta lacra del consumismo. Quieren revisar el vigente «Reglamento de la Directiva de Ecodiseño» para que la economía circular mande y el ciclo de la vida de los productos sea razonable. De hecho la UE calcula que estas modas, generalizadas en consumos de ropa y productos en general suponen el 80% de impacto medioambiental. Es decir, rescatar un carácter más sostenible en toda la cadena de valor. Dicho de otra forma: evitar el nacimiento de «la ropa muerta que mata», que podría ser una traducción muy libre de la versión inglesa de la ropa efímera que nos han vendido con el único atractivo del costo para el bolsillo del quien la compra (quizás se desconocía lo anteriormente escrito), pero deudora y derrochadora de la ética global. 

No tengo ni idea de quien es Vivienne Westwood, ni cómo vivía ni a qué se dedicaba pero me gustaría que su frase fuese el nuevo estilo de vestimenta, su tarjeta de pago: “Compra menos, elige bien, hazlo durar”. Y añado: piensa un rato antes en los costes ecosociales de su ciclo de vida.

Por cierto, vienen días de REBAJAS en casi todos los comercios. Saque la mano del bolsillo y olvídese del tarjetero. Compre solamente aquello que de verdad necesite. Gracias globales.

 

Si juegas con el calor te expones a quemaduras

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En pleno ola de calor, tan adelantada que casi quema el calendario, mucha gente sigue comportándose como si tal cosa. Tal cual si no fuera con nosotros, excepto para iniciar conversaciones, maldecir el asunto o el lugar donde vivimos o dotarnos de sistemas climatizadores del aire. Este gente no se habrá dado cuenta de que no solo cuenta el calor encerrado en los lugares habitados. Puede que desconozca que el calor de lo que se llaman olas se refiere a la energía acumulada en la atmósfera, más presente en la troposfera, que es ahí donde vivimos nosotros y el resto de las criaturas del planeta. 

La vida no es un juego, y aquí jugamos al escondite cuando nos toca esforzarnos por algo que no se ve pero de lo que más o menos podemos defendernos. La ciencia asegura, ya no dice probablemente, que la frecuencia de las olas de calor tiene mucho que ver con el cambio climático incentivado por los modelos de vida. Ahí estamos nosotros. El IPCC viene avisando del peligro del aumento del calor en el aire, de lo que ha dado en llamar cambio climático, después crisis, y últimamente emergencia. En su sexto informe afirma que las cosas de la energía en el aire y lo de los gases contaminantes van a peor. Es más apuntan que las temperaturas extremas serán frecuentes en los valles del Guadiana, Guadalquivir y Ebro si persiste la inacción.

Mientras esto acelera, los Parlamentos apenas se ocupan de las consecuencias, no aprueban normativas contundentes. Prefieren emplear el tiempo en maldecirse los unos-as a los otros-as. Imaginemos que existiera una justicia social que vigilase la no protección parlamentaria de la población a la que representan. Entonces se iniciarían expedientes judiciales por la dejación de responsabilidades climáticas. Así los jueces dedicarían menos esfuerzos en castigar los presuntos delitos o faltas que cometieron gente ecologista, científicos y científicas lanzando agua con tintes disueltos a la fachada y puerta del Parlamento español; si es que se han abierto expedientes. Así querían denunciar la inacción comprometida de las Cortes ante el cambio climático y la falta de apoyo a la ciencia en general. La pena es que se recordará el hecho en sí mismo, no las razones que lo provocaron.

Asamblea ciudadana por el clima, una experiencia comparativa

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La existencia de cada uno de nosotros está plena de deseos pero es escasamente visible fuera de nuestro círculo próximo. Solo cuenta lo que expresen la celebridades, aunque no digan cosa comprensible, más que nada por lo que ocultan. Asomarse a ciertas redes sociales es una manera segura de flagelarse por el diluvio de vacuidad que expulsan.

Frente a esas hay experiencias renovadoras e ilusionantes de las que tenemos ejemplo por toda Europa y el mundo: las Asambleas Ciudadanas por el clima. La que se ha puesto en marcha recientemente en España (100 mujeres y hombres anónimos, elegidos al azar) se ha reunido, debatido, acordado, ilusionado, leído con compromiso, etc. Sus integrantes, mujeres y hombres sin especiales vínculos con acciones contra el clima, han compartido sus visiones. Fruto de ellas se han «atrevido» a presentar 172 propuestas a este gobierno y los que vengan detrás. Seguro que la actual Ministra ha tomado buena nota; a ver si las circunstancias la dejan ser valiente y le dan tiempo a serlo. A veces los mensajes del Ministerio son interpretados de forma «peculiar» por quienes gobiernan en las CCAA, provincias, ayuntamientos, etc. No digamos ya del mundo empresarial, excepción hecha de unas cuantas empresas que han interiorizado que no hay otro camino. Pero la mayoría son incrédulas o directamente negacionistas. A ver si va a ser verdad aquello que dicen que dijo el filósofo y escritor británico Bertrand Rusell, Nobel de Literatura,  sobre que “Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los políticos (influenciados por sus creencias y por las empresas multipoderosas) por hacer imposible lo posible». Afortunadamente para nosotros no son todos.

Las conclusiones de la Asamblea Ciudadana, por ahora, están en las antípodas de las que hacen los poderes públicos y empresariales. Para estos últimos las palabras enmudecen a las obras, mientras que los primeros proponen palabras de esperanza. Pero de entrada, gracias al Ministerio de Transición Ecológica por promoverla. Ha querido crear un laboratorio sin contaminar que debía imaginar la mejor manera de hacer que España sea climáticamente neutra. O casi, por que a nuestro modo de ver hay probables que resultan en sí mismos imposibles. A la vez que se dan improbables cercanos a lo posible. Albert Einstein hubiera dicho que “Los que dicen que es imposible no deberían molestar a los que lo están haciendo». 

Los procesos de deliberación ciudadana son necesarios siempre, ahora todavía más que los problemas aumentan y da la sensación de que nos hemos vuelto tan «exclusivistas» con nuestros ideales. Más ahora que en España los procesos de deliberación han huido de muchos parlamentos, qué es parlamentar sino escuchar con respeto para llegar a acuerdos, en los que se practica mucho más el «tiro al plato», con proyectiles verbales. 

Desde muchos sectores se intenta luchar contra el cambio climático. Creámoslo: es un problema serio de atención urgente que implica cambios de estilos de vida profundos. Lo expresaba con una rotunda claridad la gran filósofa y poeta María Zambrano: No se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero. Al menos, que los políticos se esfuercen en mirar con ese planteamiento las 172 propuestas y las clasifiquen según su urgencia. 

Las bombas de la guerra de Ucrania caen en África

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No solo en África sino en otros muchos países del mundo. El alza generalizada de materias primas y de productos de consumo básicos amenaza la economía global, pero especialmente en los países pobres de África. Una sola cuestión explota y sus esquirlas afectan en todo el mundo. La subida de los combustibles y otras materias primas ahoga la economía mundial. Pero detengámonos en la crisis alimentaria que se ha generado con la imposibilidad de exportación del trigo ucraniano o ruso a los países africanos. Si no se garantiza la salida del trigo desde el puerto de Odesa se vislumbran consecuencias graves que se alargarán varios años. 

Como denuncia Oxfam, en países como Kenia, Somalia, Etiopía y Sudán del Sur, castigados ahora mismo por una sequía sin precedentes en los últimos 40 años, se ven privados del trigo que les llegaba regularmente desde Ucrania y Rusia. No solo esos sino que también otros del norte de África (Egipto, Libia, Argelia…) y Oriente Medio (Yemen, Líbano, Irak), y algo afecta al África subsahariana (Nigeria, Sudán, Senegal…) o central (R.D. del Congo y Madagascar, y en Asia (Bangladesh). En total cientos de millones de personas.

Las guerras son crueles y malditas para todas las personas pero en especial para las más vulnerables. Durante estos días se ha celebrado en Estocolmo una conferencia de la ONU para abordar las tres graves emergencia que amenazan el presente y futuro del planeta y sus habitantes: climática, de contaminación y pérdida de biodiversidad. En ella, Antonio Guterres, el Secretario General de la ONU ha dejado claro que el mundo sabe qué hay que hacer y dispone de las herramientas necesarias, pero faltan liderazgo, cooperación y compromiso. La primera ministra sueca, Magdalena Andersson, defendió la necesidad de hablar menos y hacer más, y más rápido. 

Volvió a plantearse como en la primera conferencia mundial que tuvo lugar en Estocolmo ahora hace 50 años aquello que predicaba una y otra vez Olof Palme, el primer ministro sueco entonces: «No hay ningún futuro individual, nuestro futuro es común. Debemos compartirlo y darle forma juntos». Los ecos de la inacción global llegan a todo habitante del planeta, no solo las personas, pero se ceban especialmente en los más vulnerables y entonces causan más daños que el simple eco de que algo ocurre. Nos quedamos con las palabras de Teresa Ribera, Vicepresidenta del Gobierno de España y Ministra de Transición Ecológica: Necesitamos una transformación profunda y radical, los retos de hace cincuenta años se han transformado ahora en crisis». Considera que «estamos muy lejos de los objetivos marcados o de diseñar las respuestas que necesitamos» porque «los retos de entonces se han convertido en emergencias», por lo que es ineludible una transición profunda y radical a la hora de plantear la vida global. 

El estruendo de las bombas ha impedido la escucha del socorro demandado por las ONG y organismos internacionales. La espigas del cereal están huecas o quemadas. ¿Ahora o nunca? Ya. Acuerdos internacionales para abrir corredores que permitan la salida de alimentos básicos para el mundo desde Rusia y Ucrania. El tiempo corre más deprisa que los dirigentes mundiales. 

Crisis alimentaria a la vista: más pobres y con menos salud

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La tranquilidad mundial, es un decir, que reinó durante unos años en Europa a comienzos del siglo XXI dejó a los países ricos al margen de las penurias alimentarias, con la excepción de las derivas de incertidumbre de la crisis de 2008. A todos sus habitantes no, porque también tenían ciudadanos pobres y hambrientos, particularmente en las grandes ciudades. Pero, aunque no llegasen a todos, tenían sistemas de protección social que aminoraban en parte las tragedias de determinadas familias. Si no que se lo pregunten a muchos de los inmigrantes, que desde su llegada a Europa, los que no murieron en el intento, sufren penalidades económicas que palían con economías de corto alcance.

El descontrol en el precio de los alimentos tiene muchas caras. La COVID nos enseñó la más amarga, porque mezclar hambre con una epidemia, en un contexto de pobreza nacional, desestabiliza hasta a las ratas, con perdón por poner en medio a estos animales. Las rutas comerciales se rompieron, los compromisos se anularon, las globalizaciones alimentarias cayeron por su propio desastre conceptual. La FAO lleva tiempo avisándonos. Aunque eso que pasa en muchos países africanos, asiáticos o de América no se nombra en los noticiarios. Por si acaso ahí va un resumen de Rtve.

Después, más bien enseguida, los rusos decidieron invadir Ucrania, el granero de Europa se decía cuando el que escribe estudiaba el Bachillerato, y de eso han pasado ya muchos años. Dado que se han establecido vetos a la exportación rusa en respuesta a la guerra que han provocado, los canales comerciales se han roto. Se han cumplido las profecías de los simples: a menos oferta, si la demanda se mantiene, escalada de precios y escaseces de alimentos en quienes no los pueden pagar. La segunda dice: las personas mayores y la infancia serán los mayores damnificados. Ver lo que dice Unicef.

Quienes quieran entender mejor lo que aquí expongo que entren en el International Food Policy Reseach Institute, que titula de una forma clara su artículo: De mal en peor en el asunto de la seguridad alimentaria. Incluyen una comparativa entre la crisis de 2008 y la de 2020. Habla de la diversidad de factores que motivan la percepción de que la crisis alimentaria se llevará por delante parte de los amargos recuerdos que nos dejó la COVID-19. Atentos a la falta de fertilizantes. Uno, que es ignorante, suponía que ese asunto estaba resuelto en los países ricos.

Los más damnificados serán los de siempre. Se adivinarían fácilmente, pero para evitarles pensar los citamos aquí: India, Egipto, Asia central y África sahariana, Mongolia, etc. En el artículo se recuerda que “muchas restricciones a la exportación no son prohibiciones absolutas, sino impuestos u otros costos de transacción que elevan los precios de las importaciones de productos básicos pero no las impiden per se”. Total, el efecto es parecido.

La UE, que tiene bolsas de pobreza, capea como puede por ahora las crisis. Pero el alza, entre otros, de los precios de los alimentos llevará a tiempos peores, a los que habrá que hacen frente con desembolsos comunitarios y personales ingentes. No se pierdan los pronósticos del Banco Mundial. Se me olvidaba: tampoco en España la seguridad alimentaria está asegurada, por ahora los precios de los alimentos han subido como la espuma. Los ricos protestan, los pobres (6 millones en riesgo y 2,4 con falta de recursos) tiemblan.

Educación acantonada: horizonte sombrío

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A uno le cuesta creer lo que no entiende; para otros la educación es fundamentalmente creencia sin ir más allá. En educación hay banderas y bandos. Cada tendencia asegura que busca la perfección, sabiendo que es una quimera. Cada nueva ley educativa se asemeja a una pulida colección de virajes erráticos, más o menos grandes.

Una parte del profesorado quiere elevar las leyes a la excelencia, otra la ignora y va a lo suyo; para buena parte pasará desapercibida. Las leyes siembran las semillas o enseñan las flores esperando que el público (profesorado y alumnado) las admire o ponga en un jarrón. Por lo que parece, cada día sabemos más de cómo educar y entendemos menos sobre qué educar. Lo que pueda saber el alumnado siempre será un grano de arena en una gran playa. Deberá emplearlo para construir o coleccionar; nunca será lo mismo. Todos tenemos derecho a saber y conocer; así podremos contribuir a construir un mundo más justo, o no. La cuestión principal siguen siendo las banderas o los iconos.

En las leyes educativas se potencia el aprender, muchas veces sin reflexionar. ¡Vaya pérdida de energía! Así no se fomenta el hambre de descubrir que enfatizaba Camus. Porque por mucho que insistamos en presentar lo esencial muchas veces es invisible a los ojos, o estos no conectan con el pensamiento. Para el profesorado, enseñar debería ser aprender a dudar. Se empeña en enseñar qué pensar, de ahí que contribuya a delimitar los cantones de las sucesivas leyes. Valdría más entrenar en cómo pensar, ya sea hacia lo simple o lo complejo, con más o menos compromiso. 

La educación española balbucea en la penúltima ley; la última será la del partido que gane las próximas elecciones. Esto va de cantones. Entre el profesorado hace tiempo que se instaló la esperanza perdida, que es el peor de los desastres educativos. Tampoco ayuda que la sociedad no se dé cuenta de que la vida es una continua educación. Un proceso que no termina nunca si las semillas germinaron y los brotes fueron bien abonados. Lo contrario sería un permanente estado de tedio, que ha cubierto desde antiguo buena parte de los cantones. Además, los partidos políticos han ido cavando zanjas alrededor de los exclusivismos.

Quienes impulsan las sucesivas leyes educativas olvidan que hay que regarlas continuamente, dentro de la escuela y fuera. Si así fuere, quizás bastantes profesores y profesoras tendrían a mano la solución a los problemas que seguro se les van a presentar a su heterogéneo alumnado. ¡Se habla tanto de la inclusión educativa, de la educación para la vida! En demasiadas ocasiones lo aprendido en la escuela sobre una temática ecosocial, aspectos de la crisis climática o la educación para la ciudadanía global por ejemplo, se contradice con las maneras de conducirse la sociedad. Zonas estancas dentro de los cantones.

Pronto vendrán las vacaciones. ¿Y después? Ojalá los cantones sean capaces de aliarse en un Pacto por la Educación y construyan puentes de tránsito educativo. Que sirva también para quienes tienen menos posibilidades por el entramado social donde viven u otras causas relacionadas con las capacidades.

El gas consumido como moneda de pago ético

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Las atrocidades que están cometiendo los proyectiles rusos se difuminan en el gas consumido por las economías europeas de la UE, que tantas amenazas han lanzado contra la economía rusa. En casos como este, el pensamiento, por más altruista que sea, no da de comer, no mueve la industria ni los transportes, no incrementa las cuentas de resultados de las grandes multinacionales. Por cierto, algunas de ellas se están enriqueciendo a manos llenas con la guerra y sus consecuencias.

En bastantes ocasiones, la sociedad que pretende ser ética se mantiene sin caer a plomo a costa de mirar hacia otro lado cuando el espectáculo la contradice. Pero el asunto no es sencillo. Planteemos la siguiente hipótesis: se celebra una consulta popular en los países de la UE. Solo con tres cuestiones: A su juicio: A. Se debería priorizar el mantenimiento económico, o el crecimiento del PIB, de su sociedad; B. Habría que renunciar al consumo de gas ruso aunque supusiese posibles desgracias (los precios más caros, imposibilidad de viajar en determinados casos, cierre de muchas industrias, aumento del paro, etc.); C. No sabe, no contesta. Es posible que el resultado no fuese favorable a la segunda posibilidad. Quien busca la verdad corre el riesgo de encontrarla, vino a decir alguna vez Manuel Vicent. La ética no es una amiga permanente; si lo fuera no fallaría cuando más necesidad tenemos de ella.

Demos tiempo al tiempo. La ética global y sostenible, ahora con mil caras y adornos, se materializa en dineros a nada que nos descuidemos. Pero mientras el cielo se derrumba sobre nosotros, explórense todas las posibilidades para mantener una ética global de la que nos sintamos un poco más orgullosos. No vaya a sucedernos aquello que temía Jean Paul Sartre: Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad.

 

Invertir en la Tierra da réditos de supervivencia global

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Todos los años aparece en el calendario mundial para decirnos que está ahí. Cada 22 de marzo se generan multitud de noticias y actos que hablan de un continente olvidado, casi desaparecido, llamado Tierra. Por eso hemos querido retrasar un poco esta entrada, para que la ola biogeográfica llegue más de una vez a la orilla pensativa de quienes más pueden hacer por no estropear su devenir natural. Siempre se suele decir que es nuestro continente. Iría mejor hablar que es el lugar que nos contiene, del que somos deudores como el resto de las criaturas que lo habitan. Unos y otras somos privilegiados. Pero ya se sabe, cuando algo no falta poco suele recordarse a menudo.

La Tierra es vida; ahora enferma porque debe cogestionar demasiados cambios bruscos. Algunos son propios de su existir, y cambiarían de forma progresiva o regresiva en su entropía permanente. Mientras que otros se han incrementado aceleradamente a causa sin duda de la sensación de pertenencia que los humanos tenemos con respecto al Planeta.

En los mensajes que se prodigan estos días manda el hecho indudable de la contaminación del aire, que también pertenece al sistema Tierra. De esto se habla mucho pero no se escucha apenas, al menos lo que debiera. Seguro que el Planeta está triste por esa falta de atención, que es global. Tierra antigua que se mezcla con una nueva, que cambia los ritmos vitales de forma acelerada. Se dice con vanagloria que poco a poco la especie humana conquistó la naturaleza. Craso error pues la conquista supuso demasiada destrucción. Si pudiésemos hacer un viaje en el tiempo retrocediendo unos 2.000 años no la reconoceríamos. Este sistema biogeográfico es un ir y venir unas veces calmado, otras convulso. Por eso no debe haber un solo Día de la Tierra.

Las personas, como colectivo, somos arrendatarias de su destino. Pero la están destruyendo y acabarán quedándose sin oportunidades. Algo así vino a decir la pintora mexicana Frida Kahlo. ¿Qué pensaría ahora vistos las crisis causadas por el cambio climático, la COVID-19 o las guerras? ¿Con qué trazos pintaría al Planeta y sus criaturas?

Vivir es una experiencia compartida, por eso deberíamos tener señalado en todos los días de nuestra agenda el deber de acaparar lo menos posible para que nada cambie demasiado rápido, o sea irreparable. Alguien tan respetado como John J. Audubon manifestaba que los verdaderos conservacionistas son quienes saben que el mundo no ha sido heredado de sus padres, sino prestado por sus hijos. En cierta manera todos tenemos interés en seguir siendo habitantes de la Tierra, luego deberíamos hacernos conservacionistas, aunque nada más fuese por egoísmo. Debemos comprender el valor de la naturaleza en sí misma y actuar en consecuencia. Si así sucede, la naturaleza permitirá que los humanos estemos mucho tiempo más con ella.

Me gustaría terminar este chispazo invitando al pensamiento crítico en torno a una frase del filósofo argentino Santiago Kovadloff: “Durante centenares de miles de años, el hombre luchó para abrirse un lugar en la naturaleza. Por primera vez en la historia de nuestra especie, la situación se ha invertido y hoy es indispensable hacerle un lugar a la naturaleza en el mundo del hombre”. Ahora a esperar hasta abril de 2023, pero manteniendo la mente comprometida en torno a lo que significa el Planeta sin tener las manos quietas, comprometiéndonos sin excusas en las reparaciones que podamos desarrollar, individual o colectivamente.

Las bombas del hambre son de racimo y largo alcance

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Las bombas lanzadas por los rusos en Ucrania han causando el hambre entre la población, además de otros daños irreparables. Después del desastre global de la pandemia, las bombas rusas han hecho tambalear la economía mundial, por ahora bastante aunque desconocemos el impacto pasados unos meses. Se dice que pueden provocar hambrunas en lugares lejanos. Las secuelas de la guerra ya se han hecho evidentes en alzas de precio generalizadas, tal que si fueran bombas de racimo que dañan amplias superficies y afectan a gente situada fuera del epicentro explosivo. Desde los países europeos y ricos se odia al jerarca ruso por sus maldades y por las desgracias causadas en forma de abastecimientos de materias primas. Pero vendrá mucho más.

Porque las bombas del hambre son a la vez de racimo, tóxicas y de largo alcance; no queremos ni nombrar a las aniquiladoras totales. Tanto impacto causan que se habla ya de una epidemia del hambre a escala mundial. Las bombas han cerrado los canales por donde circulan productos alimenticios ucranianos y rusos (proporcionan un tercio de los cereales que alimentan al mundo global) que son la base de la subsistencia de muchos países alejados del foco bélico. La subida de los cereales, ya pone en riesgo la seguridad alimentaria de muchos países de África y Asia, allá donde se amontonan los más pobres de entre los pobres. Allá donde dejan secuelas permanentes.

La ONU advierte de que la crisis provocada por la invasión de Ucrania por Rusia corre el riesgo de llevar a 1700 millones de personas, más de una quinta parte de la humanidad, a la pobreza, la indigencia y el hambre. Hasta el momento ya han conseguido evaporar la ética universal y han provocado el descreimiento global de un mundo con menos desigualdades, de la posibilidad de que el diálogo tenga sus réditos. Ojalá acabe pronto y se empiece a reconstruir un modelo de convivencia en donde el hambre y la pobreza, las guerras, y otros desastres sociales sean una parte de la historia acabada.

Descubrimos que el solucionario de los incrédulos climáticos está en blanco

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La vida sigue igual, y no nos estamos refiriendo al éxito de aquel cantante español. Hablamos de la climática. Igual pero con dimensiones distintas. Más cambios, más grandes, más urgentes y sin embargo, parece que la gente, en sentido universal, está dormida. O tiene tantas preocupaciones diarias que le impiden avanzar en el tiempo. Los incrédulos climáticos tienen un solucionario: si no te afecta bruscamente, si no te empuja por un precipicio, si no arden tus propiedades, si no te ha chamuscado hasta las cejas, etc., déjala pasar que mañana será otro día. 

El solucionario de los incrédulos no necesita fechas, no dice cuando se arreglará el panorama mundial que sí afecta al resto de los vivientes. El IPCC, ese conjunto de científicos que no les hacen ni cosquillas a los incrédulos, afirma con rotundidad que el planeta ya no va a ser el mismo y que hay cambios irreversibles que no hacen bien a nadie. Pero también habla de que existen las herramientas para limitar algunos efectos. Se sabe que estos últimos años la contaminación del aire no ha crecido a la velocidad de antes, pero también se constata que no se ha hecho lo suficiente para controlarla más. 

Estamos en la cuenta atrás. «Las emisiones de gases de efecto invernadero deben llegar a su momento pico antes de 2025, con ese año como punto de límite. Además, deben caer hasta reducirse un 43% para 2030», dice el último informe del IPCC. Se desgañita Antonio Guterres, el Secretario General de la ONU, con sus advertencias: Los topes marcados por el IPCC no son ficción, no son exageración, antes bien algo real que deja claro lo que se le viene encima al planeta. Una advertencia general nuestra: somos parte de ese planeta, por más que muchas veces lo disimulemos. 

Descubrimos que el solucionario de muchas empresas y gobiernos que se apuntaron al pacto verde europeo tiene poco más que las tapas, muy bonitas eso sí. La únicas hojas escritas sirven para demostrarse a ellos mismos que si un problema tiene solución se arreglará libremente, y que si no la tiene por qué preocuparse. No han debido leer nunca lo que dicen que Albert Einstein, le han atribuido tantas frases que ya dudamos de muchas de ellas, dijo: los problemas de hoy no los puedes solucionar pensando (y actuando) igual que pensabas cuando los creaste. Casi podíamos resumir nuestro solucionario en esa frase. Pero mientras lo hacemos queremos darle una vuelta a aquello que afirmaba el filósofo Ludwig Wittgenstein referido a la cosa matemática: «No hay enigmas. Si un problema puede plantearse, también puede resolverse». ¡A ver si se van a agarrar a la idea los incrédulos climáticos» 

Hace años ya era tarde para retener el cambio climático, pero todavía podemos aminorar su magnitud

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Dice el último informe del panel IPCC que el pico de las emisiones de gases de efecto invernadero debería conseguirse en 3 años, y a partir de ahí bajar por un pendiente sostenida. Todos somos conscientes de que se nos acabó el tiempo de gloria consumista y del estado de binestar sin esfuerzo propio, pero también conocemos que no todo está perdido. Alguien dirá que está hasta … de tanto aviso. Que no será para tanto cuando seguimos viviendo, que es más importante acabar con la COVID, con la guerra de Ucrania o encontrar un trabajo digno que nos permita aspirar a logros mayores en nuestro bienestar. Pues no, se equivocan. Lo de la huella ecológica de cada cual por su consumo de combustibles fósiles o con productos y materiales tiene repercusiones en la vida propia y de los vecinos.

Las mujeres y hombres que constituyen el panel que estudia el clima en la ONU avisan de que el calentamiento amenaza el bienestar humano y la salud planetaria, que será letal para una parte de la humanidad, porque la vulnerabilidad es otra de las desigualdades de la sociedad actual y futura. La lectura de miles de investigaciones les obliga a reconocer que “el alcance y la magnitud de los impactos” de esta crisis “son mayores de lo estimado” hasta ahora. Mientras los gobiernos de los países ricos, no tenemos datos de los de los pobres, siguen primando el consumo de combustibles fósiles. 

Hace un par de días escuchaba decir a un afectado por las convulsiones del Mediterráneo que era la cuarta vez que este año se le destrozaba su negocio de restauración colocado al borde de la playa. Me interesaría conocer a qué achacaba esa desgracia. Por lo que leo en un periódico, el problema es que no dará tiempo de restaurar todo antes de las vacaciones de Semana Santa y muchos negocios perderán. Me pregunto qué no hemos entendido del cambio climático, o nos negamos a ver. Los medios de comunicación y las administraciones son cómplices de la falta de educación informal de la gente sobre este asunto.

El reciente récord de temperaturas alcanzado en la Antártida no es una buena noticia. Empecemos a pensar lo que les sucedería a las zonas de la playa mundial, el agua de los océanos fluye a lugares lejanos por si no lo sabían, se se repite esa tendencia. Digámosles que uno de los reguladores del clima son las corrientes oceánicas, que están cambiando de patrones de funcionamiento. Por eso no nos parece desacertado el título del artículo de El País que enfatiza diciendo «Ahora o nunca«. No lo veamos como una catástrofe sino como un recordatorio del día a día.

 

Los girasoles maldicen la guerra en Ucrania

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Parece ser que los rusos del presidente Putin, con su manía de ampliar su ancho territorio y otras razones ideológicas o no sé de qué tipo, le han declarado la guerra a los girasoles ucranianos. Aunque sea indirectamente, por ahora no tenemos noticias de que los bombardeen, están impidiendo que los girasoles ucranianos, más bien su aceite deleiten los paladares de mucho gente de todo el mundo. 

En su vuelta alrededor del Sol la tierra ucraniana, como todas verá un «giro aparente» de la luz solar de este a oeste. Pero no solo sus habitantes lloran sus penas; los girasoles habrán sufrido de lo lindo, no sabrán dónde mirar, no sintonizarán con la imagen de su entorno, como si se hubieran quedado ciegos. Esto me trae a la memoria el poema Los girasoles ciegos, aquello que escribía Antonio Machado y según entendí surgía de una metáfora de la Biblia que aludía a la desorientación de la humanidad.

Un gran despiste notará durante bastantes años la economía de ese país, que es la suma de la despensa emocional y material de cada uno de sus habitantes. El asunto pone al descubierto la interconexión de las economías, lo poco que puede valer ser un gran productor de algo. Los vecinos pueden tener envidias; de estas dicen que hay varias en la invasión rusa. Todo el país quedará en bancarrota y los demás sufriremos temblores, qué decir de los países pobres…Porque las guerras destruyen todo a su paso. Al escribir esto he actualizado mi conocimiento de Alberto Méndez, un gran autor oculto para la literatura conocida, que también compuso sus Girasoles ciegos, plenos de pequeños detalles. Supo componer un canto a la dignidad de la gente sufriente de la Guerra Civil de España. Esta controvertida estampa, un girasol ciego tiene un oscuro porvenir, la llevó al cine José Luis Cuerda en 2008, con intérpretes de la talla de Maribel Verdú, Javier Cámara y Raúl Arévalo entre otros. Pero parece que la película no estuvo a la altura del libro. En esto de plasmar con palabras los sentimientos ciegos o quemados en una guerra me pregunto cómo pintaría Vincent van Gogh, con una mente tan compleja, los girasoles ucranianos? Bueno, a lo que vamos.

En grandes cifras, Ucrania exportaba el 46 % del total mundial de aceite de girasol en 2019. Ahora ya no, está guerra  ha provocado que el precio de la botella de aceite se haya puesto por las nubes en toda Europa. También lo notarán todas las conservas, sardinas y atún por ejemplo, en la que el poder conservador del aceite es fundamental y otros muchos.  Además, si los ucranianos no exportan su cosecha, y los rusos (2º país exportador) se ponen chulos esto se complicará. De hecho, entre los dos países suministran las dos terceras partes el aceite de girasol globalizado. En los supermercados españoles ya notan el acaparamiento de algunos consumidores; dicen que algunos países van sufren desabastecimientos o colapsos publicitados. 

Pero no solo la guerra está en guerra con este producto. El encarecimiento global de muchas materias primas nos puede colocar a todos en el preludio del colapso, o acaso es un intermedio de no se sabe qué. Todo esto nos sirve para valorar si la dependencia de los demás, aunque el comercio mundial explote a algunos países poco poderosos, nos hace más libres. Aquello de la globalización era un globo sonda que ha resultado maléfico. Al final nos condujo al «aparheit» planetario según expresaba Jorge Riechmann, uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo.

Alimentación sostenible en España, y ¿en el mundo?

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Hace unos días la Fundación Alternativas publicaba El libro Blanco de la alimentación sostenible en España. Merece la pena una lectura reposada porque habla de aspectos de la vida que hay que valorar, concertar, de cara al futuro. Así, destacamos cuando habla de que la inseguridad alimentaria va más allá de las colas del hambre; de que hacen falta Sistemas agrícolas que minimicen sus impactos medioambientales y vayan en la dirección de una adaptación al cambio global que hemos de concretar; de que los sistemas ganaderos deben realizar una transición que concluya en una menor producción y consumo pero de mayor calidad; de que en todo este entramado debe concretarse un ciclo hídrico sostenible con adecuadas medidas de gestión de la demanda y una visión ecosistémica de la oferta; de que la logística y la distribución asociativa aminoran los desperfectos ambientales y protegen las economías de tránsito.

Nos invita a preguntarnos si son necesarios unos enfoques territoriales para una alimentación sostenible de verdad en conjunción con un mundo rural vivo permanentemente; sobre la inocuidad de los alimentos de todos los alimentos y la eliminación de los riesgos químicos evitables. En fin, de lo que significa un consumo alimentario responsable. Además plantea el reto de educar a la ciudadanía para una que adopte una alimentación sostenible y saludable, para que se mantenga vigilante ante la publicidad alimentaria y todos nos preguntemos, las administraciones y las empresas también, sobre la efectividad de las políticas fiscales para una alimentación sostenible. Parte de lo expresado queda resumido en sus conclusiones: un completo vademécum para la vida diaria. Alguien dijo que en la alimentación reside la visión nuclear del mundo; esperemos que no llegue a explosionar.

Nos preguntamos si estos postulados servirían para todo el mundo, si hay enclaves de presión particular que lo puedan dificultar, si el cambio es muy profundo y costará llegar al ideal final. En fin, ahí tenemos unos cuantos temas para el debate familiar, en el trabajo, en los medios de comunicación y mucho más en los ámbitos de la administración y en los sistemas comerciales que la presionan.

Revisemos en los medios de comunicación accesibles en Internet cómo va este asunto en el mundo.

Preparándonos para lucir la lucha climática.

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Es mañana pero aquí lo traemos hoy, casi en forma de contrapuntos entre mundos diferentes: el individual y el mundial. Digamos que lo primero es parte de lo segundo porque se manifiesta en forma de un destino, deseado u obligado por las circunstancias climáticas. Alguien anda por ahí encerrado en una cáscara de nuez, como si no le afectara nada. Alguien que en realidad son bastantes; todos no. Porque el tiempo que le falta al clima para ser catástrofe no se mide con los relojes, sino con los sentimientos. Porque el rastro de cada cual va más allá de las huellas que dejaron sus zapatos. Hay gente tan despistada o egoísta que cuando la ciencia descubra donde está el centro del clima se va a enfurecer al descubrir que no es ella misma. No sabemos cómo reaccionará al saber que este invierno ha sido el más caluroso desde 1961. 

Lucir o enlucir el clima, ¡Vaya impertinencia! Más de uno de los que se mirasen en un espejo para ver cuál de las dos tareas están realizando desaparecerían al instante. Frente a los activistas por el clima están quienes no hacen nada, tienen la ventaja de que nunca yerran. Aunque a decir verdad, la mayoría de los humanos climáticos tenemos un polo positivo que atrae y uno negativo que repele; todo depende de quien nos mire. Lucir o traslucir, enlucir o deslucir, son cosa particular y colectiva. Con todo, la humildad climática consiste en transigir con nuestros errores y ser conscientes de que la moderación consumista y el compromiso personal casi nunca encuentran aplauso fuera de nuestra propia esfera. A veces hemos de conformarnos con no ser de lo peor que hay, que nos suena como a un elogio. ¡A ver si la felicidad, climática, va a consistir en saber unir el principio de lo que hacemos con el final de lo que conseguimos! 

Se me había olvidado. Ayer 23 de marzo se recordaba el Día Meteorológico Mundial. En esta página se contaban los desastres provocados por las bruscas o largas variaciones meteorológicas. Atentos a los informativos el día 26 para ver qué nos cuentan sobre el Día Internacional contra el Cambio Climático, hay dos en el calendario. Imaginamos que entre todo lo hablado entenderemos algo del momento crítico, pero no sabemos lo que quedará en la conciencia colectiva unos días después.

El agua olvidada en un mundo convulso

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El título de esta entrada está casi copiado de una obra literaria. Quiere llamar la atención sobre el agua que somos. Necesitamos llenar nuestro diario del agua, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, en cualquiera de las actividades de trabajo u ocio. Por eso se verá que la relacionamos con todas las categorías de este blog. No llueve y los embalses están casi vacíos, como retándonos al olvido que seremos por no saber recordar.

Según parece, en la mitología griega, a quien moría le daban a elegir antes de volver a nacer dos posibilidades: beber de un río que le proporcionaba el olvido absoluto de su vida anterior y el otro le otorgaba la posibilidad de recordarlo todo. Habida cuenta del riesgo en que nos encontramos en relación con la disponibilidad del agua cabe preguntar algo parecido a cada una y a todas en conjunto de las personas: nos olvidamos del pasado y presente de nuestra relación con el agua o mejor recordamos todo lo pasado para sostener un futuro menos incierto. 

Desde muchos lugares se nos lanzan mensajes que nos recuerdan el riesgo de los olvidos. Hoy mismo, 22 de marzo, se celebra el Día Mundial de las Aguas, en plural porque aguas hay muchas, con diversos usos, en formatos más o menos útiles para nosotros, en el planeta de las aguas que es la Tierra. Lo sabe bien quien se crió en la estepa monegrina, en donde se adoraba el agua por su escasez. Las generaciones posteriores habrán bebido otras aguas, pero siempre quedará en el recuerdo las balsas donde se recogía el agua de lluvia, siempre escasa, para beber. Atrás quedaron las novenas y la canción infantil que imploraba que lloviese a la Virgen de la Cueva.

Por entonces nada se decía de esos 60 litros por persona y día como derecho humanoLa ONU viene publicando cada año sus informes esos que nos dicen cómo va evolucionando el derecho, que todavía no disfrutan cientos de millones de personas Hay que leerlos y saborearlos para entender el agua que fuimos y podemos ser.

Agua de Alfonsina Storni, que veía «Elásticos de agua mecen la casa marina. Como a tropa la tiran. La tapa del cielo desciende en tormenta ceñida: Su lazo negro. Vigila. Asoman en la tinta del agua su cabeza estúpida las bestias marinas». Agua para no olvidar. Como aquella agua cortesana de la que hablaba Juana de Ibarbourou: El agua tiene un alma melancólica y suave/ que en el lecho arenoso de las ondas solloza,/ atrae, llama, subyuga. ¡Dios sabe si la nave/ que naufraga, en sus brazos de misterio, reposa!

Agua de ayer y de hoy para no olvidar ni a los que la despilfarran ni a quienes no la tienen ni para satisfacer sus necesidades básicas.

Leer el artículo completo en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es.