Infancia

Vocación de enseñar en pandemia, la quimera de lo sencillo

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Hace unos años publicaba una entrada en este blog en la que decía que lo natural es que las personas, los chicos aún más, quieran aprender. Que vocacional es una disposición generalizable a quien enseña y a quienes aprenden. Resaltaba que a ello unos y otros dedican cada día mucho más tiempo del que se cree. Ahora toda la vida es aprendizaje, razonado u obligado, mediatizado por las condiciones pandémicas.

Hoy la UNESCO ha declarado el Día Internacional de la Educación. Ahí aparecen los maestros y las maestras que aman su profesión, que son/eran felices en la escuela. Siempre prestos a ofrecer una mano afectuosa, ahora desde la distancia, para ayudar al alumnado a formar su personalidad, para rescatarlos de una parte de sus angustias. Pero esta difícil misión no tiene fin, el profesorado se cansa y tras el cansancio emerge el desánimo.

Cada día nuevo puede ser una aventura, tanto para el alumnado como para el profesorado, se encuentre bien o regular, en una clase con más o menos confinados. Para ambos colectivos la vida escolar no es sencilla, el miedo ambiental se lee en las caras y hasta en algunas pizarras. Ya no servirá solamente con que las clases en la escuela sean interesantes si se ama el trabajo de enseñar, si se ofrecen posibilidades para descubrir, si el maestro/la maestra sienten que también están aprendiendo.

Falta el contacto visual, la atención despreocupada, el cariño de los gestos, la proximidad, la pureza del aire, un ánimo cómplice, etc., tanto en la educación obligatoria como en la universidad. Sobran incertidumbres, temores, angustias y ansiedades.

Sirva el chispazo como agradecimiento a todas las comunidades educativas. En un grupo de investigación al que pertenezco, desarrollado por todos sus componentes en horario personal y con una alta implicación y profesionalidad, he leído mensajes que hablan de la intemperie en que se se encuentran en relación a los recursos materiales y anímicos. Cada vez es más complicado educar con sentido. No consiste en verter unos contenidos en un recipiente cerebral, esa quimera que todavía comparten las personas alejadas del mundo educativo.

Añadamos el llamamiento de Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO, con motivo del Día Internacional de la Educación 2022.»En  esta época excepcional,  no podemos seguir haciendo  lo  mismo  de siempre. Si  queremos transformar el futuro, si queremos cambiar el rumbo, debemos repensar la educación. Se trata de forjar un nuevo contrato social para la educación, como se pide en el informe de  la  UNESCO  sobre  los Futuros de  la  educación, publicado  el  pasado  mes  de  noviembre. Tenemos que reparar las injusticias del pasado y orientar la transformación digital  hacia  la  inclusión  y la  equidad. Y  necesitamos  que  la  educación  contribuya  plenamente al desarrollo sostenible, por ejemplo, integrando la educación ambiental en todos los planes de estudios y formando a los docentes en este ámbito

La pobreza mundial de muchos frente a la escandalosa riqueza de unos pocos

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Debía causar un sonrojo enorme, seguido de múltiples acciones compensatorias, el hecho de que en la actualidad «los diez hombres más ricos del mundo han duplicado su fortuna, mientras que los ingresos del 99 % de la población mundial se habrían deteriorado a causa de la COVID-19». Es lo que dice Oxfam en su último informe Las desigualdades matan, al que ha añadido en su presentación una propuesta universal: «tenemos la oportunidad de reformar drásticamente nuestros modelos económicos para que se basen en la igualdad. Podemos abordar la riqueza extrema aplicando una fiscalidad progresiva, invirtiendo en medidas públicas de eficacia demostrada para eliminar las desigualdades, y transformando las dinámicas de poder dentro de la economía y la sociedad. Sin duda, todo esto pasa por una decidida voluntad de adhesión y práctica a la idea de esos movimientos sociales que están exigiendo cambios, la creación de una economía en la que nadie viva en la pobreza, ni tampoco en una riqueza inimaginable: una economía donde las desigualdades dejen de matar».

Rebeldía general debería originar conocer que entre 22 ricachones multimillonarios del mundo poseen más dineros que 1.000 millones de mujeres y niñas de África, América Latina y el Caribe. Cómo hemos sido tan insensibles a escala global para permitir que, desde 1995, 1 % más rico haya acaparado cerca de 20 veces más riqueza global que la mitad más pobre de la humanidad. también mata la desigualdad degenerada por esas emisiones individuales de 20 de los milmillionarios más ricos que llega a ser 8000 veces superior a la de cualquier persona de entre los mil millones más pobres.

Aun hay más. Las desigualdades han provocado que la pandemia de coronavirus resulte más letal, más prolongada y más dañina para los medios de vida de los pobres, tal como constatan instituciones tan poderosas en el mundo de los dineros como el FMI, el Banco Mundial, Crédit Suisse, el Foro Económico Mundial.

Incluye el informe de Oxfam otros datos escalofriantes como la constatación de que las desigualdades contribuyen a la muerte de unas 23.800 personas en el mundo diariamente, o lo que es lo mismo: una cada cuatro segundos.

¿No podemos fabricar entre todos-as una vacuna contra estas desigualdades? Porque además estas diferencias se dan entre países pero también entre ciudadanos de un mismo país. También en los países ricos como España. Se nos ocurre que a escala política hay que promover leyes y reformas que eviten o al menos reduzcan tremendas desigualdades, que se apliquen de verdad y las ayudas lleguen pronto. Pero también que esos mismos legisladores o gobernantes se acuerden de que fuera de nuestras fronteras hay mucha gente que nos necesita, que tarde o temprano llegará a nuestra casa para hacérnoslo ver. Todos deberían leer con detalle y subrayar retos en el informe presentado ayer por Cáritas-Foessa, radiografía social tras la COVID-19, y ponerse en activa lucha para eliminar esta lacra social. 

Las incógnitas pandémicas de la vuelta a las aulas; otra vez

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Toca reanudar las clases. Los temores vuelven a las aulas. Lo que pensábamos allá por finales de noviembre que iba a ser una sencilla fase del curso escolar se ha convertido en una aventura de incierto tránsito y sin final programado. 

Ahora, las comunidades educativas (profesorado, alumnado, familias y administración) se encuentran con unos miedos crecientes. A pesar de todo lo surgido últimamente, parece ser que poco o nada va a cambiar en la organización educativa, como no sea la «obligatoriedad» de portar mascarilla en todos los lugares del centro educativo, recreos incluidos. Además de la progresiva vacunación de 5-12 años. Y las ventanas abiertas, aunque la temperatura del invierno no acompañe. Similares protocolos en las universidades, si bien algunas materias tienen parte presencial y otra telemática.

La educación es un derecho que no se puede dejar a la consideración de los muchos imponderables que la condicionan. La mayor parte de los especialistas en pedagogía y salud recomiendan volver; los sectores económicos no digamos, debido a las incomodidades que suponen las faltas laborales por atención a los hijos. Sin embargo, reconocidos divulgadores de aire y salud ponen sus «peros», entre ellos el «insistente» José Luis Jiménez al que le debemos que nos diera a conocer, también a a la OMS, la contagiosidad debida a los aerosoles. Surgen preguntas varias: ¿Cómo se asegurará la buena calidad del aire?, ¿Las administraciones educativas han preparado a los centros para que no deban pasar los rigores del año anterior? Algunos vaticinan una eclosión de los contagios por ómicron vía escuela y familias.

Ha transcurrido tiempo suficiente desde que empezó todo para haber adaptado los centros escolares a la previsible eventualidad de que la COVID siguiese entre nosotros. De esta forma se hubiesen eliminado una parte de las prevenciones de las familias, de los miedos y angustias del profesorado, de los riesgos para el alumnado en forma de contagios o pulmonías. De ambas cosas se dice que habrá.

Toda la comunidad educativa, de forma especial los equipos directivos, dio un ejemplo de compromiso y disciplina el año pasado. Se merecía volver a clase con menos incertidumbres, ahora que ataca ómicron. Hacerlo con unos protocolos rigurosos, de acción rápida; algo más que la cuarentena del aula cuando se lleguen a 5 infectados. ¿Cómo se encontrarán por entonces el resto del alumnado y lo que se haya podido desarrollar fuera de las aulas si se cuenta cinco simultáneamente o progresivamente?

Sabemos que es muy difícil controlar todo esto, nos consta la preocupación de las administraciones educativa y sanitaria. Por eso, estas deberían desplegar, además de acciones contundentes, una pedagogía variada para encontrar la complicidad de todas las comunidades educativas. Casi seguro que necesitarán muchos más recursos. Suponemos que lo tendrán previsto. ¡Suerte en esta incógnita andadura! Ya es hora de reducir tensiones porque el cansancio se acumula, especialmente en los equipos directivos y en el el profesorado que debe desdoblarse en atenciones múltiples.

Sostenibilidad: el discreto encanto de la impostada modernidad

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El título va dirigido a todas aquellas administraciones o marcas comerciales que venden sostenibilidad a raudales, sin importarles demasiado consumir mentalmente el mismo pensamiento (que conste que también las hay que obran de buena fe). Quiere lanzar una llamada de primeros de año para que intenten escalar la cima del coloso 2030, para que pongan todo tipo de ingeniería y logística al servicio de esa quimera que supone no dejar a casi nadie atrás, porque a todos no podrán convencer. Quiere llamar modernidad a esa sociedad que en algún momento creía aquello de que a todos debe venir bien lo que aprovecha cada cual. Queremos avisarles que detrás de la marca de la sostenibilidad se esconde la señalética del peligro. No sabemos qué querría decir Paracelso con aquello de que «el hombre fue formado a partir de la materia y del espíritu del mundo». Si se puede decir viceversa. Ahora comprobamos que las distintas modernidades consumadas a lo largo de siglos tienen puntos oscuros.

Dichas instancias administrativas y entes comerciales juegan con códigos que nos seducen, tras los cuales esconden entresijos cruciales, a la vez dramáticos para toda esa gente que no ha sido beneficiada con la suerte, esta que muchas veces llamamos progreso. En el corazón de la tormenta actual epidémica se encuentran desigualdades, hambres, exclusividades y deterioros varios; algún que otro egoísmo. A quienes perjudiquen más todos esos desajustes se les derrumbaron los soles y les cayeron encima descargas de nubarrones que muchas veces se convirtieron en enigmas insondables.

La vida es siempre una conjunción de alegorías; la modernidad también aunque se llame sostenibilidad. En algunos países los Reyes Magos, que dicen venían de Oriente, satisfacen este 6 de enero los deseos materiales de niños y niñas, jóvenes y no tanto. En otros Papá Noel ya hizo lo propio.

Por algún sitio pasaría de largo. Una jovial melancolía nos recuerda a toda esa gente que está en otra onda, en orillas desconcidas. Para ella, que el nuevo año sea de verdad próspero, universalmente provechoso, porque la inmensidad de lo desconocido siempre está al acecho. Los enigmas vendrán sin ir a buscarlos. Por eso, los Magos debían traer una mejor comprensión de los misterios para toda la humanidad, por si a Papá Noel se le olvidó. 

Empecemos el año combinando ética universal con salud y ecología. Impidamos que la economía tenga un sentido único. Pensemos en la infancia olvidada, que está pendiente de un acceso universal a la educación, salud, bienestar, etc. En algún momento, quizás obligados por las circunstancias, habrá que desentrañar eso de la sostenibilidad; los ricos pero también en los países de menos ingresos. ¡Qué 2022 sea el comienzo del «socioceno planetario»! Ese mundo moderno, nada impostado, en el que poco a poco se llegó a constituir una sociedad universal que mejoró los destrozos que estaba causando el antropoceno.

Se nos olvidaba: gratitud eterna a quienes desde cualquier instancia o colectivo luchan por que el mundo crea en la sostenibilidad, sustentabilidad, inclusividad, coherencia ética, etc. y tengan éxito. A aquellos (mujeres, hombres e instituciones, etc) que añoran que la sostenible modernidad es formar parte consciente y comprometida de un colectivo, en el espacio y por siempre.

La salud se mejora con el retrete

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Lo saben bien los centenares de millones de personas en el mundo que carecen de una humilde y digna letrina para no tener que defecar a la vista de todos.

La historia está llena de episodios de contagios por este motivo: no depositar en su lugar conveniente las deposiciones humanas. Pero remontémonos únicamente al que ocurrió en España hace 50 años cuando circuló «algo» por el río Jalón en la provincia de Zaragoza. Las diarreas de entonces obligaron a hervir el agua de boca y cocina, clorar el agua, pelar las frutas, lavar las verduras convenientemente. Unas 600.000 personas fueron vacunadas en Zaragoza y ciudades próximas. Algo parecido, pero amplificado se repite ahora mismo en otros lugares.

El sábado pasado se dedicaba a recordar la necesidad de tener una inodoro al alcance de todos los habitantes del mundo, al día siguiente se hablaba de la infancia. La diarrea provocada por la falta de agua segura y malos hábitos higiénicos, junto con la defecación al aire libre, supone la segunda causa de mortalidad infantil en el mundo. No está de más conocer el proyecto La infancia en transformación de Unicef. Por cierto, no se olviden de Los sueños del agua de Nandini. Se difundió en la Expo Agua y Desarrollo Sostenible de Zaragoza 2008.

Disponer de letrina, la pariente pobre de lo que aquí llamamos cuarto de baño, es una cuestión de salud básica pero también de supervivencia en muchos países del mundo, especialmente para las mujeres. La existencia de letrinas en las escuelas en lugares donde ciertas religiones coartan la vida social marca la diferencia entre las chicas que van o no a estudiar. Con ello se las condena a la sumisión analfabeta de por vida. Por fortuna, los Gobiernos y Ministerios de Sanidad de los países afectados han empezado a hacer algo y la cifra va en descenso según nos explica el Banco Mundial; incluso podía haberse reducido a la mitad. Pero en Haití por ejemplo más del 20 % de la población defeca al aire libre. Además, esta práctica está muy extendida en Bolivia, Brasil, Colombia, México, Perú y Venezuela, etc., que suman cientos de millones de habitantes. Por eso no debemos darnos por satisfechos si nos creemos lo que dice el sexto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: la cifra debe quedar a 0 en el año 2030.

Seguir leyendo en el blog La Cima 2030 para conocer la historia y el futuro de la defecación con salud.

Medioambiente saneado como derecho humano

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El Consejo de Derechos Humanos de la ONU acaba de aprobar una resolución que reconoce que “vivir en un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible es un derecho humano sin el cual difícilmente se pueden disfrutar de otros derechos, como la salud o incluso la vida”. Hay que congratularse de esta decisión. Sin embargo, en el texto no queda totalmente explícito que no tenemos ese derecho por ser nuestro el medioambiente sino por formar parte de él. Por tanto, habrá que extender ese derecho al planeta en su conjunto y a cada una de sus biodiversos habitantes.

Los derechos humanos se ejercitan en interacción con todos los pobladores de la Tierra, vivan donde sea y ocupen un estadio u otro en el entramado de la vida. Si se desea construir un mundo que se articule con el disfrute universal de cada uno de los derechos humanos, incluidos algunos tan prioritarios como la salud y la vida, solamente puede conseguirse en el contexto de una ecodependencia amigable, dedicada en primer lugar a cambiar interpretaciones erróneas del uso del espacio y a restaurar desastres previos, a valorar que el medioambiente es una interrelación compleja. Decir saneado significa no estar expuesto a alteraciones graves inducidas por la acción antrópica. Hecho que sí sucede ahora.

Lo saben bien quienes no disfrutan de esos beneficios. El pasado 16 de octubre la FAO lo dedicaba a recordar que la alimentación también es un derecho. Señalaba que más de 3.000 millones de personas, casi el 40% de la población mundial, no pueden permitirse una dieta saludable en un medioambiente que muchas veces les resulta poco acogedor, o está muy deteriorado. Salud y vida se construyen en correlación con la alimentación, además de otros vínculos. En su Web se puede leer que «También deben considerar los diversos vínculos existentes entre las áreas que afectan los sistemas alimentarios, incluida la educación, la salud, la energía, la protección social, las finanzas y demás, y hacer que las soluciones encajen. Y deben estar respaldados por un aumento considerable de la inversión responsable y un apoyo enérgico para reducir los impactos medioambientales y sociales negativos en todos los sectores, especialmente el sector privado, la sociedad civil, los investigadores y el ámbito académico.» Ojalá podamos decir dentro de un año que ha habido avances significativos.

Leer artículo completo en el blog La Cima 2030, de 20minutos.es. 

 

El examen de la educación española en 2030

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Es un año tan nombrado en todo el mundo que parece que tras él comienza una nueva era. ¿Quién sabe? Por lo que afecta a España, además de otras muchas transformaciones ecosociales y económicas pendientes, debería suponer la consolidación de una educación diferente, desde la Primaria hasta la Universidad. Deberíamos llegar a ese año con las hechuras firmes. Sin embargo, estamos contemplando que las variables ecosociales hasta ahora se «resuelven» con argumentos frágiles, basadas sobre todo mercadotencia. Señal de que falta una lectura crítica y un debate reposado sobre lo que significa el Espacio Europeo de Educación para 2025.

En 2030 y en los años siguientes no habrá sociedad posible, entendida en sus interrelaciones favorables, si la educación no se toma en serio. Recordemos que la educación de calidad es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS. 4). En torno a ella se nos ocurren proyecciones transformadoras tan delicadas como el respeto al prójimo, las crecientes desigualdades, lo que suponen unos derechos humanos universales, la pertenencia a un conjunto multidiverso, la ecodependencia social, el complejo mundo de las emociones, las variables vitales ligadas al cambio climático, las incertezas que van y vienen, etc. 

Lo exige el mundo cambiante actual; no podemos anclarnos en la escuela de hace décadas. Pero por ahora, nuestros representantes políticos se enfrentan por casi todo y desatienden la educación para 2030. No es una escena nueva. Cada vez que se quiere revisar la Educación, suponemos que para mejorarla, se origina una esporádica tragedia nacional en forma de ideologías contrapuestas, que poco tienen que ver con el sentido social y transformador que le sería propio. Pasa ahora con la Lomloe, la reforma educativa que corre el riesgo de no llegar al año 2030. Nos gustaría tener una visión renovada de lo que sucede en otros países.

Podrían reflexionar si para esa fecha no sería más conveniente darle alguna vuelta a aquello que afirmaba Emilio Lledó sobre el hecho de utilizar la bandera ideológica como única señal para educar, de que lo que consigue es entorpecer el futuro de la generación. Apostillaba que valdría más tener como referencia una enseña bordada con hilos de “de justicia, de bondad, de educación, de cultura, de sensibilidad, de amor a los otros, de los que formamos parte nosotros”. En todo el mundo se espera mucho del año 2030, si se llegará a él por la pasarela de la ética global. ¿Quién sabe si en España lograremos superar el examen?

Ver artículo completo sobre esta cuestión en el blog «La Cima 2030» de 20minutos.es

Movilidad sostenible en un mundo hiperviajero dominado por los objetos

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Movilidad sostenible es permanecer un rato sin moverse, pensando lo viajera que es o no nuestra vida. También preguntarse cosas tan sencillas como; a dónde nos vamos a dirigir después y en qué medio de transporte; si utilizamos a menudo los pies y piernas que nos llevan a muchos lugares o acaso preferimos hacerlo en un medio de locomoción; a dónde va esa camiseta que tiramos a un contenedor que a su vez hizo un largo viaje hasta llegar a nuestra casa; de dónde vienen las cosas que comemos y el viaje largo o corto que hemos hecho para aprovisionarnos; anotar las veces que compramos por Amazon y esos sitios aunque sea una bagatela que no necesitamos; si en alguna ocasión el deseo de aventura nos ha llevado lejos en low cost; si cierto día nos dedicamos a contar el número de personas que viajaban en un coche y calculamos la media; las veces que utilizamos el vehículo personal para cosas innecesarias; si nos parece bien o mal esos megaaeropuertos que hay por el mundo y ahora quieren construir en Barcelona y Madrid; si pagaríamos la gasolina al precio que fuera con tal de tener la libertad de ir donde queramos en cada momento; si la movilidad tendrá algo que ver con lo del cambio climático; si la salud y la movilidad están relacionadas; si el lugar donde vive aprobaría o no en movilidad sostenible; si le cuesta mucho poco practicar la ciudadanía sostenible en una movilidad responsable; si antepone el disponer de cualquier cosa de inmediato al desplazamiento sostenible para lograrlo, etc. Por último, ¿cómo definiría movilidad? Lo de responsable es cosa suya.

Seguro que después de responder a estas preguntas y otras muchas podremos participar con más fundamento en la Semana Europea de la Movilidad. Tenga siempre en cuenta  cuando acabe el sonido de las bellas intenciones y el ruido del lavado de cara de la semana si la vida seguirá en un circunloquio permanente.

Caso de que no le apetezca, le invitamos a leer despacio y pensar aquello que dijo Jean Baudrillard, filósofo y sociólogo francés (1929 – 2007) y feroz crítico de la sociedad de consumo, que veía la movilidad desde la esfera de los objetos y necesidades:
„El mundo de los objetos y de las necesidades será así el de una histeria generalizada…, en el consumo, los objetos se convierten en un vasto paradigma donde se declina otro lenguaje, donde habla otra cosa. Y podría decirse que esta evanescencia, que esta movilidad continua que hace imposible definir una especificidad objetiva de la necesidad …, que esta huida de un significante al otro, no es más que la realidad superficial de un deseo que es insaciable porque se basa en la falta y que este deseo, por siempre insoluble, es lo que aparece representado localmente en los objetos y las necesidades sucesivas.“

Se nos ocurre una pregunta después de leer esto: ¿La movilidad se consume o se consume movilidad?

La trascendente necesidad de la acción humanitaria

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Hoy nos llaman la atención sobre la acción humanitaria, a la que se le dedica este día. El panorama mundial no puede ser más desolador. La necesidades crecen de manera exponencial mientras que los recursos menguan. Si no fuera por la personas y organizaciones que se dedican a paliar las graves carencias de millones de gente, el mundo hubiera perdido ya totalmente su ética, si es que existe algo que se pueda llamar así.

Hoy se honra a hombres y mujeres que ponen su vida al servicio de los demás. Por ejemplo desde Save the Children, ACNUR, UNICEF, Oxfamtantas entidades bajo cuyo nombre están las personas comprometidas, nacionales o extranjeras, que socorren allí donde se necesita. Las hay que surcan los mares para rescatar a quienes huyen de graves penurias. Otras como Cruz Roja y organizaciones locales menos conocidas prestan ayuda básica a los recién llegados a los puertos. También merecen ser recordadas las personas que desde las instituciones dirigen una parte de los recursos presupuestarios al socorro de los vulnerables. A menudo teniendo que luchar contra partidos políticos que predican xenofobia y otros que la permiten. Hablamos tanto de España como de Europa.

Ahora mismo nos llaman especialmente a la acción humanitaria desde Haití o Afganistán, por poner solo dos ejemplos. Pero qué podemos hacer a escala personal. Seguro que algo se nos ocurrirá. ¡Qué el Día de la Acción Humanitaria sea permanente!, hasta que las desigualdades queden reducidas a la mínima expresión. Cueste lo que cueste. Deberíamos comenzar redefiniendo cada cual lo que significa “humanidad” y “humanitarismo”, en todas sus dimensiones. Pero urge darle contenido práctico y comprometido.

 

El mundo social se hace pedazos en un verano catárquico

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Cuesta mirar los informativos o leer las noticias. El verano ya no es anodino. Siberia y California siguen ardiendo; en Europa mediterránea España se suma a Grecia, Turquía e Italia. Olas de calor convertidas en océanos. Groenlandia perdiendo aceleradamente sus hielos fósiles. Más razones para creer en el calentamiento global. Tiembla de nuevo Haití a la espera de un nuevo ciclón que haga más difícil la vida. Parece que la corteza terrestre tiene una lista de lugares malditos que quiere eliminar. Afganistán entra en demolición; en realidad nunca salió de ella. Ya dudábamos que las potencias occidentales recompondrían el puzle étnico de aquella zona. La pandemia sigue campando a sus anchas en países más o menos ricos. Los inmigrantes continúan su calvario, aunque sean niños. Se anuncian nuevas riadas por el dominó afgano.

Un noticiario televisivo se ha convertido en una película de terror, en un escaparate de la negrura. Si sigue así la cosa dudaremos del futuro. Más todavía para esa gente que se acumula en el aeropuerto de Kabul y la que no se ve de Afganistán, donde mujeres e infancia serán quienes más pierdan. Las vacunas atemperan la vida de los países ricos a la vez que desesperan la mirada de los pobres, en una mezcla de miedo y petición angustiosa. A este paso deberemos dejar de hablar del mundo y escribir sobre los muchos mundos, que son la conjugación del verbo vivir con muchos complementos detrás. Malo será cuando el grito unánime se lamente de la situación y suene mucho el ¡tanto para tan poco!

La economía parece que se recupera, aunque no sepamos hacia dónde va. La gente rica o media rica sale de vacaciones más o menos largas hacia lugares más cercanos, pero se mueve. Las petroleras aprovechan para hacer su agosto elevando el precio de los combustibles fósiles. En España y otros países la luz sube sin parar; dicen que por el precio del gas. Casi nadie lo cree.

El verano ya no es la estación del relax sino un paréntesis ocupado por la preocupación: salud, economía, ecología, ética universal, educación, sociedad, infancia, etc. Incluso la gente positiva u optimista duda del futuro. La maniobras de quienes dominan el conjunto de los mundos se mantienen oscuras, puede que lleguen a ser perversas.

Por todos los lados surge la pregunta: ¿Qué vendrá después? Ojalá el fin del verano nos despeje alguna de las muchas incertezas, y que sea para bien.

Que la pobreza extrema no sea el epitafio de la sensatez democrática

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España duele, a poco que la observemos con sentimiento. No cuenta mucho la idea que tengamos del territorio. Son más importantes las gentes que lo habitan. Uno solo de los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ICV) del INE (Instituto Nacional de Estadística) sobre pobreza severa pone exactitud a la vida colectiva, tantas veces inefable y dispersa. El 7% de la población se encontraba en riesgo de pobreza y exclusión social en 2020 frente al 4,7% antes de la crisis; uno de cada tres niños lo padecen. Otro detalle: El porcentaje de población en riesgo de pobreza o exclusión social (tasa AROPE) aumentó al 26,4%, desde el 25,3% de 2019. La estampa social la observamos ahora mucho peor que la habíamos dejado la noche anterior, antes de la pandemia. Parece que fue ayer este largo día que nunca acaba. Sin embargo, en alguna CCAA como Aragón esa deriva se ha corregido.

Cuesta creerlo en un país dotado de instituciones democráticas. Nos remontamos al pasado para romper los sinsentidos del presente. Algo que redima las negruras de la gente pobre, severamente pobre. Su existencia está llena de fragmentos que no hay forma de encajar entre sí. Tratar de mejorarlos se convierte en un juego de azar, muchas veces solitario. El presente se les derrumbará, cuál castillo de naipes marcados. En según que territorios mucho más

Personas y familia sorprendidas por el infortunio. A cada paso que dan, algo les golpea en el tobillo y les hace caer de nuevo. No es extraño que nunca acaben de maldecir. Por más que escuchen gritos de gente empeñada en un cometido cívico digno de la mejor democracia. Son voces que poco a poco se diluyen en la infusión de nublado escenario político. Un solo rostro de la aséptica pobreza detrás del cual hay muchos nombres, pero no forman nómina. Pueden más los gestos de absoluta indiferencia de quienes están en el camino del triunfo y alejados más o menos de la amenaza.

Pobres que sueñan que no viven sueños. Poco a poco se dan cuenta que permanecen anclados en el retardo. Se lo recuerdan otras pesadillas cada vez que se levantan para enfrentarse a la realidad.

Se oye más de una vez lo de estamos perdidos. Dicho ya sin énfasis, como si sirviese para recordar algo ajeno. Las cosas de siempre ya no son objeto de conversaciones hilvanadas, quedan truncadas por silencios y pesares. Una fotografía las presenta en un ambiente galdosiano de perdedores. Dicen que es el nuevo (sur)realismo globalizado.

Mientras, por poner solo un ejemplo de lo caro que resultar vivir, la energía no hace más que subir, incluso la que es derecho humano. Qué será de ellos. A este paso, la democracia les va a escribir un epitafio. Aparentando que todo este silencio esconde un orden eternizado. Acaso los grandes problemas del imaginario político son el epitafio de la misma democracia. Lo cual sería una insensatez.

Ya se escuchan algunas elegías, de signo y contenido variado. ¿Serán capaces de hacer renacer los sentimientos y convertirlos en acciones que despierten a las ausentes democracias?

Días internacionales para rescatar del olvido retos pendientes

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El mes de junio reúne muchos días internacionales que llaman nuestra atención. Estas fechas sirven para recordarnos los retos pendientes, las posibles actuaciones globales sobre una problemática determinada que necesita una o varias mejoras. En cierto modo nos avisan de que determinados descuidos o usos sociales ponen en riesgo algo tangible o no. No se sabe muy bien lo que tienen de celebración o conmemoración, quizás más de lo segundo. Este mes se señalan días que alertan sobre asuntos sociales (enfermedades varias, desigualdades lacerantes, olvidos de quienes más sufren, etc.). Asuntos que necesitan una urgente y continuada atención colectiva y mucha dotación económica prioritaria por parte de los gobiernos. Además de estos, encontramos otros muchos sobre cuestiones que tienen que ver con el medioambiente. Sabemos que no basta con llamar la atención un solo día pero a nadie perjudica recordarle la tarea pendiente.

El 5 de junio fue un día que a casi nadie pasaría desapercibido. Una jornada estrella pues los medios de comunicación suelen hablar sobre el tema y presentar reportajes interesantes. Ciñéndonos solo a ecología global anotamos el 1 de junio dedicado a los arrecifes, el 2 a la bicicleta, el 5 al medio ambiente y también a la pesca ilegal, el 7 al vencejo, el 8 a los océanos, el 15 al viento, el 16 a las tortugas marinas, 17 a la desertificación y sequía, el 21 al Sol y a la hidrografía, el 22 a los bosques tropicales, el 29 a los trópicos y así seguiríamos.

El día internacional en sí es nada, pero dice bastante si queremos escucharlo. Lo poco que se haga o se piense es mucho comparado con lo que sucedería de no haber nadie que llamase la atención sobre lo desatendido, que para nada es superfluo sino una parte importante de la existencia colectiva. 

¿Qué tienen en común los vencejos y los océanos? Los unos negros, aéreos, diminutos, pasan desapercibidos para mucha gente. El otro enorme, universal, onmipresente en el horizonte y los pensamientos. Quizás se parezcan en que sean migrantes, que no encuentren fronteras en el mundo. No lo sé, o me lo imagino pero no hay que darle excesivas vueltas. Me basta con leer el poema de Unamuno (1908) «Han vuelto los vencejos».

Cosas de cigarras estadounidenses, 17 años después

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Sale, canta y revoluciona el mundo. La cigarra es un artrópodo relativamente reconocido en la cultura universal. De ella se han escrito cuentos, curiosos audiocuentos de la naturaleza, poemas y libros enteros. Se la ha querido comparar con la hormiga, como especie y colectivo pero el cuento no cuenta la verdad del todo porque es una fábula que Esopo lanzó al mundo. Después Jean de la Fontaine y Samaniego, entre otros, la divulgaron con matices su manera de estridular. 

Quién sabe si el cambio climático retrasará o evitará que las cigarras estadounidenses acudan prestas a su cita de cada 17 años. Tantos años madurando, tanto tiempo esperando a que la posible fertilidad se haga realidad. La costa este de EE.UU. espera expectante. ¿Quién sabe que relojes o calendarios siguen esas cigarras? Pues el año próximo serán otras y así sucesivamente. Esto de los ciclos de la naturaleza tiene su misterio y su belleza. También el resto de los seres vivos tienen ritmos que a nosotros se nos escapan. La eclosión va a ser brutal, por el ruido solamente pues las cigarras son inofensivas. Solamente están al servicio de la especie, para que esta no desaparezca.  La gente se asustará por lo que la Agencia de Protección Ambiental de EE UU (EPA, por sus siglas en inglés) ha impulsado una fuerte campaña en redes sociales para que la población no las extermine con fumigaciones, dado que los insecticidas dañan otras muchas vidas.

Por aquí no aguantan tanto bajo tierra; de esto saben mucho en National Geographic. Las cosas de los seres vivos nos resultan a veces incomprensibles, como el hecho de que lo de las cigarras tenga relación con los números primos; otras tienen ciclos de 13 años. Por eso, entender la biodiversidad, o ser conscientes de que nos enriquece es una de las tareas que tenemos pendientes. Por cierto, el pasado 22 de mayo fue el Día Internacional de la Biodiversidad 2021. Este año tenía un lema digno de ser descifrado: Somos parte de la solución. Pues eso. 

 

Aprender la ciudadanía global como estrategia de futuro

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Hace un par de meses fui invitado a participar en un encuentro que tenía como nexo de unión la función educadora de la ciudadanía global, manifestada en la forma de aprenderla y practicarla. Allí se dijo que lo que se pretendía con esa estrategia era la construcción permanente de ciudadanía, en este caso aragonesa, que fuese crítica y activa, que estuviese comprometida en la construcción de una sociedad más lejana, marcadamente global, pero en la que no faltase nunca la solidaridad, la justicia universal y la búsqueda de la equidad como camino para limitar las desigualdades.

Todo lo anterior surge en forma de un proyecto basado en alianzas entre el Gobierno de Aragón, Diputación Provincial de Zaragoza, Ayuntamiento de Zaragoza, Universidad de Zaragoza, la FAMCP y la FAS (Federación Aragonesa de Solidaridad) y cuenta con la colaboración de la Comisión Europea a través de la iniciativa “Global Schools”. Ese proyecto, marcadamente escolar pero no solo, coexiste con la Estrategia aragonesa de Educación para el Desarrollo y la Ciudadanía Global. En ella se han definido 26 líneas estratégicas (LE) y 61 medidas de acción (MA), estructuradas en seis ámbitos de actuación que suponen una vuelta ideológica a la atonía que observamos en el conjunto social. Tres abordan los compromisos educativo, social e institucional. Uno pone toda su énfasis en la participación, en la potencia de las redes y en el valor de la coordinación. El quinto se fija en la imprescindible formación de todos los agentes implicados. No falta uno dedicado a los supuestos metodológicos que harían más eficaz el proyecto y valorar posibles cambios. El tiempo nos dirá si el trayecto fue fácil, si los cambios cualitativos en las personas de aquí ayudaron en algo a mejorar el mundo de allá.

El anterior es un ejemplo de lucha contra las desigualdades. Se conocen otros muchos en España y en el mundo, impulsados por ONGs muy conocidas o entidades diversas, grandes y pequeñas. Ante la creciente intransigencia y barbarie -jaleada en Europa y en España por partidos políticos con evidentes carencias democráticas y medios de comunicación tergiversadores de la realidad- hacia los diferentes, extranjeros, inmigrantes o menores sin respaldo social, etc., ¿quién se atreve a asegurar que no se puede hacer nada o que ya está todo dicho?

La estrategia contra la inequidad se puede llamar Educación para la Ciudadanía Global, y a veces lleva el añadido de Desarrollo, que se hace visible en forma de ayudas y compromisos con gente de otros países que nos siguen mirando con envidia pero también con algo de pena, sobre todo por cómo somos. Ahora es más necesaria que nunca esa ciudadanía global que a menudo nos interroga. Si alguien se esfuerza llega a aprenderla y entenderla, a practicarla finalmente.

La sociedad ecodependiente como argumento de cambio educativo

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La ecosociedad manifiesta una interdependencia ya en su misma expresión. Sucede así porque constantemente se interrelacionan ambos ámbitos en casi todo lo que ocurre en la vida cotidiana. Acabó aquella concepción de un mundo en el que la sociedad prevalecía por encima de la naturaleza y no debía preocuparse por nada de lo que a esta le ocurriera.

Decía Yann Arthus-Bertrand, divulgador ecologista y fotógrafo francés que tantas bellas imágenes nos proporcionó, que nadie es ambientalista de nacimiento, que hay que recorrer un camino propio. Este recorrido se identifica enseguida con la educación, ya sea social o reglada. Con seguridad, la escuela es un buen escenario de experimentación. En este momento los escolares conocen sus impactos negativos en la dinámica ambiental, están más informados y más sensibilizados sobre lo que sería conveniente hacer para mejorar las posibles consecuencias. Así han descubierto que la gestión de residuos y el reciclaje es una aventura en la búsqueda de tesoros ocultos; que la biodiversidad es una riqueza con riesgos, o que el cambio climático condiciona sus vidas y todo lo que pasa. A la vez, y no es poco dadas las circunstancias, las autoridades educativas empiezan a entender que es inexorable la incorporación de la sostenibilidad en sus programas, bastantes centros desarrollan proyectos en este sentido, el profesorado descubre la potencia del fomento del pensamiento crítico sobre la problemática ambiental para la transformación ecosocial, etc. En conjunto, se vuelve a la naturaleza, a la magia de los bosques por ejemplo, como catalizadores de la nueva visión; la pandemia ha ayudado a redescubrirla.

Algo se mueve. Por eso, ¿si no es ahora, cuándo impulsar la transformación hacia una lectura ecosocial de la vida, de la educación como agente de cambio?

Leer el artículo completo en el Blog Ecoescuela abierta de El Diario de la Educación.