Infancia

Nacer en 2020, toda una aventura

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Este año se podría calificar con justicia como «el de la COVID-19» o «el que el mundo se dio cuenta que vivía dentro de incertidumbres». Será recordado de muchas formas, según la salud, la economía o las emociones hayan afectado a cada cual o al país donde se vive. Seguro que a cada nacido-a y a sus familias no se les olvida nunca la fecha y sus circunstancias.

Worldometer me dice cuando redacto estas líneas que en 2020 llevamos ya, porque todos que se incorporan nos pertenecen un poco en el interrelacionado planeta, más de 125 millones de nacimientos en el mundo. Seguro que quienes han ampliado familia, además de felicidades, habrán vivido algún tipo de temor; máxime en aquellos países en los que la sanidad tiene muchas carencias. Quienes hayan venido al mundo se habrán sorprendido de encontrarlo tan revuelto nada más asomar su cabecita. Sin embargo, algo biológico actuará en su interior como energía positiva para hacer frente a riesgos y temores de sus padres. Lo emocional y cercano les dará calor y les reducirá los sobresaltos.

Queda la esperanza de que entre todos les construyamos un mundo más favorable; es nuestro deber como sociedad adulta limitar los efectos de las incertidumbres; tan graves como la salud, el cambio climático o el disfrute de una vida digna, educación de calidad incluida. Ojalá que pasados unos decenios, cuando celebren su cumpleaños, recuerden el 2020 como «aquel en el que el mundo unido decidió hacer frente a un problema colectivo», y lo superó. Ojalá que todas madres y padres superen la aventura, salgan sin menoscabos serios de las incertidumbres de estos tiempos y hagan de la crianza su mejor homenaje a la vida de quien acaba de nacer.

¡Bienvenido Pablo!, y todos los demás.

Insistir en lo obvio: niños y adolescentes tienen sus derechos

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Repetimos casi textualmente una entrada que sobre el mismo tema publicamos en este blog en 2016. Entonces recordábamos que el 20 de noviembre de 1989 se firmaba un tratado internacional -ratificado en la actualidad por casi 200 estados- para proteger a niños, niñas y adolescentes, que se concretaba en la Convención de los Derechos del Niño. Resaltábamos que tuvo su precursor en la Declaración de los Derechos del Niño en 1959. Decíamos entonces que los 10 principios básicos de esta declaración tenían un limitado alcance, que eran incumplidos por muchos países, que hacía falta algo más.

Nos alegrábamos de que el texto vigente desde 1989 convierte a niños y jóvenes, a chicas y chicos, en sujetos de derecho; hasta entonces habían tenido el rol de un objeto pasivo de atención. Resaltábamos que el tratado  obliga a que los gobiernos cumplan todos los artículos, pues allí se recogen  los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos de todos los niños y niñas. Alertábamos de que su aplicación es obligación de los gobiernos, pero no solo ellos. Existen responsabilidades compartidas con otros agentes como los padres, profesores, profesionales de la salud, investigadores y los propios niños y niñas.

Alguien pensará que las ONG que se preocupan por la infancia siempre están demandando. Pero no es eso. Quieren conseguir lo que parece obvio, asunto del que a escala universal todavía se está muy lejos. ¿Es mucho pedir que de una vez por todas se haga realidad inclusión y educación como defienden los informes GEM, que todos los niños y niñas tengan escuela, que dejen de ser utilizados los niños como soldados, que la salud infantil sea un derecho consolidado en todo el mundo, que mejore el estado de la infancia en España?, y más cosas de coherencia natural. Para colmo, durante este año de pandemia las cosas no han hecho sino empeorar.

Terminamos la entrada repitiendo la petición que hacíamos a madres y padres y colegios en 2016 para que lo debatiesen en su entorno concreto: cuáles son los derechos que no podrían faltar a ningún niño, niña y adolescentes en todo el mundo. ¿A qué creen que se debe que llevemos 21 años insistiendo en prácticamente lo mismo?

La contienda pandémica en la escuela

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Ahí siguen las escuelas, manteniendo su esencial contribución a paliar los desastres pandémicos. Tienen algunas instrucciones de la OMS y de sus autoridades educativas y sanitarias para reducir los impactos. Pero eso no resuelve todo. En algunos países han sido dotadas de recursos extraordinarios, en otros no. Pero el día a día no es fácil, siempre pendientes del episodio crítico.

Utilizan el rigor para moverse cada jornada, con grave preocupación y enormes esfuerzos, adaptando horarios y movimientos, modificando agrupaciones. En general, el alumnado cumple las prevenciones dictadas; el profesorado mantiene el tipo, no sin sobresaltos. Las familias ayudan lo que pueden, a pesar de los pesares. 

Cada día se cierran muchas aulas, otras reabren después de periodos de cuarentena. Ojalá la creciente incidencia de casos covid que sufre Europa no obligue a cerrarlas de nuevo; sería un tremendo fracaso de la sociedad entera que no supo poner freno a los daños colaterales de su mala gestión de la pandemia, tuvo muchos meses para prepararse, y también actuó con irresponsabilidad ciudadana en muchos casos, todavía visibles hoy.

Los medios de comunicación hablan poco de la escuela «pandemiada»; les preocupa más si se cierra la hostelería, foco reproductor de casos según muchos científicos. Algunas personas se manifiestan contra las limitaciones impuestas porque dicen coarta su libertad individual. ¿Acaso no cercena más el derecho individual que supone la educación la actitud irresponsable de algunos frente a la pandemia?

No sabemos el devenir de la escuela en los meses venideros. Siempre quedará en el recuerdo el esfuerzo de maestras y maestros, pero habrá que acompañarlos en su tarea restringiendo las actividades personales o familiares que la puedan poner en más riesgos.

La escuela pospandémica incrementará las desigualdades

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Toca cerrar por unas semanas el escaparate de la ecoescuela abierta, que ha querido llevar a los domicilios de los escolares confinados, al profesorado, una parte de la naturaleza para hacerla perceptible en su relación con las personas: cometido social o asignatura escolar que todavía necesita bastantes empeños. Estos días de julio, muchas escuelas, a un lado y otro del Atlántico, retoman las vacaciones. Pero ahora todo resulta extraño; ni las pausas lectivas se miran como antes. La emergencia sanitaria nos ha roto los ritmos, además de otras muchas cosas. Lo ha hecho en España, pero qué decir de lo que sucede en México, Perú, Ecuador o Brasil por citar solo unos ejemplos de América Central y del Sur. Un recuerdo especial para las maestras y maestros de Chile.

En estos meses, los cierres han ocasionado graves prejuicios en todo el mundo, más todavía en los países de ingresos medios como es el caso de una buena parte de Latinoamérica. El retroceso que conllevarán estos cierres va a ser tremendo. El último informe GEM (Global Education Monitoring) de Unesco pronostica que las ayudas a la educación mundial, que habían alcanzado buenos valores en 2018, van a sufrir un descenso por la COVID-19 cercano al 12 %, lo cual deja inermes a muchos escolares de países con evidentes dificultades educativas. Además, en territorios en los que las desigualdades en ingresos familiares ya alcanzaban valores graves, el virus no ha hecho sino flagelar todavía más a los desfavorecidos, acaso provocarles cicatrices permanentes. Estas heridas serán pésimas acompañantes para retomar los impulsos educativos cuando las circunstancias los permitan.

Cuando la emergencia de salud disminuya habrá que renovar la educación colectiva y particular; hacerla más reflexiva. En este proceso, cabría preguntarse si la monotonía escolar dificulta su comprensión organizativa, si no se interioriza la dimensión de la escuela como institución, con sus virtudes y sus defectos. Nos tememos que tampoco queda manifiesto, aquí y en América Latina, ese cometido ecosocial dirigido a ayudar a entender la vida cotidiana y el mundo, circundante o no, en temas como el cambio climático o la pobreza e igualdad de oportunidades, por ejemplo.

Seguir leyendo en Ecoescuela abierta, de El Diario de la Educación.

Una educación de calidad tras la pandemia

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Ya nada será como nunca. Pero queremos repetir aquello de que la educación de calidad adorna la vida de esperanza, de compromiso, de universalidad y de futuro. Cualquier reflexión educativa se estructura en torno a la valoración del acceso universal a la educación, la equidad, las variables referidas al aprendizaje en sí, la calidad de la educación apoyada también en la formación inicial y permanente del profesorado. Asuntos todos sobre los que hay que trabajar mucho en este momento, cuando la educación formal ha sufrido tanto.

Toca hablar de financiación; máxime ahora cuando los dineros destinados a hacer frente a la pandemia en todo el mundo dejan en incógnita las necesarias inversiones educativas. Cuando volvamos a las aulas hay que examinar si la educación de cualquier país –lo centramos en España y América porque desde allí se visita este blog- dispone de recursos económicos, traducidos en programas y profesorado. El comienzo del informe nos avisa de lo que viene detrás: “Uno de cada cuatro países no cumple ninguno de los principales objetivos de referencia sobre financiación para los gobiernos esbozados en el Marco de Acción de Educación 2030”. Dice la UNESCO que para empezar medianamente bien hay que dedicar al menos el 4 % del PIB a la educación. Claro que es difícil hacer lo que Suecia (7,7 %), Dinamarca (7,6) o Islandia (7,5) pero ahí tenemos a Costa Rica y Belice (7,4) y Bolivia (7,1).

La pandemia debe hacernos cambiar aquellos contenidos estáticos de los que tanto hablamos normalmente en las aulas para acoger acontecimientos de alcance social, propios de una ecoescuela abierta, como puede ser otra de las contundencias del informe: “Las ambiciosas metas en materia de educación no se alcanzarán a tiempo sin recursos adicionales, especialmente en los países más rezagados”. Tomemos nota: de los aproximadamente 5 billones de USD que se destinan a educación al año en el mundo, solamente el 0,5 % se emplea en los países de ingresos más bajos mientras que más del 65 % se dedica a la educación de los de ingresos más altos. Esto se llama injusticia global, es un motivo más para que aumente la explotación de los débiles en muchos países, para anular sus ilusiones colectivas, para que la emigración multidireccional se convierta en una espoleta social. Por eso, solo estos datos nos deben empujar a hacer las cosas de otra forma. Ahí vamos.

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El IDH (Índice de Desarrollo Humano) en suspensión de pagos éticos.

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Pronostica la ONU que la actual pandemia causará un grave retroceso en el IDH –el mayor desde 1990-. Tal descenso supone una debacle en la vida de muchas personas, en particular las que habitan en esos países de IDH bajo. Algunas cifras del informe elaborado por el PNUD (Programa de las Naciones Unidad para el Desarrollo) asustan: la esperanza de vida descenderá, es posible que centenares de miles de niños menores de cinco años mueran por la falta de asistencia. Por si esto no fuera suficiente, la educación (factor del IDH que no del PIB) que transitaba mal que bien por países de ingresos bajos y medios no llega durante estos meses de pandemia pues las escuelas siguen cerradas para más del 60 % de los niños. Solamente teniendo en cuenta los millones de personas afectadas y los centenares de muertos ligados a la COVID-19 se atisba un panorama más que sombrío para el IDH global y el particular de los países de ingresos bajos o medios. No olvidamos esas Agendas 2030 que querían poner en valor el desarrollo sostenible. ¿Se rellenarán con hechos?

El IDH se fija especialmente en la esperanza de vida al nacer, los años esperados de escolaridad, los años promedio de escolaridad y el PIB per cápita. Pero también se ajusta en su relación con la desigualdad en general, con el desarrollo y la desigualdad de género, con la pobreza multidimensional, con la salud, con el empleo y bastantes indicadores que permiten dibujar una imagen de los países, agrupados para su estudio en aquellos que tienen un desarrollo humano muy alto, alto, medio, y bajo. Tras la COVID-19 es mejor esta lectura.

Seguir leyendo en La Cima 2030 de 20minutos.es

Reflexiones para la escuela de septiembre, de la mano de Jaume Carbonell

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Este septiembre van a reabrirse las aulas. No va a ser un septiembre cualquiera porque el último trimestre de curso pasado ha sido tan extraordinario que poco de lo hecho se puede utilizar como argumento. Por eso, interesa leer y compartir textos como los que escribe Jaume Carbonell en Pedagogías del siglo XXI de El Diario de la Educación. Se pregunta Carbonell, al cual la educación española debe tanto por su magisterio innovador y reflexivo desde los tiempos de su época de director de Cuadernos de Pedagogía, sobre los modelos que la nueva escuela puede adoptar. De un lado, analiza el modelo on line, al que llama sin escuela y menos educación; de otro, se detiene en el modelo presencial institucional y el modelo escolar expandido en el territorio. Paradojas del presente y del futuro que se combinan con la formación dual entre la escuela institucional y la formación en el territorio circundante, sea urbano o rural. Seguramente, los responsables educativos y una buena parte del profesorado se interrogan en este final de curso tan atípico como será septiembre. Sus dos artículos son elocuentes y nada mejor podríamos añadir. Léanlos con atención. Organicen sobre ellos un claustro de debate virtual. Anímense a prepararlo. Llegarán con más ímpetu a septiembre, y con alguna nueva seguridad si la acción educativa y la planificación escolar son compartidas. 

La deseada y necesaria transición escolar no es una preocupación política

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El mundo es como es, por más que le demos muchas vueltas. España es como es, dan lo mismo sus circunstancias. Más de una vez surge la duda sobre si la educación es importante. Se ha podido comprobar durante estos meses. Ha sido la gran ausente de los combates partidarios que se han librado entre los políticos, dentro y fuera de las sedes parlamentarias, a lo largo de tantos días de castigo pandémico. A la vez, hemos tenido que soportar una profusión de noticias sobre si era bueno o malo abrir cualquier negocio; he ahí la cuestión. Cada sector económico ha ido empujando para resolver su problema concreto, su ERTE o la desaparición de tal o cual empresa, si el PIB iba a caer más o menos de diez dígitos.
La escuela ha hablado menos, o los medios de comunicación no se han echo eco de sus inquietudes. Nada se ha dicho de la caída de un imaginado TEC (Tesoro Educativo Común) ni de los consumidores finalistas más expuestos durante este cierre (vulnerables por no poseer recursos o por tener limitadas ciertas capacidades, familias estresadas, alumnado desorientado). De vez en cuando, desde el Ministerio de Educación o las Consejerías -que no consiguen unanimidad en el resto de los departamentos administrativos- se lanzan ideas que son matizadas por quienes las divulgaban. Algunos colectivos educativos o sindicales levantaron la mano tímidamente para hablar pero enseguida perdieron su turno, qué decir de las quejas de familias concretas.

La escuela vaciada merece algo más. Debería estar en el centro, no solo ahora, del interés social y político. Necesita una transformación profunda, llenarse de compromiso y esperanza. Este sería un buen momento para acordar la transición -se habla de la ecológica, la económica y la social pero de la educativa poco- hacia el futuro compartido, pero nos tememos que los ruidos políticos y mediáticos no dejen hacerla -deben pensar que no da réditos económicos- y anulen las buenas intenciones que muy de vez en cuando se escuchan. Al final, habrá que darle a la razón a aquel lugareño que decía que muchos de los actuales políticos no sirven para hablar de educación; no la tienen, o si la poseen no la practican. ¡Qué pena que no tengamos a Luis Carandell para hacernos las crónicas parlamentarias menos dolorosas! Si incluso algunos políticos se quejan de que el Plan del Gobierno para salir de la pandemia les obligue a gastar una parte de los dineros en restañar la heridas de la escuela. Pero aún están a tiempo. La escuela necesita una urgente y comprometida transición, como las que se anuncian en otros campos, pero sobre todo la consideración política que conduzca a un Pacto Educativo. ¿Tan difícil les resulta a los políticos dejar de ser ellos y pensar que son nosotros?

Temores para imaginar la transición a la inesperada escuela de todos

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Qué raro se hace todo, qué pena da ver cerradas nuestras escuelas, qué miedos salen de dentro al intentar abrirlas, todavía embozados y plenos de lenguajes de miradas desconfiadas. Qué difícil es conjugar lo deseable con lo satisfactorio, lo necesario con lo accidental. Porque todo esto ha sido como un grave accidente colectivo prolongado, casual o no, eludible o avisado, pero para nada trivial; de ahí su difícil encaje en el futuro. Nada más pensar este tiempo y enseguida emerge el dilema: cómo encajar lo que unos desean o necesitan con lo que otros temen o se niegan a aceptar. Aceptar aparece al lado de acertar; combinación difícil en situaciones de emergencia. Emergencia es sinónimo de catástrofe como la actual pandemia. Pandemia eventual o trance permanente pues los temores serán difíciles de borrar; nos avisan de los riesgos otoñales. El contratiempo de los meses pasados se podría tachar, si bien las marcas dejadas en los más vulnerables quedarán, nadie sabe con qué dimensión. Dimensión educativa compleja la desarrollada durante este meses. La formación on line no es buena ni mala sino una incógnita en la que no teníamos experiencia previa de forma tan masiva. Masiva se parece a excesiva, como ha sido la implicación del profesorado y de algunas familias, convertidas a la vez en profesores y alumnos. Los alumnos habrán ido respondiendo mal que bien a las demandas de la escuela cerrada. Cerrada la posibilidad de socialización la escuela se desvanece, como los posibles conocimientos aprendidos a golpe de pantalla. Pantallas que no todos tienen en las mejores condiciones, como esas redes con apagones inoportunos.

Una oportunidad para aprender, han titulado algunos a esta emergencia escolar. Escolar es alianza y convivencia, entre la administración que regula y el profesorado que interpreta, de un lado las familias que desean retomar el pulso ordinario y de otro los alumnos que se encuentran en un limbo difícil de entender y explicar. Deseos que se sobreponen a los temores en algunas familias (trabajan todos los adultos o sus hijos soportan vulnerabilidades o discapacidades) y se convierten ahora mismo en necesidades: piden que abran las escuelas ya con cuidados particularizados. Para eso, hay que explicar posturas que lleven a concertar entre todos (equipos técnicos, administración, profesorado, sindicatos, familias y asociaciones de alumnos) los pasos a dar ahora mismo, de aquí a septiembre o cuando sea, para disipar temores y convertirlos en deseos. Deseos que compondrán realidades diferentes: la escuela no puede resucitar como si no se hubieses destrozado sus deseos.

Vayan desde aquí los mejores para la tarea compleja que espera, sin olvidarme de una duda permanente: la seguridad nunca será evidente en este mundo que nos ha demostrado una parte importante de nuestra fragilidad, como especie y educativa. La escuela es de todos y a nadie pertenece. ¡Suerte para avanzar en este escenario de tránsito, que concierte a la nueva escuela con menos atemorizados! 

Conmemorar en el confinamiento sin escuela el Día del Medio Ambiente mirando el uso de las cosas de casa

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Cada 5 de junio la gente habla del medioambiente. Este año es especial porque se conmemora dentro de un mundo en modo pandemia. Seguro que dentro de unos años los libros de Historia recogerán que hubo una pandemia por un coronavirus. Detallarán que afectó a más de mil millones de personas y provocó centenares de miles de muertes por todo el mundo. No cabe duda de que hablarán también de cómo se pusieron en marcha investigaciones para encontrar una vacuna que protegiese a la gente. Es posible que en los textos se recuerde a Jenner y a Pasteur. Entre el uno y el otro dieron valor a un proceso que se llama vacunación.

Cualquier persona que quiera saber algo de la vida debe enterarse de lo que descubrieron ambos; más todavía han de hacerlo los estudiantes que no van ahora a las aulas. No sabemos lo que dirán los libros de cuándo se descubrió la vacuna o las vacunas contra el coronavirus de ahora, ni siquiera si se logró. Porque a veces no hay defensas colectivas frente a determinadas enfermedades, como sucede con el VIH. Tampoco si dirán mucho de cómo se conmemoró el 5 de junio. Como va de vacunas, aquí queremos llamar la atención sobre nuestro Premio Nobel Ramón y Cajal o del médico Jaime Ferrán que andaban bastante atinados cuando la epidemia de cólera de 1885. Otro asunto para buscar información.

Proponemos conmemorar el Día Mundial de otra forma: relacionando las cosas o productos que usamos con el medioambiente que nos las procura. Seguro que los libros de dentro de unos años dirán que durante unos meses hubo mucha gente sin poder salir de su casa, o que solo lo hacía para comprar lo imprescindible para vivir, que en realidad era poco. El tema/la lección de Historia que trate de esto explicará que se pararon muchas fábricas, se destruyeron muchos empleos, que las economías de muchos países se resintieron. ¡Qué decir de aquellos hogares en donde no entraba nada de dinero! Lo más probable es que los libros no reflexionen sobre cómo una buena parte de la gente, millones de personas de todo el mundo, se las arregló durante los confinamientos con las cosas básicas; incluso una parte de la que vivía en los países de ingresos altos. Puede que tampoco hablen de que el medioambiente natural se benefició del parón mundial, al menos en lo que respecta a la contaminación del aire.

Seguir leyendo en el blog Ecoescuela abierta de El Diario de la Educación.

Los pupitres desinfectados de la escuela que nos espera

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Las propuestas de vuelta a las aulas, cuando sea, viajan de la imaginación al deseo, de la necesidad a la realidad. Se ven condicionadas por los números y los espacios. En realidad, nadie sabe nada aunque haya gente que lleva tiempo pensando como desinfectar pupitres. Estamos en otra ola.

La protección al alumnado y del profesorado será negociada mentalmente; después la realidad la pondrá en su lugar. Normas y más normas para contener la anormalidad. Consejos amontonados en clases partidas, horarios partidos en los que se mezcla sin mezclar. Herramientas telemáticas que se cuelgan y no siempre llegan a todos. El profesorado en medio del laberinto sin saber para dónde tirar. El contexto digital que sirve para unos y es poco útil para otros. Exámenes que dejaron de serlo por razones diversas. Familias que no pueden hacer lo que se les pide. Al final, la vulnerabilidad que se agranda, querer hacer lo mismo que antes sabiendo que es imposible. Regular las comidas cuando se come tanto al mediodía como en España, y así un sinfín de cosas. 

Hay gente que ha trabajado propuestas para pensar ahora mismo, sabiendo que todo es imprevisible. Como aportan alguna estrategia de interés las traemos aquí. Se publicaron en El Diario de la Educación. Sobre ellas se puede hablar en los claustros telemáticos, pero ante todo las autoridades educativas que, a poco que puedan, van a desviar el marrón a los equipos directivos de los centros. ¡Bastante tarea tienen ya por delante! Suerte en el empeño. Menos mal que ya no nos ha tocado manejar este asunto.

Volver a las aulas en condiciones es algo más que desinfectar pupitres. Hace falta un cuidado saneamiento de las propuestas curriculares para que cuando se pueda volver se dedique el reducido tiempo a aprender lo que verdaderamente sirve para la vida, aquello que favorece el aprendizaje autónomo, lo que ayuda a componer una perspectiva ecosocial. Este crítico momento debe servir para dar otro sesgo a lo que se aprende en las aulas. Siempre faltará lo que enseña vivir juntos, repartir afectos y emociones. Pero todo llegará.

El imperio del desinfectante, distancia social incluida, se extiende a lo escolar

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Unicef tiene fijado el 15 de octubre como Día Mundial del Lavado de Manos. Desde hace muchos años, esa iniciativa ha logrado salvar de muchas enfermedades a la infancia mundial, ha generado unos hábitos que son parte de la cultura social.

El pasado 5 de mayo la Unesco recordaba la necesidad del lavado de manos como medio de supervivencia. Sin duda, los efectos de la actual pandemia han generado actuaciones diversas, como  el Marco para abrir las escuelas ideado por UNESCO, el UNICEF, el Banco Mundial y el Programa Mundial de Alimentos. No solo está pensado para aquellos países de ingresos medios o bajos en donde muchos hogares no disponen de abastecimiento y saneamiento, en donde el agua como derecho humano es un lujo. En estos momentos muchos niños y niñas no tienen clases (más de 1.200 millones por todo el mundo), sus escuelas cerraron por la pandemia. El día que vuelvan se encontrarán con nuevos dispositivos de higiene, con protocolos más estrictos para evitar contagios. El Marco dice que «es indispensable asegurar condiciones que reduzcan la transmisión de enfermedades, salvaguarden los servicios y suministros esenciales y promuevan un comportamiento saludable. Esto incluye el acceso a jabón y agua limpia para el lavado seguro de las manos, procedimientos para cuando el personal o los estudiantes se sientan mal, protocolos de distanciamiento social y buenas prácticas de higiene”.

También en esto hay clases:  solo el 53% de las escuelas del África subsahariana tienen instalaciones básicas de saneamiento y agua. Nuestros responsables educativos está lanzando ideas para la reapertura en septiembre, si es que se lleva a cabo. En todas prima el desinfectante: previo antes de llegar, mantenido cada día, apoyado en la separación física de quienes coincidan en las aulas, con seguimiento pormenorizado de unidades higiénicas dentro de la administración. En fin, con protocolos muy serios en donde los contactos quedan limitados a verse y escucharse, poco más. No va a ser sencillo recuperar ritmos pasados, pero llegarán más tarde que pronto. Después es posible que los afectos se manifiesten de formas diferentes; el yo y los otros adquirirá dimensiones diversas. La distancia social es un desinfectante con riesgos colaterales; ya se ha experimentado antes con las ideologías.

La mitigación de la pandemia y la adaptación a los nuevos protocolos sociales no es sencilla; necesitará bastante comprensión y algo de acompañamiento. Aquí sí que la sociedad educativa debe ser una comunidad de intereses compartidos, que se pueden acordar mirándolos siempre desde el bien común y la necesidad de no dejar a nadie atrás o apartado.

Héroes educativos en las ondas; merecen un aplauso unánime

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Estamos en España, uno de los países más castigados por el COVID-19.

Cerraron las escuelas y universidades. La educación formal (en todas sus etapas) entró en un receso. Cayeron principios básicos que antes fundamentaban los aprendizajes: la relación personal y el aprendizaje en grupo. El tamaño de la tarea de sustitución entrañaba múltiples dificultades. Las autoridades educativas apelaron a las ondas para hacer llegar los mensajes al alumnado de todos los niveles. El profesorado se vio inmerso en unos quehaceres para los que no estaba totalmente preparado, o no en la dimensión que se le exigía. Hizo un enorme esfuerzo por enviar reclamos educativos para el alumnado interconectado, no siempre en el formato aconsejado pero la cuestión admite disculpas. Una parte diseñó actividades diferentes a las que se realizaban de forma presencial, más atractivas y en formatos diversos. Otra parte se decantó por mandar trabajos sobre lo tradicional, en formato cansino. Pero las autoridades y el alumnado les exigían corrección rápida de lo propuesto, ahí estuvo un trabajo extra que los mantuvo al borde del enfado. Las cadenas televisivas y plataformas diversas inundaron las ondas de tareas y entretenimientos, un buen ensayo ante otros episodios de estilo parecido. Es pronto para enjuiciar la calidad de la respuesta al cierre de las aulas. ¿Qué parámetros objetivos se podrían emplear para ello cuando nada estaba previsto? Pero después hay que hablar del asunto.

Tras el receso toca evaluar: qué y cómo, para qué y a quién. Algunas autoridades, empeñadas en que la nota al alumnado es lo único que importa, quieren mantener el sistema clásico, como si existiera una obligatoriedad de aparentar que nada ha sucedido; corren el riesgo de verse ofuscadas por la razón, pero dudamos que esta se pueda concretar ahora, mucho menos que sea pedagógica. Harían mejor en atender qué ha supuesto el tránsito arrasador desde el libro de texto a lo digital, multiforme y más disperso, variablemente útil y entretenido, pero siempre limitado por la inconcreción de objetivos. 

El profesorado y el alumnado (desde Infantil hasta la Universidad) merecen ser añadidos a esos que se llama héroes frente a la pandemia. No les llegan aplausos. ¡Qué pena!, con lo bien que les hubieran venido para incentivarlos. A partir de ayer los pequeños pudieron salir al recreo, pasear por el mundo exterior sin dejar en casa el temor; pesada carga. ¿hasta dónde llegaremos en esta carrera? Nadie lo sabe. No será el fin de la escuela física, pero sí puede ayudarnos a un cambio de ciclo, a revisar qué es importante aprender y cómo, si las TIC estaban engrasadas. Para que esta emergencia no recidive, ni cambie de cepa, hace falta una seria reflexión sobre lo acontecido. 

Disfrutar del canto de los pájaros desde nuestras temporales jaulas

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De «Actividades para vivir el medioambiente desde casa»

Es difícil encontrar algo más bello que el poema Pájaro del agua de Juan Ramón Jiménez. Dice así: Pájaro del agua/ ¿qué cantas, qué encantas?/ A la tarde nueva/ das una nostalgia/ de eternidad fresca,/ de gloria mojada./ El sol se desnuda/ sobre tu cantata./ ¡Pájaro del agua!/ Desde los rosales/ de mi jardín llama/ a esas nubes bellas,/ cargadas de lágrima./ Quisiera en las rosas/ ver gotas de plata./ ¡Pájaro del agua!/ Mi canto también/ es canto de agua./ En mi primavera,/ la nube gris baja/ hasta los rosales/ de mis esperanzas./ ¡Pájaro del agua!/ Amo el son errante/ y azul que desgranas/ en las hojas verdes,/ en la fuente blanca./ ¡No te vayas tú,/ corazón con alas!/ Pájaro del agua/ ¿qué encantas, qué cantas?

Todos sabemos que en una ribera nunca faltan los sonidos de los pájaros. Se puede oír sin más o realizar una escucha atenta. Incluso hay alguien que logrará identificarlos. Quien lo desee puede viajar sin moverse de casa hasta el Museu del Ter para conocer a los pájaros del río, para identificar alguno, para disfrutar de sus cantos e incluso competir con quienes nos acompañan en casa para identificarlos. Pero la riqueza interactiva de este museo no acaba ahí. Los ríos son como la paleta de una artista llamada naturaleza. Al Ter también le pintó una variada vegetación de ribera, en la que colocó múltiples macroinvertebrados, bastantes peces, varios anfibios y algunos mamíferos. Esta Web es muy interesante. Hay que detenerse a mirar. Habla de los pájaros invernantes, estivales, residentes todo el año. Por cierto, se puede descargar el contenido en PDF.

Más de una vez nos habremos preguntado qué querrán decir los pájaros con sus cantos. Imaginémoslo: se contarán lo que hicieron el día de antes, o los planes que tienen para ese día. Otras veces emitirán llamadas de aviso, de búsqueda, o se sentirán contentos simplemente y querrán que el resto lo sepan. En más de una ocasión advierten a otros colegas de que están en territorio privado, o eso creen, pues en la naturaleza no hay fronteras. Escucha el canto de algunos de estos pájaros; y juega en familia a adivinar lo que quieren decir es un placer que nadie se debería perder. Con ellos se podría componer una bella sinfonía que titularíamos “La naturaleza alada habla”. Para quien no lo sepa, los pájaros son protagonistas en la música clásica como se explica Julio Andrade en este artículo; quién lo desee, seguro que enlazará fácilmente con las obras citadas. Por ahora facilitamos la entrada a la soberbia interpretación de Emmanuelle Bertrand de El canto de los pájaros de Pau Casals, símbolo de la paz y libertad en todo el mundo, de la cual también se puede disfrutar en otras versiones orquestadas. También a El lenguaje de los pájaros de Jean Sibelius por la NHK Shympony Orchestra.

Quienes amen la literatura no pueden perderse el poema El vuelo de Pablo Neruda, y el relato El príncipe feliz de Oscar Wilde. El multiforme canto de los pájaros, que sin duda expresa tanto esperanzas como temores, se expresa de muchas maneras.

Disfrutar de los pájaros sin salir de nuestra jaula/casa, por ahora. 

Ver artículo completo en Ecoescuela abierta de El Diario de la Educación.

El Covid-19 contagia gravemente a la educación en el mundo

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No te rindas que la vida es eso,/ continuar el viaje, /perseguir tus sueños,/ destrabar el tiempo,/ correr los escombros y destapar el cielo. Nos dijo Benedetti.

DECIMOTERCER DÍA DEL ESTADO DE ALARMA EN ESPAÑA, Y EL MUNDO TAMBIÉN SE ESTREMECE

Tal es así que ha expulsado de las aulas a más de 1.300 millones de estudiantes, lo cual supone el 80 % de la población estudiantil mundial. Este hecho, en unos casos dura más que en otros, supone un grave quebranto para ellos, sus familias y cada país en su conjunto. La UNESCO alerta en su último trabajo GEM de que las respuestas son muy diferentes en unos países y en otros. En unos casos se ha fortalecido la educación a distancia, en otros se ha hecho mediante MOOC o por televisión. Pero hay muchos niños y niñas, incluso estudiantes universitarios que no tienen pantallas, ni si quiera disponen de electricidad en sus casas. Siempre los pobres se llevan la peor parte de todo. Padecen la fatiga anticipada de la negación educativa, que destruye la humana ambición de huir de la miseria, que siempre resulta más fuerte si es iletrada.

El cierre de las escuelas no solo trastoca los calendarios escolares, que serán adaptados mejor o peor según se alargue la pandemonia. En las familias pobres impide el acceso a comidas nutritivas que les proporcionaba la institución escolar. El aislamiento social que supone la reclusión lleva pareja una sobrecarga de familias y cuidadores, muchos de los cuales no pueden/saben ayudar en las tareas sustitutivas que les mandan los centros escolares. No se sabe la duración de estos cierres; sí se puede intuir que el curso escolar ha acabado ya en algunos sitios. ¿Consecuencias visibles? El tiempo dirá. Seguro que los países ricos saben encontrar cuidados paliativos. Vaya desde aquí el homenaje a tantos profesores y profesoras empeñados en no romper los lazos educativos a través de la red.

En estos momentos en los que pocos se siente a gusto en su piel, en estos episodios de cierre escolar, hemos de acordarnos de todos esos niños y niñas refugiados y desplazados de Siria, Afganistán, Yemen; Eritrea o el África subsahariana, etc., para los cuales la escuela es un simulacro, como denunciaba UNESCO hace unos meses; cifraba en más de 250 millones los niños y jóvenes privados de escuela. Lo más probable es que el Covid-19 no tenga en cuenta desgracias previas y también se cebe con sus familias y con ellos. Nadie los protegerá de la posible hecatombe.

Hace falta un concierto mundial que ayude a la humanidad entera al cambio de era.