Sociedad

Educación acantonada: horizonte sombrío

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A uno le cuesta creer lo que no entiende; para otros la educación es fundamentalmente creencia sin ir más allá. En educación hay banderas y bandos. Cada tendencia asegura que busca la perfección, sabiendo que es una quimera. Cada nueva ley educativa se asemeja a una pulida colección de virajes erráticos, más o menos grandes.

Una parte del profesorado quiere elevar las leyes a la excelencia, otra la ignora y va a lo suyo; para buena parte pasará desapercibida. Las leyes siembran las semillas o enseñan las flores esperando que el público (profesorado y alumnado) las admire o ponga en un jarrón. Por lo que parece, cada día sabemos más de cómo educar y entendemos menos sobre qué educar. Lo que pueda saber el alumnado siempre será un grano de arena en una gran playa. Deberá emplearlo para construir o coleccionar; nunca será lo mismo. Todos tenemos derecho a saber y conocer; así podremos contribuir a construir un mundo más justo, o no. La cuestión principal siguen siendo las banderas o los iconos.

En las leyes educativas se potencia el aprender, muchas veces sin reflexionar. ¡Vaya pérdida de energía! Así no se fomenta el hambre de descubrir que enfatizaba Camus. Porque por mucho que insistamos en presentar lo esencial muchas veces es invisible a los ojos, o estos no conectan con el pensamiento. Para el profesorado, enseñar debería ser aprender a dudar. Se empeña en enseñar qué pensar, de ahí que contribuya a delimitar los cantones de las sucesivas leyes. Valdría más entrenar en cómo pensar, ya sea hacia lo simple o lo complejo, con más o menos compromiso. 

La educación española balbucea en la penúltima ley; la última será la del partido que gane las próximas elecciones. Esto va de cantones. Entre el profesorado hace tiempo que se instaló la esperanza perdida, que es el peor de los desastres educativos. Tampoco ayuda que la sociedad no se dé cuenta de que la vida es una continua educación. Un proceso que no termina nunca si las semillas germinaron y los brotes fueron bien abonados. Lo contrario sería un permanente estado de tedio, que ha cubierto desde antiguo buena parte de los cantones. Además, los partidos políticos han ido cavando zanjas alrededor de los exclusivismos.

Quienes impulsan las sucesivas leyes educativas olvidan que hay que regarlas continuamente, dentro de la escuela y fuera. Si así fuere, quizás bastantes profesores y profesoras tendrían a mano la solución a los problemas que seguro se les van a presentar a su heterogéneo alumnado. ¡Se habla tanto de la inclusión educativa, de la educación para la vida! En demasiadas ocasiones lo aprendido en la escuela sobre una temática ecosocial, aspectos de la crisis climática o la educación para la ciudadanía global por ejemplo, se contradice con las maneras de conducirse la sociedad. Zonas estancas dentro de los cantones.

Pronto vendrán las vacaciones. ¿Y después? Ojalá los cantones sean capaces de aliarse en un Pacto por la Educación y construyan puentes de tránsito educativo. Que sirva también para quienes tienen menos posibilidades por el entramado social donde viven u otras causas relacionadas con las capacidades.

Ahora a vivir de la despensa ecológica

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El pasado día 12 habríamos consumido en España todo lo que el sistema tierra-aire-agua y social que nos corresponde habría sido capaz de generar durante el año 2022 completo. O dicho de otro modo: si todos los habitantes de la Tierra llevasen nuestro tren de vida ese día se deberían cerrar los supermercados de recursos ambientales. Lo dicen los cálculos del Global Footprint Netword, criticados por ciertas entidades que tienen intereses varios en la dinámica comercial. Nuestra huella ecológica no debería haber ido tan allá, pero aquí estamos echando mano de la despensa, bien sea propia o ajena. Cada año que pasa la fecha del sobrepaso se adelanta, la de España y la mundial. Y claro, hay que utilizar para vivir el remanente que durante tantos centenares de años fue generando el sistema global, que no sabemos cuánto durará.

La despensa ambiental es la depositaria del tiempo. En algunos lugares nació con esplendores varios mientras que en otros solamente exponía limitaciones. Para quienes no estén muy puestos diremos que para calcular el día del sobrepaso se tienen en cuenta dos cuestiones básicas: la biocapacidad de la Tierra (cantidad de recursos que el planeta puede generar ese año en las grandes áreas como las tierras de cultivo, las dedicadas al pastoreo, los enclaves forestales, las zonas de pesca y también las tierras edificadas. El segundo concepto que se emplea para ese cálculo es la huella ecológica, es decir, cuánta superficie de estas áreas productivas necesita determinada población (la de un país o la mundial) para “producir todos los recursos que consume y al mismo tiempo absorber los desechos que genera”.

Entre todas las despensas, que se rellenaban más o menos según lugar y otras circunstancias, componían el ecosistema Tierra, que cada vez se siente más vacío de valor. El asunto no afecta solamente a España, por desgracia. Si mal no recuerdo, hace unos 50 años, ese día del sobrepaso mundial se establecía alrededor del 30 de diciembre. Desde entonces la fecha se ha adelantado más de 200 días. 

Vamos a suponer, aunque sea mucha benevolencia, que gobiernos, empresas y ciudadanía quieren ponerse a trabajar para devolverle parte de lo robado al planeta. Hagan todo lo posible, pero sepan que las ONG ambientalistas no tienen dudas en que este déficit de esperanza de vida global es debido, entre otras causas, al actual modelo de producción y consumo. Generador además de buena parte de la crisis/emergencia climática y de la destrucción a ritmos acelerados de la biodiversidad.

Ahora viene la moraleja: si sabemos qué lo provoca cómo somos incapaces de reducir esos qué. La fábula de Jean de La Fontaine «La encina y la caña» venía a decir, más o menos, que en momentos de adversidad y problemas, la soberbia tumba incluso a los menos débiles. Por contra, el ejercicio sencillo y comprometido de la vida que practican los sensatos y humildes la sostiene.

El avance de la desertificación no cotiza en política

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Desertificación es una palabra poco amable, apenas se escucha en la vida cotidiana. Escasamente la emplean la gente que mira desde la geografía o el ambientalismo hacia el lugar donde vive y un poco más allá. Sin embargo, la lucha por evitarla debería ser una línea de retención para asegurar la vida futura. A veces no se pueden construir los diques vivenciales, pero en otras sí. Se dice, más o menos, que un territorio está en camino de sufrir desertificación cuando la proporción entre la precipitación anual y la evapotranspiración potencial está comprendida entre 0,05 y 0,65. Así lo marca el Convenio de la ONU para la Lucha contra la desertificación (CNULD). Casi todo el territorio español son áreas áridas, semiáridas y subhúmedas secas. Una mirada al mapa que define los territorios de España en esta situación produce temores, y el problema es que no hace sino aumentar. 

El riesgo y avance de desertificación no cotizan en las sedes parlamentarias de España. Apenas se les nombra y cuando se consiguen delimitar acciones importantes, como el ya antiguo Programa de Acción Nacional contra la Desertificación, estas acaban enseguida en el cajón del olvido. Así pues, no debe extrañarnos la reciente información periodística que afirmaba que las 3/4 partes del territorio es susceptible de desertificación, y eso solamente debido a causas climáticas. Merece la pena  echarle un vistazo  a esta entrada y revisar causas y repercusiones. Vienen varias informaciones globales y por comunidades autónomas.

Lo peor de lo malo es que la acción humana hace mucho para aumentar este riesgo. Greenpeace viene llamando la atención sobre el problema, que es global. Con su permiso recogemos lo que decía en junio de 2021:

  • Siete de las diez cuencas hidrográficas con mayor sequía crónica de toda Europa se encuentran en España
  • Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, se prevé que la Península Ibérica sea la región europea más afectada por la sequía
  • La sobreexplotación de los recursos hídricos, la agricultura intensiva y la urbanización irracional, están entre las principales causas
  • Solo cambiando mucho las políticas hidráulica, forestal y agrícola podemos frenar uno de los principales problemas de nuestro futuro

Aunque insistiremos sobre el tema hacia el 17 de junio, Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, el problema es tan grave y urgente, veamos lo que está sufriendo Doñana y los peligros que la acechan, para que la política en su conjunto actúe, vea la realidad del problema. ¡Qué alegría si celebrásemos ese día con proyectos y avances atrevidos!

El gas consumido como moneda de pago ético

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Las atrocidades que están cometiendo los proyectiles rusos se difuminan en el gas consumido por las economías europeas de la UE, que tantas amenazas han lanzado contra la economía rusa. En casos como este, el pensamiento, por más altruista que sea, no da de comer, no mueve la industria ni los transportes, no incrementa las cuentas de resultados de las grandes multinacionales. Por cierto, algunas de ellas se están enriqueciendo a manos llenas con la guerra y sus consecuencias.

En bastantes ocasiones, la sociedad que pretende ser ética se mantiene sin caer a plomo a costa de mirar hacia otro lado cuando el espectáculo la contradice. Pero el asunto no es sencillo. Planteemos la siguiente hipótesis: se celebra una consulta popular en los países de la UE. Solo con tres cuestiones: A su juicio: A. Se debería priorizar el mantenimiento económico, o el crecimiento del PIB, de su sociedad; B. Habría que renunciar al consumo de gas ruso aunque supusiese posibles desgracias (los precios más caros, imposibilidad de viajar en determinados casos, cierre de muchas industrias, aumento del paro, etc.); C. No sabe, no contesta. Es posible que el resultado no fuese favorable a la segunda posibilidad. Quien busca la verdad corre el riesgo de encontrarla, vino a decir alguna vez Manuel Vicent. La ética no es una amiga permanente; si lo fuera no fallaría cuando más necesidad tenemos de ella.

Demos tiempo al tiempo. La ética global y sostenible, ahora con mil caras y adornos, se materializa en dineros a nada que nos descuidemos. Pero mientras el cielo se derrumba sobre nosotros, explórense todas las posibilidades para mantener una ética global de la que nos sintamos un poco más orgullosos. No vaya a sucedernos aquello que temía Jean Paul Sartre: Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad.

 

Invertir en la Tierra da réditos de supervivencia global

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Todos los años aparece en el calendario mundial para decirnos que está ahí. Cada 22 de marzo se generan multitud de noticias y actos que hablan de un continente olvidado, casi desaparecido, llamado Tierra. Por eso hemos querido retrasar un poco esta entrada, para que la ola biogeográfica llegue más de una vez a la orilla pensativa de quienes más pueden hacer por no estropear su devenir natural. Siempre se suele decir que es nuestro continente. Iría mejor hablar que es el lugar que nos contiene, del que somos deudores como el resto de las criaturas que lo habitan. Unos y otras somos privilegiados. Pero ya se sabe, cuando algo no falta poco suele recordarse a menudo.

La Tierra es vida; ahora enferma porque debe cogestionar demasiados cambios bruscos. Algunos son propios de su existir, y cambiarían de forma progresiva o regresiva en su entropía permanente. Mientras que otros se han incrementado aceleradamente a causa sin duda de la sensación de pertenencia que los humanos tenemos con respecto al Planeta.

En los mensajes que se prodigan estos días manda el hecho indudable de la contaminación del aire, que también pertenece al sistema Tierra. De esto se habla mucho pero no se escucha apenas, al menos lo que debiera. Seguro que el Planeta está triste por esa falta de atención, que es global. Tierra antigua que se mezcla con una nueva, que cambia los ritmos vitales de forma acelerada. Se dice con vanagloria que poco a poco la especie humana conquistó la naturaleza. Craso error pues la conquista supuso demasiada destrucción. Si pudiésemos hacer un viaje en el tiempo retrocediendo unos 2.000 años no la reconoceríamos. Este sistema biogeográfico es un ir y venir unas veces calmado, otras convulso. Por eso no debe haber un solo Día de la Tierra.

Las personas, como colectivo, somos arrendatarias de su destino. Pero la están destruyendo y acabarán quedándose sin oportunidades. Algo así vino a decir la pintora mexicana Frida Kahlo. ¿Qué pensaría ahora vistos las crisis causadas por el cambio climático, la COVID-19 o las guerras? ¿Con qué trazos pintaría al Planeta y sus criaturas?

Vivir es una experiencia compartida, por eso deberíamos tener señalado en todos los días de nuestra agenda el deber de acaparar lo menos posible para que nada cambie demasiado rápido, o sea irreparable. Alguien tan respetado como John J. Audubon manifestaba que los verdaderos conservacionistas son quienes saben que el mundo no ha sido heredado de sus padres, sino prestado por sus hijos. En cierta manera todos tenemos interés en seguir siendo habitantes de la Tierra, luego deberíamos hacernos conservacionistas, aunque nada más fuese por egoísmo. Debemos comprender el valor de la naturaleza en sí misma y actuar en consecuencia. Si así sucede, la naturaleza permitirá que los humanos estemos mucho tiempo más con ella.

Me gustaría terminar este chispazo invitando al pensamiento crítico en torno a una frase del filósofo argentino Santiago Kovadloff: “Durante centenares de miles de años, el hombre luchó para abrirse un lugar en la naturaleza. Por primera vez en la historia de nuestra especie, la situación se ha invertido y hoy es indispensable hacerle un lugar a la naturaleza en el mundo del hombre”. Ahora a esperar hasta abril de 2023, pero manteniendo la mente comprometida en torno a lo que significa el Planeta sin tener las manos quietas, comprometiéndonos sin excusas en las reparaciones que podamos desarrollar, individual o colectivamente.

Las bombas del hambre son de racimo y largo alcance

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Las bombas lanzadas por los rusos en Ucrania han causando el hambre entre la población, además de otros daños irreparables. Después del desastre global de la pandemia, las bombas rusas han hecho tambalear la economía mundial, por ahora bastante aunque desconocemos el impacto pasados unos meses. Se dice que pueden provocar hambrunas en lugares lejanos. Las secuelas de la guerra ya se han hecho evidentes en alzas de precio generalizadas, tal que si fueran bombas de racimo que dañan amplias superficies y afectan a gente situada fuera del epicentro explosivo. Desde los países europeos y ricos se odia al jerarca ruso por sus maldades y por las desgracias causadas en forma de abastecimientos de materias primas. Pero vendrá mucho más.

Porque las bombas del hambre son a la vez de racimo, tóxicas y de largo alcance; no queremos ni nombrar a las aniquiladoras totales. Tanto impacto causan que se habla ya de una epidemia del hambre a escala mundial. Las bombas han cerrado los canales por donde circulan productos alimenticios ucranianos y rusos (proporcionan un tercio de los cereales que alimentan al mundo global) que son la base de la subsistencia de muchos países alejados del foco bélico. La subida de los cereales, ya pone en riesgo la seguridad alimentaria de muchos países de África y Asia, allá donde se amontonan los más pobres de entre los pobres. Allá donde dejan secuelas permanentes.

La ONU advierte de que la crisis provocada por la invasión de Ucrania por Rusia corre el riesgo de llevar a 1700 millones de personas, más de una quinta parte de la humanidad, a la pobreza, la indigencia y el hambre. Hasta el momento ya han conseguido evaporar la ética universal y han provocado el descreimiento global de un mundo con menos desigualdades, de la posibilidad de que el diálogo tenga sus réditos. Ojalá acabe pronto y se empiece a reconstruir un modelo de convivencia en donde el hambre y la pobreza, las guerras, y otros desastres sociales sean una parte de la historia acabada.

Descubrimos que el solucionario de los incrédulos climáticos está en blanco

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La vida sigue igual, y no nos estamos refiriendo al éxito de aquel cantante español. Hablamos de la climática. Igual pero con dimensiones distintas. Más cambios, más grandes, más urgentes y sin embargo, parece que la gente, en sentido universal, está dormida. O tiene tantas preocupaciones diarias que le impiden avanzar en el tiempo. Los incrédulos climáticos tienen un solucionario: si no te afecta bruscamente, si no te empuja por un precipicio, si no arden tus propiedades, si no te ha chamuscado hasta las cejas, etc., déjala pasar que mañana será otro día. 

El solucionario de los incrédulos no necesita fechas, no dice cuando se arreglará el panorama mundial que sí afecta al resto de los vivientes. El IPCC, ese conjunto de científicos que no les hacen ni cosquillas a los incrédulos, afirma con rotundidad que el planeta ya no va a ser el mismo y que hay cambios irreversibles que no hacen bien a nadie. Pero también habla de que existen las herramientas para limitar algunos efectos. Se sabe que estos últimos años la contaminación del aire no ha crecido a la velocidad de antes, pero también se constata que no se ha hecho lo suficiente para controlarla más. 

Estamos en la cuenta atrás. «Las emisiones de gases de efecto invernadero deben llegar a su momento pico antes de 2025, con ese año como punto de límite. Además, deben caer hasta reducirse un 43% para 2030», dice el último informe del IPCC. Se desgañita Antonio Guterres, el Secretario General de la ONU, con sus advertencias: Los topes marcados por el IPCC no son ficción, no son exageración, antes bien algo real que deja claro lo que se le viene encima al planeta. Una advertencia general nuestra: somos parte de ese planeta, por más que muchas veces lo disimulemos. 

Descubrimos que el solucionario de muchas empresas y gobiernos que se apuntaron al pacto verde europeo tiene poco más que las tapas, muy bonitas eso sí. La únicas hojas escritas sirven para demostrarse a ellos mismos que si un problema tiene solución se arreglará libremente, y que si no la tiene por qué preocuparse. No han debido leer nunca lo que dicen que Albert Einstein, le han atribuido tantas frases que ya dudamos de muchas de ellas, dijo: los problemas de hoy no los puedes solucionar pensando (y actuando) igual que pensabas cuando los creaste. Casi podíamos resumir nuestro solucionario en esa frase. Pero mientras lo hacemos queremos darle una vuelta a aquello que afirmaba el filósofo Ludwig Wittgenstein referido a la cosa matemática: «No hay enigmas. Si un problema puede plantearse, también puede resolverse». ¡A ver si se van a agarrar a la idea los incrédulos climáticos» 

Hace años ya era tarde para retener el cambio climático, pero todavía podemos aminorar su magnitud

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Dice el último informe del panel IPCC que el pico de las emisiones de gases de efecto invernadero debería conseguirse en 3 años, y a partir de ahí bajar por un pendiente sostenida. Todos somos conscientes de que se nos acabó el tiempo de gloria consumista y del estado de binestar sin esfuerzo propio, pero también conocemos que no todo está perdido. Alguien dirá que está hasta … de tanto aviso. Que no será para tanto cuando seguimos viviendo, que es más importante acabar con la COVID, con la guerra de Ucrania o encontrar un trabajo digno que nos permita aspirar a logros mayores en nuestro bienestar. Pues no, se equivocan. Lo de la huella ecológica de cada cual por su consumo de combustibles fósiles o con productos y materiales tiene repercusiones en la vida propia y de los vecinos.

Las mujeres y hombres que constituyen el panel que estudia el clima en la ONU avisan de que el calentamiento amenaza el bienestar humano y la salud planetaria, que será letal para una parte de la humanidad, porque la vulnerabilidad es otra de las desigualdades de la sociedad actual y futura. La lectura de miles de investigaciones les obliga a reconocer que “el alcance y la magnitud de los impactos” de esta crisis “son mayores de lo estimado” hasta ahora. Mientras los gobiernos de los países ricos, no tenemos datos de los de los pobres, siguen primando el consumo de combustibles fósiles. 

Hace un par de días escuchaba decir a un afectado por las convulsiones del Mediterráneo que era la cuarta vez que este año se le destrozaba su negocio de restauración colocado al borde de la playa. Me interesaría conocer a qué achacaba esa desgracia. Por lo que leo en un periódico, el problema es que no dará tiempo de restaurar todo antes de las vacaciones de Semana Santa y muchos negocios perderán. Me pregunto qué no hemos entendido del cambio climático, o nos negamos a ver. Los medios de comunicación y las administraciones son cómplices de la falta de educación informal de la gente sobre este asunto.

El reciente récord de temperaturas alcanzado en la Antártida no es una buena noticia. Empecemos a pensar lo que les sucedería a las zonas de la playa mundial, el agua de los océanos fluye a lugares lejanos por si no lo sabían, se se repite esa tendencia. Digámosles que uno de los reguladores del clima son las corrientes oceánicas, que están cambiando de patrones de funcionamiento. Por eso no nos parece desacertado el título del artículo de El País que enfatiza diciendo «Ahora o nunca«. No lo veamos como una catástrofe sino como un recordatorio del día a día.

 

Los girasoles maldicen la guerra en Ucrania

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Parece ser que los rusos del presidente Putin, con su manía de ampliar su ancho territorio y otras razones ideológicas o no sé de qué tipo, le han declarado la guerra a los girasoles ucranianos. Aunque sea indirectamente, por ahora no tenemos noticias de que los bombardeen, están impidiendo que los girasoles ucranianos, más bien su aceite deleiten los paladares de mucho gente de todo el mundo. 

En su vuelta alrededor del Sol la tierra ucraniana, como todas verá un «giro aparente» de la luz solar de este a oeste. Pero no solo sus habitantes lloran sus penas; los girasoles habrán sufrido de lo lindo, no sabrán dónde mirar, no sintonizarán con la imagen de su entorno, como si se hubieran quedado ciegos. Esto me trae a la memoria el poema Los girasoles ciegos, aquello que escribía Antonio Machado y según entendí surgía de una metáfora de la Biblia que aludía a la desorientación de la humanidad.

Un gran despiste notará durante bastantes años la economía de ese país, que es la suma de la despensa emocional y material de cada uno de sus habitantes. El asunto pone al descubierto la interconexión de las economías, lo poco que puede valer ser un gran productor de algo. Los vecinos pueden tener envidias; de estas dicen que hay varias en la invasión rusa. Todo el país quedará en bancarrota y los demás sufriremos temblores, qué decir de los países pobres…Porque las guerras destruyen todo a su paso. Al escribir esto he actualizado mi conocimiento de Alberto Méndez, un gran autor oculto para la literatura conocida, que también compuso sus Girasoles ciegos, plenos de pequeños detalles. Supo componer un canto a la dignidad de la gente sufriente de la Guerra Civil de España. Esta controvertida estampa, un girasol ciego tiene un oscuro porvenir, la llevó al cine José Luis Cuerda en 2008, con intérpretes de la talla de Maribel Verdú, Javier Cámara y Raúl Arévalo entre otros. Pero parece que la película no estuvo a la altura del libro. En esto de plasmar con palabras los sentimientos ciegos o quemados en una guerra me pregunto cómo pintaría Vincent van Gogh, con una mente tan compleja, los girasoles ucranianos? Bueno, a lo que vamos.

En grandes cifras, Ucrania exportaba el 46 % del total mundial de aceite de girasol en 2019. Ahora ya no, está guerra  ha provocado que el precio de la botella de aceite se haya puesto por las nubes en toda Europa. También lo notarán todas las conservas, sardinas y atún por ejemplo, en la que el poder conservador del aceite es fundamental y otros muchos.  Además, si los ucranianos no exportan su cosecha, y los rusos (2º país exportador) se ponen chulos esto se complicará. De hecho, entre los dos países suministran las dos terceras partes el aceite de girasol globalizado. En los supermercados españoles ya notan el acaparamiento de algunos consumidores; dicen que algunos países van sufren desabastecimientos o colapsos publicitados. 

Pero no solo la guerra está en guerra con este producto. El encarecimiento global de muchas materias primas nos puede colocar a todos en el preludio del colapso, o acaso es un intermedio de no se sabe qué. Todo esto nos sirve para valorar si la dependencia de los demás, aunque el comercio mundial explote a algunos países poco poderosos, nos hace más libres. Aquello de la globalización era un globo sonda que ha resultado maléfico. Al final nos condujo al «aparheit» planetario según expresaba Jorge Riechmann, uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo.

Alimentación sostenible en España, y ¿en el mundo?

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Hace unos días la Fundación Alternativas publicaba El libro Blanco de la alimentación sostenible en España. Merece la pena una lectura reposada porque habla de aspectos de la vida que hay que valorar, concertar, de cara al futuro. Así, destacamos cuando habla de que la inseguridad alimentaria va más allá de las colas del hambre; de que hacen falta Sistemas agrícolas que minimicen sus impactos medioambientales y vayan en la dirección de una adaptación al cambio global que hemos de concretar; de que los sistemas ganaderos deben realizar una transición que concluya en una menor producción y consumo pero de mayor calidad; de que en todo este entramado debe concretarse un ciclo hídrico sostenible con adecuadas medidas de gestión de la demanda y una visión ecosistémica de la oferta; de que la logística y la distribución asociativa aminoran los desperfectos ambientales y protegen las economías de tránsito.

Nos invita a preguntarnos si son necesarios unos enfoques territoriales para una alimentación sostenible de verdad en conjunción con un mundo rural vivo permanentemente; sobre la inocuidad de los alimentos de todos los alimentos y la eliminación de los riesgos químicos evitables. En fin, de lo que significa un consumo alimentario responsable. Además plantea el reto de educar a la ciudadanía para una que adopte una alimentación sostenible y saludable, para que se mantenga vigilante ante la publicidad alimentaria y todos nos preguntemos, las administraciones y las empresas también, sobre la efectividad de las políticas fiscales para una alimentación sostenible. Parte de lo expresado queda resumido en sus conclusiones: un completo vademécum para la vida diaria. Alguien dijo que en la alimentación reside la visión nuclear del mundo; esperemos que no llegue a explosionar.

Nos preguntamos si estos postulados servirían para todo el mundo, si hay enclaves de presión particular que lo puedan dificultar, si el cambio es muy profundo y costará llegar al ideal final. En fin, ahí tenemos unos cuantos temas para el debate familiar, en el trabajo, en los medios de comunicación y mucho más en los ámbitos de la administración y en los sistemas comerciales que la presionan.

Revisemos en los medios de comunicación accesibles en Internet cómo va este asunto en el mundo.

Preparándonos para lucir la lucha climática.

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Es mañana pero aquí lo traemos hoy, casi en forma de contrapuntos entre mundos diferentes: el individual y el mundial. Digamos que lo primero es parte de lo segundo porque se manifiesta en forma de un destino, deseado u obligado por las circunstancias climáticas. Alguien anda por ahí encerrado en una cáscara de nuez, como si no le afectara nada. Alguien que en realidad son bastantes; todos no. Porque el tiempo que le falta al clima para ser catástrofe no se mide con los relojes, sino con los sentimientos. Porque el rastro de cada cual va más allá de las huellas que dejaron sus zapatos. Hay gente tan despistada o egoísta que cuando la ciencia descubra donde está el centro del clima se va a enfurecer al descubrir que no es ella misma. No sabemos cómo reaccionará al saber que este invierno ha sido el más caluroso desde 1961. 

Lucir o enlucir el clima, ¡Vaya impertinencia! Más de uno de los que se mirasen en un espejo para ver cuál de las dos tareas están realizando desaparecerían al instante. Frente a los activistas por el clima están quienes no hacen nada, tienen la ventaja de que nunca yerran. Aunque a decir verdad, la mayoría de los humanos climáticos tenemos un polo positivo que atrae y uno negativo que repele; todo depende de quien nos mire. Lucir o traslucir, enlucir o deslucir, son cosa particular y colectiva. Con todo, la humildad climática consiste en transigir con nuestros errores y ser conscientes de que la moderación consumista y el compromiso personal casi nunca encuentran aplauso fuera de nuestra propia esfera. A veces hemos de conformarnos con no ser de lo peor que hay, que nos suena como a un elogio. ¡A ver si la felicidad, climática, va a consistir en saber unir el principio de lo que hacemos con el final de lo que conseguimos! 

Se me había olvidado. Ayer 23 de marzo se recordaba el Día Meteorológico Mundial. En esta página se contaban los desastres provocados por las bruscas o largas variaciones meteorológicas. Atentos a los informativos el día 26 para ver qué nos cuentan sobre el Día Internacional contra el Cambio Climático, hay dos en el calendario. Imaginamos que entre todo lo hablado entenderemos algo del momento crítico, pero no sabemos lo que quedará en la conciencia colectiva unos días después.

El agua olvidada en un mundo convulso

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El título de esta entrada está casi copiado de una obra literaria. Quiere llamar la atención sobre el agua que somos. Necesitamos llenar nuestro diario del agua, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, en cualquiera de las actividades de trabajo u ocio. Por eso se verá que la relacionamos con todas las categorías de este blog. No llueve y los embalses están casi vacíos, como retándonos al olvido que seremos por no saber recordar.

Según parece, en la mitología griega, a quien moría le daban a elegir antes de volver a nacer dos posibilidades: beber de un río que le proporcionaba el olvido absoluto de su vida anterior y el otro le otorgaba la posibilidad de recordarlo todo. Habida cuenta del riesgo en que nos encontramos en relación con la disponibilidad del agua cabe preguntar algo parecido a cada una y a todas en conjunto de las personas: nos olvidamos del pasado y presente de nuestra relación con el agua o mejor recordamos todo lo pasado para sostener un futuro menos incierto. 

Desde muchos lugares se nos lanzan mensajes que nos recuerdan el riesgo de los olvidos. Hoy mismo, 22 de marzo, se celebra el Día Mundial de las Aguas, en plural porque aguas hay muchas, con diversos usos, en formatos más o menos útiles para nosotros, en el planeta de las aguas que es la Tierra. Lo sabe bien quien se crió en la estepa monegrina, en donde se adoraba el agua por su escasez. Las generaciones posteriores habrán bebido otras aguas, pero siempre quedará en el recuerdo las balsas donde se recogía el agua de lluvia, siempre escasa, para beber. Atrás quedaron las novenas y la canción infantil que imploraba que lloviese a la Virgen de la Cueva.

Por entonces nada se decía de esos 60 litros por persona y día como derecho humanoLa ONU viene publicando cada año sus informes esos que nos dicen cómo va evolucionando el derecho, que todavía no disfrutan cientos de millones de personas Hay que leerlos y saborearlos para entender el agua que fuimos y podemos ser.

Agua de Alfonsina Storni, que veía «Elásticos de agua mecen la casa marina. Como a tropa la tiran. La tapa del cielo desciende en tormenta ceñida: Su lazo negro. Vigila. Asoman en la tinta del agua su cabeza estúpida las bestias marinas». Agua para no olvidar. Como aquella agua cortesana de la que hablaba Juana de Ibarbourou: El agua tiene un alma melancólica y suave/ que en el lecho arenoso de las ondas solloza,/ atrae, llama, subyuga. ¡Dios sabe si la nave/ que naufraga, en sus brazos de misterio, reposa!

Agua de ayer y de hoy para no olvidar ni a los que la despilfarran ni a quienes no la tienen ni para satisfacer sus necesidades básicas.

Leer el artículo completo en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

Día Mundial de los Bosques, complejos mundos donde no solo hay árboles

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Como antaño, el árbol tiene su día en el calendario mundial y son muchos los lugares en donde escolares o personas mayores ejemplifican eso que dicen que asegura la vida completa: plantar un árbol. Hoy mismo se celebra en todo el mundo un recuerdo al árbol, al tótem sagrado que ha sido utilizado siempre para representar a los bosques. Durante mucho tiempo se denominó «del árbol» pero la ONU decidió en 2012 cambiarlo por el Día Mundial de los Bosques. Así daba valor a los ecosistemas complejos que forman los bosques, no solo los árboles. A estos ya los había homenajeado Joan Manuel Serrat. Nos cantó la rebelión de los árboles solidarios del mundo, poniendo música al cuento de Mario Benedetti. Pero los bosques son algo más, son un compendio de biodiversidad allá dónde existen, por pequeños que sean. El amor al bosque lo poema como pocos Nacha Guevara, aquella actriz y cantante que supo hablar claro y alto en No llores por mí Argentina.

Hay cientos de cuentos sobre los bosques pero de lo que vamos a hablar aquí no es ningún cuento. Procede de un artículo publicado en elDiario.es. Lleva por título una alerta poderosa: La crisis climática empuja a la selva del Amazonas a un punto de no retorno en su senda de degradación. Cuenta las conclusiones de una publicación de la revista Nature en que se afirma que «El 75% de la selva amazónica muestra un incremento en su deterioro desde el año 2000 “compatible con la aproximación a una transición crítica” en la que “la deforestación y el cambio climático pueden haber empujado a la Amazonía hacia un umbral de extinción del bosque”. Uno de los grandes pulmones del Planeta en riesgo de no serlo. Nos recuerda que entre la deforestación, los grandes incendios forestales intencionados o no, el creciente cambio climático y el uso del terreno para actividades humanas están aniquilando la selva.

Una curiosidad: ¿Tiene pensando algo especial para acordarse hoy de los bosques? ¿Acaso la planificación de una acción posterior? Se puede empezar por una respiración profunda pensando en ellos, una mirada cómplice al contenedor azul de su calle junto con el deseo de visitarlo más a menudo.  Pueden visionar El hombre que plantaba árboles de Jean Giono, con la pretensión de que pasado un largo tiempo llegasen a ser un bosque. O quizás regalarse, para leer en familia y prestarlo después, Walden.La vida en el bosque de H. Thoreau o el más actual Un bosque herido de José Ignacio Vesga.  Adelante. Artemisa y Silvano, cuidadores de los bosques, se lo agradecerán, y las generaciones futuras también.

Las guerras son un nunca jamás. Anulan la esperanza

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Quino nos trajo a Mafalda en muchas ocasiones explorando e interpelando al globo terráqueo. Lo miraba y daba vueltas sobre su eje inclinado. Pensaba, más bien estaba convencida de, que los países gordos anulaban a los chicos, de que había muchos nortes que aplastaban a casi todos los sures. Pensaba quiénes mueven el mundo. Si eran aquellas personas que se niegan a creer que la Tierra gira alrededor del Sol, y no de ellas. Esas mismas que marcan la cercanía a la luz planetaria. Siempre ha habido imbéciles que han llegado a lo más alto. Ahora vería un trozo del norte aplastado, girando como si fuera una centrifugadora. ¿Qué diría?

Hay dictadores mundiales que emulan estupendamente al francés Luis XIV y otros jerarcas, seguros de que la vida mundial no existe, que ellos son el sol y pueden calentar más o menos según dónde y a su antojo. Leíamos hace 9 años en un periódico de justificado renombre una entrevista en la que Emilio Lledó decía que ya estábamos en la Tercera Guerra Mundial, la de la desesperanza. Añadía que «El mundo está fatal por culpa de la codicia y la ignorancia”. Hace poco tiempo, Adela Cortina lamentaba que después de todo lo vivido en Europa en el siglo XX no hubiésemos aprendido nada.

Leamos los libros de historia. Están atiborrados de egoísmos patrióticos. Parece que existe una tendencia natural humana desde el neolítico hacia la guerra. Frente a todo esto somos poco críticos. Nos cuesta reconocer, a estas alturas del siglo XXI, que no hay nada que la guerra de Ucrania haya supuesto de victoria. Siempre se hubiesen logrado más avances sin ella.

Cuando esto se acabe, ojalá sea pronto, alguien tendrá que recoger los escombros materiales, sociales y personales. Los primeros pueden ser más o menos costosos, el resto será imposible de restañar pues quedó manchado de odios y egoísmos. Por más que intentemos resolver las raíces de las desigualdades estas se convertirán seguramente en potencias.

El mundo puede dejar de perder su esencia básica: la libertad. Hace falta recordar aquellas palabras de un ruso americanizado que falleció ahora hace 30 años. Afirmaba el maestro de la ciencia ficción Isaac Asimov: No solo los vivos son asesinados en la guerra.

Una y otra vez las esquirlas incrustadas en el cerebro y en los corazones duelen siempre. Muchas no dejan de supurar nunca.

Leer el artículo completo en «La suma de egoísmos eleva la raíz cuadrada de las dificultades» del Blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

Después de cada guerra toca remover escombros y retoñar esperanzas

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La invasión rusa de Ucrania nos dejará ruinas emocionales y materiales. En esta ocasión no es nada creativo el chispazo. Es simplemente, o nada más que, un poema de Wislawa Szymborska, la polaca Premio Nobel de Literatura 1996, que bien sabía lo que supone una invasión rusa. Podemos leerla en versión marzo de 2022. Después respondernos a muchas incógnitas que plantea.

Cuando dice alguien se refiere también a nosotros, que debemos ser parte comprometida en cuidar la heridas y en fomentar la cultura activa de la paz.

Vivimos tiempos difíciles, plenos de incertidumbres, en los cuales la guerra se parece a un volcán. Va dando señales de actividad interna -acusaciones de unos y otros- hasta que explosiona en forma de enormes bombas que llegan más cerca o más lejos, cenizas y escorias y más desastres que todo lo cubren. 

Toca despertar de la indiferencia, volver a repasar las lecciones de causas y consecuencias de los silencios, de aquellas señales de actividad que lo propiciaron. Después ser parte de algún alguien.

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.

A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.

Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.

En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.