Sociedad

Hasta la ley quiere reducir el cambio climático

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Mal que nos pese, el cambio climático es todavía un espacio social sin alerta contundente, a pesar de sus riesgos, algunos muy graves y de difícil gestión. Debe abordarse con un gran compromiso social. En España se acaba de aprobar una Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Se trata de poner en marcha transformaciones que hagan más racional la movilidad, la generación energética y su consumo o la industria turística; entre otras muchas cosas.

Si la ley fuese perfecta, si en su desarrollo se implicasen todas las fuerzas sociales, las administraciones y la ciudadanía, nos acercaría a esa utopía que quiere detener buena parte de las afecciones del cambio climático en todo el mundo. Gente de ciencia, ONGs y cada vez más entidades públicas y privadas son conscientes de que su aspiración nunca debe parecer inalcanzable, por más que ahora mismo sean visibles múltiples transgresiones que la dificultan demasiado.

Pero toda ley tiene tramitaciones que la despojan de parte de su ser. Se cuenta que al final las leyes se convierten en el máximo posible o en el mínimo común. De ahí que no lleguen a la ciudadanía las mejoras buscadas. Si lo hiciese es posible que se entendiesen los protocolos del camino a recorrer, para acelerar el paso si se intuye que la resolución de la crisis climática se ve cada vez más lejos, para demandar cambios a los poderes públicos y comerciales.

Los medios de comunicación no se han ocupado del tema, con escasas excepciones. En general han estado más pendientes de los argumentos de laboratorio mesiánico de algunos negacionistas exhibidos en los diferentes ámbitos legislativos, de partido y mediáticos.

Desde diversas instancias se ha criticado la escasa ambición de la ley, que le falta velocidad en sus fases y deseos más contundentes, que no lleva pareja una educación ambiental que sostenga a los gestores y anime a la ciudadanía. Aún así, habrá un antes y un después a partir de esta Ley, por más que su andadura no sea fácil. Por lo tanto, gracias a quienes han luchado por sacarla adelante. Apetece imaginarse, a pesar de sus imperfecciones, que la mayoría de los países del mundo tuviesen algo similar.

Pero para salir de esta situación de crisis climática se necesita algo más que una ley, hay que convertir la lucha contra el cambio climático en una especie de utopía que suponga la modificación del estilo de vida. Costará, sí, tampoco será fácil, pero no hay otra opción de futuro.

Leer artículo completo en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

El cuento de las macrogranjas no puede tener un final feliz

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Lleva tiempo Greenpeace avisando a cualquiera que quiera escuchar que las macrogranjas suponen una práctica con agresiones múltiples (animales, suelo, agua, cultura global alimentaria, cambio climático, etc.). En fin un riesgo innecesario que tiene en vilo a los lugareños de enclave en donde se construyen, también en territorios limítrofes en donde el agua de los acuíferos empieza a sentir ya a los peligrosos nitratos y muchas más cosas.

Ahora mismo, el ejemplo de Caparroso (Navarra) con las vacas de protagonistas obligadas quiere extenderse a Noviercas (Soria), como poniendo en valor el modelo lechero norteamericano. Tal es el asunto que hasta ha merecido la atención de un Informe Semanal. Cuidado porque el proyecto supone la granja más grande de Europa y la quinta del mundo. El Moncayo, que envía sus aguas a Soria y Aragón, se estremece solo de escucharlo. Además, el modelo productivo, con la tecnología como estandarte, pone en cuestión buena parte de las pequeñas explotaciones que pueden vivir de su trabajo. Luego está el asunto de si el valor económico añadido de estos desperfectos se queda en el territorio que los soporta.

Qué ironía, la España vaciada sirve para ubicar las macrogranjas; quienes las defienden aluden a que ayudan a fijar población (sic) y a que contaminan más muchas granjas pequeñas, difíciles de controlar que una grande, sujeta en principio a protocolos más severos, según se cuenta en un artículo del Diario de Castilla y León, a propósito de «la fiebre de las macrogranjas de cerdos» y el poderío de las exportación al mercado  chino. Ante esto, solo cabe exigir el cumplimiento de las leyes, que las hay y de recorrido amplio. Ya ha habido algún partido político que quiere llevar al Congreso español el asunto, que no afecta solamente a España sino que es una estrategia productiva más presente en muchos países. 

La España vaciada se rebela contra las macrogranjas, decía el titular periodístico. Y no hemos dicho nada de las de pollos o gallinas. En el blog La Crónica verde de 20minutos.es pueden encontrar más información sobre las macrogranjas. El cuento no puede acabar bien, aunque le hubiéramos encargado un final romántico a Gustavo A. Bécquer, visitante temporal de Noviercas.

 

La basura como sustento de vida crítica

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El titular de la entrada es crítico, debería escocer hasta a la persona más insensible. Rebuscar en la basura para vivir y comer es una práctica que desarrolla gente atrapada por la espiral de vulnerabilidad. Si lo miras bien hiere, parece una maldición de la sociedad de consumo. No se entiende que sobrando alimentos haya tanta gente que debe buscarlos en la basura para sobrevivir. 

Hace unos años se comentaba que casi la mitad de los alimentos producidos en EE UU iban a la basura, se  quedaban sin recoger o se dedicaban a la alimentación del ganado, por no dar la talla o por tener una estética que no gustaba a los consumidores americanos. ¡Comer algo feo, aunque sea igual de nutritivo! A finales del año pasado conocimos que los españoles desperdiciamos de media unos 179 kg de alimentos al año. Al mismo tiempo, en esas fechas próximas a las navidades, se desarrollaba la Gran Recogida de Alimentos, cuyas necesidades sociales han aumentado con la pandemia.

Pero la basura encierra muchas cosas que unos tiraron por inservibles y son tesoros para otros. Lo cierto es que cientos de miles de personas en todo el mundo viven en torno a la basura, removiendo toneladas de residuos de los vertederos para recuperar los tesoros que esconden. Una periodista chilena, María José Terré, decidió vivir 21 días con los recogedores hace cuatro años para poder sentir el ritmo de la basura en La Chimba, el vertedero de Antofagasta, en el que cada cual defiende su exclusivo territorio, como una rica propiedad. Su relato en TVN (Televisión Nacional de Chile) es estremecedor. No se lo pierdan, es algo así como el espejo del mundo, o la trastienda donde se esconde la vulnerabilidad consentida.

Seguir leyendo el artículo en La Cima 2030, un blog de 20minutos.es.

Salud ambiental, entre la personal y la colectiva

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Los males en la salud no son estancos. Van de un lado para otro sin respetar el pasado, ni si los damnificados son causa o efecto, o ambas cosas a la vez. La investigación científica, la educación y los avances sanitarios lograron mejorar la salud colectiva, más bien mucho la de algunos y algo en general la de todos. Pero la salud ambiental, especie de hospital donde se curan ciertos males y a la vez escenario en el que se contagian otros, empeora. Sufre dolencias varias, acrecentadas con nuestra forma de vivir.

Hoy, en el Día Internacional de la Salud, se recuerda que la OMS se ha propuesto que todas las personas del mundo puedan ejercer el derecho humano a una buena salud, en cualquier lugar. La salud universal será por un día reina efímera en los noticiarios de televisiones y portada en los medios informativos. Por ahora, tiene tantos males dispersos por todo el mundo que no es nada saludable en conjunto, como lo atestigua una y otra vez la gente que investiga. A los viejos síntomas se le añadieron tormentos nuevos: la mala calidad del agua y el aire, la pérdida de reservorios que dejaron escapar virus, la desnutrición por diversos avatares entre ellos el cambio climático, y un largo etcétera, que provocan cada año la muerte directa de más de una decena de millones de personas en el mundo. Luego están todas las afecciones silenciosas que no matan enseguida pero dañan patologías diversas. 

El lema de este año es «Construir un mundo más justo, equitativo y saludable». ¿A qué suena semejante buena intención? Si dudamos nos basta con preguntarle a la COVID-19. La salud particular, la salud colectiva y la salud ambiental evocan algo parecido que se gestiona de manera diferente. Pero es indudable que alguna relación tienen entre ellas. Este largo año de pandemia debería haber enseñado que han de abordarse con estrategias bien coordinadas, universales, generadoras de confianza, sanadoras, etc. Al final de todo cabe preguntarse tanto en su día internacional como siempre: ¿qué es la salud? Si es dirección o sentido, no lo es todo pero sin ella todo lo demás es nada -al estilo Schopenhauer, que le dedicó varios pensamientos al tema-.

En fin, algo más de salud para cada vez más gente en un medioambiente cada vez más saludable. ¡Y que no tarde demasiado!

 

Agua libre en España: escasa y podrida. También en el mundo

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La incoherencia en la gestión del agua ha adquirido desde hace años un carácter de pandemia, con mejoras parciales en algunos casos y desastres globales en otros. Siempre se ha hablado de que es debido a la escasez o la mala distribución espacial y temporal. Pero además, la desidia, la falta de interés o el mal uso de recursos económicos, junto con el despilfarro acuático, que cunden por todo el mundo, han limitado el derecho humano al agua. En el caso de España, los reservorios de agua (ríos, lagunas, humedales o acuíferos, etc.) incumplen la normativa vigente. Unos están sobreexplotados, otros tremendamente contaminados o deteriorados ecológicamente. Así no debe extrañarnos que se diga que un 40% de las aguas continentales se encuentran en mal estado.

Bien es cierto que los planes hidrológicos, por lo que se ve en permanente elaboración en algunas cuencas, están al acecho. Saben que se da un grave desequilibrio entre el reservorio de agua disponible y el volumen que se capta, que la calidad para según que usos es muy pobre, que los vertidos de restos agroganaderos a cursos y acuíferos viajan en permanente libertad, que la degeneración de los ecosistemas acuáticos es en algunos casos muy grave. Por eso, Bruselas (la UE) impone multas continuadas a España que suponen casi dos millones de euros mensuales.

Estamos hablando de un país de los privilegiados en recursos económicos y de gestión más o menos consensuada de los recursos públicos. Imaginemos lo que sucederá a muchos ciudadanos en los países que no gozan de estos privilegios. Cuando se redactaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) se tuvo en cuenta que Agua Limpia y Saneamiento era algo pendiente. Pero es que el ODS núm. 6 dice que se debe garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos. Si revisamos los datos, las metas de este ODS de hace unos años y lo comparamos con la situación reciente (2017) sentimos pena y enfado. El año 2030, el de la Agenda de los ODS, está cerca; mucho más que las metas que en él se habían fijado. 

Una muestra de anteayer en España. Nos viene a la memoria aquella frase atribuida a A. Einstein, en la que hemos introducido una breve distorsión: ¿Qué sabe el pez (el género humano) del agua donde nada (que le da) toda su vida? 

Entre la pandemocracia y el compromiso social se busca una salida

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Señalaba Daniel Innerarity en su Pandemocracia: Una filosofía de la crisis del coronavirus, entre otras muchas cuestiones sociales, un par de ideas que deberían ser pensadas por mucha gente, no solamente los políticos y fuerzas económicas que nos encaminan la vida. La una aludía a que es imprescindible la transición hacia una inteligencia cooperativa, esa que acerque la comunidad expectante de los afectados con la intención política de quienes deciden, muy condicionada por cargas tribales. La otra avanza que la catástrofe del coronavirus nos ha puesto al descubierto que un riesgo/incerteza, que nos afecta a todos por cauces diversos, nos ha demostrado que la desigualdad es una seña de identidad cada vez más creciente. Esta situación pone a prueba no solo la gestión de las relaciones sociales sino los principios que deberían regir esa grandiosa idea llamada democracia, venida a menos por acción u omisión, sin duda desgastada en sus adjetivos.

La pandemia no ha hecho sino demostrarnos el escaso compromiso por lo colectivo en la organización social, que no se rige por el bienestar de las personas sino por los intereses de los mercaderes. Fabrican, nos venden y encaminan la vida a su antojo, por más que las democracias efectivas intenten poner límites a sus beneficios. La globalización ha sido mucho más comercial que societaria. Los vulnerables se quedaron hace tiempo atrás y cada vez ven más alejados a los privilegiados. Pensando en positivo, es posible que incluso estos quisiesen superar la presente plaga, pero por lo que parece las emergencias siempre cogen por sorpresa. Tras la inicial incredulidad surgen estrategias de salvación, tan insensibles no pueden ser, pero esas salidas siempre requerirán tiempo, que es lo que nunca existe en una emergencia.

Sea como fuere, mal que nos pese, en la cuestión de compromiso y derechos sociales se repite aquello de “un paso hacia adelante y dos hacia atrás”, a nada que haya un leve cambio de melodía, y a veces ni siquiera por eso. Si queremos salir de esta crisis social habrá que disminuir la presión por producir y consumir. Una somera revisión a los titulares de los medios de comunicación y otros encartes renueva su teología. De hecho, el consumo, poco escrupuloso con lo social, nos avoca a rupturas vitales. Por ahí se escucha una y otra vez una pregunta renovadora: ¿Cómo vamos a salir de las crisis que tenemos planteadas haciendo lo mismo que nos ha llevado a ellas? Por cierto, cada vez dejan más damnificados, a los que por ahora no sabemos cuidar.

Así pues, restauremos la democracia, o inventemos una nueva a través del diálogo social comprometido, para que más gente confíe en ella. En este complejo cometido, en lo espacial y en lo temporal, quienes más responsabilidad tienen son los tenedores del poder político o empresarial, que deben dejar de usar maquillajes externos y renovarse por dentro, pero no solamente ellos. Hay que buscar con ahínco una salida.

 

La escuela olvidada, versión Latinoamérica y el Caribe

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Mientras aquí por Europa docentes, alumnado y familia esperan las vacaciones de Semana Santa, en otros sitios quieren volver a la escuela. Pronunciar escuela es abrir una puerta a la esperanza en Latinoamérica y el Caribe. Cerrar una escuela es limitar una parte importante de la vida, acaso negar un recorrido básico para millones de niñas y niños; siempre los más desfavorecidos. Algunos países latinoamericanos y del Caribe llevan un año con sus escuelas cerradas. Cabe pensar en las graves repercusiones que eso tendrá en sus vidas, en países en donde la desigualdad y la vulnerabilidad acamparon hace tiempo.

¿No les podríamos ayudar un poco desde los países ricos? Parece que no porque merman la ayudas desde buena parte de los ayuntamientos y gobiernos autonómicos (incentivados por el partido de los localistas excluyentes- y el Gobierno de España tampoco anda muy listo en eso de la Ayuda al Desarrollo de los que menos tienen. 

No se pierdan la entrada de Planeta Futuro «Un año sin pisar mi escuela» es como un espejo donde deberían mirarse quienes no ven más allá de sus fronteras. ¡Qué todavía no se convencen! Revisen lo que dice el Banco Mundial sobre el asunto de la desigualdad en educación.

 

Esta primavera viene con flores dañadas por la incertidumbre

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Cada primavera acude a su cita, este año lo hizo el 20 de marzo. Cada primavera trae sus flores, deseos, sensaciones, sentimientos, más horas de luz. La mitología griega cuenta que Deméter  ejercía una gran responsabilidad vivificadora con la naturaleza y la agricultura. Tuvo una hija con Zeus a la que llamaron Perséfone, Proserpina para los romanos. En una ocasión estaba recogiendo flores en un praderío o en un bosque, allí fue raptada por el enamoradizo Hades, dios del mundo subterráneo. La madre enfadada maldijo la tierra y todo se torno oscuro, se cayeron las hojas y se marchitaron las flores, además de otros desastres. Se desvaneció de golpe lo que podría significar la exultante primavera. Zeus acordó con su hermano Hades que Perséfone viviese al menos seis meses con su madre para disfrutar de la cálida luz del sol y de toda la eclosión natural que este hecho ocasionaba y ejerce hoy mismo.

Así, tal fotoperiodo se convirtió en un bien apreciado por toda la gente,como esa primavera deseada que canta la Ronda de Boltaña, que recuerda que el país la espera cada año impaciente. La gente del Sobrarbe la recibe con un ramo de flor de aliagas, que aunque son bien pinchudas y no huelen a jazmín son las que mejor representan a su tierra, anclada a los Pirineos. Tanto aprecian los montañeses que la invitan a quedarse de huésped en su casa permanentemente, para no tener que lamentar su marcha, esa que se suele producir en junio. No quieren que les suceda como a Perséfone.

Primavera diversa que el pintor renacentista Sandro Boticelli plasma en La primavera (1477-1482) una celebración alegórica con personajes de la mitología. Por allí danzan sensualidad y deseo primaveral, con un barniz de neoplatonismo. Estampa diferente la que plasmó Brueghel en su La cosecha de heno.

Musicada por Vivaldi en su Cuatro estaciones. Alegoría de muchas sensaciones en La primavera porteña de Ara Malikian, otra secuencia musical del talento del libanés de origen y ciudadano del mundo. Ruptura melódica en La consagración de la primavera de Igor Stabrinscky, en donde lo bello y sentimental al uso hasta entonces en la música se esconde tras lo sublime.

Recibamos con prevención a la primavera de 2021 que llega tras un crudo invierno sanitario y social, que quebró ilusiones y esperanzas. Ojalá sea una primavera de las múltiples emociones, convertida en sí misma en un misterio inefable, a la vez que deseamos algo grandioso en sus expresiones, para mucha gente y en especial allí donde la vulnerabilidad se asentó hace tiempo. Eso querrá decir que habrá sido más amable que la anterior de 2020 –quién se acuerda ya de cómo la recibimos- que nos dejó maltrechos.

En los enlaces de «Bienvenida primavera, aunque para cada cual seas diferente«, de La Cima 2030 de 20minutos.es, podrán disfrutar de la música de Vivaldi, La Ronda de Boltaña, Ara Malikian y Strabrinscky; y de la contemplación de las obras pictóricas aludidas.

El valor del agua que se escapa de las manos

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Cada año por estas fechas nos salpica la mente el valor del agua. De ello se encargan quienes impulsan la celebración de su día en todo el mundo, quienes se preocupan por un reparto más equitativo. En los mensajes que escuchamos estos días se habla de costo y valor, ambos atributos los tiene. Sin embargo, al mezclar ambas cosas se pierde una parte del mensaje colectivo, sin alcanzar a concretar si vale lo que cuesta o mucho más.

El agua imaginada se nos escapa de las manos, porque quienes tenemos toda la que necesitamos apenas la valoramos mientras que aquellos que la querrían para dar valor a su vida sienten sedientos su falta. El agua es una metáfora de la vida en muchos lugares: el ser o no ser, el entregarse al territorio o huir de él. Y no nos referimos solamente al agua agraria o ganadera, la cual tarda en mejorar su valor porque en bastantes lugares su coste está por debajo de los estándares de coherencia social. Por el ancho mundo, pero más en los países ricos, falta educación en el manejo, corresponsabilidad en su uso.

Agua de ciudad y agua de campo, de países ricos y pobres, de privilegiados en las megalópolis y de chabolistas, de surtidores múltiples y de garrafas exiguas, de canales kilométricos y de marcas dejadas en cauces secos. Agua que envuelve las manos para limpiar en esta pandemia crítica y agua que corre sin destino concreto, a la espera de que el mejor postor la capture y acapare.

Agua de ayer que ya no es agua de hoy, porque hasta hubo que darle el significado de Derecho Humano para salvar algo y otorgárselo a una parte de la sociedad sedienta. Dicen que faltará agua por todo el mundo cuando la mayor parte de los continentales hielos lleguen a los mares por el cambio climático, cuando los ríos ya no puedan autodepurar toda la suciedad que les llega. Agua de Nueva York o París, que nada tiene que ver con la no agua de un barrio de Bombay o Nairobi, por poner solo un ejemplo.

Ante todo esto y mucho más, bastantes ONG y Agencias ONU siguen recordando el valor del agua, y hay personas que escuchan que escuchan sus mensajes. Sienten que se empezó a escapar de las manos hace mucho tiempo. Por eso luchan por que el agua sea universal, colectiva y compartida, y así sea recogida en convenios y compromisos internacionales.

Recordemos hoy, Día Internacional del agua, aquello que poemó Mario Benedetti sobre el valer y el valor del agua, en su múltiples formas:

La del grifo / la mineral / la tónica
La del río / la dulce / la salada
La del arroyo / la del mar / la regia
La de las cataratas / la del pozo

La de la lluvia / la del aguanieve
La de las fuentes o la del rocío
La del océano / la del aljibe
La del diluvio o de la cascada

Toda el agua del mundo es un abuela
Que nos cuenta naufragios y fragatas
Que nos moja la sed y da permiso
Para seguir viviendo otro semestre

El Índice de desperdicio alimentario engorda. ¿Cómo lo novelaría Auster?

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Sonroja conocer que el 17% de los alimentos acaban en la basura. Duele saber que el dato viene referido a los hogares (61%), los servicios de servicios de alimentación como restaurantes (en torno al 26%) y el pequeño comercio (13%). Ese porcentaje se traduce en unos 74 kg de derroche anual en cada hogar. Supone unos 931 millones de comida desperdiciada en todo el mundo, y no solo en los países ricos sino también en megaciudades símbolo de las desigualdades. Todo esto viene en el informe del Índice de desperdicio alimentario elaborado por analistas del Pnuma (Programa de las Naciones Unidad para el Medio ambiente) y de la ONG británica WRAP. A la vez, o por eso mismo, millones de personas pasan hambre y padecen inseguridad alimentaria, según la FAO. Sin tapujos: la sociedad tiene una seria necesidad de aprendizaje vital, de reescribir sus idearios; la mayor parte de los gobernantes y los mandamases de las empresas deberían dimitir ya, o reciclarse con convicción y compromiso. La situación ética es preocupante: a mucho se le da el valor de casi nada, con lo que cuesta todo.

Hace más de 30 años, Paul Auster publicaba El país de las últimas cosas. Un libro enigmático, para algunos apocalíptico y distópico, que habla de sobre un universo social sórdido, degradado y con niveles de violencia y miseria extremos. En la ciudad descrita, no queda casi nada de lo anterior, pero a la vez que lo sórdido campea, por otro lado poco se desecha sin más. De una forma u otra se buscan aplicaciones para dar segundas y terceras vidas a cosas que antes se desterraban en forma de basura. El desperdicio convive con la entropía y el ingenio. Hay gente, organizada en patrullas, que recoge por la noche los desperdicios de todo tipo; son los «fecalistas». 

Ahora mismo, en nuestras ciudades, mucha gente rebusca en los contenedores algo de valor, que dejó de tenerlo para otras personas. La pandemia ha trastocado la cesta de los alimentos en muchas familias; nada queda en sus despensas y por eso acuden a centros de ayuda. Y mientras tanto el desperdicio alimentario engorda. ¿Qué enfoque le daría Auster a la novela si el escenario fuese el año 2020? Nos gustaría pensar que los protagonistas habían aprendido a reducir a la mitad el desperdicio mundial de alimentos per cápita a nivel de los minoristas y los consumidores, así como a reducir al mínimo las pérdidas a lo largo de las cadenas de producción y suministro. Es la meta 12.3 de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible).

Leer el artículo completo «Entre el desperdicio alimentario y los fecalistas de Paul Auster» en La Cima 2030, de 20minutos.es.

 

Un día de consumo sostenible, mejor toda la semana. Y si es la vida…

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Y se me apuran muchos días, porque todos es imposible. Vivimos rodeados de trampas consumistas, entrampados con consumos más o menos deseados, muchos son de otros pero el espíritu es débil y caemos en la trampa. Quienes no consumen sin parar parecen asociales.

Algunos no somos muy entusiasta de los días de…, porque en cierta manera se convierten en un fraude afectivo. Sirve para esos días ser mejores, o comportarnos más razonablemente, y lavarnos un poco la envoltura de la conciencia. Hoy mismo todas las empresas que nos venden y los gobiernos que dictan leyes dirán que su intención básica es la protección de los consumidores. 

Pero no, esos días también son importantes pues las organizaciones de consumidores, nuestra conciencia colectiva, no repasan cariñosamente lo que no hacemos bien y podemos mejorar, nos alertan para que no nos dejemos engañar. La OCU nos anima hoy a unirnos al consumo sostenible, esa esperanza global difícil de gestionar. Hoy, realmente, es el día de los derechos de los consumidores-as. Parece ser que la pandemia ha cambiado tanto el consumo que habrá que reflexionar sobre el asunto. Especialmente este año en el uso de los plásticos.

Lo dicho, no se olviden de los derechos. ¡Hay tanto que conquistar todavía! Ah, y no se consuma consumiendo. No sea como esa gente que se siente más atraída por comprar que por dedicar atención y uso a aquello que compra.

Como pregonaba un eslogan publicitario de una valla desconchada de un pueblecito de un querido país centroamericano: Con-sumo j(g)usto.

 

Brueghel, un precursor del fotoperiodismo crítico actual

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Las opiniones de la gente sobre los sucesos diarios están entre quienes piensan que nada de lo que acontece se repite y los que defienden que todo lo nuevo tiene un sabor parecido a lo pasado; no sabemos el porcentaje de indecisos en este asunto. Ese dilema me viene una y otra vez al pensamiento, se me despierta, cuando leo ciertos libros o miro algún cuadro, como es el caso de muchas obras de Pieter Brueghel, un contemporáneo de Felipe II que vivió los tiempos convulsos en los Países Bajos de entonces. Se dice que las pinturas de Brueghel, el Viejo, tratan los temas de lo absurdo, las debilidades y las locuras humanas, entre otros episodios de vida. Pero también que podía ser un humorista, por su carácter satírico y cómo plantea los enigmas de entonces.

En su pintura Los proverbios flamencos se plasman detalles de aquel tiempo que a la vez invitan a lecturas actualizadas, al entretenido ejercicio del desciframiento. Un personaje se ocupa de tirar plumas al viento, que es una manera de lanzar algo para que se expanda, quizás calumnias que después no se pueden recoger. Hoy mismo, se difunden por Internet reclamos peligrosamente interesados o directamente falsos, marcadamente individualistas y muchas veces insolidarios, aventados en forma de ondas que golpean a los sensatos o ensalzan a los conspiradores.

En La Torre de Babel algunos críticos ven una concepción mecanicista del mundo, apoyándose en una metáfora de la legendaria torre bíblica que acarreó la confusión de las lenguas, o el nacimiento de ellas. ¡Vaya paradoja! Se estructura mediante una superposición de plantas, un diseño en espiral del que se duda de su funcionalidad. No debe extrañar que haya partes que se hunden, un toque de atención hacia el orgullo humano, que muchas veces emprende obras alejadas de la razón. Porque Babel, al decir del relato del Génesis es el símbolo de una ambición, y el castigo divino consistente en confundir a los hombres por ser incapaces de entenderse hablando la misma lengua y debiendo compartir intereses. 

Aunque parezca atrevido calificarlo como fotoperiodista, no cabe duda que es un pintor de la condición humana, esa que nos hace permanecer en la duda permanente de la que hablábamos al principio, que también dejó patente Antonio Machado en su poema y Joan Manuel Serrat tan bien cantó. ¡Quién sabe si todo pasa o todo queda!, pero lo nuestro es pasar…

Leer artículo completo en La Cima 2030, de 20minutos.es.

Las nuevas estaciones dejarían atónito hasta a Vivaldi

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Nos ha inquietado una noticia que asegura que para el año 2100 el verano puede durar seis meses en muchos lugares del hemisferio norte. Cierto o no, seguro o posible, este hecho cambiaría por completo la distribución que hizo la ciencia en estaciones meteorológicas y astronómicas, estas más cercanas a la comprensión de la gente. Pobres estaciones, tuvieron un lugar preferente en la configuración del mundo, en el ritmo de la vida. Fueron protagonistas en la música, la literatura y la pintura; ordenaron la vida de los humanos, desde el neolítico casi seguro. Por cierto, nos quedaremos siempre con la pintura estacional de San Isidoro de León.

Hemos leído que un estudio realizado en China ha comprobado que el verano creció de promedio de 78 a 95 días entre 1952 y 2011, mientras que el invierno se redujo de 76 a 73 días. También se vieron afectados la  primavera, que se contrajo de 124 a 115 días y el otoño, de 87 a 82. Esto supone que primavera y verano comienzan antes y otoño y el invierno se retrasan en su consolidación. Parece ser que la región mediterránea será una de las más afectadas. 

Los agricultores hace tiempo que lo barruntan pues lo aprecian en los cambios fenológicos (la seguridad alimentaria pudiera afectarse si ocurren desajustes entre la llegada de los polinizadores, como las abejas silvestres, y la floración de las plantas agrícolas), los observadores de aves lo han escrito varias veces; la gente de la medicina lo ve en la salud general de la población. Hay investigadores que lo achacan al cambio climático pues los cambios se acrecientan cuando cambian exponencialmente ciertos parámetros que definen las crisis climática que tenemos por delante. Ya lo leímos en Nature en 2015. ¿Qué compondría ahora Vivaldi?

Siempre quedará el consuelo de la poesía sobre el verano: Machado, Lorca, García Montero, Rilke, etc., y también Emile Dickinson:

Una gota cayó sobre el manzano.
Otra sobre el tejado.
Media docena besaron el alero.
E hicieron cosquillas a las tejas.

Unas pocas salieron en ayuda del arroyo.
Que iba en ayuda del mar.
Yo conjeturé si fueran perlas.
Qué collar podrían formar.

El polvo se repuso, en caminos levantados.
Los pájaros cantaron más jocosos.
La luz del Sol se quitó el sombrero.
Los arbustos lentejuelas arrojaron.

Las brisas trajeron abatidos laúdes.
Y los bañaron en el júbilo.
El Oriente mostró una sola bandera,
Y entregó la fiesta.

Grietas educativas de género por el cierre escolar pandémico

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En muchos países, las niñas, adolescentes y mujeres padecen el castigo de no tener las mismas posibilidades educativas que los varones. Esta lacra conduce a despreciar las capacidades de la mitad al menos de la población. Cualquier país que quiera prosperar, si quiera económicamente, debería tenerlo en cuenta. Pero las mujeres capacitadas no solo contribuyen a la economía, mueven muchas más cosas, entre ellas el entramado social. En demasiados países, son educadas en un seno familiar sometido a coercitivos corsés tradicionales, acaso una sociedad no exenta de ideologías retrógradas; todo va en contra del sentido más universal que tiene la educación reglada. Si además el país dispone o dedica escasos recursos a la educación se provocan heridas y grietas sociales que las golpean especialmente, que serán difíciles de taponar. 

El Blog de la Educación Mundial recogía ayer, 8 de marzo, que se están produciendo nuevas brechas de género como consecuencia del cierre de las escuelas. Transcurrido una año desde la irrupción de la COVID-19 tofavía 990 millones de estudiantes están afectados por el cierre escolar. Copiamos textualmente y que cada cual interpreta: UNESCO estimó que a finales de enero, en promedio, las escuelas habían estado cerradas o parcialmente cerradas durante 5,5 meses (22 semanas). A medida que los niños se quedan en casa para aprender a distancia, una cosa queda clara: el impacto no solo de las responsabilidades domésticas, sino también de las responsabilidades adicionales de la educación en casa, ha recaído en las mujeres más que en los hombres. La igualdad de género está amenazada, las grietas que laceran a ellas y las que las separan de las facilidades de los hombres no hacen sino crecer.

Unicef se pregunta, las niñas se cuestionan, si abrir o no las escuelas. Hace falta una mirada de mujer desde aquí para entender las penurias a las que deben enfrentarse muchas niñas y mujeres un poco o mucho más lejos en el espacio, pero tan próximas cuando se analiza su vulnerabilidad. 

Bíoarte en la museística naturaleza que está siempre abierta

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La naturaleza es algo así como museo sin estanterías ni cartelas, pues cada cual la interpreta a su manera. Ese escenario es cambiante, inabarcable, multiforme, con infinidad de estilos que se complementan o compiten. La naturaleza es arte en donde reina lo bío, ese distintivo que ha ganado presencia en la vida cotidiana. Todo lo que lo porta delante o detrás se asimila a lo natural, al menos esa es la señal que queda en nuestras relaciones sociales, a veces alejadas de la naturaleza que alumbró lo bío. Sin embargo, la asociación surge enseguida: si es natural será bueno, o saludable. Bío viene muchas veces pegado a los productos de consumo. Las marcas comerciales lo saben y lo explotan a su conveniencia; solamente hace falta girar una visita al supermercado para comprobarlo.

Pero aquí queremos verlo en su faceta de belleza, diseminada sin prejuicios ni tasa por toda la museística naturaleza, donde las salas no tienen paredes. Nos vamos a apoyar en un artículo de Francesc Miró que se publicó en elDiario.es en julio de 2017. Comenzaba con una explicación de una imaginada conversación de Voltaire con la naturaleza, de la que le asombraba que fuese tan bruta creando montañas y mares, pero a la vez tan minuciosa y detallada dando vida a animales y plantas. A semejante pregunta, la naturaleza contestaba: «¿Quieres que te diga la verdad? Me han dado un nombre impropio; me llaman Naturaleza, y soy toda arte». Aquí estamos y a eso vamos. Por todo esto y más escribimos un artículo sobre el bíoarte en el blog Ecoescuela abierta de El Diario de la Educación, para que los pasajes de bíoarte iluminen tanto la vida como algún proyecto educativo que explore la relación entre ambas ideas, aquí unidas pero siempre mutantes.