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Un «no lugar» que pudo llamarse Gaza y los palestinos

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Me gustaría poder leer lo que dicen los libros de Historia de comienzos del siglo XXII sobre lo que me imagino como no lugar. Leí en Marc Auger que todo lugar antropológico debe ser identificado con una identidad, relacional e histórica. Sostiene también que los no lugares son espacios donde manda el anonimato. Por eso, se emplea en abordar una antropología de la sobremodernidad. Esos “no lugares” son espacios por donde nos movemos casi imperativamente. Son lugares físicos como los aeropuertos, las autopistas o los centros comerciales. Acaso las cadenas televisivas de entretenimiento. En todos la gente –convertida en muchedumbre- deambula por ellos, pero no vive allí. Son espacios de tránsito que no llegan a ser su casa.

Nosotros lo miramos más desde el pensamiento y la crítica social, aunque también la problemática tiene bastante físico. Antes Gaza era un lugar olvidado; ahora ha dejado de existir para casi todo el mundo, más allá del miedo y la barbarie que algunos escriben en su epitafio. ¿Puede un lugar antropológico convertirse en un no lugar? En Gaza y los palestinos pasan cosas, casi siempre desgracias. Quizás sus habitantes se sientan actores de un no lugar, por el olvido que el mundo les hemos dedicado. Por eso me gustaría leer la Historia vista desde el 2100. ¿Qué dirán, si dicen algo, sobre la retirada de la ayuda de los países ricos (EE.UU., Canadá, Francia, Reino Unido, Alemania, Países Bajos, Australia, Italia, etc.) a los fondos de socorro para la Unrwa – agencia de la ONU dedicada al socorro alimentario, sanitario y educativo-. El motivo parece ahora muy débil: que una pequeña parte de sus empleados hayan podido estar próximos a Hamas. Los estragos que causará la retirada han sofocado a las ONG solidarias.

El mundo no puede abandonar a Gaza y los palestinos. ¿Serán al menos “lugares de memoria”? Porque Auger precisaba que un espacio identitario nunca debería considerarse un no lugar. Me pregunto, desde fuera de la tierra de los palestinos si sus desastres son reconocidos como un lugar en el que implicarse. En un no lugar nunca estás en casa; me imagino que los palestinos de ahora no están en casa, ni siquiera la reconocen porque la destruyeron las bombas enemigas.

Me pregunto si ese definido no lugar se asomará al siglo XXII con su presencia en los mapas de la zona. ¿Qué nombre lo identificará si se produce este supuesto? Un escritor ya la ha puesto nombre: zona descontaminada, simplemente. Una crueldad imaginativa o una buena caracterización para un no lugar.

Los no lugares eran/son espacios sociales de anonimato, como lo que antes se llamaba Gaza y los palestinos; ahora mucho más. Todo que carece de identidad –o la tiene difuminada para el resto del mundo-  es un no lugar. Por eso deberíamos refrescar la memoria y ayudar a rescatar la identidad de los que ahora padecen un genocidio. Acaso sería el sufrimiento la identidad que los une. Así desde fuera los catalogaríamos como un lugar al que dirigir las miradas. ¿Será un no lugar ese retrete que tienen que compartir 500 personas en Rafat?

Preguntémonos juntos, el lugar del pensamiento compartido con otras personas, si tanto los lugares –y los no-lugares– son realmente las personas que los habitan y los frecuentan. Mejor, preferentemente, las relaciones que se generan en ellos, pero también con sus vecinos; todas las sociedades son interdependientes. Nosotros frente a Gaza y los palestinos: ¿los vemos como un no lugar? Si es así, si los dioses escuchan nuestras plegarias, nunca habrá silencio complaciente, como ahora. Desconocemos qué pensarán los dioses en nombre de los cuales se combate en aquella zona.

Me quedo inquieto por no haber concretado bien si los no lugares existen y por ellos circula pensamiento humanitario impulsado por los aires de la igualdad.

La calorina se cebará con los pobres, aunque afecte a todos

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El calor sufriente de los pobres

Las ciudades escaparate están diseñadas sin pensar que las van a habitar personas para quienes las sombras son muy útiles en verano

Tanto en verano por su virulencia como en invierno por su falta, el calor es inmisericorde con los pobres. Se convierte en una carga vivencial más, que aumenta exponencialmente los rigores de sus vidas. A nadie se le escapa que las personas con ingresos más bajos tienen muchos más problemas para enfrentarse a las olas de calor, o al calor permanente que los ricos sortean mejor. Pero de este matiz poco se dice.

Hemos leído en Earth Future (una red global de científicos, investigadores e innovadores que colaboran para un planeta más sostenible) que las personas con menos ingresos están un 40% más expuestas a padecer las olas de calor. Dos factores son determinantes: la situación geográfica en el escenario global, país o región y la carencia de recursos para huir del calor asfixiante. Los números de la gravedad de la situación son fáciles de calcular. Pensemos en la cantidad de personas muy expuestas en cada lugar. Multipliquémoslo por el número de días de olas de calor. Parece que las conclusiones de varias investigaciones apuntan a que la población más pobre (un cuarto del total) soportará tantas olas de calor como toda la población restante.

Pero además, el aparataje eléctrico que los no pobres de los países ricos o medio ricos emplean para reducir su calor aumenta la demanda de energía. Los precios del kWh suben. Los pobres eléctricos no se pueden refrigerar ni con ventiladores. Solo les queda el recurso del abanico. La carencia de recursos frente al calor se suma a la pobreza energética que ya sufrieron en invierno. Pongamos en este grupo a personas mayores, inmigrantes, gente sin empleo o con empleos precarios, gente alojada en infraviviendas (en especial en zonas de agricultura intensiva). Mientras los no pobres tienen piscina y aire acondicionado por toda su vivienda.

Además, las ciudades están diseñadas sin repensar que las van a habitar personas para quienes las sombras son útiles en verano. Las ciudades escaparate y las plazas minimalistas han olvidado que los árboles en las calles y plazas de las ciudades humanizan la agresividad de estas. Transitar por ellas es una aventura nada saludable en horas de calores extremos. Ni siquiera los viandantes pueden refrescarse porque el agua ya no mana por las fuentes, por la sequía.

Algunas urbes, en los países ricos, han creado refugios de calor. Los damnificados limitan al menos un poco sus pesares. A ver si así disminuyen las muertes inducidas por calor. ¡Qué horror en pleno siglo XXI! Hace un mes se conocía que en 2022 habían fallecido en España 1.000 personas por esta causa, que agrava ciertas patologías y unas 60.000 en Europa. Lo dice ISGlobal de Barcelona que de salud y relación con factores medioambientales sabe mucho. España e Italia se encuentran a la cabeza de países con más muertes por calor.

Por qué resulta tan difícil ver las heridas del calor y actuar en consecuencia. Olas de calor en EE. UU., Canadá que se quema, China según regiones y en su capital. Arden Europa central y mediterránea, Marruecos, etc. Por todo el espacio intertropical se niega hasta el derecho humano al agua para paliar la sed y disminuir riesgos. Olas de calor marinas que afectan a casi todos los rincones del mundo. Algunas van en cadena alternando incendios pavorosos y aumentando lluvias torrenciales.

Han clausurado las fuentes que manan agua a demanda personal hasta en los parques. Su consumo a lo largo del mes no llenaría ni una piscina de las de uso privado. En otros sitios el agua domiciliaria no es apta para beber o guisar. Así aumentan el consumo de la carísima agua embotellada. Otro sofoco para los pobres y sus calorinas. Por cierto, parece que Madrid ciudad puede contener la mayor isla de calor del mundo. Desconocemos cómo lo llevan ahí los pobres, tampoco si eso sonroja demasiado a los ediles, que seguramente tendrán más recursos para evitar el calor individual.

Si esto sucede en la Europa rica o medio rica, qué no pasará en los países pobres. Según investigaciones de centros universitarios serios «el costo del calor extremo ha afectado especialmente a los países pobres y las regiones menos responsables del calentamiento del planeta, y es una tragedia». Se refiere tanto a efectos en cuestiones de salud e infraestructuras como a las heridas en la economía.

«El costo del calor extremo ha afectado especialmente a los países pobres y las regiones menos responsables del calentamiento del planeta». Y en las ciudades de los países ricos a quienes menos culpa tienen: los pobres.

La hormiga que siempre quiso ser libre. Ecocuento

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CUENTOS DE VERANO APÓCRIFOS DE UNOS DOCUMENTOS 2030.

“Es admirable todo lo que hacen las hormigas
para perder el tiempo”

José Bergamín.

Debo reconocer que era una hormiga especial. Le gustaba saber; así, sin más, y eso siempre es un mérito, independientemente del individuo de que se trate en cualquier especie viva. Además tenía otra rareza excepcional: sabía descifrar códigos. Esa mutación solo se daba en una de cada cien mil millones de hormigas, pero por azares del destino se dio en Celtiberia. A pesar de su inteligencia, no descuidaba el trabajo. No quería levantar sospechas. Pero por las noches se deslizaba hasta la “Formigoteca” secreta, nivel X. Le costó muchos sobornos conocer la clave secreta de entrada, pero al final logró excretar unos olores mágicos que desencallaban el cierre. Allí se dirigió a escondidas. Tanto mirar un día tras otro, con el tiempo aprendió a leer en varios idiomas. Debo hacer notar que allí, en aquel recóndito escondite, se guardaban muchos legajos, grandes y pequeños -adaptados al tamaño de las hormigas se entiende- todos escritos en hojas de papiro con cagaditas pequeñas; era lo que se llevaba en aquel mundo subterráneo.

Un día, por azar buscado, cayó en sus manos uno de los legajos proscritos por apócrifos; de esos que solo debían manejar las élites, como en El nombre de la rosa. Se reconocían porque estaban señalados con un tinte rojo elaborado con los élitros de las mariquitas, que las hormigas capturaban para sus necesidades culinarias. El espectacular ejemplar que se desplegó ante sus ojos compuestos trataba de la Revolución Francesa. Lo firmaba un tal Denis Didérot. Le gustaba el nombre de Denis; por eso empezó a leerlo. De todo el texto, se quedó con un resumen incompleto en el que destacaban tres palabras escritas muchas veces: liberté, égalite, fraternité. Debían ser mágicas, y sí que lo fueron, pero de esto poco supo la hormiga, constreñida hasta entonces a un territorio limitado.

Se veían a escondidas, daba la impresión de que se habían enamorado. ¡Qué barbaridad! ¿Quién? Dos hormigas, se supone. Aunque, ¿puede desencadenarse el amor en un hormiguero con alguien que no sea la Reina? Allí no existen individuos, la colonia manda. Es la única unidad, la compendiadora y compleja, lo que da sentido a las vidas de todos los números que la forman. En muchos descansos se miraron, hasta que las antenas chocaron y se hizo el milagro: las hormigas expresaron sus afectos en forma de toquiteos anteniles y feromonas químicas, tacto y olfato.

Un día, nuestra letrada protagonista se atrevió a sacar de la biblioteca un ejemplar facsímil, diminuto a escala hormiga y por eso lo pudo esconder. Al azar, que nada organiza en un hormiguero, eligió “Mitos y leyendas. El disgusto de las naturalezas brutas del Mediterráneo occidental aledaño a Celtiberia por un colapso fórmico”, donde hablaba de una rebelión de hormigas en las Islas Pitiusas que llegó hasta Sicilia, pero de nula repercusión en el mundo fenicio. Sintió miedo al leerlo por vez primera, porque se adentraba en asuntos oscuros que no entendía y por su aviso de que se castigaría a quienes siguiese con el texto. Digo yo que al estilo de Jumanji, pero ella tampoco lo sabían. Contaba el texto que, alertados por los humanos, los dioses habían provocado una llamarada que chamuscó a todas las revoltosas mediterráneas; algo así como un Fahrenheit 451 rápido, como el que nos contaba François Truffaut, pero en este caso aprovechando el rayo de una tormenta. Aquella misma noche ella lo devolvió a la biblioteca. Le daba telele. Nada le costó a su amigo.

La atracción entre ambos, hembra y macho de hormiga común crecía en sus diminutos cuerpos, sería porque ya tenían algo que las unía, como a las parejas de otras especies: un deseo bien o mal hilvanado.

– Estoy hasta las antenas de esta dictadura himenóptera – gritaba XA-12.649 en una grieta escondida del hormiguero, a la que solamente tenían acceso las hormigas que se orientaban excelentemente.

– ¡No hables tan fuerte! – respondía YB-3.145, mucho más miedica y no tan reflexivo.

Más de una vez se escondieron de la trifulca organizada por el ente “hormiguil” que dominaba su colonia; “Formicator” se llamaba. Decidió atacar a la colonia vecina. Ambas dos, ella y él, estaban hartas de los sanguinarios conflictos entre vecinas de la misma especie y otros invertebrados, y eso que no habían visto la película Hormigaz, que tiene lo suyo. Se decían a ellas mismas que los conflictos solo servían para sembrar el campo de cadáveres. Eran más partidarias del diálogo. Pero temían pensar. No lo podían decir en voz alta. Por todos los lados había espías, inalámbricos por supuesto.

Le contó ella a él –este no tenía la mutación que le permitiese interpretar signos- que había encontrado otro legajo, también con marca roja, pero muy roja y muy grande. El manuscrito traducido hablaba de un tal Orwell, de segundo nombre. El primero estaba tachado con rojo, muy rojo. El documento hablaba de muchas cosas raras, pero una se repetía: los peligros de las dictaduras. Alguien, ¿quién?, lo habría copiado con unas letras pequeñísimas, como de hormiga.

Algunas noches, cuando no había luna, daban paseos. Ocurrió que un día se había celebrado en el hormiguero la fiesta final de la recolección de la cosecha de verano y muchas hormigas soldado se habían descompuesto por la ingestión masiva de hongos fermentados; nadie vigilaba los agujeros de salida de la colonia. La abandonaron temerosos, casi se podía decir que andaban a dos patas. Sería por eso que quedaron indecisos largo rato, pero poco a poco una melodía los atrajo más y más lejos; como si la gaita del flautista de Hamelin hubiera sonado, pero claro a este no lo conocían. Sin saberlo, se encontraron en un camping. La música procedía de una parcela ocupada por unos franceses. A XA-12.649. Le atraía el francés, sabía interpretarlo. Allí, un grupo de gente escuchaba una y otra vez a dos individuos. Ella supo que se trataba de Georges Moustaki y Edith Piaf, lo ponía en unos papeles cuadrados en forma de carpeta. Escucharon recitar una canción que ella no tardó en entender: Ma liberté. Los humanos que por ahí había –todos con el pelo blanco- estaban medio dormidos, supongamos que por la ingesta de hongos. La hormiga hembra le explicó a su compañero de huída la letra, más bien lo que escondía. De paso, sin pensarlo, le confesó su amor. Le dijo que le gustaría que ella y YB-3.145 fuesen como el rey y la reina de los que hablaba la canción. Se quedaron bastante rato medio atontolinados. Los humanos seguían tumbados. El día casi clareaba. Volvieron al hormiguero. Se acercaron con cautela. Ninguna vigilancia a la entrada; los vapores de los hongos fermentados seguían haciendo su efecto.

Tenían un escondite secreto en el hormiguero, un criadero de hongos abandonado por un derrumbe parcial. Allí, más de una vez cantaron al unísono “Non, je ne regrette rien” en francés. La habían escuchado muchas veces en la parcela del camping, al cual volvieron todos los días de fiesta; la excursión nocturna se convirtió en un rito. Se la habían aprendido tan bien que si Édith Piaf la hubiera escuchado las habría felicitado. Sería su canción el día que abandonasen el hormiguero. Se decían que no había nada más maravilloso que cuando una quiere ser una y el otro se ve otro. Tanto leer ella, habían aprendido a filosofar. Sabía pensar. Se miraron a la cara. Tan tiernos se pusieron que decidieron llamarse algo. Ella cambiaba su XA-12.649 por “Elle”, en honor de la voz rasgada de la mujer que cantaba; él dejaba de ser YB-3.145 para convertirse en Georges.

Pasaron unos días llenos de silencios continuados y alborozos momentáneos, de esperanzas y angustias. Al final se fue sola “en busca de la libertad, la igualdad y la fraternidad”, sin imaginar con qué se encontraría. Por la foto que ha llegado hasta nosotros nada bueno, pero había disfrutado de la libertad, cosa rara en las hormigas. Él dejó de sentirse Georges. Prefirió la seguridad del hormiguero. Se dijo a sí mismo: el orden siempre debe imperar; rebeliones ninguna, aunque sean en 1984, por decir una fecha. Pero la narradora, no se identifica en este legajo apócrifo, calcula que igual pudo haber sido en 2023 en Europia. ¿Quién puede asegurar que no fue Elle, que derrotó al bicho de la fotografía? Una y otra vez la narradora afirmó que el valor de la libertad no tiene precio. Sonaba continuamente en el subsuelo “Non, je ne regrette rien”.

Ante la deriva de Europia hacia regímenes autoritarios quiero hacer constar que dada mi profesión de periodista independiente soy simplemente transcriptora titulada; no tengo que ver nada es esto. Además no sé francés.

El desenlace de un encuentro siempre está sujeto a conjeturas (Foto: Fernando González Seral, https://fgseral.blogspot.com/)

Migraciones climáticas, siempre una amenaza

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Las migraciones humanas debidas a graves vicisitudes climáticas no son cosa de ahora. Parece ser que una brusca y prolongada sequía ocurrida hace unos 70.000 o 60.000 años empujó desde el Cuerno de África a nuestros antepasados hacia Eurasia. Eran pocos pero ahora estamos muchos y vivimos de otra forma.

El actual cambio climático impulsa migraciones, que también son animadas por conflictos armados, acaparamientos de tierras, desigualdades, falta de derechos, etc. La gente huye de situaciones extremas que los llevan dentro de su país o fuera de él. El IDMC (Internal Displacement Monitoring Center, por sus siglas en inglés) cuantifica que solo en 2019 supusieron 50,8 millones de desplazamientos.  Con todo, hay que subrayar que no solo los episodios repentinos meteorológicos son generadores de estos movimientos sociales. Los procesos de evolución lenta, como las sequías o la subida del nivel del mar, también están influyendo cada vez más en la movilidad de las personas en todo el mundo. No solo hablamos de esas pequeñas islas del Pacífico, sino de las zonas costeras de todo el mundo, incluidas muchas de Europa y la península Ibérica. Miremos hacia Cádiz, Mar Menor, el Nervión en muchos kilómetros hasta Bilbao, todo el Coto de Doñana con poblaciones limítrofes, zonas de Levante, etc.

Algo podemos hacer cada uno, entre todos, para limitar el cambio climático. ¡Manos a la obra!

Leer artículo completo en La Cima 2030 de 20minutos.es.

Muchas plantas se marchitan camino de la extinción

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Todas no, claro, pero se ha difundido estos días el informe «World’s Plants and Fungi 2020» del Kew Royal Botanical Gardens que afirma que dos de cada cinco plantas corren peligro de extinción. Por qué? La cosa parece clara: el cambio climático,  modificaciones de la pérdida de biodiversidad por explotaciones de los suelos y, también, la demanda farmacéutica.  Aún avanzan más: la proporción general de especies amenazadas sería del 39,4%. 
Imaginemos que, más o menos, el número de especies del mundo sean unas 400.000 mil. Echen cuentas. Este estudio sería el primer censo completo que se conoce; aunque todos sabemos que aparecerán nuevas especies que están escondidas por ahí.
Aparecieron sobre la Tierra –recientes estudios dicen que en el periodo Cámbrico– y le dieron la vida que no había tenido en los 4.000 millones de años anteriores. Abrieron la entrada de los seres vivos no solamente por estar en la base de cualquier cadena alimenticia sino por su papel en la captura del dióxido de carbono atmosférico. Aquel ramillete de plantas, con flores más o menos vistosas, que adorna el mundo entero se mustia y deja huérfana la biodiversidad. ¡Qué hacer ante semejante desastre? Lo dejamos abierto para que cada cual imagine su aportación, o de dónde puede partir.

Aprendizajes positivos desde la educación ambiental

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La educación ambiental es un proceso es construcción, multiforme, idealizado y a la vez real, dirigido a la reflexión sobre los valores sociales, con puntos de vista complementarios al propio. Por eso, en el caso de la educación formal, el profesorado inquieto debe conocer reflexiones y experiencias didácticas de otras personas. De esto se puede aprender mucho en La Firma del mes de la Carpeta Informativa del Ceneam (Centro Nacional de Educación Ambiental), donde se recogen cientos de aportaciones de reflexión y para el debate. Se puede hacer una búsqueda por autores o por temas. También merece la pena entrar en Recursos para la Educación Ambiental. Allí se aportan muchas ideas prácticas muy útiles en estos momentos.

Además, cuando viven momentos tan críticos en las escuelas, adquieren especial trascendencia aquellos propósitos didácticos de aprendizajes positivos que buscan desarrollar en el alumnado lecciones de resiliencia. Es el caso de un interesante artículo «Aprendizajes positivos de la pandemia y el confinamiento relacionados con los pilares y valores de la E.A. Lecciones de resiliencia» de Marta López Abril e Isabel Fernández Domínguez publicado en la Carpeta.  Allí recogen propuestas diversas en torno a problemáticas graves de la actualidad: cambio climático, movilidad, contaminación, alimentación, consumo, etc., planteadas desde una educación ambiental generosa que integra diversas cuestiones sociales como cuidados y cooperación. En el artículo se explican, y enlazan, ejemplos de iniciativa social durante la pandemia, sumamente útiles para llevarlas a la reflexión comprometida del centro educativo.

Lean la entrada que resume este artículo en el Blog Ecoescuela abierta, de El Diario de la Educación. No se arrepentirán.

La pérdida y el desperdicio de alimentos no caben en la cesta de la compra

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La FAO ha propuesto el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos para hoy 29 de septiembre. Alguien pensará que ya está bien de días internacionales. Pues no. Su eficacia está por demostrar, de acuerdo. ¿Sin embargo, qué sería de muchas causas globales si ni siquiera hubiese un día para recordarlas? En cierta manera esto es como el día del cumpleaños o de cualquier otra celebración. Sirve en unos casos para recordar tiempos gratos, en otros para avisarnos de que algo queda ahí en el pensamiento.

La cesta de la producción y compra, global, contiene hoy demasiados alimentos que se pierden. ¡Con todo lo que ha costado producirlos! El Planeta sufrirá viendo semejante ritmo de desperdicios, las personas que no tienen qué comer también. Las hay que ni siquiera necesitan cesta pues nada pueden comprar.

Dice la FAO: La reducción de la pérdida y desperdicio de alimentos es esencial en un mundo en el que el número de personas afectadas por el hambre ha ido lentamente en aumento desde 2014 -un tercio ahora- y donde cada día se pierden o desperdician toneladas y toneladas de alimentos comestibles.

El Objetivo de Desarrollo Sostenible núm. 12 apuesta por la producción y consumo responsables. Habrá que hacer caso al que podría ser el mensaje principal de la FAO para hoy:  ¡La pérdida y desperdicio de alimentos no tienen cabida en estos tiempos de crisis como la actual pandemia de la Covid-19! ¡Aprovechémosla para reconsiderar la forma en la que producimos, manipulamos y desperdiciamos nuestros alimentos! Además ahorraremos energía y evitaremos muchas emisiones de GEI.

Va para todos: desde la producción hasta el consumo particular, pasando por el transporte y la comercialización. El Planeta no da para tanto desperdicio. La concienciación comprometida debe extenderse a países, grandes compañías que comercializan los productos de la tierra y la ciudadanía. Quienes todavía no lo crean no duden en visitar esta entrada de National Geographic.  

Zigzagueantes desarreglos alimentarios de la juventud

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Ahora no se habla mucho del asunto, pero los desarreglos alimentarios no han disminuido en estos seis inciertos meses; más bien al contrario. En el contexto global, ha aumentado la gente que carece de medios para consumir productos ricos en nutrientes básicos. En los países ricos también, pues cada vez son más familias las que se acercan a los centros en donde se reparte comida a quienes no pueden adquirirla. Esas familias tienen hijos, chicos y chicas pequeños o jóvenes. Por todo el mundo se está acrecentando este problema.

Al margen de este impulso por la pandemia, continua la antigua desorientación alimentaria en una parte de los jóvenes, también en adultos pero aquí vamos a hablar de los primeros; suelen tener menos estrategias vividas para conducirse. En octubre al año pasado, Unicef publicaba El Estado Mundial de la Infancia 2019: Niños, alimentos y nutriciónCrecer bien en un mundo en transformación, coincidiendo con el Día Mundial de la Alimentación. En este informe se decía que al menos 1 de cada 3 niños menores de cinco años –más de 200 millones cuando se tomaron los datos– estaba desnutrido o sufría sobrepeso. El problema está muy presente en los países de Latinoamérica que visitan este blog. 

Casi al mismo tiempo, UNICEF Comité Español lanzaba su Malnutrición, obesidad infantil y derechos de la infancia en España. En él se afirmaba que más de un tercio de los niños/jóvenes entre 8 a 16 años, más en los hogares pobres, tenía exceso de peso debido a causas como la ingesta de una dieta inadecuada o hábitos no saludables. En el mismo informe se detallaban las poblaciones jóvenes que padecen TCA (Trastornos en la Conducta Alimentaria). ¿Qué dirán los informes de este año, con todos los trastornos que ha originado la pandemia? Atentos porque el Día Mundial de la Alimentación llegará pronto.

Aquí el enlace para el artículo «Malnutrición y obesidad en el laberinto alimentario de los jóvenes» que publicamos el pasado 23 de septiembre en el portal DKV- Salud y bienestar.

Añoranzas que impulsan la acción frente al cambio climático

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Para hoy están programadas muchas llamadas a la reflexión en torno al cambio climático. Se ha señalado esta fecha, 25 de septiembre, como Día Global de Acciones Climáticas. Nos llegan convocatorias diversas: sindicatos, la gente de las ONG que se rebelan por el clima y otras muchas. En todas ellas es una parte de la sociedad civil la que apela al resto, como queriendo animarla a la esperanza climática a través de la acción. Sin duda es necesario.

Qué lejos queda el año pasado por estas fechas, cuando coincidieron tantas circunstancias favorecedoras de la acción, de la emisión de mensajes, de la preparación de nuevos escenarios compartidos. Desde entonces hemos conocido el Green Deal de la UE; nuestro Congreso acaba de iniciar la tramitación de la Ley de de cambio climático. Es más, ahora China anuncia que se va a descarbonizar (neutralizar) completamente en 2060. Tendrá un final feliz todo esto?; quién sabe. Sin duda, si algo se mueve es en buena parte por la presión de la sociedad civil (Greenpeace, Ecologistas en Acción, Alianza por el clima, Extintion Rebellion, y todas las demás); también porque la comunidad científica empieza a ser escuchada. 

Un año después y parece que ha pasado un siglo desde entonces. Con tal virulencia nos ha golpeado la covid-19 que vamos desistiendo de hacer planes, temerosos de que el mañana nos traiga nuevos sustos o temores. A pesar de todo, o por eso mismo, dediquemos hoy todo el tiempo que podamos a entender el cambio climático, que ha venido para quedarse. Una parte del día hemos de desarrollar acciones para mitigar el cambio climático. Da igual donde sea: en casa o en el trabajo.

¡Qué todo no se quede en un día! En este envite lo importante es participar, pero con compromiso; lo de ganar o perder se escapa a nuestra visibilidad.

Aprendizaje servicio, cuando el compromiso social actúa

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Se podría sintetizar diciendo que nos encontramos formando parte de una esfera polivalente, llena de ventajas. ¿Qué si no es aprender llevando a cabo un servicio a la comunidad? Pongamos por caso que ese servicio se presta en un ámbito determinado que siente la mejoría. No queda ahí solo la trascendencia pues el servicio otorga sentido al aprendizaje propio y colectivo. 

Al principio de todo está la ética del cuidado, que con el tiempo llega a componer una malla esférica, nunca vacía por dentro, construida con relaciones de responsabilidad, con encuentros interpersonales. Se trata de practicar ciudadanía. Imaginemos que pegada a esa esfera, imaginaria en parte, real la mayoría de las veces, se encuentra otra que se llama Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), un marco relacional de dimensiones todavía por mejorar. El aprendizaje servicio (ApS) tiene un distintivo de necesidad social del entorno, de servicio a la comunidad, basado en los aprendizajes y en el trabajo en red; señales todas que habrían de delimitar el camino hacia los ODS. 

Es necesario bucear en el ApS para disipar dudas, para dimensionar los proyectos de enseñanza/aprendizaje, para adaptarlos a la comunidad educativa concreta, para entrenar los pasos y fases desde la idea inicial a la valoración de todo lo acontecido. 

De todo esto y más se habla en Aprendizaje servicio. El compromiso social para la acción, de Roser Batlle, recientemente publicado por Santillana. Incluye una guía para ponerse en marcha y ejemplos reales. Ningún centro escolar debería dejar de conocer lo que aquí se dice, practicarlo en todo o en sus partes. Ahora más que nunca necesitamos el ApS. En roserbatlle.net encontrarán muchas más sugerencias para transformar su clase en esa esfera imaginaria que gira y gira en el espacio educativo y social en busca del aprendizaje servicio. La escuela necesita/agradece estos impulsos transformadores del escenario educativo.

¿Y si lo del cambio climático fuese irrefutable?

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Durante los últimos años se ha hablado de la aceleración del cambio climático, de las emergencias de todo tipo que este asunto puede originar a escala planetaria. Todavía hay gente que no lo cree, y al menos no le preocupa, o ni siquiera tiene fuerzas para luchar en dirección contraria.

Negar lo del cambio climático es cosa difícil de entender . Pongamos que nos fijamos en las barras ideadas por Ed Hawkins, profesor de Ciencias Climáticas en la Universidad de Reading, Reino Unido. La serie va de azules a los rojos más intensos y sus tonalidades. Quienquiera puede realizar sus cálculos para la zona mundial o el país que le interese. Se puede descargar las imágenes para comentarlas con la gente.

Ahora, Alexander Radtke, ingeniero de 30 años de Duisburg (Alemania), recoge las variaciones de temperaturas medias globales entre los años 9980 antes de Cristo y 2020, ¡Nada menos que 12 mil años! Si se quiere, se puede entrar ver su interpretación de lo que ha sucedido en los últimos 170 años. De todo esto habla un artículo publicado hace unos días en Verne de El País. Merece la pena leerlo. Si lo que aseguran ambos investigadores fuese cierto, qué razones se le ocurren para semejante variación climática. ¿Es o no irrefutable?

La covid-19 nos hunde en la turbación socioambiental

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No resulta exagerado decir hoy que casi todo que afecta a nuestra vida está en paréntesis, que cualquiera de las relaciones sociales es una incógnita marcada por las incertidumbres. Si esto es realmente así, habrá que aprender a saber campearlas; acaso componiendo nuevas estrategias vivenciales. Se comenta que fue Confucio quien alertaba de que para aprender lo primero que hay que hacer es reflexionar; a la vez, o después, convendría fijarnos en el espejo de los demás; incluso habiendo pensado las cosas adecuadamente, no debe faltar la experiencia. Pero ni siquiera eso asegura la protección ante lo que se nos viene encima.

Todo esto sucede cuando las actuaciones para aplanar la virulencia del coronavirus en la salud se enfrentan a una batalla contra el tiempo. ¡Vaya encomienda que se presenta al sistema, a la gobernanza y a la ciencia! Hay que hacerlo bien y rápidamente, extremos que la mayoría de las veces restan bastante eficacia a cualquier transformación social, o de mejora colectiva como puede ser encontrar la tan anhelada vacuna. Un proyecto colectivo de tal envergadura requiere una medida previsión, una planificación exquisita, la colaboración multisectorial y una pausada ejecución.

En este escenario complejo, el mundo mantiene pendiente el reto socioambiental en forma de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). Tampoco tienen solución rápida ni universal y sin embargo urge extenderlos a mucha gente; no muy tarde para no dejar demasiadas personas atrás. Seguro que si los ODS se pudieran expresar -en particular el núm. 3 que postula una salud y bienestar universal- maldecirían a la covid-19. Ha sumido al mundo en una emergencia imprevista, que no respeta fronteras ni ideologías, de complicada gestión tanto a escala próxima como lejana.

Cunde la impresión de que la atención prioritaria a la covid-19 va a arrinconar a los ODS en todo el mundo. Lo asegura Naciones Unidas en su informe Responsabilidad compartida, solidaridad global: una respuesta a los impactos socioeconómicos de la COVID-19

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La enorme sobreexplotación del agua provoca graves daños

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https://www.elsaltodiario.com/medioambiente/espa%C3%B1a-lidera-uso-pesticidas-agricultura-intensiva-agua-invernaderos

Acuerdo unánime: el Mediterráneo pasa a denominarse “Mare Plasticum”

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Con motivo del Día Mundial de los Océanos, el 8 de junio pasado, WWF publicaba el informe Una trampa del plástico. Liberando de plástico el Mediterráneo, en el que alertaba de que España es el segundo país que más plástico vierte al Mediterráneo; además ocupa el cuarto lugar de la Unión Europea en el consumo de plásticos. El Mare Nostrum es más nuestro que nunca, los plásticos nos pertenecieron en su día. La salud ecológica del mar, de sus habitantes, pero también de las zonas costeras y su atracción turística están en peligro por el masivo uso de los plásticos, por una pésima gestión global de los residuos en las poblaciones que vierten al mar (a la cabeza Turquía, España, Italia, Egipto y Francia) y por la adición que provoca el masivo turismo. Entre trozos grandes que matan la biodiversidad y microplásticos que entran en la cadena alimentaria, hacen temer que dentro de pocos años el pescado, los artrópodos y las algas mediterráneas que lleguen a nuestras mesas estarán plastificados, ahorrándonos el envoltorio.

Ya venían dando la bolsa los de Greenpeace con su informe “Un Mediterráneo lleno de plástico Estudio sobre la contaminación por plásticos, impactos y soluciones”, pero es tan poca la gente que les hace caso. En fin, que ahí se queda el nombre hasta que se limpie del todo.

Si yo fuera niña-o sirios y quisiera aprender

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Querría ir a la escuela de mi pueblo, pero no puedo; a la de ese sitio donde me han llevado por la guerra, pero no hay sitio para los refugiados/desplazados. Quisiera ir al curso que me correponde por edad, pero ya no me acuerdo donde lo dejé hace siete años. Querría estudiar historia pero apenas me acuerdo de la nuestra; me parece que hubo un tiempo en el que éramos felices aprendiendo matemáticas y dibujando. Han abierto unas aulas de Unicef y Save the Children, son extranjeros pero nos enseñan maestras y maestros sirios. Ahora no me apetece dibujar, solo me salen cosas malas y esos dibujos me entristecen. Yo querría aprender pero me cuesta tanto…

P.D. : REPASEMOS ÚLTIMOS DATOS DE UNICEF: En los últimos siete años 2, 8 millones de niños y niñas han buscado refugio fuera de sus poblaciones o regiones, otros 2,6 millones han huído fuera del país.