Educación

Las escuelas «pandemiadas» redescubren el medioambiente

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A pesar de todo, o por eso mismo, ahora más que nunca hay que mirar hacia el medioambiente, vivirlo con intereses diferentes a como se hacía antes. Para llevarlo a cabo no son necesarias grandes aventuras. Desde diversas plataformas relacionadas directamente con la escuela o de fuera, pero que piensan en educar y prestar servicios educativos básicos, se ofrecen muchas posibilidades.

Las metodologías sugeridas, los proyectos desarrollados, las actividades aportadas sirven para traducir necesidades actuales de la que podría ser nueva enseñanza obligatoria. Dado que lo más probable es que haya que reformular los proyectos educativos y curriculares de los centros, no estaría de más que se visitase: #EA26,  una plataforma de búsqueda de horizontes didácticos;  ESenRED, una red de centros que quiere rescatar de la vida los temas ambientales y llevarlos a las aulas; Profesores por el futuro (Teachers for future Spain), que, entre otras propuestas, se detienen en el cambio climático y las emergencias que trae consigo. Hay también impulsos muy interesantes que surgen desde fuera de las aulas como Re-conectándonos, el programa piloto de apoyo al sistema educativo mediante la generación de nuevos aprendizajes desde la Educación Ambiental, elaborado por la Red de Equipamientos de Educación Ambiental para el primer trimestre del curso 2020-21.

Un merecido reconocimiento a todas estas iniciativas, a otras muchas que no hemos citado aquí. La escuela actual necesita ver la educación de otra forma, en estos momentos tan complicados; incluso nos atrevemos a proponer que después de todo esto debe surgir una nueva escuela, ambiental y colectivamente sostenible.

Ver al artículo completo en Ecoescuela abierta, de El Diario de la Educación.

Educación Ambiental para la Sostenibilidad; ahora más que nunca

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Buena parte de la sociedad, por muchos países y en diferentes ámbitos, se encuentra desorientada sobre qué hacer en favor de un medioambiente más saludable. Piensa en acciones propias, desearía esfuerzos colectivos, demandaría mayor interés de gobiernos, empresas y otros agentes sociales.

Se nos ocurre pensar que el entorno escolar es un buen escenario para representar ideas, lances y desenlaces; para imaginar y reflexionar, tanto que tras bajar el telón de un debate o una acción se vean otros mundos posibles. proponer como objeto de debate la Educación Ambiental para la Sostenibilidad. 

Así lo hablamos con casi dos centenares de profesores y técnicos de Chile, tras la invitación que se nos hizo desde el Ministerio de Medio Ambiente de aquel país.  A lo largo del conversatorio fluyeron saberes ambientales, propuestas metodológicas, esperanzas, modelos de otros lugares, el uso de las redes para comunicarse, la necesidad de volcarse en iniciativas de este estilo. Se subrayó el hecho de que la pandemia nos hace ver que si antes era importante una visión de la interrelación entre nosotros y el medioambiente ahora es imprescindible una participación comprometida.

Aquí encontrarán la grabación completa de ese grato encuentro «Reflexiones y propuestas en torno a la Educación Ambiental para la Sostenibilidad en la enseñanza obligatoria» con el profesorado chileno, que mostró un interés tan grande que nos hace pensar que es posible educar con/por el medioambiente, tanto en Chile como en España.

La vuelta a las aulas como parte del derecho humano a la educación

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El derecho a la educación aparece ya en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, en su artículo 26. Pero este ideal común no obligaba al cumplimiento por parte de los estados. En 1959 se firmaba la Declaración Universal de los Derechos del Niño. Unos años más tarde, 1966 y 1976, se rubricaron pactos mundiales en los que se añadía la obligación de los estados firmantes de hacer realidad esa educación en sus territorios.

Se han cumplido 30 años desde que en septiembre de 1990 comenzó su andadura la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN), encomienda asumida por la mayor parte de los países del mundo; todavía falta EE UU por ratificarla. La vuelta a las aulas, incierta y estresante para familias, profesorado y administración, es un buen estímulo para la reflexión. Primero debe llevarse a cabo con todos los requisitos de protección de la salud colectiva, con protocolos y recursos de todo tipo.

Pasados unos meses habrá que hacer un análisis crítico de lo acontecido. Si se busca de una manera objetiva se encontrarán fortalezas y debilidades, se verá dónde se han limitado las amenazas y se han reducido las inseguridades. Los Gobiernos deben involucrar a todos los sectores implicados en la consecución de este derecho humano, mantener una interlocución permanente entre ellos. Han de considerar la educación de calidad como una prioridad, ahora mismo y siempre. Los dineros dedicados a la educación son una inversión con altas rentabilidades éticas, sociales y económicas; la mejor pues beneficia a la sociedad al completo. Si hacen dejación de este deber, o cometen serios despistes en la búsqueda del derecho humano que es la educación universal, de calidad y gratuita, no merecen tener la responsabilidad que la sociedad les hemos entregado.

Resumen del artículo publicado en La Cima 2030 de 20minutos.es.

La educación fragmentada de las generaciones covid-19

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La suspendida escuela muestra como pocos ámbitos la desazón global que nos acecha. Un centro escolar es un laboratorio social, además del primer escenario no familiar donde se construyen capacidades. Como sociedades nos habíamos acostumbrado a tener nuestra escuela, era algo casi tan necesario como el comer. Pocos eran los grupos sociales, los países, que estaban dispuestos a renunciar a ello. Pero el deseo mundial se quebró en una explosión continuada. Desde educación infantil hasta la universidad se perdió el hilo del saber, más bien la red que une el presente con el futuro, al individuo con el colectivo, la técnica con las destrezas, los deseos con las realidades. Ya nada fue ni será como entonces pues la educación quedó fragmentada, en pedazos cuál jarrón de vidrio caído. Costará reponerla porque los hábitos y las relaciones sociales, que antes hacían de pegamento, han desaparecido temporalmente o limitado parte de sus propiedades.

Nadie se habría atrevido a imaginar qué tal cosa pudiera suceder. La pandemia trastocó los aprendizajes de ricos y pobres, estos ya andaban bastante mal a pesar de que la educación tiene la categoría universal de derecho humano. ¿Cómo componer los fragmentos?, porque queda mucho por delante para recuperar el ritmo perdido. Ensayos va a haber de todos los estilos, en diversas circunstancias, con más o menos sobresaltos. Ojalá tengan éxito.

¿Qué dirán los libros de historia dentro de unas décadas sobre las generaciones covid-19? Seguro que comentan cuestiones sanitarias -como golpeó más o menos a distintos tramos de edad-, acaso el crac económico -feroz como siempre con los más vulnerables-, ¿pero se acordarán de la rémora educativa y cultural que la pandemia dejó por todo el mundo? Porque los principales lastimados educativos han sido niños, jóvenes y universitarios pero los destrozos han llegado a gentes de todas las edades. Cualquier persona, en cualquier país, habría imaginado un porvenir diferente, había ido construyendo sus capacidades y vio como sus referencias y deseos se vinieron abajo; todo lo cual forma parte también de la educación individual y colectiva, de jóvenes o mayores. Esperemos que los libros hablen también de que la recuperación de todo, incluidos los ánimos, no llevó demasiado tiempo.

Clamor de los jóvenes por su futuro tras la pandemia

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El Día Internacional de la Juventud fue ayer. Hemos revisado los portales de información general y poco o nada se dice, ni siquiera como anécdota. Han pasado 75 años desde que la ONU empezó a andar, tenemos un reto extraordinario en el año 2030 en relación con los ODS, con un marchamo especial para la juventud. Dice la ONU que la proporción de jóvenes sin empleo, educación o formación (tasa NEET juvenil) se ha mantenido persistentemente alta en los últimos 15 años y ahora es del 30 por ciento para las chicas y del 13 por ciento para los chicos en el conjunto del mundo. 

La respuesta de la juventud ante la covid-19 es multiforme; por eso mismo, desempeñan un papel especial en cómo asumen responsabilidades en materia sanitaria. Para ello necesitan una educación en temas de salud, la promoción de la salud pública y la información basada en pruebas para combatir la propagación y los efectos del COVID-19, pero más concretamente para contrarrestar la propagación de la desinformación en la red.

Pero además, o sobre todo, los jóvenes necesitan que las escuelas sean más inclusivas cuando abran tras la pandemia. Así lo demandan en la Carta abierta que dirigen a todos los gobernantes y actores sociales del mundo. Promovida desde el Blog de la Educación Mundial merece nuestra atención, ¿y por qué no la adhesión? Léanla al menos y piensen si están de acuerdo con lo que solicitan. Nos presentan el propósito de forma elocuente: Salvar nuestro futuro.

La escuela pospandémica incrementará las desigualdades

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Toca cerrar por unas semanas el escaparate de la ecoescuela abierta, que ha querido llevar a los domicilios de los escolares confinados, al profesorado, una parte de la naturaleza para hacerla perceptible en su relación con las personas: cometido social o asignatura escolar que todavía necesita bastantes empeños. Estos días de julio, muchas escuelas, a un lado y otro del Atlántico, retoman las vacaciones. Pero ahora todo resulta extraño; ni las pausas lectivas se miran como antes. La emergencia sanitaria nos ha roto los ritmos, además de otras muchas cosas. Lo ha hecho en España, pero qué decir de lo que sucede en México, Perú, Ecuador o Brasil por citar solo unos ejemplos de América Central y del Sur. Un recuerdo especial para las maestras y maestros de Chile.

En estos meses, los cierres han ocasionado graves prejuicios en todo el mundo, más todavía en los países de ingresos medios como es el caso de una buena parte de Latinoamérica. El retroceso que conllevarán estos cierres va a ser tremendo. El último informe GEM (Global Education Monitoring) de Unesco pronostica que las ayudas a la educación mundial, que habían alcanzado buenos valores en 2018, van a sufrir un descenso por la COVID-19 cercano al 12 %, lo cual deja inermes a muchos escolares de países con evidentes dificultades educativas. Además, en territorios en los que las desigualdades en ingresos familiares ya alcanzaban valores graves, el virus no ha hecho sino flagelar todavía más a los desfavorecidos, acaso provocarles cicatrices permanentes. Estas heridas serán pésimas acompañantes para retomar los impulsos educativos cuando las circunstancias los permitan.

Cuando la emergencia de salud disminuya habrá que renovar la educación colectiva y particular; hacerla más reflexiva. En este proceso, cabría preguntarse si la monotonía escolar dificulta su comprensión organizativa, si no se interioriza la dimensión de la escuela como institución, con sus virtudes y sus defectos. Nos tememos que tampoco queda manifiesto, aquí y en América Latina, ese cometido ecosocial dirigido a ayudar a entender la vida cotidiana y el mundo, circundante o no, en temas como el cambio climático o la pobreza e igualdad de oportunidades, por ejemplo.

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Una educación de calidad tras la pandemia

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Ya nada será como nunca. Pero queremos repetir aquello de que la educación de calidad adorna la vida de esperanza, de compromiso, de universalidad y de futuro. Cualquier reflexión educativa se estructura en torno a la valoración del acceso universal a la educación, la equidad, las variables referidas al aprendizaje en sí, la calidad de la educación apoyada también en la formación inicial y permanente del profesorado. Asuntos todos sobre los que hay que trabajar mucho en este momento, cuando la educación formal ha sufrido tanto.

Toca hablar de financiación; máxime ahora cuando los dineros destinados a hacer frente a la pandemia en todo el mundo dejan en incógnita las necesarias inversiones educativas. Cuando volvamos a las aulas hay que examinar si la educación de cualquier país –lo centramos en España y América porque desde allí se visita este blog- dispone de recursos económicos, traducidos en programas y profesorado. El comienzo del informe nos avisa de lo que viene detrás: “Uno de cada cuatro países no cumple ninguno de los principales objetivos de referencia sobre financiación para los gobiernos esbozados en el Marco de Acción de Educación 2030”. Dice la UNESCO que para empezar medianamente bien hay que dedicar al menos el 4 % del PIB a la educación. Claro que es difícil hacer lo que Suecia (7,7 %), Dinamarca (7,6) o Islandia (7,5) pero ahí tenemos a Costa Rica y Belice (7,4) y Bolivia (7,1).

La pandemia debe hacernos cambiar aquellos contenidos estáticos de los que tanto hablamos normalmente en las aulas para acoger acontecimientos de alcance social, propios de una ecoescuela abierta, como puede ser otra de las contundencias del informe: “Las ambiciosas metas en materia de educación no se alcanzarán a tiempo sin recursos adicionales, especialmente en los países más rezagados”. Tomemos nota: de los aproximadamente 5 billones de USD que se destinan a educación al año en el mundo, solamente el 0,5 % se emplea en los países de ingresos más bajos mientras que más del 65 % se dedica a la educación de los de ingresos más altos. Esto se llama injusticia global, es un motivo más para que aumente la explotación de los débiles en muchos países, para anular sus ilusiones colectivas, para que la emigración multidireccional se convierta en una espoleta social. Por eso, solo estos datos nos deben empujar a hacer las cosas de otra forma. Ahí vamos.

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La movilidad como símbolo de libertad ilustra el despiste vital

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Ya hemos hablado de esto otras veces: ¿De qué forma se contraponen el ejercicio de la libertad personal con los efectos éticos, sociales o ambientales de cada una de nuestras acciones? Si difícil era la respuesta a esta pregunta enrevesada hace medio año, ahora casi habría que hacer un ejercicio de pensamiento elevado en un cónclave. ¡Vaya despiste en el que estamos metidos! Por ejemplo, imaginemos una situación cotidiana en nuestras ciudades: movilidad y consecuencias ambientales y en la salud. Antes, ya nos resultaría complejo decantarnos por una postura drástica. En estos días casi es eso lo que menos nos preocupa si pensamos en el concepto movilidad, la queremos toda pues de lo contrario no nos sentimos libres. Esto a pesar de que el asunto no deja de ser serio, como lo demuestran los frecuentes atascos que han vuelto a repetirse en salidas y entradas a grandes ciudades cuando nos han dejado pasar a «la extraña normalidad». ¡Esto a pesar del riesgo de volver a extender la pandemia!

Para analizar lo que hacemos nosotros y los otros hemos de utilizar algo de crítica, compromiso, deseos, derechos y deberes, o lo que mejor vaya. Casi nunca se encuentran resultados duraderos, lo de ahora no me vale después, lo de aquí no sirve allá, etc. Algunas personas sí tienen las cosas claras, o al menos eso demuestran; se mueven por donde quieren poniendo en riesgo la salud de los demás. Las tenemos a nuestro lado o lejos -gobernando grandes países en donde la libertad de unos lastima la salud de otros hasta costarles la vida; no es necesario citarlos-. Hagamos el ejercicio de preguntar a la gente que vive o trabaja con nosotros, lo más probable es que no se encuentren mayorías estables. Aquí va una secuencia de ABC news aunque sea de hace más tres años. Aunque parezca exagerada la imagen, sirve para rescatar uno de los vectores/modelos de la insólita normalidad. Hay quien dice que no piensa comportarse de forma sostenible y saludable ante contaminaciones y pandemias. Otros, tal como están las cosas, acuden en masa a celebraciones deportivas o lugares de ocio sin prevenciones ni protecciones mínimas. El despiste vital no parece normal, a pesar de que se haya viralizado. ¿Es eso libertad?

¡La bolsa, de plástico, o la vida! Ni tan cerca ni tan lejos

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Todo es opinable. Cada cual vive como puede o le dejan; las bolsas de plástico también. Tuvieron, todavía conservan, un lugar importante en la vida colectiva. Todos las empleamos más o menos, bien o mal, para todo o solo en determinadas ocasiones, antes más o ahora igual. Las tenemos cerca, pero parece que empezamos a ver que se alejan. En los primeros tiempos se idolatraron, tan omnipresentes estaban en nuestras vidas que el primitivo cariño se oscureció con la monotonía y acabamos por no darles importancia, por eso no dudábamos en tirar a la basura una tras otra. A alguien se le ocurrió revelar los peligros ambientales que comportan, por más que nos hayan hecho muchos favores. El aviso, que se tornó en denuncia llegó a todo el mundo, era serio ya que han conquistado océanos remotos (formando islas) o el suelo (construyendo montañas en cualquier país).

Hubo gente que empezó a ver que la vida no podría ser una bolsa de plástico y decidió despreciarla, si bien también a esa otra Bolsa -confabulación de dinero con bolsas virtuales- que nos organiza las inclinaciones del consumo. Poco a poco cundió la idea de que eran un despilfarro, por lo de usar y tirar. Perdido el apego, a pesar de tenerlas tan ligadas a nuestra vida, queremos quitárnoslas de en medio: las mandamos lejos, a la depreciada basura o al laberinto del contenedor amarillo; al menos que no se vean. Por eso no está de más dedicarles un Día Internacional Libre de Bolsas de Plástico; es el 3 de julio. Sirve para recordarnos que si bien las bolsas de plástico de un solo uso tienen una utilización media de 12 minutos -en realidad nada si lo comparamos con nuestra vida- sus perjuicios ambientales duran decenas de años –más que nosotros- y deterioran la biodiversidad y más cosas. Normal que ahora se las persiga, en España usamos de media por persona 144 bolsas de esas. Por eso, a pesar de la aportación que han tenido durante la Covid-19 para deshacernos de nuestros desechos -hay que decir que sin preocuparnos adónde iban y la posible liberación de virus-, hay que eliminar su uso y cambiarlo por bolsas reutilizables, si se quiere con el paso intermedio de la ayuda de las de papel, biodegradables, compostables, etc. Porque no se crean que las que depositan en el contenedor amarillo tienen un segundo uso; la inmensa mayoría acaban despreciadas, sin otra vida.

Mire sus bolsas de plástico, decida hasta que punto las tiene cerca o lejos de su vida. ¿Sería posible esta sin ellas, al menos durante un día o una semana?

Recíclame, recíclate, para evitar montañas de basura

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Dicen por ahí que hemos progresado mucho en la cuestión del reciclado de cosas, para que las materias primas con las que están elaboradas tengan varios usos, además se ahorre mucha energía. Sí y no. Sí, si atendemos a las cifras que presenta Ecoembes referidas al año 2019: cada ciudadano depositó 17,1 kg de envases de plástico, latas y briks en el contenedor amarillo (un 9,1% más que en 2018) y 19,4 kg en el contenedor azul (7,2% más que en 2018). Todavía más interesante es ver progresiones: en 2015 eran 12,7 kg que de media per cápita los residuos que se depositaban en el contenedor amarillo en 2015, 15,1 kg al de papel. Más cosas: más de millón y medio de toneladas de envases se recuperaron en 2019; 8 de cada 10 españoles, no se dice si hogares, tienen el cubo de residuos de tetrabrik y envases plásticos. Así pues, suficientes motivos para hablar con orgullo de la conciencia de la ciudadanía y su participación en una tarea colectiva tan interesante y necesaria. En la misma página del hipervínculo anterior se puede acceder, si se desea, al desglosado por autonomías.

Sí pero no. Las toneladas de productos “recuperadas” en los contenedores de las calles, en España hay más de 650.000 puntos, no se corresponderán seguramente con las “rescatadas” que se llevan a los puntos de recuperación de los materiales, a las plantas en donde de verdad se hace la maravillosa tarea de aprovechar lo máximo posible. Tampoco se dice nada de la morralla de cosas que van al contenedor amarillo y no deberían ir; aquí hay mucho despiste colectivo o las cosas no están muy claras en muchos ayuntamientos. Por eso, no suene raro que Greenpeace llegue a contradecir a Ecoembes en su informe Maldito plástico. Allí se afirma que en España apenas se recupera el 25% de los embases plásticos, muy lejos de lo que afirma la entidad gestora (75%). Así pues, los consumidores/productores de residuos plásticos andamos despistados: ¿Lo hacemos bien o mal? ¿Sirve nuestro empeño, o no tanto como nos creíamos?

No, claramente no. Un ejemplo como muestra pero habría muchos. La OCU ha realizado un seguimiento mediante GPS de 43 tetrabriks (de los de leche o zumos) depositados en los contenedores de 21 ciudades. Solo 1 terminó en una empresa preparada para reciclarlos correctamente (parece que solamente hay una planta en toda España, cerca de Zaragoza, pero apenas logra aprovechar un 30% del residuo). 

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El aula de la naturaleza espera a los escolares descofinados, y a la gente que quiera aprender de ella

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Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

La armonía de la naturaleza que tanto apreciamos es un poco inventada. No hagamos excesivo caso a lo del equilibrio ecológico; es una verdad débil porque nada está quieto permanentemente, ni siquiera tres minutos seguidos. El morir o vivir de tal o cual individuo tiene una importancia relativa. Es más terrible si una especie desaparece porque los individuos no supieron a adaptarse a los nuevos tiempos o climas. Muchos ya no están por la intervención humana, muy criticable. Por cierto, hay que buscar la armonía con la naturaleza, que significa no molestar demasiado a quienes por allí viven o transitan. Eso más o menos decía una resolución de la ONU de 2009 y que ha dado título a varios informes de este organismo internacional. De este asunto se habla todos los años el 22 de abril, coincidiendo con el Día de la Madre Tierra.

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La expectante conquista de la naturaleza en un verano atípico

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La naturaleza nos espera temblando. Este verano va a ser especial; vamos a salir de estampida al campo después de tantos días confinados. Puede que lleguemos a esos lugares tan deseados y encontremos lo que buscamos. Seguramente aparecerá algún personaje de los que hemos visto en los documentales que nos han entretenido estos días, o recordamos de experiencias pasadas. De entrada, saludémoslos con la mirada, esa que ayuda a entender la vida en libertad si se conecta con el pensamiento. No intentemos clasificarlos en buenos o malos, bonitos o feos, necesarios o no, simpáticos o molestos; también los hay ocultos, grandes y pequeños. A pesar de cualquier enumeración, las clasificaciones no existen allí, todo está mezclado en un complejo muestrario de vida y cosas, sin más. “La naturaleza nada guarda incompleto ni en vano”, vino a decir Aristóteles, a lo que añadiríamos que cuando no hay propósito de juzgar poco se puede echar en falta. Hay que mirar con el corazón alerta, pues de lo contrario nos perderemos muchos detalles, más todavía si no hemos desarrollado previamente el sentido de la observación o la escucha atenta, o se nos nubló después de estos meses de agobios varios. Allá donde vayamos, observemos a quien siempre nos llamaba aunque no pronunciase palabra; será por eso que Víctor Hugo se lamentaba de que la humanidad no escucha.

Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución, pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

Al final, en el mundo natural nadie que quiera se siente solo, ya que, si sabe percibir, cuenta más lo latente, casi oculto, que lo patente que se ve mucho. Cuando el verano acabe nos habremos llevado las confidencias del paisaje, que nos ha susurrado que ninguna especie destruye su propio nido. Costumbre que los humanos hemos olvidado a pesar de que ya el sabio Averroes explicaba a sus contemporáneos andalusíes del siglo XII que nada de la naturaleza le es superfluo. Cuando el verano pase, puede que olvidemos algunos descubrimientos;  los vientos nos traerán sus ecos a poco que nos esforcemos; si no, a esperar al siguiente, en donde la naturaleza ya no será como la de este año, tan inédita, o no tendremos tantas ganas de verla porque ya habrán acabado los confinamientos. ¡Ojalá!

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El IDH (Índice de Desarrollo Humano) en suspensión de pagos éticos.

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Pronostica la ONU que la actual pandemia causará un grave retroceso en el IDH –el mayor desde 1990-. Tal descenso supone una debacle en la vida de muchas personas, en particular las que habitan en esos países de IDH bajo. Algunas cifras del informe elaborado por el PNUD (Programa de las Naciones Unidad para el Desarrollo) asustan: la esperanza de vida descenderá, es posible que centenares de miles de niños menores de cinco años mueran por la falta de asistencia. Por si esto no fuera suficiente, la educación (factor del IDH que no del PIB) que transitaba mal que bien por países de ingresos bajos y medios no llega durante estos meses de pandemia pues las escuelas siguen cerradas para más del 60 % de los niños. Solamente teniendo en cuenta los millones de personas afectadas y los centenares de muertos ligados a la COVID-19 se atisba un panorama más que sombrío para el IDH global y el particular de los países de ingresos bajos o medios. No olvidamos esas Agendas 2030 que querían poner en valor el desarrollo sostenible. ¿Se rellenarán con hechos?

El IDH se fija especialmente en la esperanza de vida al nacer, los años esperados de escolaridad, los años promedio de escolaridad y el PIB per cápita. Pero también se ajusta en su relación con la desigualdad en general, con el desarrollo y la desigualdad de género, con la pobreza multidimensional, con la salud, con el empleo y bastantes indicadores que permiten dibujar una imagen de los países, agrupados para su estudio en aquellos que tienen un desarrollo humano muy alto, alto, medio, y bajo. Tras la COVID-19 es mejor esta lectura.

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Reflexiones para la escuela de septiembre, de la mano de Jaume Carbonell

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Este septiembre van a reabrirse las aulas. No va a ser un septiembre cualquiera porque el último trimestre de curso pasado ha sido tan extraordinario que poco de lo hecho se puede utilizar como argumento. Por eso, interesa leer y compartir textos como los que escribe Jaume Carbonell en Pedagogías del siglo XXI de El Diario de la Educación. Se pregunta Carbonell, al cual la educación española debe tanto por su magisterio innovador y reflexivo desde los tiempos de su época de director de Cuadernos de Pedagogía, sobre los modelos que la nueva escuela puede adoptar. De un lado, analiza el modelo on line, al que llama sin escuela y menos educación; de otro, se detiene en el modelo presencial institucional y el modelo escolar expandido en el territorio. Paradojas del presente y del futuro que se combinan con la formación dual entre la escuela institucional y la formación en el territorio circundante, sea urbano o rural. Seguramente, los responsables educativos y una buena parte del profesorado se interrogan en este final de curso tan atípico como será septiembre. Sus dos artículos son elocuentes y nada mejor podríamos añadir. Léanlos con atención. Organicen sobre ellos un claustro de debate virtual. Anímense a prepararlo. Llegarán con más ímpetu a septiembre, y con alguna nueva seguridad si la acción educativa y la planificación escolar son compartidas. 

La deseada y necesaria transición escolar no es una preocupación política

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El mundo es como es, por más que le demos muchas vueltas. España es como es, dan lo mismo sus circunstancias. Más de una vez surge la duda sobre si la educación es importante. Se ha podido comprobar durante estos meses. Ha sido la gran ausente de los combates partidarios que se han librado entre los políticos, dentro y fuera de las sedes parlamentarias, a lo largo de tantos días de castigo pandémico. A la vez, hemos tenido que soportar una profusión de noticias sobre si era bueno o malo abrir cualquier negocio; he ahí la cuestión. Cada sector económico ha ido empujando para resolver su problema concreto, su ERTE o la desaparición de tal o cual empresa, si el PIB iba a caer más o menos de diez dígitos.
La escuela ha hablado menos, o los medios de comunicación no se han echo eco de sus inquietudes. Nada se ha dicho de la caída de un imaginado TEC (Tesoro Educativo Común) ni de los consumidores finalistas más expuestos durante este cierre (vulnerables por no poseer recursos o por tener limitadas ciertas capacidades, familias estresadas, alumnado desorientado). De vez en cuando, desde el Ministerio de Educación o las Consejerías -que no consiguen unanimidad en el resto de los departamentos administrativos- se lanzan ideas que son matizadas por quienes las divulgaban. Algunos colectivos educativos o sindicales levantaron la mano tímidamente para hablar pero enseguida perdieron su turno, qué decir de las quejas de familias concretas.

La escuela vaciada merece algo más. Debería estar en el centro, no solo ahora, del interés social y político. Necesita una transformación profunda, llenarse de compromiso y esperanza. Este sería un buen momento para acordar la transición -se habla de la ecológica, la económica y la social pero de la educativa poco- hacia el futuro compartido, pero nos tememos que los ruidos políticos y mediáticos no dejen hacerla -deben pensar que no da réditos económicos- y anulen las buenas intenciones que muy de vez en cuando se escuchan. Al final, habrá que darle a la razón a aquel lugareño que decía que muchos de los actuales políticos no sirven para hablar de educación; no la tienen, o si la poseen no la practican. ¡Qué pena que no tengamos a Luis Carandell para hacernos las crónicas parlamentarias menos dolorosas! Si incluso algunos políticos se quejan de que el Plan del Gobierno para salir de la pandemia les obligue a gastar una parte de los dineros en restañar la heridas de la escuela. Pero aún están a tiempo. La escuela necesita una urgente y comprometida transición, como las que se anuncian en otros campos, pero sobre todo la consideración política que conduzca a un Pacto Educativo. ¿Tan difícil les resulta a los políticos dejar de ser ellos y pensar que son nosotros?