Educación

Ecovestimenta para rescatar la ética olvidada; menos «fast fashion»

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Dicen por ahí, seguro que lo ha escuchado, que la moda de usar y tirar puede resultarnos cara. Pensemos en esa ropa barata, que se vende en esas grandes cadenas, que nos compramos cada año. Dado que el coste económico no ha sido grande podemos desecharla a los cuatro días. Quienes están influidos por la recuperación y el reciclaje la lleva en bolsas a los puntos de recogida que han puesto en marcha ayuntamientos o algunas instituciones de socorro colectivo ligadas a las iglesias. 

Hasta ahora todo parecerá bien, comparado con quienes se deshacen de ella en el contenedor de residuos donde va el «resto» o directamente la amontonan en sus repletos armarios. Pues sí y no. Vivimos en el denominado fast fashion, que más o menos se podría traducir con indulgencia diciendo que es una renovación constante y acelerada de la vestimenta. Por si se había olvidado, las industrias que elaboran esa ropa son de las más contaminantes del planeta (responsables de casi un 10 % del CO2) y de las que más agua utilizan. Marcan a demasiadas personas «el estilo tendencia» y mucha gente se apunta a esa corriente. 

Tanto cuestan tanto duran puestos en un cuerpo, dirían los más viejos del lugar. Pero hay otra cuestión de esclavitud encubierta. De igual valor son los derechos humanos y sueldos de las trabajadoras y trabajadores de esas fábricas de lo efímero. Seguro que saben cuáles son pero los voy a recordar: Bangladesh, India, Camboya, Indonesia, Malasia, Sri Lanka y China, etc..

Apuntemos estas razones para abandonar la moda de la brevedad, según cuenta una investigación divulgada por Greenpeace México: Entre 2000 y 2015 la producción de esa ropa se duplicó (unos 100 millones de prendas), las veces que se ha usado una ropa ha decrecido un 36 %, hay muchas prendas que se usan 7 o 10 veces como máximo, un 75 % de esa ropa recogida termina incinerada (no admite un 2º uso), y un etcétera muy largo.

Según leemos en la revista Ethic «el sector textil genera más de un millón de toneladas de residuos solo en España, situándose entre las cuatro industrias más contaminantes del mundo y siendo la segunda en mayor consumo de agua (con una reutilización, además, de apenas el 1%)». parece ser que la UE, en Bruselas, están trabajando para reducir y, si pueden, eliminar esta lacra del consumismo. Quieren revisar el vigente «Reglamento de la Directiva de Ecodiseño» para que la economía circular mande y el ciclo de la vida de los productos sea razonable. De hecho la UE calcula que estas modas, generalizadas en consumos de ropa y productos en general suponen el 80% de impacto medioambiental. Es decir, rescatar un carácter más sostenible en toda la cadena de valor. Dicho de otra forma: evitar el nacimiento de «la ropa muerta que mata», que podría ser una traducción muy libre de la versión inglesa de la ropa efímera que nos han vendido con el único atractivo del costo para el bolsillo del quien la compra (quizás se desconocía lo anteriormente escrito), pero deudora y derrochadora de la ética global. 

No tengo ni idea de quien es Vivienne Westwood, ni cómo vivía ni a qué se dedicaba pero me gustaría que su frase fuese el nuevo estilo de vestimenta, su tarjeta de pago: “Compra menos, elige bien, hazlo durar”. Y añado: piensa un rato antes en los costes ecosociales de su ciclo de vida.

Por cierto, vienen días de REBAJAS en casi todos los comercios. Saque la mano del bolsillo y olvídese del tarjetero. Compre solamente aquello que de verdad necesite. Gracias globales.

 

Si juegas con el calor te expones a quemaduras

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En pleno ola de calor, tan adelantada que casi quema el calendario, mucha gente sigue comportándose como si tal cosa. Tal cual si no fuera con nosotros, excepto para iniciar conversaciones, maldecir el asunto o el lugar donde vivimos o dotarnos de sistemas climatizadores del aire. Este gente no se habrá dado cuenta de que no solo cuenta el calor encerrado en los lugares habitados. Puede que desconozca que el calor de lo que se llaman olas se refiere a la energía acumulada en la atmósfera, más presente en la troposfera, que es ahí donde vivimos nosotros y el resto de las criaturas del planeta. 

La vida no es un juego, y aquí jugamos al escondite cuando nos toca esforzarnos por algo que no se ve pero de lo que más o menos podemos defendernos. La ciencia asegura, ya no dice probablemente, que la frecuencia de las olas de calor tiene mucho que ver con el cambio climático incentivado por los modelos de vida. Ahí estamos nosotros. El IPCC viene avisando del peligro del aumento del calor en el aire, de lo que ha dado en llamar cambio climático, después crisis, y últimamente emergencia. En su sexto informe afirma que las cosas de la energía en el aire y lo de los gases contaminantes van a peor. Es más apuntan que las temperaturas extremas serán frecuentes en los valles del Guadiana, Guadalquivir y Ebro si persiste la inacción.

Mientras esto acelera, los Parlamentos apenas se ocupan de las consecuencias, no aprueban normativas contundentes. Prefieren emplear el tiempo en maldecirse los unos-as a los otros-as. Imaginemos que existiera una justicia social que vigilase la no protección parlamentaria de la población a la que representan. Entonces se iniciarían expedientes judiciales por la dejación de responsabilidades climáticas. Así los jueces dedicarían menos esfuerzos en castigar los presuntos delitos o faltas que cometieron gente ecologista, científicos y científicas lanzando agua con tintes disueltos a la fachada y puerta del Parlamento español; si es que se han abierto expedientes. Así querían denunciar la inacción comprometida de las Cortes ante el cambio climático y la falta de apoyo a la ciencia en general. La pena es que se recordará el hecho en sí mismo, no las razones que lo provocaron.

Asamblea ciudadana por el clima, una experiencia comparativa

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La existencia de cada uno de nosotros está plena de deseos pero es escasamente visible fuera de nuestro círculo próximo. Solo cuenta lo que expresen la celebridades, aunque no digan cosa comprensible, más que nada por lo que ocultan. Asomarse a ciertas redes sociales es una manera segura de flagelarse por el diluvio de vacuidad que expulsan.

Frente a esas hay experiencias renovadoras e ilusionantes de las que tenemos ejemplo por toda Europa y el mundo: las Asambleas Ciudadanas por el clima. La que se ha puesto en marcha recientemente en España (100 mujeres y hombres anónimos, elegidos al azar) se ha reunido, debatido, acordado, ilusionado, leído con compromiso, etc. Sus integrantes, mujeres y hombres sin especiales vínculos con acciones contra el clima, han compartido sus visiones. Fruto de ellas se han «atrevido» a presentar 172 propuestas a este gobierno y los que vengan detrás. Seguro que la actual Ministra ha tomado buena nota; a ver si las circunstancias la dejan ser valiente y le dan tiempo a serlo. A veces los mensajes del Ministerio son interpretados de forma «peculiar» por quienes gobiernan en las CCAA, provincias, ayuntamientos, etc. No digamos ya del mundo empresarial, excepción hecha de unas cuantas empresas que han interiorizado que no hay otro camino. Pero la mayoría son incrédulas o directamente negacionistas. A ver si va a ser verdad aquello que dicen que dijo el filósofo y escritor británico Bertrand Rusell, Nobel de Literatura,  sobre que “Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los políticos (influenciados por sus creencias y por las empresas multipoderosas) por hacer imposible lo posible». Afortunadamente para nosotros no son todos.

Las conclusiones de la Asamblea Ciudadana, por ahora, están en las antípodas de las que hacen los poderes públicos y empresariales. Para estos últimos las palabras enmudecen a las obras, mientras que los primeros proponen palabras de esperanza. Pero de entrada, gracias al Ministerio de Transición Ecológica por promoverla. Ha querido crear un laboratorio sin contaminar que debía imaginar la mejor manera de hacer que España sea climáticamente neutra. O casi, por que a nuestro modo de ver hay probables que resultan en sí mismos imposibles. A la vez que se dan improbables cercanos a lo posible. Albert Einstein hubiera dicho que “Los que dicen que es imposible no deberían molestar a los que lo están haciendo». 

Los procesos de deliberación ciudadana son necesarios siempre, ahora todavía más que los problemas aumentan y da la sensación de que nos hemos vuelto tan «exclusivistas» con nuestros ideales. Más ahora que en España los procesos de deliberación han huido de muchos parlamentos, qué es parlamentar sino escuchar con respeto para llegar a acuerdos, en los que se practica mucho más el «tiro al plato», con proyectiles verbales. 

Desde muchos sectores se intenta luchar contra el cambio climático. Creámoslo: es un problema serio de atención urgente que implica cambios de estilos de vida profundos. Lo expresaba con una rotunda claridad la gran filósofa y poeta María Zambrano: No se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero. Al menos, que los políticos se esfuercen en mirar con ese planteamiento las 172 propuestas y las clasifiquen según su urgencia. 

Educación acantonada: horizonte sombrío

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A uno le cuesta creer lo que no entiende; para otros la educación es fundamentalmente creencia sin ir más allá. En educación hay banderas y bandos. Cada tendencia asegura que busca la perfección, sabiendo que es una quimera. Cada nueva ley educativa se asemeja a una pulida colección de virajes erráticos, más o menos grandes.

Una parte del profesorado quiere elevar las leyes a la excelencia, otra la ignora y va a lo suyo; para buena parte pasará desapercibida. Las leyes siembran las semillas o enseñan las flores esperando que el público (profesorado y alumnado) las admire o ponga en un jarrón. Por lo que parece, cada día sabemos más de cómo educar y entendemos menos sobre qué educar. Lo que pueda saber el alumnado siempre será un grano de arena en una gran playa. Deberá emplearlo para construir o coleccionar; nunca será lo mismo. Todos tenemos derecho a saber y conocer; así podremos contribuir a construir un mundo más justo, o no. La cuestión principal siguen siendo las banderas o los iconos.

En las leyes educativas se potencia el aprender, muchas veces sin reflexionar. ¡Vaya pérdida de energía! Así no se fomenta el hambre de descubrir que enfatizaba Camus. Porque por mucho que insistamos en presentar lo esencial muchas veces es invisible a los ojos, o estos no conectan con el pensamiento. Para el profesorado, enseñar debería ser aprender a dudar. Se empeña en enseñar qué pensar, de ahí que contribuya a delimitar los cantones de las sucesivas leyes. Valdría más entrenar en cómo pensar, ya sea hacia lo simple o lo complejo, con más o menos compromiso. 

La educación española balbucea en la penúltima ley; la última será la del partido que gane las próximas elecciones. Esto va de cantones. Entre el profesorado hace tiempo que se instaló la esperanza perdida, que es el peor de los desastres educativos. Tampoco ayuda que la sociedad no se dé cuenta de que la vida es una continua educación. Un proceso que no termina nunca si las semillas germinaron y los brotes fueron bien abonados. Lo contrario sería un permanente estado de tedio, que ha cubierto desde antiguo buena parte de los cantones. Además, los partidos políticos han ido cavando zanjas alrededor de los exclusivismos.

Quienes impulsan las sucesivas leyes educativas olvidan que hay que regarlas continuamente, dentro de la escuela y fuera. Si así fuere, quizás bastantes profesores y profesoras tendrían a mano la solución a los problemas que seguro se les van a presentar a su heterogéneo alumnado. ¡Se habla tanto de la inclusión educativa, de la educación para la vida! En demasiadas ocasiones lo aprendido en la escuela sobre una temática ecosocial, aspectos de la crisis climática o la educación para la ciudadanía global por ejemplo, se contradice con las maneras de conducirse la sociedad. Zonas estancas dentro de los cantones.

Pronto vendrán las vacaciones. ¿Y después? Ojalá los cantones sean capaces de aliarse en un Pacto por la Educación y construyan puentes de tránsito educativo. Que sirva también para quienes tienen menos posibilidades por el entramado social donde viven u otras causas relacionadas con las capacidades.

Invertir en la Tierra da réditos de supervivencia global

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Todos los años aparece en el calendario mundial para decirnos que está ahí. Cada 22 de marzo se generan multitud de noticias y actos que hablan de un continente olvidado, casi desaparecido, llamado Tierra. Por eso hemos querido retrasar un poco esta entrada, para que la ola biogeográfica llegue más de una vez a la orilla pensativa de quienes más pueden hacer por no estropear su devenir natural. Siempre se suele decir que es nuestro continente. Iría mejor hablar que es el lugar que nos contiene, del que somos deudores como el resto de las criaturas que lo habitan. Unos y otras somos privilegiados. Pero ya se sabe, cuando algo no falta poco suele recordarse a menudo.

La Tierra es vida; ahora enferma porque debe cogestionar demasiados cambios bruscos. Algunos son propios de su existir, y cambiarían de forma progresiva o regresiva en su entropía permanente. Mientras que otros se han incrementado aceleradamente a causa sin duda de la sensación de pertenencia que los humanos tenemos con respecto al Planeta.

En los mensajes que se prodigan estos días manda el hecho indudable de la contaminación del aire, que también pertenece al sistema Tierra. De esto se habla mucho pero no se escucha apenas, al menos lo que debiera. Seguro que el Planeta está triste por esa falta de atención, que es global. Tierra antigua que se mezcla con una nueva, que cambia los ritmos vitales de forma acelerada. Se dice con vanagloria que poco a poco la especie humana conquistó la naturaleza. Craso error pues la conquista supuso demasiada destrucción. Si pudiésemos hacer un viaje en el tiempo retrocediendo unos 2.000 años no la reconoceríamos. Este sistema biogeográfico es un ir y venir unas veces calmado, otras convulso. Por eso no debe haber un solo Día de la Tierra.

Las personas, como colectivo, somos arrendatarias de su destino. Pero la están destruyendo y acabarán quedándose sin oportunidades. Algo así vino a decir la pintora mexicana Frida Kahlo. ¿Qué pensaría ahora vistos las crisis causadas por el cambio climático, la COVID-19 o las guerras? ¿Con qué trazos pintaría al Planeta y sus criaturas?

Vivir es una experiencia compartida, por eso deberíamos tener señalado en todos los días de nuestra agenda el deber de acaparar lo menos posible para que nada cambie demasiado rápido, o sea irreparable. Alguien tan respetado como John J. Audubon manifestaba que los verdaderos conservacionistas son quienes saben que el mundo no ha sido heredado de sus padres, sino prestado por sus hijos. En cierta manera todos tenemos interés en seguir siendo habitantes de la Tierra, luego deberíamos hacernos conservacionistas, aunque nada más fuese por egoísmo. Debemos comprender el valor de la naturaleza en sí misma y actuar en consecuencia. Si así sucede, la naturaleza permitirá que los humanos estemos mucho tiempo más con ella.

Me gustaría terminar este chispazo invitando al pensamiento crítico en torno a una frase del filósofo argentino Santiago Kovadloff: “Durante centenares de miles de años, el hombre luchó para abrirse un lugar en la naturaleza. Por primera vez en la historia de nuestra especie, la situación se ha invertido y hoy es indispensable hacerle un lugar a la naturaleza en el mundo del hombre”. Ahora a esperar hasta abril de 2023, pero manteniendo la mente comprometida en torno a lo que significa el Planeta sin tener las manos quietas, comprometiéndonos sin excusas en las reparaciones que podamos desarrollar, individual o colectivamente.

Descubrimos que el solucionario de los incrédulos climáticos está en blanco

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La vida sigue igual, y no nos estamos refiriendo al éxito de aquel cantante español. Hablamos de la climática. Igual pero con dimensiones distintas. Más cambios, más grandes, más urgentes y sin embargo, parece que la gente, en sentido universal, está dormida. O tiene tantas preocupaciones diarias que le impiden avanzar en el tiempo. Los incrédulos climáticos tienen un solucionario: si no te afecta bruscamente, si no te empuja por un precipicio, si no arden tus propiedades, si no te ha chamuscado hasta las cejas, etc., déjala pasar que mañana será otro día. 

El solucionario de los incrédulos no necesita fechas, no dice cuando se arreglará el panorama mundial que sí afecta al resto de los vivientes. El IPCC, ese conjunto de científicos que no les hacen ni cosquillas a los incrédulos, afirma con rotundidad que el planeta ya no va a ser el mismo y que hay cambios irreversibles que no hacen bien a nadie. Pero también habla de que existen las herramientas para limitar algunos efectos. Se sabe que estos últimos años la contaminación del aire no ha crecido a la velocidad de antes, pero también se constata que no se ha hecho lo suficiente para controlarla más. 

Estamos en la cuenta atrás. «Las emisiones de gases de efecto invernadero deben llegar a su momento pico antes de 2025, con ese año como punto de límite. Además, deben caer hasta reducirse un 43% para 2030», dice el último informe del IPCC. Se desgañita Antonio Guterres, el Secretario General de la ONU, con sus advertencias: Los topes marcados por el IPCC no son ficción, no son exageración, antes bien algo real que deja claro lo que se le viene encima al planeta. Una advertencia general nuestra: somos parte de ese planeta, por más que muchas veces lo disimulemos. 

Descubrimos que el solucionario de muchas empresas y gobiernos que se apuntaron al pacto verde europeo tiene poco más que las tapas, muy bonitas eso sí. La únicas hojas escritas sirven para demostrarse a ellos mismos que si un problema tiene solución se arreglará libremente, y que si no la tiene por qué preocuparse. No han debido leer nunca lo que dicen que Albert Einstein, le han atribuido tantas frases que ya dudamos de muchas de ellas, dijo: los problemas de hoy no los puedes solucionar pensando (y actuando) igual que pensabas cuando los creaste. Casi podíamos resumir nuestro solucionario en esa frase. Pero mientras lo hacemos queremos darle una vuelta a aquello que afirmaba el filósofo Ludwig Wittgenstein referido a la cosa matemática: «No hay enigmas. Si un problema puede plantearse, también puede resolverse». ¡A ver si se van a agarrar a la idea los incrédulos climáticos» 

Hace años ya era tarde para retener el cambio climático, pero todavía podemos aminorar su magnitud

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Dice el último informe del panel IPCC que el pico de las emisiones de gases de efecto invernadero debería conseguirse en 3 años, y a partir de ahí bajar por un pendiente sostenida. Todos somos conscientes de que se nos acabó el tiempo de gloria consumista y del estado de binestar sin esfuerzo propio, pero también conocemos que no todo está perdido. Alguien dirá que está hasta … de tanto aviso. Que no será para tanto cuando seguimos viviendo, que es más importante acabar con la COVID, con la guerra de Ucrania o encontrar un trabajo digno que nos permita aspirar a logros mayores en nuestro bienestar. Pues no, se equivocan. Lo de la huella ecológica de cada cual por su consumo de combustibles fósiles o con productos y materiales tiene repercusiones en la vida propia y de los vecinos.

Las mujeres y hombres que constituyen el panel que estudia el clima en la ONU avisan de que el calentamiento amenaza el bienestar humano y la salud planetaria, que será letal para una parte de la humanidad, porque la vulnerabilidad es otra de las desigualdades de la sociedad actual y futura. La lectura de miles de investigaciones les obliga a reconocer que “el alcance y la magnitud de los impactos” de esta crisis “son mayores de lo estimado” hasta ahora. Mientras los gobiernos de los países ricos, no tenemos datos de los de los pobres, siguen primando el consumo de combustibles fósiles. 

Hace un par de días escuchaba decir a un afectado por las convulsiones del Mediterráneo que era la cuarta vez que este año se le destrozaba su negocio de restauración colocado al borde de la playa. Me interesaría conocer a qué achacaba esa desgracia. Por lo que leo en un periódico, el problema es que no dará tiempo de restaurar todo antes de las vacaciones de Semana Santa y muchos negocios perderán. Me pregunto qué no hemos entendido del cambio climático, o nos negamos a ver. Los medios de comunicación y las administraciones son cómplices de la falta de educación informal de la gente sobre este asunto.

El reciente récord de temperaturas alcanzado en la Antártida no es una buena noticia. Empecemos a pensar lo que les sucedería a las zonas de la playa mundial, el agua de los océanos fluye a lugares lejanos por si no lo sabían, se se repite esa tendencia. Digámosles que uno de los reguladores del clima son las corrientes oceánicas, que están cambiando de patrones de funcionamiento. Por eso no nos parece desacertado el título del artículo de El País que enfatiza diciendo «Ahora o nunca«. No lo veamos como una catástrofe sino como un recordatorio del día a día.

 

Alimentación sostenible en España, y ¿en el mundo?

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Hace unos días la Fundación Alternativas publicaba El libro Blanco de la alimentación sostenible en España. Merece la pena una lectura reposada porque habla de aspectos de la vida que hay que valorar, concertar, de cara al futuro. Así, destacamos cuando habla de que la inseguridad alimentaria va más allá de las colas del hambre; de que hacen falta Sistemas agrícolas que minimicen sus impactos medioambientales y vayan en la dirección de una adaptación al cambio global que hemos de concretar; de que los sistemas ganaderos deben realizar una transición que concluya en una menor producción y consumo pero de mayor calidad; de que en todo este entramado debe concretarse un ciclo hídrico sostenible con adecuadas medidas de gestión de la demanda y una visión ecosistémica de la oferta; de que la logística y la distribución asociativa aminoran los desperfectos ambientales y protegen las economías de tránsito.

Nos invita a preguntarnos si son necesarios unos enfoques territoriales para una alimentación sostenible de verdad en conjunción con un mundo rural vivo permanentemente; sobre la inocuidad de los alimentos de todos los alimentos y la eliminación de los riesgos químicos evitables. En fin, de lo que significa un consumo alimentario responsable. Además plantea el reto de educar a la ciudadanía para una que adopte una alimentación sostenible y saludable, para que se mantenga vigilante ante la publicidad alimentaria y todos nos preguntemos, las administraciones y las empresas también, sobre la efectividad de las políticas fiscales para una alimentación sostenible. Parte de lo expresado queda resumido en sus conclusiones: un completo vademécum para la vida diaria. Alguien dijo que en la alimentación reside la visión nuclear del mundo; esperemos que no llegue a explosionar.

Nos preguntamos si estos postulados servirían para todo el mundo, si hay enclaves de presión particular que lo puedan dificultar, si el cambio es muy profundo y costará llegar al ideal final. En fin, ahí tenemos unos cuantos temas para el debate familiar, en el trabajo, en los medios de comunicación y mucho más en los ámbitos de la administración y en los sistemas comerciales que la presionan.

Revisemos en los medios de comunicación accesibles en Internet cómo va este asunto en el mundo.

Preparándonos para lucir la lucha climática.

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Es mañana pero aquí lo traemos hoy, casi en forma de contrapuntos entre mundos diferentes: el individual y el mundial. Digamos que lo primero es parte de lo segundo porque se manifiesta en forma de un destino, deseado u obligado por las circunstancias climáticas. Alguien anda por ahí encerrado en una cáscara de nuez, como si no le afectara nada. Alguien que en realidad son bastantes; todos no. Porque el tiempo que le falta al clima para ser catástrofe no se mide con los relojes, sino con los sentimientos. Porque el rastro de cada cual va más allá de las huellas que dejaron sus zapatos. Hay gente tan despistada o egoísta que cuando la ciencia descubra donde está el centro del clima se va a enfurecer al descubrir que no es ella misma. No sabemos cómo reaccionará al saber que este invierno ha sido el más caluroso desde 1961. 

Lucir o enlucir el clima, ¡Vaya impertinencia! Más de uno de los que se mirasen en un espejo para ver cuál de las dos tareas están realizando desaparecerían al instante. Frente a los activistas por el clima están quienes no hacen nada, tienen la ventaja de que nunca yerran. Aunque a decir verdad, la mayoría de los humanos climáticos tenemos un polo positivo que atrae y uno negativo que repele; todo depende de quien nos mire. Lucir o traslucir, enlucir o deslucir, son cosa particular y colectiva. Con todo, la humildad climática consiste en transigir con nuestros errores y ser conscientes de que la moderación consumista y el compromiso personal casi nunca encuentran aplauso fuera de nuestra propia esfera. A veces hemos de conformarnos con no ser de lo peor que hay, que nos suena como a un elogio. ¡A ver si la felicidad, climática, va a consistir en saber unir el principio de lo que hacemos con el final de lo que conseguimos! 

Se me había olvidado. Ayer 23 de marzo se recordaba el Día Meteorológico Mundial. En esta página se contaban los desastres provocados por las bruscas o largas variaciones meteorológicas. Atentos a los informativos el día 26 para ver qué nos cuentan sobre el Día Internacional contra el Cambio Climático, hay dos en el calendario. Imaginamos que entre todo lo hablado entenderemos algo del momento crítico, pero no sabemos lo que quedará en la conciencia colectiva unos días después.

El agua olvidada en un mundo convulso

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El título de esta entrada está casi copiado de una obra literaria. Quiere llamar la atención sobre el agua que somos. Necesitamos llenar nuestro diario del agua, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, en cualquiera de las actividades de trabajo u ocio. Por eso se verá que la relacionamos con todas las categorías de este blog. No llueve y los embalses están casi vacíos, como retándonos al olvido que seremos por no saber recordar.

Según parece, en la mitología griega, a quien moría le daban a elegir antes de volver a nacer dos posibilidades: beber de un río que le proporcionaba el olvido absoluto de su vida anterior y el otro le otorgaba la posibilidad de recordarlo todo. Habida cuenta del riesgo en que nos encontramos en relación con la disponibilidad del agua cabe preguntar algo parecido a cada una y a todas en conjunto de las personas: nos olvidamos del pasado y presente de nuestra relación con el agua o mejor recordamos todo lo pasado para sostener un futuro menos incierto. 

Desde muchos lugares se nos lanzan mensajes que nos recuerdan el riesgo de los olvidos. Hoy mismo, 22 de marzo, se celebra el Día Mundial de las Aguas, en plural porque aguas hay muchas, con diversos usos, en formatos más o menos útiles para nosotros, en el planeta de las aguas que es la Tierra. Lo sabe bien quien se crió en la estepa monegrina, en donde se adoraba el agua por su escasez. Las generaciones posteriores habrán bebido otras aguas, pero siempre quedará en el recuerdo las balsas donde se recogía el agua de lluvia, siempre escasa, para beber. Atrás quedaron las novenas y la canción infantil que imploraba que lloviese a la Virgen de la Cueva.

Por entonces nada se decía de esos 60 litros por persona y día como derecho humanoLa ONU viene publicando cada año sus informes esos que nos dicen cómo va evolucionando el derecho, que todavía no disfrutan cientos de millones de personas Hay que leerlos y saborearlos para entender el agua que fuimos y podemos ser.

Agua de Alfonsina Storni, que veía «Elásticos de agua mecen la casa marina. Como a tropa la tiran. La tapa del cielo desciende en tormenta ceñida: Su lazo negro. Vigila. Asoman en la tinta del agua su cabeza estúpida las bestias marinas». Agua para no olvidar. Como aquella agua cortesana de la que hablaba Juana de Ibarbourou: El agua tiene un alma melancólica y suave/ que en el lecho arenoso de las ondas solloza,/ atrae, llama, subyuga. ¡Dios sabe si la nave/ que naufraga, en sus brazos de misterio, reposa!

Agua de ayer y de hoy para no olvidar ni a los que la despilfarran ni a quienes no la tienen ni para satisfacer sus necesidades básicas.

Leer el artículo completo en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

Día Mundial de los Bosques, complejos mundos donde no solo hay árboles

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Como antaño, el árbol tiene su día en el calendario mundial y son muchos los lugares en donde escolares o personas mayores ejemplifican eso que dicen que asegura la vida completa: plantar un árbol. Hoy mismo se celebra en todo el mundo un recuerdo al árbol, al tótem sagrado que ha sido utilizado siempre para representar a los bosques. Durante mucho tiempo se denominó «del árbol» pero la ONU decidió en 2012 cambiarlo por el Día Mundial de los Bosques. Así daba valor a los ecosistemas complejos que forman los bosques, no solo los árboles. A estos ya los había homenajeado Joan Manuel Serrat. Nos cantó la rebelión de los árboles solidarios del mundo, poniendo música al cuento de Mario Benedetti. Pero los bosques son algo más, son un compendio de biodiversidad allá dónde existen, por pequeños que sean. El amor al bosque lo poema como pocos Nacha Guevara, aquella actriz y cantante que supo hablar claro y alto en No llores por mí Argentina.

Hay cientos de cuentos sobre los bosques pero de lo que vamos a hablar aquí no es ningún cuento. Procede de un artículo publicado en elDiario.es. Lleva por título una alerta poderosa: La crisis climática empuja a la selva del Amazonas a un punto de no retorno en su senda de degradación. Cuenta las conclusiones de una publicación de la revista Nature en que se afirma que «El 75% de la selva amazónica muestra un incremento en su deterioro desde el año 2000 “compatible con la aproximación a una transición crítica” en la que “la deforestación y el cambio climático pueden haber empujado a la Amazonía hacia un umbral de extinción del bosque”. Uno de los grandes pulmones del Planeta en riesgo de no serlo. Nos recuerda que entre la deforestación, los grandes incendios forestales intencionados o no, el creciente cambio climático y el uso del terreno para actividades humanas están aniquilando la selva.

Una curiosidad: ¿Tiene pensando algo especial para acordarse hoy de los bosques? ¿Acaso la planificación de una acción posterior? Se puede empezar por una respiración profunda pensando en ellos, una mirada cómplice al contenedor azul de su calle junto con el deseo de visitarlo más a menudo.  Pueden visionar El hombre que plantaba árboles de Jean Giono, con la pretensión de que pasado un largo tiempo llegasen a ser un bosque. O quizás regalarse, para leer en familia y prestarlo después, Walden.La vida en el bosque de H. Thoreau o el más actual Un bosque herido de José Ignacio Vesga.  Adelante. Artemisa y Silvano, cuidadores de los bosques, se lo agradecerán, y las generaciones futuras también.

Las escuelas de Ucrania se vacían de esperanza

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Escuelas abandonadas en las que los recuerdos clamarán las ausencias de voces e imágenes. Imágenes de escuelas refugio que salvaron vidas porque  no se encontraron con ellas las bombas. Bombas que explotan sin hacer ruido en la vías de escape, para huir de la maldita invasión. Invasión que debería desaparecer de los libros de texto de todo el mundo. Mundo que asiste perplejo a las imágenes que ven los niños y niñas de Ucrania estos días. Días que no se olvidan nunca, ni siquiera con un lavado de cerebro. Cerebros lavados que se suponen en las escuelas rusas, o en algunas previas ucranianas, para identificar al enemigo. Enemigos que no lo fueron ni lo serían de no ser por invasiones varias. Invasiones que dan argumentos para trabajar aquí la paz solo con mirar a las caras de mujeres que huyen con sus niños y niñas. 

Caras de sufrimiento que miran al infinito, a aquello que perdieron. Perdieron lo que hasta anteayer era su esperanza y se cifraba en la educación. Educación sin fronteras que se escribe en forma de paz. Paz como nexo de unión entre todas las escuelas que se interrogan sobre qué supone de ventaja y si es más necesaria que nunca una ciudadanía global. Ciudadanía global olvidada por unos, ennegrecida por otros y bombardeada ahora por los invasores rusos. Invasores rusos que también hablan de paz, pero en sus escuelas de la vida cotidiana no educan para la paz, sino para la brutal competencia. Competencia no colaborativa, que ya animaba a Mafalda de Quino a pedir que se parase el mundo pues se quería bajar, que puede ser el origen de desencuentros y guerras. Guerras en pasado, en presente y en futuro. Futuro en huida, niños y niñas empujados a dejar su escuela. Escuela que es sufrimiento, que se vive huyendo, en donde se aprende para no saber dónde se encuentran ni siquiera si podrán regresar de allí donde crecían aprendiendo junto a otros. Otros serán quienes los acojan en sus aulas en los países que reciben desplazados o en toda Europa, que tendrán que ser marcadamente inclusivas. 

Educación inclusiva que si se logra no llegará a borrar el lenguaje universal de las armas, las matemáticas del número de muertos y destrozos, el medio natural abrasado, el sistema social destruido, el arte plasmado en bombas destructoras, la memoria de la educación cívica, los mapas que recogen los efectos de la discordia. Discordias tan fuertes que anulan los intentos de formular esperanzas educativas. Esperanzas que quedaron sepultadas porque la guerra reemplazó, hace tiempo ya, a la aprendida democracia. Democracia que debería quedar permanentemente escrita con letras grandes en cada aula de Ucrania, Rusia, la Unión Europea y todo el mundo, en cada cuaderno del alumnado. Al lado una frase de Paul Valéry: la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para gentes que sí se conocen pero no se masacran.

Masacres mentales y físicas que llevan consigo las guerras que quieren acabar con otra guerra. Así nunca se alcanzará la paz. El dinero malgastado en tanques, en armas y soldados sirve para tener más y mejores libros, lápices, escuelas y profesores. Esto dijo una y otra vez Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz, «de la Igualdad y la Esperanza», en 2014. Si algún día llega la paz habrá que mantenerla, pero ya sabemos en qué invertir lo ahorrado en guerras nunca emprendidas. Por desgracia hay más «ucranias» (Siria, Yemen, Afganistán, Palestina, etc.) en el convulso mapa mundial de intereses. No las olvidemos, aunque nos queden más lejos. Se merecen que allí entre la esperanza.

Con(ciencia) ciudadana para valorar la biodiversidad

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Que la gente, urbana en este caso, está mejor informada que hace unas décadas es un hecho innegable. Conoce más detalles de las causas y consecuencias de fenómenos o tendencias sociales a las que antes apenas miraba. Menos aún se preguntaba dónde estaban la raíz y los frutos del tal o cual fenómeno o acontecimiento. La ciencia aplicada se ha acercado a la ciudanía para darle claves del origen y del proceso que siguen determinadas cuestiones. De entre todas estas, podríamos detenernos en algunas tan importantes como la contaminación o la movilidad urbana, etc., pero las dejamos para otra entrada.

Pensemos simplemente en la biodiversidad. Llevémosla al ambiente urbano porque en el natural parece condición implícita. La biodiversidad urbana no siempre se ve. Se diría que queda al margen del mundo natural. Sin embargo, basta un paseo para comprobar que no vivimos solos en la ciudad, que la vida se expande fuera de nuestra casa. Posiblemente, conocer la existencia de esa vida, identificar alguno de sus componentes, es un primer paso para despertar en interés individual. Observemos mientras paseamos, detengámonos frente a algo vivo, preguntémonos qué le permite vivir ahí y si desempeña un papel vital en el ecosistema que es la ciudad a la que pertenece.

Ciencia que acerca a un conocimiento más riguroso de la problemática ambiental, que puede llevar a una valoración crítica, valorativa y transformadora. Dicen que en eso se basan los aprendizajes servicio, conocer algo que nos mueve a actuar en beneficio de todos. Ciencia que abre la puerta a la conciencia de que la biodiversidad, en este caso urbana, es una de las variables de la sostenibilidad global.

Ciencia urbana es seguir la evolución de ciertas especies, apreciar si abundan o no en nuestras calles, tejados o parques. Ciencia es fijarse y anotar cuándo tal o cual especie vegetal florece, preguntarse por qué lo hace así y anotar los resultados año tras año; mirar a los árboles de otra forma para que no queden como estatuas que adornan nuestras calles. Ciencia es mirar al cielo para ver cuando llegan vencejos, aviones y golondrinas, dónde tendrán sus nidos. Ciencia es buscar y fotografiar, ahora que todos llevamos cámara en nuestro móvil, a los insectos que aparecen cuando hace menos frío, en particular abejas y mariposas que pasan por un mal momento. Ciencia es cultivar y anotar sus cambios de plantas en el jardín o macetas de casa. Ciencia es mirar al suelo para ver qué tipo de tierra hay en determinados lugares y aventurar cuáles sostendrán mejor a las plantas. Ciencia es reconocer lo que sucede en determinadas plantas cuando aparecen nuestras alergias. Ciencia es descubrir a los líquenes que se agarran en árboles, muros o suelos. Ciencia es apuntarse a un proyecto de investigación sobre los ríos urbanos. Y tantas otras acciones que pueden formar conciencia de que la malla que une a toda la vida está pendiente de unos factores que genéricamente se llaman sostenibilidad. Ciencia es dejarse llevar en un parque o en el entorno urbano para soñar emociones. Ciencia es hablar de todo con nuestra familia y amistades, avanzar en darle contenido a la sostenibilidad urbana viva.

Para explorar más visite Ciencia ciudadana, naturaleza urbana y educación ambiental. Desarrollo de observatorios ciudadanos para la conservación de la biodiversidad y la transformación ambiental de las sociedades metropolitanas.

Elogio de los docentes que han luchado por sus alumnos

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Así dice la editorial del recién salido número 9, curso 2021-2022, de la Revista de El Diario de la Educación. El número lleva por título Proeza. Cómo los docentes salvaron el vínculo con sus alumnos en tiempos de pandemia. Comienza dando «Gracias» de la mano de escritoras y escritores: «Gracias por proteger la infancia y la escuela a toda costa» de Núria Labordi, «Esto no fue teletrabajo. Fue algo grande. Inmenso» de Daniel Villaró, «Hoy creo en mí gracias a ti, querida maestra» de Clara Fuertes, «Formarás parte del patrimonio sentimental de nuestro hijo» de Juan Aparicio Belmonte, «Gracias por ser la estabilidad en la incertidumbre» de Patricia Pólvora, «Para Cristina, María José… Para los profesores de mis hijos» de Raquel Villaamil, «Querido profesor imaginario» de Andrea Rodés y «Carta a un docente» de Mario Catello.

A continuación, Pablo Gutiérrez, el director de El Diario de la Educación introduce «Cómo fueron la años más difíciles de nuestra vida» desmenuza las «Proezas» de sobrellevar las pandemias y seguir adelante. Allí Fernando Rodríguez reflexiona como «La pandemia pone en evidencia la desigualdad a escala global», Dolors Queralt escribe «Celebremos los éxitos (paso 6 de Kotter)», Carlos Serrantes nos enriquece con «Diario de bitácora: El Coronavirus», Sara Martí propone «Despídete del miedo que no te dejaba avanzar», Montserrat nos avisa en «Estudiantes: Crecen las desigualdades».

Cualquiera que valore la educación no se puede perder las entrevistas en clave socioeducativa y pandémica a: Una maestra anónima de pueblo, Francesco Tonucci, Marina Garcés, Daniel Innerarity, Victoria Camps, Marcela Lagarde, Yayo Herrero, Henry Giroux y Maite Larrauri.

Viene detrás todo un capítulo lleno de «Retos»: «Más allá de las ratios» de Pablo Gutiérrez», «Educación social en pandemia: de vínculos, aprendizajes y oportunidades» por Silvia Carrasco, «La educación digital en tiempos de pandemia» por Jordi Jubany, «Educación ambiental: la apuesta por la ecoética» por Carmelo Marcén.

El quinto bloque se destina a hablar de valores: dentro y fuera de la escuela, para educar en igualdad, practicar el aprendizaje servicio, como se construye y se destruye el odio, etc.

Finalmente, incluye una serie de Análisis con una mirada puesta en el futuro donde se aborda como una buena educación nos hará más libres, otra presencialidad es necesaria, sentido comunitario de la vida, aprendizaje y bienestar, reinventar el presente y qué podemos hacer cuando nos quedamos sin tiempo.

En fin, una regalo de ideas -empecemos por enlazar siquiera los titulares de los artículos y veremos nacer una escuela nueva e inclusiva- para llevar a cabo una reflexión individual y sentir nuestro individual momento profesional. Una invitación al debate colectivo en los departamentos, ciclos, claustros, consejos escolares. Necesitamos sentirnos vivos-as en nuestros centros y dar cauce a las inquietudes. Más ahora, cuando la Lomloe nos debe animar a repensar la educación obligatoria.

Seguro que habrá que volver a elogiar a los docentes por su revolución educativa.

Vocación de enseñar en pandemia, la quimera de lo sencillo

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Hace unos años publicaba una entrada en este blog en la que decía que lo natural es que las personas, los chicos aún más, quieran aprender. Que vocacional es una disposición generalizable a quien enseña y a quienes aprenden. Resaltaba que a ello unos y otros dedican cada día mucho más tiempo del que se cree. Ahora toda la vida es aprendizaje, razonado u obligado, mediatizado por las condiciones pandémicas.

Hoy la UNESCO ha declarado el Día Internacional de la Educación. Ahí aparecen los maestros y las maestras que aman su profesión, que son/eran felices en la escuela. Siempre prestos a ofrecer una mano afectuosa, ahora desde la distancia, para ayudar al alumnado a formar su personalidad, para rescatarlos de una parte de sus angustias. Pero esta difícil misión no tiene fin, el profesorado se cansa y tras el cansancio emerge el desánimo.

Cada día nuevo puede ser una aventura, tanto para el alumnado como para el profesorado, se encuentre bien o regular, en una clase con más o menos confinados. Para ambos colectivos la vida escolar no es sencilla, el miedo ambiental se lee en las caras y hasta en algunas pizarras. Ya no servirá solamente con que las clases en la escuela sean interesantes si se ama el trabajo de enseñar, si se ofrecen posibilidades para descubrir, si el maestro/la maestra sienten que también están aprendiendo.

Falta el contacto visual, la atención despreocupada, el cariño de los gestos, la proximidad, la pureza del aire, un ánimo cómplice, etc., tanto en la educación obligatoria como en la universidad. Sobran incertidumbres, temores, angustias y ansiedades.

Sirva el chispazo como agradecimiento a todas las comunidades educativas. En un grupo de investigación al que pertenezco, desarrollado por todos sus componentes en horario personal y con una alta implicación y profesionalidad, he leído mensajes que hablan de la intemperie en que se se encuentran en relación a los recursos materiales y anímicos. Cada vez es más complicado educar con sentido. No consiste en verter unos contenidos en un recipiente cerebral, esa quimera que todavía comparten las personas alejadas del mundo educativo.

Añadamos el llamamiento de Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO, con motivo del Día Internacional de la Educación 2022.»En  esta época excepcional,  no podemos seguir haciendo  lo  mismo  de siempre. Si  queremos transformar el futuro, si queremos cambiar el rumbo, debemos repensar la educación. Se trata de forjar un nuevo contrato social para la educación, como se pide en el informe de  la  UNESCO  sobre  los Futuros de  la  educación, publicado  el  pasado  mes  de  noviembre. Tenemos que reparar las injusticias del pasado y orientar la transformación digital  hacia  la  inclusión  y la  equidad. Y  necesitamos  que  la  educación  contribuya  plenamente al desarrollo sostenible, por ejemplo, integrando la educación ambiental en todos los planes de estudios y formando a los docentes en este ámbito