Educación

Vocación de enseñar en pandemia, la quimera de lo sencillo

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Hace unos años publicaba una entrada en este blog en la que decía que lo natural es que las personas, los chicos aún más, quieran aprender. Que vocacional es una disposición generalizable a quien enseña y a quienes aprenden. Resaltaba que a ello unos y otros dedican cada día mucho más tiempo del que se cree. Ahora toda la vida es aprendizaje, razonado u obligado, mediatizado por las condiciones pandémicas.

Hoy la UNESCO ha declarado el Día Internacional de la Educación. Ahí aparecen los maestros y las maestras que aman su profesión, que son/eran felices en la escuela. Siempre prestos a ofrecer una mano afectuosa, ahora desde la distancia, para ayudar al alumnado a formar su personalidad, para rescatarlos de una parte de sus angustias. Pero esta difícil misión no tiene fin, el profesorado se cansa y tras el cansancio emerge el desánimo.

Cada día nuevo puede ser una aventura, tanto para el alumnado como para el profesorado, se encuentre bien o regular, en una clase con más o menos confinados. Para ambos colectivos la vida escolar no es sencilla, el miedo ambiental se lee en las caras y hasta en algunas pizarras. Ya no servirá solamente con que las clases en la escuela sean interesantes si se ama el trabajo de enseñar, si se ofrecen posibilidades para descubrir, si el maestro/la maestra sienten que también están aprendiendo.

Falta el contacto visual, la atención despreocupada, el cariño de los gestos, la proximidad, la pureza del aire, un ánimo cómplice, etc., tanto en la educación obligatoria como en la universidad. Sobran incertidumbres, temores, angustias y ansiedades.

Sirva el chispazo como agradecimiento a todas las comunidades educativas. En un grupo de investigación al que pertenezco, desarrollado por todos sus componentes en horario personal y con una alta implicación y profesionalidad, he leído mensajes que hablan de la intemperie en que se se encuentran en relación a los recursos materiales y anímicos. Cada vez es más complicado educar con sentido. No consiste en verter unos contenidos en un recipiente cerebral, esa quimera que todavía comparten las personas alejadas del mundo educativo.

Añadamos el llamamiento de Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO, con motivo del Día Internacional de la Educación 2022.»En  esta época excepcional,  no podemos seguir haciendo  lo  mismo  de siempre. Si  queremos transformar el futuro, si queremos cambiar el rumbo, debemos repensar la educación. Se trata de forjar un nuevo contrato social para la educación, como se pide en el informe de  la  UNESCO  sobre  los Futuros de  la  educación, publicado  el  pasado  mes  de  noviembre. Tenemos que reparar las injusticias del pasado y orientar la transformación digital  hacia  la  inclusión  y la  equidad. Y  necesitamos  que  la  educación  contribuya  plenamente al desarrollo sostenible, por ejemplo, integrando la educación ambiental en todos los planes de estudios y formando a los docentes en este ámbito

El reverdecimiento de la energía nuclear y gasística. Versión I

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Ambas estaban mustias y secas en los planes de la UE de cara a los años 2030 y sucesivos. Pero ahora, de pronto, parece que han recuperado un verdor diferente, vestidos de intereses múltiples que los profanos no entendemos. Dicen que detrás de todo este lío están las presiones de grupos energéticos y ciertos gobiernos del «sí quiero pero no puedo».

Quienes no estamos en el meollo del asunto nos encontramos perplejos. Hasta hace poco, quemar gas para producir electricidad era un desatino con plazos de finalización. Lo de las nucleares se llevaba más a escondidas, como diciendo que no tienen efecto negativo en el incremento de la temperatura global; ya había tiempo de pensar qué se hacía. Si bien algunos países, Alemania entre ellos, ya lo tenían decidido. Eso sí, tenían el grifo del gas muy abierto.

Sea como fuere, la UE no puede estar vendiendo ecología hasta en la sopa y a la vez acercándonos a los tizones. ¡Qué nos aclaren por qué, hasta cuándo y cómo! ¿Quizás es que ve como imposible mantener su poderío económico y a la vez cumplir eso de que no haya aumento de temperatura hasta el límite razonable? La gente necesita información clara y no cambiante, mantenida por unos principios sólidos. Siempre se dijo que el buen magisterio se apoya en el ejemplo. Así es posible que se creyese eso del calentamiento global y actuase al unísono. La mala educación es proponer un camino, razonar un aprendizaje y después poner obstáculos, sin explicar su necesidad. Por contra, la educación razonada, explicando sus pros y contras, ayuda a renovarse para tomar nuevo vigor hacia el bienestar colectivo en forma de unas temperaturas asumibles, y más cosas que implica el cambio climático.  Veremos más reculadas. 

Las incógnitas pandémicas de la vuelta a las aulas; otra vez

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Toca reanudar las clases. Los temores vuelven a las aulas. Lo que pensábamos allá por finales de noviembre que iba a ser una sencilla fase del curso escolar se ha convertido en una aventura de incierto tránsito y sin final programado. 

Ahora, las comunidades educativas (profesorado, alumnado, familias y administración) se encuentran con unos miedos crecientes. A pesar de todo lo surgido últimamente, parece ser que poco o nada va a cambiar en la organización educativa, como no sea la «obligatoriedad» de portar mascarilla en todos los lugares del centro educativo, recreos incluidos. Además de la progresiva vacunación de 5-12 años. Y las ventanas abiertas, aunque la temperatura del invierno no acompañe. Similares protocolos en las universidades, si bien algunas materias tienen parte presencial y otra telemática.

La educación es un derecho que no se puede dejar a la consideración de los muchos imponderables que la condicionan. La mayor parte de los especialistas en pedagogía y salud recomiendan volver; los sectores económicos no digamos, debido a las incomodidades que suponen las faltas laborales por atención a los hijos. Sin embargo, reconocidos divulgadores de aire y salud ponen sus «peros», entre ellos el «insistente» José Luis Jiménez al que le debemos que nos diera a conocer, también a a la OMS, la contagiosidad debida a los aerosoles. Surgen preguntas varias: ¿Cómo se asegurará la buena calidad del aire?, ¿Las administraciones educativas han preparado a los centros para que no deban pasar los rigores del año anterior? Algunos vaticinan una eclosión de los contagios por ómicron vía escuela y familias.

Ha transcurrido tiempo suficiente desde que empezó todo para haber adaptado los centros escolares a la previsible eventualidad de que la COVID siguiese entre nosotros. De esta forma se hubiesen eliminado una parte de las prevenciones de las familias, de los miedos y angustias del profesorado, de los riesgos para el alumnado en forma de contagios o pulmonías. De ambas cosas se dice que habrá.

Toda la comunidad educativa, de forma especial los equipos directivos, dio un ejemplo de compromiso y disciplina el año pasado. Se merecía volver a clase con menos incertidumbres, ahora que ataca ómicron. Hacerlo con unos protocolos rigurosos, de acción rápida; algo más que la cuarentena del aula cuando se lleguen a 5 infectados. ¿Cómo se encontrarán por entonces el resto del alumnado y lo que se haya podido desarrollar fuera de las aulas si se cuenta cinco simultáneamente o progresivamente?

Sabemos que es muy difícil controlar todo esto, nos consta la preocupación de las administraciones educativa y sanitaria. Por eso, estas deberían desplegar, además de acciones contundentes, una pedagogía variada para encontrar la complicidad de todas las comunidades educativas. Casi seguro que necesitarán muchos más recursos. Suponemos que lo tendrán previsto. ¡Suerte en esta incógnita andadura! Ya es hora de reducir tensiones porque el cansancio se acumula, especialmente en los equipos directivos y en el el profesorado que debe desdoblarse en atenciones múltiples.

Propuestas para la transición hacia una España más sostenible durante 2022

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No me atrevo a decir que sea de obliga lectura, pero si convendría una atención pausada a algunos de los apartados que se recogen en el Informe de Sostenibilidad en España 2021. Propuestas para la recuperación. Es el sexto Informe que promueve la Fundación Alternativas sobre este asunto. En el presente se trata de calibrar los retos para conseguirla, superar las secuelas que la pandemia ha causado en todos los ámbitos de la vida, entre ellos la afección a la sostenibilidad ecosocial. En su preámbulo se anuncia que el objetivo es «ayudar a los encargados de adoptar las decisiones a comprender dónde las inversiones pueden tener mayor efecto para generar una transición realmente justa y sin dejar a nadie atrás». Se proponen una serie de medidas para acercarnos al mantenimiento de ciertos estándares amigables entre la vida planetaria y el colectivo social. 

Todo el informe está planteado en la necesidad de transiciones múltiples: el recuerdo de los compromisos adquiridos, la necesidad de avanzar mucho en las transiciones, la ecologización del sistema productivo, las obligadas necesidades fiscales de la transición ecológica, las oportunidades y desafíos que son ya una realidad, la recuperación pos pandémica a partir del impulso de lo natural, así como las obligaciones internacionales, de España y de todas las administraciones en la inevitables transformaciones que conduzcan a una sociedad diferente, más visible en el compromiso colectivo. También los retos en la formación (formal, no formal e informal) de la sociedad  para una transición duradera y renovada en forma de sostenilidad. Ámbito del que nos hemos encargado Javier Benayas y Carmelo Marcén.

El informe comienza haciendo una síntesis de los retos que tenemos planteados y de las recomendaciones para abordarlos poniendo énfasis no solo en la transformación, que siempre será provisional, sino en una transición social, política, económica, emocional y colectiva que encamine la manera de actuar ante los retos actuales y los futuros. Se trata de recuperar con cuidado múltiple las interacciones socioambientales para evitar caer en el abismo de las crisis posibles. Se concreta en el año 2022, paso intermedio para llegar al 2030 con una buena parte de las transiciones fuertemente consolidadas.

En fin: ¡Un próspero Año Nuevo en la convivencia entre el Planeta y sus criaturas!, porque las personas hemos entendido el fondo y la forma que justifican las ineludibles transiciones.

Cuando los ríos amplían sus cauces para recuperar libertad

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Las crecidas de los ríos han afectado al norte de España. Son el recuerdo de que están vivos, por más que demasiadas veces su caudal sea invisible. Asomados a sus orillas, acostumbrados a su presencia, dejamos de verlos. Y sin embargo expresan la variabilidad de las condiciones ambientales que causan daños y beneficios a territorios y personas. La multiforme estampa de la interacción entre troposfera, suelo y agua con la población que vive cerca. Los cauces de los ríos son variables, algo que apenas aprendimos en las aulas como no fuera ligado a los meandros. Los ríos fueron libres en su tiempo, hasta que las apetencias humanas en forma de construcciones los asimilaron a calles o carreteras de agua. Muchos pueblos buscaron los beneficios de la cercanía de los ríos, sabiendo que los riesgos también llegarían. Los ríos y sus zonas de expansión se empequeñecieron y ahora solamente admiten un caudal mermado, acotado a unos metros cúbicos por segundo. Muchos pueblos y ciudades ven el río de paso, el paso del río con cierta indiferencia. Ese discurrir es difícil de gestionar para que siempre esté a nuestro servicio, porque el río quiere ser (es) libre, como la naturaleza a la que pertenece y vivifica en biodiversidad y suelos.  

Hay quien opina que es necesario dragar cauces y que las aguas corran; imposible de llevar a  cabo con eficacia permanente a lo largo de todo el recorrido, puede que sea imprescindible en momentos concretos en lugares puntuales, pero inútil siquiera a corto plazo. Es una lección a aprender mediante el consenso político y social y unos buenos protocolos.

El 9 de diciembre pasado, Lorenzo Milá, llevaba a su espacio «Objetivo planeta» la desnaturalización de los ríos. Entre él y sus invitados (Santiago Martín Barajas y Pedro Brufau) nos traían la mala praxis con respecto al devenir libre de los ríos. Se nos explicaba unos datos escalofriantes: se hablaba de que los ríos de España debían superar en total unos 600.000 obstáculos (unas 5.000 presas) de lo que en tiempos pasados fueron sus cauces. España ostenta el récord mundial es el país de la UE que más presas tiene y el quinto del mundo. Los años 50-70 fueron especialmente constructores, si bien se había empezado antes. Cauces achicados para encaminar caudales que se quieren domesticar. Cada vez con más frecuencias se desatan tormentas o danas que se dice ahora. El caudal se desvoca y se lleva por delante taponamientos varios del cauce reducido y causa dolor a los ribereños.

Caudal dejó de rimar con cauce. Llegó la conversión en ríos ciudad, cauces de aceleración y de riesgos críticos cuando las lluvias o deshielos no se dan a nuestra conveniencia, o se empeñan en coincidir. Se producen avenidas, palabra que tan acertadamente concreta la dinámica fluvial, normales o extraordinarias que nos hablan de los cauces olvidados. A pesar de las represas los ríos van a su marcha, porque su espacio es toda una cuenca. No solo pasa en España. Los parapetos que se le han ido poniendo no todos son útiles; habrá que eliminar aquellos que no sirven para nada. Será necesario reservar grandes espacios para que los ríos se expandan en circunstancias críticas y dañen menos a las poblaciones. A la vez que descartar el uso habitacional (se han construido hasta residencias de mayores) de lugares potencialmente inundables, incluso en crecidas ordinarias. Con todo, se necesitarán protocolos de acción para proteger a las poblaciones porque las inundaciones se repetirán; dicen que cada día más por la crisis climática. Zaragoza expuesta ahora mira el río con temor. Ojalá se libre de daños graves y aprenda para el futuro.

Los estrechados cauces dejaron de ser la vía natural de escape del agua. Menos mal que ahora existen protocolos de vigilancia y acción para proteger a la población. En estos días, los ríos del Norte, incluido el padre Ebro que no sabemos qué dirá cuando atraviese Zaragoza, recordaron parte de su historia y se metieron en la historia de poblaciones, causándoles daños, sin duda por haberse apropiado de sus llanuras de inundación. Justo término para adornar los cauces libres. ¿Pasará la solución por dejarles espacios de expansión y laminación de caudal exentos de cargas poblacionales? No es fácil utilizar el pasado dañado con el futuro protector. Pero hay que intentar una amable convivencia entre ríos y poblaciones. Mientras tanto, vaya desde aquí un extraordinario caudal de solidaridad para los afectados y que amplios cauces de las administraciones les lleven las imprescindibles ayudas laminadoras de sus temores.

Entre algo de Mecanópolis de Unamuno y Walden de Thoreau se desliza la vida

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Seguramente don Miguel de Unamuno no había leído Walden. La vida en el bosque (1854) de Henry D. Thoreau. Tampoco, según lo vemos hoy, estuvo muy afortunado al sugerir «que inventen ellos». Las genialidades de los genios a veces derrapan, quién sabe la intencionalidad con la que las expresan y frente a qué. Hace más de 100 años Unamuno publicaba el cuento Mecanópolis. Parece ser que don Miguel estaba muy enfadado con las contradicciones y complicaciones que el avance material y tecnológico produce en los seres humanos. Ahora lo querríamos ver dándonos su opinión acerca de la multiconexión on line que maneja nuestras vidas. Unamuno, como Thoreau, se preguntaría por las nuevas formas de sociabilidad generadas por el ya por entonces creciente predominio de la vida en las ciudades, por contraposición a la vida en el campo en contacto con la naturaleza.

El cuento de Unamuno presenta las andanzas de un hombre perdido en un desierto. Alcanza a llegar a una misteriosa e inquietante ciudad en la que al parecer no habita ningún ser humano visible, pero sí unas máquinas extremadamente avanzadas que había adquirido funciones humanas, hasta conducían trenes autómatas que llevan al protagonista a una ciudad fastuosa. Tanto lo deslumbró que se dio cuenta de que hasta las obras de arte que sus museos atesoraban eran las originales; mientras que las que él conocía en su vida anterior eran copias. Hasta su hotel llegaba el periódico local, redactado, se suponía por máquinas inteligentes. Al final del cuento, el único protagonista llega a un oasis habitado y vuelve a la vida. Manifiesta que desde entonces «he concebido un verdadero odio a eso que llamamos progreso, y hasta a la cultura, y ando buscando un rincón donde encuentre un semejante, un hombre como yo, que llore y ría como yo río y lloro, y donde no haya una sola máquina y fluyan los días con la dulce mansedumbre cristalina de un arroyo perdido en el bosque virgen».

Si hubiera leído Walden pensaría en ese párrafo donde se dice «Hay un flujo incesante de innovación en el mundo, pero toleramos una opacidad increíble. Bastará con que mencione la clase de sermones que aún se escuchan en los países más ilustrados». O aquello de «Antes que el amor, el dinero y la reputación, denme la verdad». Quizás «Necesitamos ver que nuestros propios límites han sido sobrepasados y alguna criatura viviente paciendo con libertad donde jamás apacentaríamos nosotros». A cambio le pediría a Thoreau que interpretase lo de Unamuno: Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento. O mejor: Lo natural de un hombre es buscarse a sí mismo, en su prójimo. Sin embargo, el hombre huye de sí mismo hacia las plantas y las piedras (la naturaleza), por odio a su propia animalidad, que la ciudad exalta y corrompe (Juan de Mairena).

Me gustaría enfrentarlos en una conversación. ¿Qué pensarían ambos de la domótica, los 5G y la posibilidad de generación de vida a partir de restos de ADN antiquísimos? Mejor aún, cómo hablarían de las generaciones actuales y su vida conectada a la nube? Podríamos invitar a Orvell para que nos aportase su visión del «Gran Hermano».

Son dos historias para ser leídas al unísono. Si no las pueden comprar búsquenlas en la Red, están en pdf, como casi todo de ahora. Suponemos que ambos filósofos del tiempo vivido sentirían curiosidad por lo actual pero manifestarían escaso convencimiento. 

La salud se mejora con el retrete

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Lo saben bien los centenares de millones de personas en el mundo que carecen de una humilde y digna letrina para no tener que defecar a la vista de todos.

La historia está llena de episodios de contagios por este motivo: no depositar en su lugar conveniente las deposiciones humanas. Pero remontémonos únicamente al que ocurrió en España hace 50 años cuando circuló «algo» por el río Jalón en la provincia de Zaragoza. Las diarreas de entonces obligaron a hervir el agua de boca y cocina, clorar el agua, pelar las frutas, lavar las verduras convenientemente. Unas 600.000 personas fueron vacunadas en Zaragoza y ciudades próximas. Algo parecido, pero amplificado se repite ahora mismo en otros lugares.

El sábado pasado se dedicaba a recordar la necesidad de tener una inodoro al alcance de todos los habitantes del mundo, al día siguiente se hablaba de la infancia. La diarrea provocada por la falta de agua segura y malos hábitos higiénicos, junto con la defecación al aire libre, supone la segunda causa de mortalidad infantil en el mundo. No está de más conocer el proyecto La infancia en transformación de Unicef. Por cierto, no se olviden de Los sueños del agua de Nandini. Se difundió en la Expo Agua y Desarrollo Sostenible de Zaragoza 2008.

Disponer de letrina, la pariente pobre de lo que aquí llamamos cuarto de baño, es una cuestión de salud básica pero también de supervivencia en muchos países del mundo, especialmente para las mujeres. La existencia de letrinas en las escuelas en lugares donde ciertas religiones coartan la vida social marca la diferencia entre las chicas que van o no a estudiar. Con ello se las condena a la sumisión analfabeta de por vida. Por fortuna, los Gobiernos y Ministerios de Sanidad de los países afectados han empezado a hacer algo y la cifra va en descenso según nos explica el Banco Mundial; incluso podía haberse reducido a la mitad. Pero en Haití por ejemplo más del 20 % de la población defeca al aire libre. Además, esta práctica está muy extendida en Bolivia, Brasil, Colombia, México, Perú y Venezuela, etc., que suman cientos de millones de habitantes. Por eso no debemos darnos por satisfechos si nos creemos lo que dice el sexto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: la cifra debe quedar a 0 en el año 2030.

Seguir leyendo en el blog La Cima 2030 para conocer la historia y el futuro de la defecación con salud.

La causalidad climática llama a la renovación ética: un todo humanizado

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El refranero español está lleno de aforismos en los que se alaba el buen hacer para alcanzar un saludable vivir. Sencillos unos, retorcidos otros, hablan de la condición humana, muy diferenciada. Viene esto a cuento de un pensamiento repetido en todas las cumbres climáticas y olvidado por casi todos apenas esas echan el cierre: la aceleración del cambio climático  ha sido motivada por la acción humana, ergo se puede revertir en parte si los humanos se ponen de acuerdo en hacerlo. La ciencia, ¡cuántos dineros se han gastado en callar su denuncia climática!, ha demostrado la incidencia de la acción antrópica en la generación del cambio climático. De hecho, más del 99,9 % de los 88.125 artículos científicos revisados por pares coinciden en darlo por irrefutable.

La catástrofe climática está en código rojo casi negro en algunos aspectos porque todavía no se aprecia la marca de los acordado en la COP25 de París, ni Río 92. En la actual COP26 de Glasgow se habla mucho pero el adorno en el vestido climático de las palabras no siempre deja ver los pensamientos; o engaña directamente. Resumamos lo que todo el mundo sabe: se trata de elegir entre implicarse todos en la consecución de un planeta vivo, amigable con sus criaturas, o mantener nuestro insostenible sistema de vida hasta que llegue el colapso. O lo que es lo mismo: decrecimiento saludable, asumido sobre todo por quienes más contribuyen a la catástrofe climática, o crecimiento abrasador, primero para los vulnerables y después para todos. Porque, lo queramos ver o no, en el origen del embrollo está el aumento del incentivado consumo. 

Parecía que, ante la contundente lectura que realiza el IPCC de lo que está pasando, la Cumbre de Glasgow sería el momento del arranque hacia un destino mejor. Pues no. “Estamos a años luz de alcanzar nuestros objetivos del cambio climático” proclama una y otra vez Antonio Guterres desde la Secretaría General de la ONU. La gente que se manifiesta en tantas ciudades contra la inacción climática siente lo mismo. En este blog vemos el aire en color rojo oscuro casi negro.

La causalidad climática debe ser reversible para bien. Nos tememos que transcurridos unos días casi todos los medios de comunicación se quedarán mudos ante este problema existencial. La verdad molesta si se ve como posible cambio/limitación de intereses. Pero necesitamos que sigan hablando siempre para que llegue la mejora de la calidad el aire que cada día nos permite ser y estar, nos renueva las ilusiones.

Ver artículo completo en La Cima 2030, el blog de 20minutos.es. 

El cambio climático reprende a la ambición humana por crecer

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El planeta está condicionado por algo llamado entropía. Solamente los bichos raros prestan atención a semejante palabra. El concepto también importa. Más todavía si se topa con la ambición humana, con una generalización de esta virtud/vicio. La realidad climática nos está demostrando que es más delirante que cualquier ficción literaria o cinematográfica. La ambición humana por crecer prioritariamente en lo económico es tan ilusa que quiere tenerlo todo controlado. Tanto que muchas personas se creen invulnerables en un mundo que en realidad le es extraño, por extranjero y difícil de entender. Ya lo aventuraba Fénelon para quien «La ambición está más descontenta de lo que no tiene que satisfecha de lo que tiene», y debería conservar, añadiríamos nosotros. Tiempo antes, el gran Miguel de Cervantes escribió algo como que «pocas o ninguna vez se cumple con la ambición propia que no sea con daño de tercero», si bien ahora es también al cuarto, quinto y así hasta el infinito.

Quién sabe si puede haber cordura en este momento de locura. Queremos tener más en un mundo que necesita ser menos. La soledad de los predicadores del decrecimiento es patética. Se encuentran con que pocos de los destinatarios del mensaje quieren enfrentarse a la realidad, muchos menos aliarse con ella. ¿Cómo es el mundo de hoy?, cuando menos extraño a pesar de que sabemos mucho de él, del cambio climático por ejemplo. A la vez que queremos la libertad de ser y tener; somos un misterio en conjunto. ¿O no?

Cambio climático y ambición humana se deberían conjugar con ecología, economía ajustada, educación y ética universal en grandes proporciones. Cabrían también una larga dosis de salud propia y ajena y mucha dimensión social en medio. Parece que no nos preocupan las sociedades futuras, aunque continuamente digamos lo contrario. Bueno, cada cierto tiempo sí porque para eso están las cumbres climáticas y los informes del IPCC, que son una reprimenda muy seria. En estos documentos encuentro mucho cambio climático y propuestas ambiciosas con beneficio universal. ¡Qué decir!

A veces de la impresión de que cuando nos cansemos/destruyamos esta Tierra nos iremos a otra. Hasta ahora quienes nos mandan/engañan con los PIB y el consumo nos están demostrando que la ambición humana y el cambio climático no se pueden coordinar. ¿Podría ser al contrario? Antes o después tendremos que reconocerlo. ¿Será tarde ya?

Mientras, estemos atentos a lo que predican o se comprometen la gente poderosa en Glasgow, COP26; más que nada por si se acuerda de los compromisos de París, si de ella salen ambiciosos acuerdos para detener el cambio climático. Al tiempo, pero nos falta tiempo como diría Benedetti.

Medioambiente saneado como derecho humano

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El Consejo de Derechos Humanos de la ONU acaba de aprobar una resolución que reconoce que “vivir en un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible es un derecho humano sin el cual difícilmente se pueden disfrutar de otros derechos, como la salud o incluso la vida”. Hay que congratularse de esta decisión. Sin embargo, en el texto no queda totalmente explícito que no tenemos ese derecho por ser nuestro el medioambiente sino por formar parte de él. Por tanto, habrá que extender ese derecho al planeta en su conjunto y a cada una de sus biodiversos habitantes.

Los derechos humanos se ejercitan en interacción con todos los pobladores de la Tierra, vivan donde sea y ocupen un estadio u otro en el entramado de la vida. Si se desea construir un mundo que se articule con el disfrute universal de cada uno de los derechos humanos, incluidos algunos tan prioritarios como la salud y la vida, solamente puede conseguirse en el contexto de una ecodependencia amigable, dedicada en primer lugar a cambiar interpretaciones erróneas del uso del espacio y a restaurar desastres previos, a valorar que el medioambiente es una interrelación compleja. Decir saneado significa no estar expuesto a alteraciones graves inducidas por la acción antrópica. Hecho que sí sucede ahora.

Lo saben bien quienes no disfrutan de esos beneficios. El pasado 16 de octubre la FAO lo dedicaba a recordar que la alimentación también es un derecho. Señalaba que más de 3.000 millones de personas, casi el 40% de la población mundial, no pueden permitirse una dieta saludable en un medioambiente que muchas veces les resulta poco acogedor, o está muy deteriorado. Salud y vida se construyen en correlación con la alimentación, además de otros vínculos. En su Web se puede leer que «También deben considerar los diversos vínculos existentes entre las áreas que afectan los sistemas alimentarios, incluida la educación, la salud, la energía, la protección social, las finanzas y demás, y hacer que las soluciones encajen. Y deben estar respaldados por un aumento considerable de la inversión responsable y un apoyo enérgico para reducir los impactos medioambientales y sociales negativos en todos los sectores, especialmente el sector privado, la sociedad civil, los investigadores y el ámbito académico.» Ojalá podamos decir dentro de un año que ha habido avances significativos.

Leer artículo completo en el blog La Cima 2030, de 20minutos.es. 

 

El examen de la educación española en 2030

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Es un año tan nombrado en todo el mundo que parece que tras él comienza una nueva era. ¿Quién sabe? Por lo que afecta a España, además de otras muchas transformaciones ecosociales y económicas pendientes, debería suponer la consolidación de una educación diferente, desde la Primaria hasta la Universidad. Deberíamos llegar a ese año con las hechuras firmes. Sin embargo, estamos contemplando que las variables ecosociales hasta ahora se «resuelven» con argumentos frágiles, basadas sobre todo mercadotencia. Señal de que falta una lectura crítica y un debate reposado sobre lo que significa el Espacio Europeo de Educación para 2025.

En 2030 y en los años siguientes no habrá sociedad posible, entendida en sus interrelaciones favorables, si la educación no se toma en serio. Recordemos que la educación de calidad es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS. 4). En torno a ella se nos ocurren proyecciones transformadoras tan delicadas como el respeto al prójimo, las crecientes desigualdades, lo que suponen unos derechos humanos universales, la pertenencia a un conjunto multidiverso, la ecodependencia social, el complejo mundo de las emociones, las variables vitales ligadas al cambio climático, las incertezas que van y vienen, etc. 

Lo exige el mundo cambiante actual; no podemos anclarnos en la escuela de hace décadas. Pero por ahora, nuestros representantes políticos se enfrentan por casi todo y desatienden la educación para 2030. No es una escena nueva. Cada vez que se quiere revisar la Educación, suponemos que para mejorarla, se origina una esporádica tragedia nacional en forma de ideologías contrapuestas, que poco tienen que ver con el sentido social y transformador que le sería propio. Pasa ahora con la Lomloe, la reforma educativa que corre el riesgo de no llegar al año 2030. Nos gustaría tener una visión renovada de lo que sucede en otros países.

Podrían reflexionar si para esa fecha no sería más conveniente darle alguna vuelta a aquello que afirmaba Emilio Lledó sobre el hecho de utilizar la bandera ideológica como única señal para educar, de que lo que consigue es entorpecer el futuro de la generación. Apostillaba que valdría más tener como referencia una enseña bordada con hilos de “de justicia, de bondad, de educación, de cultura, de sensibilidad, de amor a los otros, de los que formamos parte nosotros”. En todo el mundo se espera mucho del año 2030, si se llegará a él por la pasarela de la ética global. ¿Quién sabe si en España lograremos superar el examen?

Ver artículo completo sobre esta cuestión en el blog «La Cima 2030» de 20minutos.es

Movilidad sostenible en un mundo hiperviajero dominado por los objetos

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Movilidad sostenible es permanecer un rato sin moverse, pensando lo viajera que es o no nuestra vida. También preguntarse cosas tan sencillas como; a dónde nos vamos a dirigir después y en qué medio de transporte; si utilizamos a menudo los pies y piernas que nos llevan a muchos lugares o acaso preferimos hacerlo en un medio de locomoción; a dónde va esa camiseta que tiramos a un contenedor que a su vez hizo un largo viaje hasta llegar a nuestra casa; de dónde vienen las cosas que comemos y el viaje largo o corto que hemos hecho para aprovisionarnos; anotar las veces que compramos por Amazon y esos sitios aunque sea una bagatela que no necesitamos; si en alguna ocasión el deseo de aventura nos ha llevado lejos en low cost; si cierto día nos dedicamos a contar el número de personas que viajaban en un coche y calculamos la media; las veces que utilizamos el vehículo personal para cosas innecesarias; si nos parece bien o mal esos megaaeropuertos que hay por el mundo y ahora quieren construir en Barcelona y Madrid; si pagaríamos la gasolina al precio que fuera con tal de tener la libertad de ir donde queramos en cada momento; si la movilidad tendrá algo que ver con lo del cambio climático; si la salud y la movilidad están relacionadas; si el lugar donde vive aprobaría o no en movilidad sostenible; si le cuesta mucho poco practicar la ciudadanía sostenible en una movilidad responsable; si antepone el disponer de cualquier cosa de inmediato al desplazamiento sostenible para lograrlo, etc. Por último, ¿cómo definiría movilidad? Lo de responsable es cosa suya.

Seguro que después de responder a estas preguntas y otras muchas podremos participar con más fundamento en la Semana Europea de la Movilidad. Tenga siempre en cuenta  cuando acabe el sonido de las bellas intenciones y el ruido del lavado de cara de la semana si la vida seguirá en un circunloquio permanente.

Caso de que no le apetezca, le invitamos a leer despacio y pensar aquello que dijo Jean Baudrillard, filósofo y sociólogo francés (1929 – 2007) y feroz crítico de la sociedad de consumo, que veía la movilidad desde la esfera de los objetos y necesidades:
„El mundo de los objetos y de las necesidades será así el de una histeria generalizada…, en el consumo, los objetos se convierten en un vasto paradigma donde se declina otro lenguaje, donde habla otra cosa. Y podría decirse que esta evanescencia, que esta movilidad continua que hace imposible definir una especificidad objetiva de la necesidad …, que esta huida de un significante al otro, no es más que la realidad superficial de un deseo que es insaciable porque se basa en la falta y que este deseo, por siempre insoluble, es lo que aparece representado localmente en los objetos y las necesidades sucesivas.“

Se nos ocurre una pregunta después de leer esto: ¿La movilidad se consume o se consume movilidad?

Un mar de fábula en su génesis que acabó no siendo, ni menor

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Lo llamaban Mar Menor pero no se sabe si lo era. En la costa sureste de la península Ibérica se cerró una parte de un mar abierto y nació otro. Una fábula sencilla de la naturaleza: crear y renovar, con algo de destruir. Para ello se alían las fuerzas naturales y el tiempo. El mar que no se sabe si lo era, en la interacción entre aguas saladas y otras llamadas dulces procedentes de la tierra. Daba un punto de arte a los mapas de España: azul apenas separado de azul, como en los cuentos en los que los dioses se reservan espacios peculiares. Acaso una copia de la Talasa griega.

 Pero llegaron los hombres y fabularon, mejor especularon con él. La riqueza entusiasmó en sus orillas. El suelo dejó de ser uno y pasó a otras tareas. El agua dulce llegada de muy lejos se llenó de sales. Qué ironía que ni aun así la llamasen salada. Los hombres lo convirtieron en un sumidero al que vertían las inmundicias de sus actividades económicas y vivenciales. Alguien protestaba pero era poca gente porque el dinero ganado a su costa tapaba muchas bocas.

En una fábula atribuida a Esopo, “El granjero y el mar”, se cuenta que la diosa Talasa podía adoptar forma humana. Cierto día los dioses fluviales se reunieron para quejarse de Talasa, porque ellos le ofrecían el aguadulce, en tanto que ella, que tenía amargos dones, solo contenía agua salada, estéril para la vida. La fábula, sea cierta o no su atribución, tiene su reverso imaginado. Porque los dominios marinos de Talasa siempre eran menores que los de Neptuno o Poseidón. 

El mar clamaba su abandono con el altavoz de los ecologistas pero la escucha llegó tarde. Ahora el Mar Menor es poco más que un estanque muerto, no es ni siquiera mar. Lo dicen las toneladas de escombros de biodiversidad que se recogen en sus orillas y se ven dentro de él. Nadie se hace responsable; parece que en aquella tierra no ha habido ni gobernantes ni gobernados.
Mientras esperan que los dioses arreglen los desperfectos, el turismo sigue llenando hoteles, la agricultora circundante abona hasta el aire. Las autoridades de allí piden a las del Estado la declaración de “zona catastrófica”. Suponemos que será para mostrar a Europa y al mundo entero lo que no se debe repetir: la especulación con algo que es libre y debe quedar para el futuro. Más que nada para que aquellos ecosistemas únicos que quedan no acaben muertos. Por obra y gracia de la catastrófica acción humana. 

El mundo social se hace pedazos en un verano catárquico

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Cuesta mirar los informativos o leer las noticias. El verano ya no es anodino. Siberia y California siguen ardiendo; en Europa mediterránea España se suma a Grecia, Turquía e Italia. Olas de calor convertidas en océanos. Groenlandia perdiendo aceleradamente sus hielos fósiles. Más razones para creer en el calentamiento global. Tiembla de nuevo Haití a la espera de un nuevo ciclón que haga más difícil la vida. Parece que la corteza terrestre tiene una lista de lugares malditos que quiere eliminar. Afganistán entra en demolición; en realidad nunca salió de ella. Ya dudábamos que las potencias occidentales recompondrían el puzle étnico de aquella zona. La pandemia sigue campando a sus anchas en países más o menos ricos. Los inmigrantes continúan su calvario, aunque sean niños. Se anuncian nuevas riadas por el dominó afgano.

Un noticiario televisivo se ha convertido en una película de terror, en un escaparate de la negrura. Si sigue así la cosa dudaremos del futuro. Más todavía para esa gente que se acumula en el aeropuerto de Kabul y la que no se ve de Afganistán, donde mujeres e infancia serán quienes más pierdan. Las vacunas atemperan la vida de los países ricos a la vez que desesperan la mirada de los pobres, en una mezcla de miedo y petición angustiosa. A este paso deberemos dejar de hablar del mundo y escribir sobre los muchos mundos, que son la conjugación del verbo vivir con muchos complementos detrás. Malo será cuando el grito unánime se lamente de la situación y suene mucho el ¡tanto para tan poco!

La economía parece que se recupera, aunque no sepamos hacia dónde va. La gente rica o media rica sale de vacaciones más o menos largas hacia lugares más cercanos, pero se mueve. Las petroleras aprovechan para hacer su agosto elevando el precio de los combustibles fósiles. En España y otros países la luz sube sin parar; dicen que por el precio del gas. Casi nadie lo cree.

El verano ya no es la estación del relax sino un paréntesis ocupado por la preocupación: salud, economía, ecología, ética universal, educación, sociedad, infancia, etc. Incluso la gente positiva u optimista duda del futuro. La maniobras de quienes dominan el conjunto de los mundos se mantienen oscuras, puede que lleguen a ser perversas.

Por todos los lados surge la pregunta: ¿Qué vendrá después? Ojalá el fin del verano nos despeje alguna de las muchas incertezas, y que sea para bien.

Corresponsabilidad comprometida ante la COVID-19

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Vivir con otros es un ejercicio complejo, que no se resuelve de la misma manera un día y el siguiente. Lo propio manda demasiado, a no ser que tengamos los cinco sentidos bien abiertos y un buen acopio de sentimientos, emociones y sensibilidad. A vivir se aprende porque se enseña en ámbitos familiares y escolares; a veces con el ejemplo en otras con el razonamiento. La sociedad también muestra detalles, a menudo contradictorios, de lo que conviene a todos o beneficia solamente a uno mismo.

La corresponsabilidad podría ser una capacidad para situarse ante los problemas propios o colectivos. La emergencias ecosociales se afrontarían desde dentro. Durante estos días dominan en los medios de comunicación noticias de desenfoques de responsabilidad. Afectan, entre otras, a las llamaradas del cambio climático: arde el NO de América del Norte o el petrolero Golfo de México, crecen las migraciones climáticas y parece ser que la temperatura global aumenta más de lo previsto. 

Debemos decir con pena que las crisis ecosociales no se arreglan apenas. El hambre mundial pierde los retoques de los últimos años, en muchos países se restringen derechos que costó mucho conseguir. Tampoco las relacionadas con la salud; ni siquiera aquellas en las que es evidente que la corresponsabilidad tiene efectos positivos casi inmediatos. Vemos con estupor conductas desarregladas de la gente con respecto a la COVID-19, en España y en el mundo.

El espíritu colectivo que creíamos haber potenciado en las escuelas y en las sociedades avanzadas se esfumó, o se diluye en lo particular con el tiempo. Sirvan como ejemplo las expansiones de parte de la gente joven que ahora provoca el aumento peligroso de los casos pandémicos. Las estadísticas los sitúan entre 15 y 40 años. Sin rubor, se autonombran los más perjudicados por las restricciones y desean liberarse de estampida. ¿Qué pensarán de ellos sus mayores, sanitarios, profesorado, trabajadores esenciales y un largo etcétera golpeado en la economía y la salud a lo largo de este año y medio?

En principio, sus maestros habíamos hablado de valores compartidos en la escuela democrática -muchos de ellos y ellas habrán cursado Educación en Valores o Ética-, las familias parecían estar en la misma sintonía hace unas décadas. Por lo que se ve, en ninguno de los dos ámbitos supimos enseñar con acierto el significado comprometido de la corresponsabilidad. Quizás pudo más la satisfacción rápida de los deseos individuales antes que la reflexión ética para ver si ciertos comportamientos particulares lastimaban la vida de todos. 

¿Quién sabe si no está detrás el desapego por el bien común que muestran ciertos iconos políticos o mediáticos? Sea por lo que fuere necesitamos la ayuda de la gente joven. Máxime en estos tiempos de tanta interdependencia. Usemos la pedagogía de lo posible, de lo necesario, para que se haga corresponsable de la mejora pandémica. ¡Qué bien haríamos en releer lo que manifiesta Adela Cortina sobre el ejercicio de la corresponsabilidad!, y llevarlo al debate público. También a los escenarios parlamentario y político.