Ecología

El campo resucita en el pandémico escenario social

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La gente del campo suele ser callada, su voz apenas se escucha. Claro, son pocos y sus protestas rara vez llegan a los parlamentos. Comer y dar de comer, que todos coman, no es una preocupación de noticiarios ni de tertulias en los medios de comunicación; ni siquiera en tiempos de crisis pandémica. Si revisan los periódicos gordos, de tirada amplia, casi nada se dice de los campesinos. Aportan una parte importante en la reducción del déficit exterior. Además resulta que sus producciones no nos han faltado en los tiempos duros de la pandemia; y así seguirán.

La agricultura merece una atención delicada, como bien de interés social. Con esa intención le dedicamos el artículo «Agricultura poliédrica» en Heraldo de Aragón del pasado martes. Redactado en un sentido crítico y a la vez constructivo, en parte social y con matiz de economía sencilla, de dignidad humana también, vale para cualquier territorio porque tiene muchas caras y admite múltiples perspectivas.

Verkhoyansk en la memoria meteorológica, para recordarnos el presente climático

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En los inviernos fríos de la estepa, cuando las temperaturas podían alcanzar alguna noche los 10 grados bajo cero, aquel estudiante adolescente que esto escribe recuerda el pueblo de la URSS, muy cerca del Círculo Polar Ártico, donde el 7 de febrero de 1892 se había alcanzado la mínima temperatura registrada en todo el mundo: -70 ºC. Cualquiera puede entender el asombro de la gente de entonces -a pesar de conocer que Siberia era una tierra helada- que este dato generaba. La incredulidad mostrada por los mayores de mi pueblo era total, pues más de uno recordaba inviernos extremos en la estepa monegrina en donde soportaron aquel gélido inicio de febrero de 1956, pero con temperaturas distantes a ese cifra. Lógico, dado que sus escasos termómetros no estaban preparados para registrar esos valores. Ni siquiera servía mostrar en el atlas la situación de la mencionada localidad en el norte polar, encontrarla en la bola del mundo que había en la escuela, lo cual hablaría de su importancia.

El presente climático nos sorprende mucho más que el pasado. Dicen las noticias que el 20 de junio de 2020 se alcanzaron en esa pequeña localidad rusa los 38 ºC, cuando por allí apenas se rebasaban en verano los 15 ºC. Al margen del hito de la temperatura alcanzada, lo preocupante es que los veranos duran cada vez más y con valores más altos, como sucede en toda la Europa septentrional. Esta tendencia, mantenida desde hace unos años, nos alerta de los riesgos añadidos al cambio climático en forma de emergencia global. El suelo helado ha perdido su albedo, ya no refleja la luz que le llega y la mayor parte se convierte en calor del suelo y atmosférico; con él viene la rápida descongelación del permafrots, su debilitamiento permanente en muchos lugares, y la liberación del metano escondido en el suelo; se ponen en marcha varias espoletas del cambio climático que tienen repercusiones muy serias en la dinámica atmosférica global.

Verkhoyansk en el memoria y en el presente, que ya es futuro; un aviso para los incrédulos.

NOTA:
En realidad, en Oymyakon, también en la Siberia recóndita, se registraron -71,2 C el 16 de enero de 2018, lo que la convertiría en el récord en un lugar habitado. No nos sirven los -89,2 C medidos en la base rusa Vostok de la Antártida oriental.

Desplazados climáticos: la cara amarga de un mundo estúpido

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Cada poco tiempo los medios de comunicación se hacen eco de grandes proclamas sobre la necesidad de una acción mundial ante la emergencia climática. Los buenos deseos enseguida se desvanecen, tanto del escaparate mediático como de la acción mundial; o no se ven resultados. Esto puede ser debido a que es asunto es difícil, o directamente, a que una parte de la gente que compone el mundo, al menos buena parte de ella, es estúpida; así, sin paliativos. Porque saber que algo te va a ir mal y no hacer nada por cambiarlo es difícilmente entendible para cualquiera que lo observe desde fuera.

Pero todavía estamos a tiempo de limitar ciertos desperfectos. Debemos actuar aunque solamente fuera por los graves efectos que va a ocasionar en amplias zonas del planeta, provocando enormes desplazamientos de  gente, sin rumbo, malqueridas allá dónde lleguen. Para entender esto se puede visitar la página elaborada por UNHCR/ACNUR y El País Desplazados climáticos: pobres, cuantiosos e invisibles. Poco podemos añadir a lo que allí se dice pero vamos a subrayar unas cuantas claves: la degradación mundial desatada no consigue que la comunidad haga lo necesario por evitarla, los efectos de las catástrofes medioambientales -1.900 en 2019 provocadas por los cambios climáticos y sus efectos principalmente- serán universales –afectaron a 140 países- pero originarán emergencias graves en ciertos lugares –India, Filipinas, Bangla Desh, China, Estados Unidos, y muchos más- provocarán enormes desplazamientos de personas internos -24,9 millones en 2019- y externos. Mientras, los gobernantes de esos países -que se encuentran en la vanguardia del mundo estúpido- , no solo ellos, siguen en sus cosas, sin importarles mucho su gente. ¡Qué decir entonces de su atención al medio ambiente global, y del ejemplo que transmiten a la ciudadanía! Sigan mirando en la página y definan su posición ante el tema.

Descuidos peligrosos en tiempos difíciles

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Puso la palabra adecuada, como siempre, Victoria Camps en un reciente artículo en la revista Ethic. Los descuidos tienen una repercusión multidimensional. Durante esta pandemia hemos oído muchas veces que la prevención es la mejor forma de evitar males mayores; la escucha no ha hecho efecto. Fallaron previsiones en los gobernantes, llegaron tarde quizás porque no sabían o están habituados a descuidos, dado que atienden de forma prioritaria a otras cosas, que es una manera de no comprometerse con lo importante porque suele costar más resolverlo. Pero ¿qué es lo importante hoy: cada uno de nosotros o los demás? Lo uno y lo otro combinados e interrelacionados, la salud colectiva o las cifras macroeconómicas.

Sorprende ver que por todo el mundo se generan situaciones de manifiesta irresponsabilidad en la actuación individual o colectiva frente a la pandemia; cuentan poco los cuidados que tiene otra mucha gente para que el peligro no se extienda. El lema «Cuídate para cuidar de los demás» no cala del todo. Será porque lo primero supone una cierta restricción y por eso se supedita a la libertad, a la expansión o al jolgorio. Tanto da una cosa como la otra. Quien puede proteger(se) y no quiere merece la crítica unánime. Pero ahí estamos: 13,5 millones de contagios y 584.000 víctimas.

Vivir en la zozobra pandémica es un ejercicio de temor continuado, con episodios de miedo, con riesgos y peligros; de los que costará recuperarse a mucha gente. Aquí estamos, sin poder hablar de otra cosa, consumiendo nuestras energías en repasar lo que se hace mal. Debemos aprender una lección que cada día la pandemia nos recuerda: nadie es independiente, ni está a salvo de lo que le pueden transmitir los demás; nadie puede usar la libertad para poner en peligro al colectivo. Cuesta decirlo, pero a quienes no lo entiendan habrá que explicárselo bien, incluso limitándole su autonomía, que no le es propia sino un préstamo colectivo. Los descuidos que entrañan peligros provocan enormes desperfectos en tiempos difíciles.

La covid-19 nos hunde en la turbación socioambiental

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No resulta exagerado decir hoy que casi todo que afecta a nuestra vida está en paréntesis, que cualquiera de las relaciones sociales es una incógnita marcada por las incertidumbres. Si esto es realmente así, habrá que aprender a saber campearlas; acaso componiendo nuevas estrategias vivenciales. Se comenta que fue Confucio quien alertaba de que para aprender lo primero que hay que hacer es reflexionar; a la vez, o después, convendría fijarnos en el espejo de los demás; incluso habiendo pensado las cosas adecuadamente, no debe faltar la experiencia. Pero ni siquiera eso asegura la protección ante lo que se nos viene encima.

Todo esto sucede cuando las actuaciones para aplanar la virulencia del coronavirus en la salud se enfrentan a una batalla contra el tiempo. ¡Vaya encomienda que se presenta al sistema, a la gobernanza y a la ciencia! Hay que hacerlo bien y rápidamente, extremos que la mayoría de las veces restan bastante eficacia a cualquier transformación social, o de mejora colectiva como puede ser encontrar la tan anhelada vacuna. Un proyecto colectivo de tal envergadura requiere una medida previsión, una planificación exquisita, la colaboración multisectorial y una pausada ejecución.

En este escenario complejo, el mundo mantiene pendiente el reto socioambiental en forma de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). Tampoco tienen solución rápida ni universal y sin embargo urge extenderlos a mucha gente; no muy tarde para no dejar demasiadas personas atrás. Seguro que si los ODS se pudieran expresar -en particular el núm. 3 que postula una salud y bienestar universal- maldecirían a la covid-19. Ha sumido al mundo en una emergencia imprevista, que no respeta fronteras ni ideologías, de complicada gestión tanto a escala próxima como lejana.

Cunde la impresión de que la atención prioritaria a la covid-19 va a arrinconar a los ODS en todo el mundo. Lo asegura Naciones Unidas en su informe Responsabilidad compartida, solidaridad global: una respuesta a los impactos socioeconómicos de la COVID-19

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El espejo climático nos previene de aconteceres difíciles

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Atentos como estamos a lo que nos dice la ciencia para explicar el cambio climático, no podíamos dejar pasar ni siquiera unos días. La AEMET nos lo ha puesto delante de los ojos en un espejo con superficie plana. Allí ha proyectado la imagen nítida de lo que acontece hoy en las variables que condicionan el clima. Pero además, nos ha proporcionado claves para pensar en que al lado de esa pantalla podría haber situado otros espejos, más o menos convexos o cóncavos, para que cada cual aventurase lo que puede suceder. El 2 de julio pasado se presentaba el Primer Informe anual sobre el estado del Clima en España 2019. Lo dicho ahí viene a corroborar el pronóstico del Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU (IPCC) que nos avisa de que debemos estar preparados para esos cambios que suponen el incremento de las lluvias torrenciales al lado de sequías más o menos pronunciadas, las sucesivas e incrementadas olas de calor y el progresivo aumento de la salinidad del mar, entre otras malas noticias meteorológicas vs climáticas.

El informe de la AEMET tuvo unos antecedentes. Ya nos habló de las evidencias del cambio climático: el otoño pasado fue el más cálido en el conjunto de la Tierra desde 1880. En España, fue más húmedo de lo normal, cerró con una temperatura media de 16,5 ºC, 0,7 ºC por encima de la media 1981-2010, lo que lo convierte en el sexto más cálido desde 1965. Es más, desde aquel año, ocho de los diez otoños más cálidos tienen fecha del siglo XXI. Mal asunto cuando lo que podría ser episódico se convierte en duradero. Otro aviso de la AEMET para sufridores: “En 2019 se registraron tres olas de calor de las que destaca, por su gran intensidad, la que tuvo lugar entre el 26 de junio y 1 de julio; en ella se superaron los 43 ºC en puntos del nordeste peninsular y se batieron numerosos récords absolutos de temperatura máxima anual”. Si miramos bien estas cifras nos queman, demasiados reflejos sin protección.

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Redescubrir la naturaleza es un aconsejable ejercicio pospandémico

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Hay que insistir en el valor de la naturaleza, para que nunca se nos olvide, para que pensemos en ella cuando no sea urgente visitarla para que nos mejore el cuerpo y nos atempere el alma. De ella salimos o formamos parte, el significado exacto que lo elija cada cual, y en ella somos; para ella debemos ser amables conviventes. «Tan corto el amor, tan largo el olvido», parafraseando a Pablo Neruda que utilizaba la frase para otros menesteres.

Estaba ahí permanentemente, casi sin levantar la voz. Desde siempre, servía como fuente inagotable (sic) de recursos. Tanto tiempo pasó en esta situación que la habían despojado de una parte de sus tesoros, por más que siempre había sabido renovarse. La naturaleza va a su ritmo entrópico, pausado o abrupto, pero cada vez se altera más pues padece incidencias antrópicas más o menos graves. Su devenir bascula de un lado para otro respondiendo a condiciones físicas extremadamente complejas, algunas le ayudan a mantener su esencia y estampa, otras se las cambian. Durante siglos y siglos no le faltaron afectos, si bien últimamente se sintió olvidada.

Era ella por tierra, mar y aire; toda una expresión de biodiversidad. Hay que recordar que el metabolismo de la biosfera terrestre se parece al de un organismo, que lo es, pero en este caso extremadamente complejo. Si alguien se da una vuelta por ‘World Mapper’ encontrará un cartograma animado de la NASA elaborado con las informaciones de satélites que detectan la ‘producción primaria bruta’ (GPP) acumulativa de la biosfera en tierra. Esta productividad, diferente según zonas y países, es la energía para la vida multidiversa de la naturaleza; cambia con las estaciones y según la variabilidad geográfica.Nos da una idea de cómo todos los organismos de la biosfera están interaccionando gracias al sol. Por eso no basta con visitarla, su belleza es parte de su existencia; una y otra dependen de quienes miran o viven.

Leer artículo completo en la Firma de Heraldo. 

¡La bolsa, de plástico, o la vida! Ni tan cerca ni tan lejos

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Todo es opinable. Cada cual vive como puede o le dejan; las bolsas de plástico también. Tuvieron, todavía conservan, un lugar importante en la vida colectiva. Todos las empleamos más o menos, bien o mal, para todo o solo en determinadas ocasiones, antes más o ahora igual. Las tenemos cerca, pero parece que empezamos a ver que se alejan. En los primeros tiempos se idolatraron, tan omnipresentes estaban en nuestras vidas que el primitivo cariño se oscureció con la monotonía y acabamos por no darles importancia, por eso no dudábamos en tirar a la basura una tras otra. A alguien se le ocurrió revelar los peligros ambientales que comportan, por más que nos hayan hecho muchos favores. El aviso, que se tornó en denuncia llegó a todo el mundo, era serio ya que han conquistado océanos remotos (formando islas) o el suelo (construyendo montañas en cualquier país).

Hubo gente que empezó a ver que la vida no podría ser una bolsa de plástico y decidió despreciarla, si bien también a esa otra Bolsa -confabulación de dinero con bolsas virtuales- que nos organiza las inclinaciones del consumo. Poco a poco cundió la idea de que eran un despilfarro, por lo de usar y tirar. Perdido el apego, a pesar de tenerlas tan ligadas a nuestra vida, queremos quitárnoslas de en medio: las mandamos lejos, a la depreciada basura o al laberinto del contenedor amarillo; al menos que no se vean. Por eso no está de más dedicarles un Día Internacional Libre de Bolsas de Plástico; es el 3 de julio. Sirve para recordarnos que si bien las bolsas de plástico de un solo uso tienen una utilización media de 12 minutos -en realidad nada si lo comparamos con nuestra vida- sus perjuicios ambientales duran decenas de años –más que nosotros- y deterioran la biodiversidad y más cosas. Normal que ahora se las persiga, en España usamos de media por persona 144 bolsas de esas. Por eso, a pesar de la aportación que han tenido durante la Covid-19 para deshacernos de nuestros desechos -hay que decir que sin preocuparnos adónde iban y la posible liberación de virus-, hay que eliminar su uso y cambiarlo por bolsas reutilizables, si se quiere con el paso intermedio de la ayuda de las de papel, biodegradables, compostables, etc. Porque no se crean que las que depositan en el contenedor amarillo tienen un segundo uso; la inmensa mayoría acaban despreciadas, sin otra vida.

Mire sus bolsas de plástico, decida hasta que punto las tiene cerca o lejos de su vida. ¿Sería posible esta sin ellas, al menos durante un día o una semana?

Recíclame, recíclate, para evitar montañas de basura

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Dicen por ahí que hemos progresado mucho en la cuestión del reciclado de cosas, para que las materias primas con las que están elaboradas tengan varios usos, además se ahorre mucha energía. Sí y no. Sí, si atendemos a las cifras que presenta Ecoembes referidas al año 2019: cada ciudadano depositó 17,1 kg de envases de plástico, latas y briks en el contenedor amarillo (un 9,1% más que en 2018) y 19,4 kg en el contenedor azul (7,2% más que en 2018). Todavía más interesante es ver progresiones: en 2015 eran 12,7 kg que de media per cápita los residuos que se depositaban en el contenedor amarillo en 2015, 15,1 kg al de papel. Más cosas: más de millón y medio de toneladas de envases se recuperaron en 2019; 8 de cada 10 españoles, no se dice si hogares, tienen el cubo de residuos de tetrabrik y envases plásticos. Así pues, suficientes motivos para hablar con orgullo de la conciencia de la ciudadanía y su participación en una tarea colectiva tan interesante y necesaria. En la misma página del hipervínculo anterior se puede acceder, si se desea, al desglosado por autonomías.

Sí pero no. Las toneladas de productos “recuperadas” en los contenedores de las calles, en España hay más de 650.000 puntos, no se corresponderán seguramente con las “rescatadas” que se llevan a los puntos de recuperación de los materiales, a las plantas en donde de verdad se hace la maravillosa tarea de aprovechar lo máximo posible. Tampoco se dice nada de la morralla de cosas que van al contenedor amarillo y no deberían ir; aquí hay mucho despiste colectivo o las cosas no están muy claras en muchos ayuntamientos. Por eso, no suene raro que Greenpeace llegue a contradecir a Ecoembes en su informe Maldito plástico. Allí se afirma que en España apenas se recupera el 25% de los embases plásticos, muy lejos de lo que afirma la entidad gestora (75%). Así pues, los consumidores/productores de residuos plásticos andamos despistados: ¿Lo hacemos bien o mal? ¿Sirve nuestro empeño, o no tanto como nos creíamos?

No, claramente no. Un ejemplo como muestra pero habría muchos. La OCU ha realizado un seguimiento mediante GPS de 43 tetrabriks (de los de leche o zumos) depositados en los contenedores de 21 ciudades. Solo 1 terminó en una empresa preparada para reciclarlos correctamente (parece que solamente hay una planta en toda España, cerca de Zaragoza, pero apenas logra aprovechar un 30% del residuo). 

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La sostenibilidad ecosocial no deja de ser un bonito postulado en espera

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Hasta ahora, las medidas que toman los gobiernos, las que adoptan los circuitos comerciales o aquellas que hacen suyas una mayoría de la ciudadanía resultan mínimas en relación con las necesidades del sistema convivencial, social y con el planeta. Un ejemplo lo tenemos en el posicionamiento frente al cambio climático: cuatro carriles bici, la quimera del coche eléctrico sin recargas ni recambios de baterías, y una reorientación del mix energético basado en la proliferación de la eólica. Nada se dice de consumir menos energía y adoptar medidas colectivas de mitigación del cambio climático. 

Todo esto a pesar de que los científicos, miles de ellos, llevan años avisando de que el cambio de rumbo debe ser radical, de que es ineludible verificar si continuando con el estilo de vida actual no se lastima a mucha gente, al medioambiente; si todo ello de deja de ser un obstáculo para detener lo que se nos viene encima. La crisis pandémica nos obliga a una transformación brutal, a la cual nos resistimos. La ciencia nos dice que hay que cambiar el (des)orden global, que todavía se puede aprovechar la plasticidad existencial de la que la sociedad ha hecho gala en otros tiempos.

Pocos responsables políticos están convencidos de revolver la dinámica consumista, de concertar los instrumentos adecuados para que la ciudadanía los acompañe en el diseño de otro ritmo de vida, a pesar de lo que dicen alguna vez o de lo bonito que queda el Pacto Verde Europeo. Mientras tanto, el tiempo pasa, esperando que llegue el año 2030, aquel en el que se suponía que todo iba a cambiar. A él miraban los grupos sociales más vulnerables, hasta el medioambiente empezaba a creérselo. Será verdad que no sabemos ser modernos, híbridos sociales y planetarios, como manifiesta Bruno Latour cuando afirma que «No se trata ya de retomar o de modificar un sistema de producción, sino de salir de la producción como principio único de relación con el mundo».

El aula de la naturaleza espera a los escolares descofinados, y a la gente que quiera aprender de ella

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Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

La armonía de la naturaleza que tanto apreciamos es un poco inventada. No hagamos excesivo caso a lo del equilibrio ecológico; es una verdad débil porque nada está quieto permanentemente, ni siquiera tres minutos seguidos. El morir o vivir de tal o cual individuo tiene una importancia relativa. Es más terrible si una especie desaparece porque los individuos no supieron a adaptarse a los nuevos tiempos o climas. Muchos ya no están por la intervención humana, muy criticable. Por cierto, hay que buscar la armonía con la naturaleza, que significa no molestar demasiado a quienes por allí viven o transitan. Eso más o menos decía una resolución de la ONU de 2009 y que ha dado título a varios informes de este organismo internacional. De este asunto se habla todos los años el 22 de abril, coincidiendo con el Día de la Madre Tierra.

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La expectante conquista de la naturaleza en un verano atípico

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La naturaleza nos espera temblando. Este verano va a ser especial; vamos a salir de estampida al campo después de tantos días confinados. Puede que lleguemos a esos lugares tan deseados y encontremos lo que buscamos. Seguramente aparecerá algún personaje de los que hemos visto en los documentales que nos han entretenido estos días, o recordamos de experiencias pasadas. De entrada, saludémoslos con la mirada, esa que ayuda a entender la vida en libertad si se conecta con el pensamiento. No intentemos clasificarlos en buenos o malos, bonitos o feos, necesarios o no, simpáticos o molestos; también los hay ocultos, grandes y pequeños. A pesar de cualquier enumeración, las clasificaciones no existen allí, todo está mezclado en un complejo muestrario de vida y cosas, sin más. “La naturaleza nada guarda incompleto ni en vano”, vino a decir Aristóteles, a lo que añadiríamos que cuando no hay propósito de juzgar poco se puede echar en falta. Hay que mirar con el corazón alerta, pues de lo contrario nos perderemos muchos detalles, más todavía si no hemos desarrollado previamente el sentido de la observación o la escucha atenta, o se nos nubló después de estos meses de agobios varios. Allá donde vayamos, observemos a quien siempre nos llamaba aunque no pronunciase palabra; será por eso que Víctor Hugo se lamentaba de que la humanidad no escucha.

Dicen que la naturaleza es libertad, por eso la gente la invadirá este verano buscando la suya tanto tiempo confinada. Hasta el sol hace lo que quiere allí pues cada día sale a una hora, minuto y segundos determinados, que no son iguales en todos los lugares, ni al norte o el sur, ni al este o al oeste. En realidad, en ese lugar tan inmenso nada está regulado por nadie; lo contrario que en nuestra vida de rígidos horarios, que en verano rompemos a conciencia. Son libertades sin escribir en una constitución, pero condicionadas, pues cada uno de los seres vivos debe conocer los ritmos propios y los de los otros, que no son siempre los mismos ni van en idéntica dirección. De lo contrario, si se despistan, se exponen a no comer o ser comidos. J. J. Rousseau comparaba la naturaleza con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender.

Al final, en el mundo natural nadie que quiera se siente solo, ya que, si sabe percibir, cuenta más lo latente, casi oculto, que lo patente que se ve mucho. Cuando el verano acabe nos habremos llevado las confidencias del paisaje, que nos ha susurrado que ninguna especie destruye su propio nido. Costumbre que los humanos hemos olvidado a pesar de que ya el sabio Averroes explicaba a sus contemporáneos andalusíes del siglo XII que nada de la naturaleza le es superfluo. Cuando el verano pase, puede que olvidemos algunos descubrimientos;  los vientos nos traerán sus ecos a poco que nos esforcemos; si no, a esperar al siguiente, en donde la naturaleza ya no será como la de este año, tan inédita, o no tendremos tantas ganas de verla porque ya habrán acabado los confinamientos. ¡Ojalá!

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Desertificación y sequía, tan próximas y tan poco atendidas

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Pasó desapercibido en el calendario personal de esta semana. Es lógico, ¡Con tantas preocupaciones que tenemos encima! Pero sí, el día 17 de junio estaba preparado para ser el Día Mundial de de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía; hay que subrayar el término lucha, que en este caso se convierte en posicionamiento colectivo para evitar que se hagan realidad los oscuros presagios de la ciencia. El Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico advierte de que entre el 75 y el 80% de España está en riesgo de convertirse en desierto a lo largo de este siglo. Dice la Agencia Europea del Medio Ambiente que la Península Ibérica será la región europea más afectada por la sequía, debido sobre todo a la sobreexplotación de los recursos hídricos, la agricultura intensiva y la urbanización irracional. Además, el cambio climático hace de acelerador de sequías y desertificaciones.

No es un asunto para dejarlo correr: la desertificación y la sequía tienen tremendas repercusiones en el entramado social y demográfico. La España rural se vaciará todavía más, las migraciones interiores de multiplicarán. El Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico tiene un gran desafío por delante al que no puede hacer frente en soledad. Hace falta el esfuerzo unánime de todas las fuerzas políticas y agentes sociales, además de una fuerte apuesta de la Unión Europea, que verá incorporarse al enorme desierto africano a amplias zonas de todo el entorno mediterráneo y del Mar Negro. Pero los estragos llegan a todo el mundo, también a los países americanos con los que desde aquí tenemos contactos.

Un cambio global en los estilos de vida, cada cual desde su ámbito personal y los gobiernos y empresas desde su papel como responsables de la gobernanza social, ayudará a no dejar a tanta gente atrás. Aquí se lo explican mejor, con una serie de cortometrajes de la UNCCD (United Nations Convection to Combat Desertification). 

El redescubrimiento de la naturaleza tras la pandemia. ¡Cuidado con los espontáneos!

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Era ella. Estaba casi sin estar. Servía de fuente inagotable (sic) de recursos. Perdía poco a poco una parte de sus tesoros. Le llegaban a veces afectos. No se sabe si compensaban.

Era ella tan necesaria y a la vez tan poco estimada. Se estima a alguien o algo por que emociona. Pocos lo veían así. Durante la última década se ha ralentizado la pérdida de millones de hectáreas de bosques, la vertiente artística de la naturaleza la llamó alguien; pero sigue. Poco parecían preocuparse. La naturaleza es mar océana, asimilación que no viene de Alberti. Los océanos sufren desprecios similares a la naturaleza terrestre. 

Era ella por tierra, mar y aire toda una expresión de biodiversidad. La vida multiforme se reduce según denuncia la FAO en su reciente avance del informe «Evaluación de los recursos forestales mundiales. 2020«. A lo largo de los últimos años han desaparecido especies. Tampoco ha pasado nada, dicen quienes ve el mundo desde la atalaya del negacionismo.

Era ella ensalzada por naturalistas y científicos, también por los artistas que la cantaron o pintaron. Ni por esas los amores fueron eternos. Pero va un bicho que ni ve ni siente y nos descubre hasta qué punto nuestros destinos están compartidos con la naturaleza. En cuatro días, meses, ha logrado destapar el tarro de las esencias de la naturaleza cosa que los científicos ni los ecologistas no han logrado tras avisarnos durante décadas.

Es a ella a donde todos queremos desplazarnos. No sabemos si la que era o la que es. «La naturaleza es salud», escuchamos y leemos estos días. La estampida que se prepara al medio rural y natural nos hace temer que ese descubrimiento no sea para ensalzar, sino para temer. Los espontáneos no tardan nada en ser invasores.

Era ella, también en el Mar Menor; ya lo decían los ecologistas. Entre muchos la mataron y ahora hay quienes se lamentan, viendo peligrar sus negocios. La naturaleza es y no es sujeto de amores. 

¿Será ella?

Conmemorar en el confinamiento sin escuela el Día del Medio Ambiente mirando el uso de las cosas de casa

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Cada 5 de junio la gente habla del medioambiente. Este año es especial porque se conmemora dentro de un mundo en modo pandemia. Seguro que dentro de unos años los libros de Historia recogerán que hubo una pandemia por un coronavirus. Detallarán que afectó a más de mil millones de personas y provocó centenares de miles de muertes por todo el mundo. No cabe duda de que hablarán también de cómo se pusieron en marcha investigaciones para encontrar una vacuna que protegiese a la gente. Es posible que en los textos se recuerde a Jenner y a Pasteur. Entre el uno y el otro dieron valor a un proceso que se llama vacunación.

Cualquier persona que quiera saber algo de la vida debe enterarse de lo que descubrieron ambos; más todavía han de hacerlo los estudiantes que no van ahora a las aulas. No sabemos lo que dirán los libros de cuándo se descubrió la vacuna o las vacunas contra el coronavirus de ahora, ni siquiera si se logró. Porque a veces no hay defensas colectivas frente a determinadas enfermedades, como sucede con el VIH. Tampoco si dirán mucho de cómo se conmemoró el 5 de junio. Como va de vacunas, aquí queremos llamar la atención sobre nuestro Premio Nobel Ramón y Cajal o del médico Jaime Ferrán que andaban bastante atinados cuando la epidemia de cólera de 1885. Otro asunto para buscar información.

Proponemos conmemorar el Día Mundial de otra forma: relacionando las cosas o productos que usamos con el medioambiente que nos las procura. Seguro que los libros de dentro de unos años dirán que durante unos meses hubo mucha gente sin poder salir de su casa, o que solo lo hacía para comprar lo imprescindible para vivir, que en realidad era poco. El tema/la lección de Historia que trate de esto explicará que se pararon muchas fábricas, se destruyeron muchos empleos, que las economías de muchos países se resintieron. ¡Qué decir de aquellos hogares en donde no entraba nada de dinero! Lo más probable es que los libros no reflexionen sobre cómo una buena parte de la gente, millones de personas de todo el mundo, se las arregló durante los confinamientos con las cosas básicas; incluso una parte de la que vivía en los países de ingresos altos. Puede que tampoco hablen de que el medioambiente natural se benefició del parón mundial, al menos en lo que respecta a la contaminación del aire.

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