Ecología

Ecodependientes, para siempre

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La mirada triste, el lamento amargo de quienes lo pierden todo ante un grave episodio natural, ahora mismo en la isla canaria de La Palma  con la erupción del volcán, expresa en cierta manera la ecodependencia que siempre nos acompañará. Un hecho de estos supone una quiebra en el calendario social de quienes se ven más afectados.

A lo largo de este año hemos visto como ardía California y el noroeste de América, Siberia, Brasil, Australia, grandes extensiones aledañas al Mediterráneo. Antes la borrasca Filomena nos hizo tiritar en enero y convulsionó la vida cotidiana, además de producir graves daños. Haití volvió a temblar. Inundaciones en EE.UU., Alemania, China, India, Brasil, etc. Terremotos en América del Sur o Indonesia. Huracanes y ciclones azotan las zonas costeras de todo el mundo. Qué decir de las danas que se acumulan ahora cerca del Mediterráneo con una frecuencia nunca vista. Por ahí se dice que los desastres naturales se han incrementado casi un 50% en los últimos diez años.Todos estos episodios no hacen sino recordarnos una y otra vez que vivimos en un inestable equilibrio. Por fortuna, los sistemas de alerta han logrado salvar muchas vidas.

Pero hay catástrofes silenciosas, que van minando sin llegar a ser percibidas por la población porque no son tumultuosas. Buena parte de estas están incentivadas por la acción humana. Por no hacer prolija la lista nos referiremos solamente a la contaminación del aire. Las concentraciones atmosféricas de GEI han alcanzado récords en 2020 y van camino de superarlos en 2021. Ayer mismo, la OMS lanzaba una alerta mundial sobre la contaminación del aire y revisaba varios parámetros que afectan gravemente a la salud por sus efectos acumulativos. Hay una crisis climática de incentivación antrópica que tardamos en asimilar y tratar de mitigar sus efectos en la salud. Ver https://twitter.com/WHO/status/1440671322602819596 

Dado que siempre vamos a ser ecodependientes, e interdependientes, no dificultemos más las condiciones que marcan nuestra vida actual y el futuro global. Sería una muestra de la inteligencia humana teñida de ética global.

Movilidad sostenible en un mundo hiperviajero dominado por los objetos

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Movilidad sostenible es permanecer un rato sin moverse, pensando lo viajera que es o no nuestra vida. También preguntarse cosas tan sencillas como; a dónde nos vamos a dirigir después y en qué medio de transporte; si utilizamos a menudo los pies y piernas que nos llevan a muchos lugares o acaso preferimos hacerlo en un medio de locomoción; a dónde va esa camiseta que tiramos a un contenedor que a su vez hizo un largo viaje hasta llegar a nuestra casa; de dónde vienen las cosas que comemos y el viaje largo o corto que hemos hecho para aprovisionarnos; anotar las veces que compramos por Amazon y esos sitios aunque sea una bagatela que no necesitamos; si en alguna ocasión el deseo de aventura nos ha llevado lejos en low cost; si cierto día nos dedicamos a contar el número de personas que viajaban en un coche y calculamos la media; las veces que utilizamos el vehículo personal para cosas innecesarias; si nos parece bien o mal esos megaaeropuertos que hay por el mundo y ahora quieren construir en Barcelona y Madrid; si pagaríamos la gasolina al precio que fuera con tal de tener la libertad de ir donde queramos en cada momento; si la movilidad tendrá algo que ver con lo del cambio climático; si la salud y la movilidad están relacionadas; si el lugar donde vive aprobaría o no en movilidad sostenible; si le cuesta mucho poco practicar la ciudadanía sostenible en una movilidad responsable; si antepone el disponer de cualquier cosa de inmediato al desplazamiento sostenible para lograrlo, etc. Por último, ¿cómo definiría movilidad? Lo de responsable es cosa suya.

Seguro que después de responder a estas preguntas y otras muchas podremos participar con más fundamento en la Semana Europea de la Movilidad. Tenga siempre en cuenta  cuando acabe el sonido de las bellas intenciones y el ruido del lavado de cara de la semana si la vida seguirá en un circunloquio permanente.

Caso de que no le apetezca, le invitamos a leer despacio y pensar aquello que dijo Jean Baudrillard, filósofo y sociólogo francés (1929 – 2007) y feroz crítico de la sociedad de consumo, que veía la movilidad desde la esfera de los objetos y necesidades:
„El mundo de los objetos y de las necesidades será así el de una histeria generalizada…, en el consumo, los objetos se convierten en un vasto paradigma donde se declina otro lenguaje, donde habla otra cosa. Y podría decirse que esta evanescencia, que esta movilidad continua que hace imposible definir una especificidad objetiva de la necesidad …, que esta huida de un significante al otro, no es más que la realidad superficial de un deseo que es insaciable porque se basa en la falta y que este deseo, por siempre insoluble, es lo que aparece representado localmente en los objetos y las necesidades sucesivas.“

Se nos ocurre una pregunta después de leer esto: ¿La movilidad se consume o se consume movilidad?

Amargores veraniegos para el mundo ecosocial

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Nos refugiamos en el verano para huir de los desastres anteriores. Pero sin darnos cuenta se asomó el apocalipsis del mundo. El colapso no viene en forma de meteorito, como aquel que se llevó a los dinosaurios hace unos 66 millones de años. Hoy las amenazas son más sutiles o distintas. Las advertencias del tiempo pasado ahí están en forma de dilemas del presente: olvidos éticos, desastres ambientales, récords de temperaturas que se quedarán en anécdotas, evidencias científicas, disgresiones políticas y desigualdades crecientes, entre otras. El miedo atenazó meses pasados por momentos con episodios muy sonados por su intensidad y recurrencia. Pero en verano los nubarrones se disipan pronto, aunque descarguen tormentas y agobios por el calor. Las emisiones olímpicas alejaron al medioambiente de nuestras ataduras mentales.

El verano no consiguió limpiar la(s) crisis ambiental(es). Quedaron en forma de incendios en los países ribereños del Mediterráneo, en California o Siberia y sequías varias. Anteriormente en inundaciones porque los ríos quisieron recuperar sus cauces usurpados. Las máximas mandatarias europeas Der Leyen y Merkel se acordaron momentáneamente del cambio climático. Pero pasó el ruido mediático y la preocupación se disipó.La malla mediática apenas se hizo eco del deshielo de Groenlandia o de las liberaciones gaseosas del permafrost en Siberia. Otros iconos veraniegos acapararon la audiencia, como la publicación del informe del IPCC culpando a los humanos del desatino climático, pero su eco se apagó enseguida. O el caso anunciado de Mar Menor muerto.

Lo que dicen los aguafiestas, por más que sean científicos o ecologistas razonadores, no es bien recibido. No hay nada mejor que taparlo con todo un santoral de iconos placenteros alejados de los daños ambientales. La gente recuperaba la playa y las vacaciones en la liberación pospandémica. Casi al final ha estallado el drama social de Afganistán, que también es medioambiente con borrones humanitarios difíciles de digerir.

Continuará aumentando la fragilidad del medioambiente ecosocial y después…

Leer artículo completo en La Cima 2030 de 20.minutos.es

«Helibike» en la montaña y otras ligerezas deportivas

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La práctica deportiva es una medida saludable como pocas. Pero realizarla en cualquier lugar tiene sus conques. En particular para el enclave donde se lleva a cabo. La gente del Pirineo aragonés está muy airada por la maniobra «deportiva» que supone subir a gente a bordo de un helicóptero a un pico para que desde allí se lance cuesta abajo en bicicleta. Imaginamos que las personas que se deslizan a toda marcha verán satisfecho un reto determinado. Eso defienden las empresas que publicitan estos cuestionados viajes. Existe el precedente de aquel «descenso brutal» que realizaba el conductor de un programa televisivo por Benasque. Dicen que contaba con permisos del Gobierno de Aragón.

El respeto a la naturaleza y sus biodiversos habitantes debe primar antes que la descarga de adrenalina en los enclaves singulares. Durante este verano, la gente se ha lanzado a tropel por ciertos lugares de los Pirineos que gozan de fama por su riqueza natural. Casi se formaban colas como aquellas del Everest. Las afecciones que provocan en los enclaves pesan más que el posible beneficio para la salud humana. Por supuesto que la naturaleza está para disfrutarla, pero con algunas prevenciones. De hecho, una parte de quienes van por allí a expansionarse o superar un reto personal lo hacen sin el equipamiento adecuado, incluso por el glaciar del Aneto. Aumentan año tras año los rescates de la Guardia Civil de Montaña en toda España. 

Para nada es una veleidad deportiva transitar por las redes de senderos que existen en todas las comunidades. Permiten una captura emocional sosegada de la naturaleza y sus habitantes. Hoy se puede obtener suficiente información en Internet sobre ellas. Si vienen a Aragón dense una vuelta antes por «Chino Chano«. Allí encontrarán explicadas de forma amena rutas para todas las edades, gustos y necesidades. Esto sí que es deporte saludable sin prisas. Un reconocimiento desde aquí a sus responsables y al guía senderista. Somos conocedores de que hay otros canales, televisivos o no, que enseñan recorridos pausados en otras comunidades autónomas y en Europa.

Al paso que vamos, nada quedará en paz con eso del deporte extremo, tan de moda últimamente. Nos nos extrañaría que se programasen carreras de drones que surcasen todos los picos famosos del mundo (o lagos, o cuevas, o lo que sea) para poner un banderita. Por cierto, las autoridades que deben regular toda la expansión lúdica en la naturaleza, sea deportiva o no, han de estar atentas. 

Sí al derecho a la práctica deportiva en la naturaleza, pero según y cómo.

Desde el espacio, el clima terrícola despierta curiosidades y lanza amenazas

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Vuelo muy alto para ver el planeta entero. Para imaginar el reto cambiante de lo vivo. Para entender un poco las imágenes que dicen que demuestran lo del cambio climático. Desde tan lejos no veo personas, pero sí sus rastros en el suelo. El aire se me hace imperfecto en su comprensión. El Planeta se mueve, lo sabía Galileo. El planeta en una conjunción que se conjuga consigo mismo. Pero no solo. Al mismo tiempo tiene complementos humanos, más o menos concordantes. ¿Lo verían de igual modo los dioses griegos que sabían alejarse hasta el infinito?
El planeta de El Principito resultaba enigmático. Tan pequeño y difícil de abarcar. La Tierra, con sus ropajes de agua y aire resulta bella. Así es para quien la mira en positivo porque la belleza se busca dentro de sí mismo. La Tierra acoge el mundo de las relaciones, que le confeccionan sus ropajes. Cambia de moda y a la vez permanece desnuda. 
Desde lejos, esta esfera parece querer decir algo. La miro una y otra vez en las imágenes de la ESA, sin salir de ella. Me paseo por sus distintas entradas y no dejo de maravillarme. A cada una de la imágenes, alarmantes o no, le pongo un título de película: Amanece que no es poco, Apocalipsis trescientos, Los grandes dictadores del consumo, Alicias maravillándose, El amor en los tiempos del cambio climático, Gravity pero mucho, La conquista del oeste de algo que gira hacia el este, En busca del fuego, La quimera del agua, Odisea 2030, El clima del carbono no es para el verano,  y así hasta llenar la infinita página de los deseos no satisfechos.
¿Dónde estarán los dioses que “crearon” el planeta sin asegurarle un clima perfecto, universal y para siempre?  Se olvidaron de que debían acondicionarlo para las personas y las otras biodiversidades. La sucesión temporal hizo de las suyas; millones de años es mucho tiempo. Ahora tenemos delante un menguante calendario. Los humanos se pusieron en su contra. No se sabe la razón.
Con todo me pregunto qué hago yo para cambiar el clima. ¿Quedarme en el espacio o volver a la Tierra? Personas y meteoros se miran con desconfianza.

 

Un mar de fábula en su génesis que acabó no siendo, ni menor

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Lo llamaban Mar Menor pero no se sabe si lo era. En la costa sureste de la península Ibérica se cerró una parte de un mar abierto y nació otro. Una fábula sencilla de la naturaleza: crear y renovar, con algo de destruir. Para ello se alían las fuerzas naturales y el tiempo. El mar que no se sabe si lo era, en la interacción entre aguas saladas y otras llamadas dulces procedentes de la tierra. Daba un punto de arte a los mapas de España: azul apenas separado de azul, como en los cuentos en los que los dioses se reservan espacios peculiares. Acaso una copia de la Talasa griega.

 Pero llegaron los hombres y fabularon, mejor especularon con él. La riqueza entusiasmó en sus orillas. El suelo dejó de ser uno y pasó a otras tareas. El agua dulce llegada de muy lejos se llenó de sales. Qué ironía que ni aun así la llamasen salada. Los hombres lo convirtieron en un sumidero al que vertían las inmundicias de sus actividades económicas y vivenciales. Alguien protestaba pero era poca gente porque el dinero ganado a su costa tapaba muchas bocas.

En una fábula atribuida a Esopo, “El granjero y el mar”, se cuenta que la diosa Talasa podía adoptar forma humana. Cierto día los dioses fluviales se reunieron para quejarse de Talasa, porque ellos le ofrecían el aguadulce, en tanto que ella, que tenía amargos dones, solo contenía agua salada, estéril para la vida. La fábula, sea cierta o no su atribución, tiene su reverso imaginado. Porque los dominios marinos de Talasa siempre eran menores que los de Neptuno o Poseidón. 

El mar clamaba su abandono con el altavoz de los ecologistas pero la escucha llegó tarde. Ahora el Mar Menor es poco más que un estanque muerto, no es ni siquiera mar. Lo dicen las toneladas de escombros de biodiversidad que se recogen en sus orillas y se ven dentro de él. Nadie se hace responsable; parece que en aquella tierra no ha habido ni gobernantes ni gobernados.
Mientras esperan que los dioses arreglen los desperfectos, el turismo sigue llenando hoteles, la agricultora circundante abona hasta el aire. Las autoridades de allí piden a las del Estado la declaración de “zona catastrófica”. Suponemos que será para mostrar a Europa y al mundo entero lo que no se debe repetir: la especulación con algo que es libre y debe quedar para el futuro. Más que nada para que aquellos ecosistemas únicos que quedan no acaben muertos. Por obra y gracia de la catastrófica acción humana. 

El mundo social se hace pedazos en un verano catárquico

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Cuesta mirar los informativos o leer las noticias. El verano ya no es anodino. Siberia y California siguen ardiendo; en Europa mediterránea España se suma a Grecia, Turquía e Italia. Olas de calor convertidas en océanos. Groenlandia perdiendo aceleradamente sus hielos fósiles. Más razones para creer en el calentamiento global. Tiembla de nuevo Haití a la espera de un nuevo ciclón que haga más difícil la vida. Parece que la corteza terrestre tiene una lista de lugares malditos que quiere eliminar. Afganistán entra en demolición; en realidad nunca salió de ella. Ya dudábamos que las potencias occidentales recompondrían el puzle étnico de aquella zona. La pandemia sigue campando a sus anchas en países más o menos ricos. Los inmigrantes continúan su calvario, aunque sean niños. Se anuncian nuevas riadas por el dominó afgano.

Un noticiario televisivo se ha convertido en una película de terror, en un escaparate de la negrura. Si sigue así la cosa dudaremos del futuro. Más todavía para esa gente que se acumula en el aeropuerto de Kabul y la que no se ve de Afganistán, donde mujeres e infancia serán quienes más pierdan. Las vacunas atemperan la vida de los países ricos a la vez que desesperan la mirada de los pobres, en una mezcla de miedo y petición angustiosa. A este paso deberemos dejar de hablar del mundo y escribir sobre los muchos mundos, que son la conjugación del verbo vivir con muchos complementos detrás. Malo será cuando el grito unánime se lamente de la situación y suene mucho el ¡tanto para tan poco!

La economía parece que se recupera, aunque no sepamos hacia dónde va. La gente rica o media rica sale de vacaciones más o menos largas hacia lugares más cercanos, pero se mueve. Las petroleras aprovechan para hacer su agosto elevando el precio de los combustibles fósiles. En España y otros países la luz sube sin parar; dicen que por el precio del gas. Casi nadie lo cree.

El verano ya no es la estación del relax sino un paréntesis ocupado por la preocupación: salud, economía, ecología, ética universal, educación, sociedad, infancia, etc. Incluso la gente positiva u optimista duda del futuro. La maniobras de quienes dominan el conjunto de los mundos se mantienen oscuras, puede que lleguen a ser perversas.

Por todos los lados surge la pregunta: ¿Qué vendrá después? Ojalá el fin del verano nos despeje alguna de las muchas incertezas, y que sea para bien.

El precio de la luz y sus componendas vs la pobreza energética

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No llegamos a entender casi nada de lo que tiene que ver con la energía que consumimos en nuestras casas. Tampoco con la que utilizamos para movernos. La ignorancia sale cara porque quienes manejan los hilos en el mundo sí que saben qué hacer con ella y cómo vendérnosla. Porque aquí se trata, como casi todo de la vida actual, de comprar y vender, de mercados y mercaderías, de productores y consumidores, de quienes pueden pagarla y de los que sobreviven a su pobreza energética. 

Llegó el verano y el precio de la luz se puso por las nubes; no sabemos hasta dónde llegará. El lema «apaga la luz» describe a las claras la necesidad de regular nuestros consumos, para que no nos electrocuten la economía doméstica. Dicen que todo se debió a maniobras de las grandes operadoras mundiales de combustibles como el gas y otros asuntos como la compensación por el CO2. Como es cosa internacional poco se puede hacer, justifican algunos que dicen saber.

La gente corriente, que no entiende de los manejos internacionales, ve dispararse el precio de la luz a la vez que los parques eólicos y huertos solares inundan el territorio español. Se dijo que las energías renovables daban independencia energética, que los precios se abaratarían. El mapa de la energía renovable en Europa crece sin parar. Pero el axioma se rompió de pronto y nada es como nos lo venden. La credibilidad ciudadana desciende a la vez que el compromiso con la reducción del consumo, si se puede pagar lo que nos venden. En muchos hogares han puesto en marcha el avisador eléctrico para que les diga cuándo deben poner el lavavajillas, la lavadora y otros electrodomésticos. ¿Y aquéllos que precisan una conexión permanente?

Echemos un vistazo a los gráficos de EOM. En el primero se puede ver la evolución de precios de la electricidad puesta en los hogares en algunos países desde el año 2008 al 2020. En el de más abajo aparece el desglose del precio: qué porcentaje paga cada país europeo por la energía consumida, la red que la conduce, su suministro, impuestos, tasas y cargos. Aquí se observan unas enormes disparidades, tanto en el precio del kilovatio-hora desde 0,27 de Rumanía hasta 0,12 de los Países Bajos como en los porcentajes de cada partida. Desconocemos si la causa viene de la mayor o menor generación nacional (compárese con el mapa al que hacemos alusión aquí), de las características de la red, de las políticas impositivas o de que en algunos países piensan que la luz asequible para toda la ciudadanía es un derecho universal.

Podríamos buscar el país en el que más porcentaje supone cada una de las partes, contraponerlo con el que menos. Quizás encontremos razones que lo expliquen. La realidad es que vivimos presos de las maniobras comerciales y de las reglas reguladoras de los respectivos gobiernos, seguramente presionados por lo monopolios eléctricos. Mientras tanto, el ciudadano es el pagano, da igual que sea rico que su renta esté por debajo de los niveles de exclusión social. ¡Cómo lleguemos en este plan al invierno! La pobreza energética es una amenaza creciente sin respuesta contundente. Por cierto, la luz batió ayer otro récord histórico en el mercado mayorista. Preparémonos para el siguiente recibo de la injusticia eléctrica. 

 

La grave perspectiva climática se confirma. La emergencia crece aceleradamente

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Tanta murga sobre el cambio climático y sus impulsos antrópicos apenas ha servido para lavados de imagen en la economía y en la gobernanza nacional o mundial. Los mandamases presidenciales de las naciones todas han ninguneado, desde Rayoy con su primo de Sevilla hasta Trump pasando por Bolsonaro, los avisos. El resto tampoco se ha esforzado mucho, o ha preferido mirar a la economía egoísta antes que a la ecología previsora. Las sucesivas llamadas de la ONU en boca de Guterres (ha calificado de código rojo la situación actual) y compañía han tenido menos eco que el papel de embalar. Tampoco la ciudadanía, perezosa o ignorante, acierta a ver por dónde le llegan las amenazas. Tanto hablar y la gente se ha pasado a la incredulidad permanente. Ha faltado liderazgo, o atrevimiento de los dirigentes para hacer caso a lo que afirman las investigaciones científicas. ¡Si hasta se han reído de lo que decía el IPCC y lo han llamado pesado alarmista!

Cualquiera que piense un poco no puede sorprenderse de las pésimas noticias climáticas. Los episodios meteorológicos con altas repercusiones abundan cada vez más. Tal multiplicación no puede ser fruto de la casualidad. Los optimistas/despreocupados climáticos aluden a que siempre ha habido cambios, se olvidan en su argumentación de que la magnitud y recurrencia sirven para ajustar las cosas a su importancia. Si lo coyuntural se hace estructural cambia mucho la vida. 

Pero en el Informe de ayer, el IPCC pone las cosas muy feas. Se confirman las peores perspectivas. Lean cualquier medio de comunicación solvente y comprobarán que el más completo informe científico sobre el cambio climático llevado a cabo hasta ahora «responsabiliza a la humanidad del calentamiento global». Ese asunto tan complejo que está detrás de los fenómenos extremos que hacen tan complicada la vida y anuncian tiempos peores. Cada vez queda menos tiempo, del calendario, para aminorar los efectos. De hecho, si lo hacemos muy bien a partir de ahora nuestros hijos y nietos notarán algunos efectos beneficiosos pasadas unas décadas. Démonos una vuelta por el Atlas interactivo para entender lo que se nos viene encima.

Lamentablemente, otras situaciones apenas tienen vuelta atrás. La emergencia crece aceleradamente. Hay una idea contundente en el informe: los anteriores episodios críticos calificados «del siglo» pasarán a ocurrir casi todos los años. Una pregunta estúpida: ¿Cuánto durarán los ecos del Informe y qué efectos tendrán? Puede que nos suceda como al escritor Juan José Millás, que en el baño se le «desocurren» las ideas.

Megaaeropuertos 2030 en la incierta puja del recambio climático

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Hubo quien dudó de aquello de la movilidad sostenible que se deducía de los ODS. Se preguntaba cómo se compaginaba el deseo comercial de inundar el mundo de mercancías viajeras y la inclinación de las personas al viaje perpetuo con el uso racional de las energías, y que estas fuesen cada vez más limpias. El recambio climático planea como un nexo regulador de los ODS. Sin él la vida será muy complicada. parecía que las ciudades se implicarían en la movilidad sostenible. Ahora hasta de eso duda. 2030 se aparecerá enseguida y pedirá cuentas. En realidad ya lo está haciendo con respecto a los aeropuertos King Fahd de Arabia Saudí; los estadounidenses del Denver, Dallas, Atlanta, Washington o Houston; los chinos de Shanghai, Beijing y Guangzhou; ese de Dubai que hace de parada universal; Tokio, …; en Europa, Amsterdan, Londres o el parisino De Gaulle. Eso solo por citar unos cuantos de los grandes. El mapa de vuelos en tiempo real es para asustarse si pensamos en los millones y millones de gases de efecto invernadero que lanzan al aire; y sus consecuencias acumulativas. El ODS 11 (Meta 11.2) en entredicho y muchas metas de otros ODS con los que tiene relación.

El verano es la época de la movilidad, del turismo. Hacer ambas cuestiones sostenibles es imprescindible en el contexto global. ¿Pueden serlo de verdad y si es así bajo qué condiciones? Por eso sorprende el anuncio de que el Gobierno de España quiere convertir en el año 2030, qué fecha tan mal avenida con los macroaeropuertos, en el del despegue masivo de la aviación mastodóntica en Barcelona y Madrid. Parece incuestionable que el incremento de la movilidad mundial recalienta el cambio climático. ¿Qué objetivo tiene acumular entradas y salidas de mercancías y personas en unos pocos nodos?

Además, si se hiciese realidad implicaría evidentes desequilibrios territoriales: varios nodos superpoblados frente a la España vaciada, prácticamente en paulatina extinción. El medioambiente ecosocial convertido cada vez más en parcelas excluyentes. Nos preguntamos si no sería mejor dedicar los miles de millones que nos van a costar estos vuelos en recuperar una red ferroviaria sostenible que interconectase la España abandonada. ¿No vendrán los dineros del Pacto Verde europeo?, porque sería el acabose. Por cierto, las poblaciones cercanas a los aeropuertos gigantes verían afectada su salud por ruidos y otros peajes.

Por otra parte, parece que la ampliación del aeropuerto de Barcelona amenaza con agravar el frágil espacio natural que lo rodea. También el de Madrid tiene sus peros, y no solo es por la contaminación sonora. Hay muchas voces que claman por llevar a cabo una reflexión profunda de estos proyectos para que no tengamos que lamentar «el falso 2030», aquel año que se nos vendió como el del lanzamiento universal de una nueva convivencia global. Las desilusiones lastiman la esperanza social y anulan los compromisos particulares.

La teoría ambientalista tarda en ser asimilada por la población. Seguro que en 2030 no será mayoritaria. Por eso debe estar condicionada a un discurso coherente, progresivo, comprometido, reflexivo; no movido por impulsos partidistas ni globos sonda que al final se desinflan o explotan. En el necesario y potente recambio climático no caben estas maniobras. Piénsenlo nuestros gobernantes y dejen de atufarnos. 

La crisis ambiental veranea en el olvido

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Suponía que andaba todo el mundo buscando a los culpables del cambio climático y del resto de crisis ecológicas. Ahora me doy cuenta de que era una mera impresión. Dado que soy un preocupón pienso que cada persona es una sucursal del medioambiente. Así no despego nunca hacia la ilusión transformadora. Hacemos y deshacemos a nuestro albedrío. No tenemos un foco iluminador de lo coherente, de lo conveniente. Si así fuera, haríamos cola para penetrar en el medioambiente. Pero no como consumidores sino como una especie de franquicia. Pero claro, en ese estadio mental o sitio físico nos empeñaríamos en vender un pretendido orden ecológico. No es fácil. Mejor poner carteles o imágenes para que la gente entre simplemente a leer. Un rótulo grande, para leer al principio y al final, avisaría de que somos ecodependientes. Pagarían una prenda los que se manifestasen negacionistas. Permanecería custodiada allí hasta que un suceso ecosocial que los hubiese zarandeado les demostrase la incerteza hecha realidad.

Las ciudades se llenarían de franquicias pues el asunto ambiental está que arde, o inunda, o quema, o emponzoña el aire, o se filtra en los suelos, o enmierda las masas de agua. Llegó el verano y la mente ambiental se tomó un descanso. El pensamiento perdió su trascendencia, o arrinconó su presencia. Además lo hizo con simetría universal. Llamativa esa unanimidad. La desidia ecológica dejó de ser un asunto de lesa humanidad. Gente que va y viene. No se sabe adónde ni para qué. Tampoco importa mucho al resto. No se trata de dar un paso hacia el más allá seguro sino de no olvidar el presente ascendente. ¿Acaso será un plan de fuga del territorio habitual?

Hubo algunos ilusos a quienes les dio por darse una vuelta por los medios de comunicación. Buscaron el rincón ambiental. Si lo encontraron fue exiguo, reducido casi al mínimo. Como si no tuviera importancia. A pesar de eso, se dieron cuenta de que el verano se había limpiado de la(s) crisis ambiental(es). Bueno, de todas no, quedaron en forma de incendios y sequías varias. También en inundaciones porque los ríos quisieron recuperar sus cauces usurpados. Las máximas mandatarias europeas Der Leyen y Merkel se acordaron momentánemente del cambio climático.

Algo se dijo de la huella ecológica y del día de sobrepaso del Planeta. Quienes buscan los olvidos se preguntan si están en el sitio que les corresponde. También si eso es el medioambiente. Y lo peor es que no dejan de darle vueltas al asunto. Como en una noche de insomnio incómodo. Al lado, alguien ronca.

Doble de calor en diez años pero ¿a qué coste?

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Los cálculos realizados por la NASA y la Agencia Nacional Atmosférica de EEUU (NOAA) referidos al periodo 2005-2019 demuestran que el calor que absorbe el sistema Tierra se ha duplicado en diez años. es algo así como el combustible que incrementa el cambio climático a marchas aceleradas. Y lo que es peor todavía, un 90% recalienta los océanos, con todas las repercusiones que sabemos que esta circunstancia tiene en la dinámica climática global.

Quienes no somo científicos empezamos a sospechar que los episodios extremos de precipitación torrencial (Europa central y oeste, China) y sequía e incendios acaecidos en este mes de julio de 2021 (América y Siberia por la creciente megasequía) algo querrán decir. Sin duda son consecuencia de los síntomas climáticos de los que tantas veces se ha hablado. Quienes somos observadores de las actitudes globales de las personas nos preguntamos hasta cuándo podremos aguantar sin cambiar drásticamente las prácticas generadoras de aumentos demostrados de calor. O si lo miramos de otra forma ¿qué tiene que suceder para que se ponga en marcha la revolución social climática? Hasta ahora solamente se dan pequeñas escaramuzas.

Según la OMM (Organización Meteorológica Mundial) «todos los indicadores climáticos han ido a peor en 2020«. Se suponían que la reducción de la movilidad y de la actividad económica iban a provocar lo contrario. Pero ya se sabe, el clima no es cosa de un año; sus causas y consecuencias son acumulativas.

Hipótesis no deseada enunciada por la NASA Y NOAA en el citado informe: «podemos esperar cambios aún más grandes en el clima en las próximas décadas» si no se revierte este fenómeno. Hipótesis nuestra: como sigamos al mismo ritmo puede suceder ya en los próximos diez años un grave conflicto social, económico y ambiental de consecuencias inabarcables.

No se trata de alarmar, más bien de despertar el pensamiento y tramitar cambios personales duraderos. De este asunto sabe mucho la inteligencia humana. Por eso, para quienes quieran conocer más les recomendamos este artículo de Delia Gutiérrez Rubio, meteoróloga de la Aemet: Entonces, ¿es verdad que el clima está cambiando?

Ropaje ambiental para estar a la moda

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Queremos pensar que toda esa gente que dice sentir como propia esa inclinación por la sostenibilidad seguirá en el empeño pasado un tiempo. Nos gustaría que así fuese, que no hubiese cambiado de ropaje por haber sucumbido sin reflexión a la sostenibilidad publicitada y escasamente interiorizada. Tenemos esta prevención porque tal como se disemina el término se corre el riesgo de que termine desgastado, como otros muchos que afectaban al pensamiento y bienestar colectivo. Más o menos lo que antes se llamaba ética, pero ahora lleva añadida la dimensión ecosocial.

Las astutas empresas, gobiernos y todo quisqui también nos la venden. Se adelantan a nuestras modas con su protagonismo reverdecedor. ¿No será que nos las crean? Ante tal aluvión de ambientalismo no falta gente suspicaz. Le cuesta creer que los perezosos gobiernos y las empresas nos vayan a impulsar cambios profundos en nuestros estilos de vida. Algo de razón tienen. Son los mismos poderes que han permitido o provocado ‒o al menos ayudado por acción u omisión negando evidencias‒ una buena parte de los desastres del descabellado modelo de crecimiento. Por eso se duda de la publicidad ambiental con que ahora abruman día sí y otro también. 

La advertencia no llega solamente de las ONG sino que también la formula la ciencia y la señalan organismos internaciones. Si lo pensamos bien esa publicidad es de por si insostenible si se queda en la laminación de las preocupaciones ambientales, vía emoción exprés. Somos poco constantes, tendentes al olvido. No extrañe que decaiga el interés por el cambio de estilo de vida si asoma la autosatisfacción no razonada en algo que la publicidad ambiental nos marca. Es más sanatorio comprometerse con la sostenibilidad que solo comprarla. En consecuencia, dejemos abierta la posibilidad por si se le ocurre asomar la cabeza a la esperanza y la moda se convierte en renovación vital.

Leer artículo completo en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

 

Si Doñana sufre, algo se muere en el alma de la naturaleza

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Lo dice la canción que se escucha a menudo por sus cercanías: cuando un amigo se va, algo se muere en el alma. No se sabe si es emoción, deseo, sentimiento o cualquier cariño allí guardado. 

De poco le han servido sus más de 50 años de declaración de Parque Nacional. Tampoco que sea a la vez Parque Natural. Ni siquiera sus más de 25 años de ser considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Poco enclaves mundiales poseen esta distinción sublime. En el país de la mayor diversidad de vida atesora en Europa, Doñana se ve sometida a atropellos varios, una y otra vez. ¿Cómo calificar el olvido consciente? El cultivo de lo efímero que desde hace unas décadas nos ofusca, nos impide admira lo extraordinariamente bello con formato de ecología renovada permanentemente. En enclave se merece algo más, aún se recuerdan las maniobras que costó componer su candidatura en plena dictadura.

El complejo multiforme de Doñana lo han escrito las aportaciones del tiempo en forma de suelos y agua circulante, en ciclos más o menos rigurosos. También las trazas de gente más o menos sensible que va y viene, la que quiere vivir de una u otra forma en sus cercanías y por ello se pelea. Buenos deseos y algunas acciones de las autoridades que llegan al Parque o se van dejando en el alejamiento o para más tarde sus posibles preocupaciones. Plantas y animales que allí se asientan y cuya opinión no cuenta. ¡Si supieran hablar! 

Ahora conocemos que el Tribunal de Justicia de la UE condena a España “solo” por no proteger el permanente expolio del agua para el riego o el abastecimiento urbano, por contravenir la Directiva Marco del Agua de la UE. Quedan absueltos atropellos varios según denuncian las organizaciones conservacionistas.

El epítome de los españoles podría resumirse en un amor por la naturaleza y la biodiversidad con evidentes altibajos. No olvidemos aquella recomendación de Miguel Delibes de no usar la naturaleza como si fuéramos el último inquilino.

Seguir leyendo el artículo en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es.

 

La desertificación avanza pero no afecta al debate político

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Podría calificarse como uno de los más graves problemas ecosociales y, a la vez, colocarlo en la trastienda donde se arrinconan los grandes ausentes de conversaciones privadas y no digamos del debate político. O si estos últimos hablan de ello no nos lo dicen, con lo cual la posiblemente inducida  preocupación ciudadana no puede existir, a no ser que brote como planta efímera del desierto. El asunto es más incomprensible si pensamos que la desertificación es algo así como un libro escrito en la tierra en el que se pueden leer muchas historias, leyendas y anécdotas. 

Hablamos de España para no perdernos en latitudes de los trópicos. Advierten Greenpeace y otra gente sensible con el asunto de que más del 75% de la superficie de España está en riesgo de desertificación. No solo eso es preocupante ya que el 70% de las demarcaciones hidrográficas presentan niveles de estrés hídrico alto o severo. Apremia el Observatorio Ciudadano de la Sequía de FCyT (Fundación para la Ciencia y la Tecnología) de que es urgente acabar con la sobreexplotación y contaminación de los recursos hídricos. Tampoco este asunto merece la atención de la política española actual, y el problema ya es añejo. Pero ahora se ha visto amplificado por el cambio climático. Así lo asegura el informe Impactos y riesgos derivados del cambio climático en España (2021)

Cómo estará el asunto que hasta el Tribunal de Cuentas redactó su informe especial núm. 33 en 2018 con un título expresivo La lucha contra la desertificación en la UE: una amenaza creciente contra la que se debe actuar más intensamente.

En el artículo publicado en el blog La Cima 2030 de 20minutos.es hablamos más sobre el avance de la desertificación en España.