El campo resucita en el pandémico escenario social

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La gente del campo suele ser callada, su voz apenas se escucha. Claro, son pocos y sus protestas rara vez llegan a los parlamentos. Comer y dar de comer, que todos coman, no es una preocupación de noticiarios ni de tertulias en los medios de comunicación; ni siquiera en tiempos de crisis pandémica. Si revisan los periódicos gordos, de tirada amplia, casi nada se dice de los campesinos. Aportan una parte importante en la reducción del déficit exterior. Además resulta que sus producciones no nos han faltado en los tiempos duros de la pandemia; y así seguirán.

La agricultura merece una atención delicada, como bien de interés social. Con esa intención le dedicamos el artículo «Agricultura poliédrica» en Heraldo de Aragón del pasado martes. Redactado en un sentido crítico y a la vez constructivo, en parte social y con matiz de economía sencilla, de dignidad humana también, vale para cualquier territorio porque tiene muchas caras y admite múltiples perspectivas.

«Enmascarillarse» ante el móvil

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La palabra entrecomillada es fea de narices; de eso va este artículo: de narices, bocas y manos. No para hablar de ellas sino para protegerlas de la hipotética transmisión del maldito coronavirus que nos persigue. Viene todo esto a cuento de una duda, todo lo que rodea a la pandemia lo es, no satisfecha del todo: ¿Cuánto y cómo actúa el móvil de vehículo de transmisión del coronavirus?

A decir verdad, hay artículos que hablan de que sí mientras que otros callan sobre el asunto. Una hipótesis sensata, pendiente de confirmar, defiende que hagamos un precavido uso de los dispositivos terminales si queremos protegernos de la llegada del virus. En demasiadas ocasiones, el móvil se pone en contacto con manos, cara y boca. La mascarilla que debía protegernos puede no cumplir su función si nos la quitamos para hablar con el móvil, si este reposa en una superficie potencialmente no limpia, si la conversación con el móvil nos aísla tanto del mundo próximo que no reparamos en la llegada de potenciales transmisores o conductas adecuadas. No queda otra que «enmascarillarse» más y mejor.

De esta hipótesis se habla mucho más en «Mi estimado y ahora antipatizado móvil pandémico» de 20minutos.es.

Las mascarillas abandonadas contaminan

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Nuestra vida sin ellas sería de otra manera, nuestra salud mucho más quebradiza en estos momentos pandémicos. Merecen una consideración, incluso en su final de utilización. ¡Nunca deben abandonarse por la calle, mucho menos en la naturaleza! Se sabe que están fabricadas con distintos componentes que tardan en degradarse entre 300 y 400 años, con los riesgos acumulados para la vida en general, además del agua y los suelos. Pero además, aunque vayan al contenedor gris de residuos no separables (en otros sitios es verde oscuro) nada se hace con ellas. Por otra parte, pueden contener una carga vírica peligrosa.
La búsqueda de la seguridad determina que en estos momentos pandémicos se aconseje el usar y tirar, tanto de mascarillas como del resto de materiales protectores plásticos, guantes y similares, ya sea en entornos hospitalarios o no. Esta prevención -que en este caso se ve como necesaria- no puede volver a impulsar la utilización de otros objetos de uso diario doméstico, asunto contra el cual tanto se ha luchado; recordemos los materiales plásticos de un solo uso como pajitas, vasos, bolsas, etc., en proceso de prohibición. Por eso, 
debería pensarse si en determinados momentos de vida cotidiana, no hospitalaria ni sociosanitaria, no es mejor sustituir las mascarillas higiénicas o quirúrgicas por las reutilizables (de especificación UNE 0065).

Lo potencialmente contaminado sigue contaminando durante mucho tiempo. El pasado día 30 el Gobierno de España puso en marcha «Recuerdos inolvidables« para alertar sobre esta cuestión. Averigüemos qué tienen de recuerdos y porqué le habrán puesto inolvidables.

Verkhoyansk en la memoria meteorológica, para recordarnos el presente climático

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En los inviernos fríos de la estepa, cuando las temperaturas podían alcanzar alguna noche los 10 grados bajo cero, aquel estudiante adolescente que esto escribe recuerda el pueblo de la URSS, muy cerca del Círculo Polar Ártico, donde el 7 de febrero de 1892 se había alcanzado la mínima temperatura registrada en todo el mundo: -70 ºC. Cualquiera puede entender el asombro de la gente de entonces -a pesar de conocer que Siberia era una tierra helada- que este dato generaba. La incredulidad mostrada por los mayores de mi pueblo era total, pues más de uno recordaba inviernos extremos en la estepa monegrina en donde soportaron aquel gélido inicio de febrero de 1956, pero con temperaturas distantes a ese cifra. Lógico, dado que sus escasos termómetros no estaban preparados para registrar esos valores. Ni siquiera servía mostrar en el atlas la situación de la mencionada localidad en el norte polar, encontrarla en la bola del mundo que había en la escuela, lo cual hablaría de su importancia.

El presente climático nos sorprende mucho más que el pasado. Dicen las noticias que el 20 de junio de 2020 se alcanzaron en esa pequeña localidad rusa los 38 ºC, cuando por allí apenas se rebasaban en verano los 15 ºC. Al margen del hito de la temperatura alcanzada, lo preocupante es que los veranos duran cada vez más y con valores más altos, como sucede en toda la Europa septentrional. Esta tendencia, mantenida desde hace unos años, nos alerta de los riesgos añadidos al cambio climático en forma de emergencia global. El suelo helado ha perdido su albedo, ya no refleja la luz que le llega y la mayor parte se convierte en calor del suelo y atmosférico; con él viene la rápida descongelación del permafrots, su debilitamiento permanente en muchos lugares, y la liberación del metano escondido en el suelo; se ponen en marcha varias espoletas del cambio climático que tienen repercusiones muy serias en la dinámica atmosférica global.

Verkhoyansk en el memoria y en el presente, que ya es futuro; un aviso para los incrédulos.

NOTA:
En realidad, en Oymyakon, también en la Siberia recóndita, se registraron -71,2 C el 16 de enero de 2018, lo que la convertiría en el récord en un lugar habitado. No nos sirven los -89,2 C medidos en la base rusa Vostok de la Antártida oriental.

La covid-19 aumenta la malnutrición

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Finales de julio de 2020. A pesar de los avances tecnológicos en la producción de alimentos y el multicomercio para la distribución, la alimentación y la nutrición de una buena parte de las personas se ha convertido en un grave problema social, aunque en la privilegiada Europa no se haga visible en la calle. En mayo de este año 2020 se publicó el Informe de la Nutrición Mundial. Medidas en materia de equidad para poner fin a la malnutrición en el que se constata que la alimentación humana sigue siendo un desafío mundial, de apremiante abordaje. Lo es que una de cada nueve personas padezca hambre, que un tercio de las personas tenga sobrepeso u obesidad, que cada vez más países deben enfrentarse a la contradictoria sobrecarga de que la desnutrición de muchas personas coexiste con el sobrepeso, la obesidad y varias enfermedades no transmisibles relacionadas con la dieta (ENT) en otras. El informe lamenta que la reversión de esta situación sea demasiado lenta, que corra el riesgo de no producirse. De hecho, ningún país de los 195 testados por los investigadores del informe ha diseñado las acciones para cumplir los diez objetivos de nutrición mundiales para 2025 y solo 8 están bien posicionados para conseguir cuatro de ellos.

Mientras, la covid-19 se extiende por todo el mundo y daña demasiado a la seguridad alimentaria y la nutrición. Durante estos meses se hacen más visibles los trazos menos amables –amplificados por la vulnerabilidad de la vida humana y la fragilidad del sistema- de la elongada geometría social, marcadamente asimétrica y en donde asoman fronteras temporales y geográficas. 

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La escuela pospandémica incrementará las desigualdades

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Toca cerrar por unas semanas el escaparate de la ecoescuela abierta, que ha querido llevar a los domicilios de los escolares confinados, al profesorado, una parte de la naturaleza para hacerla perceptible en su relación con las personas: cometido social o asignatura escolar que todavía necesita bastantes empeños. Estos días de julio, muchas escuelas, a un lado y otro del Atlántico, retoman las vacaciones. Pero ahora todo resulta extraño; ni las pausas lectivas se miran como antes. La emergencia sanitaria nos ha roto los ritmos, además de otras muchas cosas. Lo ha hecho en España, pero qué decir de lo que sucede en México, Perú, Ecuador o Brasil por citar solo unos ejemplos de América Central y del Sur. Un recuerdo especial para las maestras y maestros de Chile.

En estos meses, los cierres han ocasionado graves prejuicios en todo el mundo, más todavía en los países de ingresos medios como es el caso de una buena parte de Latinoamérica. El retroceso que conllevarán estos cierres va a ser tremendo. El último informe GEM (Global Education Monitoring) de Unesco pronostica que las ayudas a la educación mundial, que habían alcanzado buenos valores en 2018, van a sufrir un descenso por la COVID-19 cercano al 12 %, lo cual deja inermes a muchos escolares de países con evidentes dificultades educativas. Además, en territorios en los que las desigualdades en ingresos familiares ya alcanzaban valores graves, el virus no ha hecho sino flagelar todavía más a los desfavorecidos, acaso provocarles cicatrices permanentes. Estas heridas serán pésimas acompañantes para retomar los impulsos educativos cuando las circunstancias los permitan.

Cuando la emergencia de salud disminuya habrá que renovar la educación colectiva y particular; hacerla más reflexiva. En este proceso, cabría preguntarse si la monotonía escolar dificulta su comprensión organizativa, si no se interioriza la dimensión de la escuela como institución, con sus virtudes y sus defectos. Nos tememos que tampoco queda manifiesto, aquí y en América Latina, ese cometido ecosocial dirigido a ayudar a entender la vida cotidiana y el mundo, circundante o no, en temas como el cambio climático o la pobreza e igualdad de oportunidades, por ejemplo.

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Desplazados climáticos: la cara amarga de un mundo estúpido

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Cada poco tiempo los medios de comunicación se hacen eco de grandes proclamas sobre la necesidad de una acción mundial ante la emergencia climática. Los buenos deseos enseguida se desvanecen, tanto del escaparate mediático como de la acción mundial; o no se ven resultados. Esto puede ser debido a que es asunto es difícil, o directamente, a que una parte de la gente que compone el mundo, al menos buena parte de ella, es estúpida; así, sin paliativos. Porque saber que algo te va a ir mal y no hacer nada por cambiarlo es difícilmente entendible para cualquiera que lo observe desde fuera.

Pero todavía estamos a tiempo de limitar ciertos desperfectos. Debemos actuar aunque solamente fuera por los graves efectos que va a ocasionar en amplias zonas del planeta, provocando enormes desplazamientos de  gente, sin rumbo, malqueridas allá dónde lleguen. Para entender esto se puede visitar la página elaborada por UNHCR/ACNUR y El País Desplazados climáticos: pobres, cuantiosos e invisibles. Poco podemos añadir a lo que allí se dice pero vamos a subrayar unas cuantas claves: la degradación mundial desatada no consigue que la comunidad haga lo necesario por evitarla, los efectos de las catástrofes medioambientales -1.900 en 2019 provocadas por los cambios climáticos y sus efectos principalmente- serán universales –afectaron a 140 países- pero originarán emergencias graves en ciertos lugares –India, Filipinas, Bangla Desh, China, Estados Unidos, y muchos más- provocarán enormes desplazamientos de personas internos -24,9 millones en 2019- y externos. Mientras, los gobernantes de esos países -que se encuentran en la vanguardia del mundo estúpido- , no solo ellos, siguen en sus cosas, sin importarles mucho su gente. ¡Qué decir entonces de su atención al medio ambiente global, y del ejemplo que transmiten a la ciudadanía! Sigan mirando en la página y definan su posición ante el tema.

Si la pobreza es estructural todo se desvanece

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Con sinceridad, a quien esto escribe no le apetecía comenzar un artículo diciendo que el 26% de la población de España se encuentra en riesgo de exclusión, que el sistema de asistencia social –que creíamos bueno hasta hace poco- está resquebrajado y que los sucesivos poderes públicos no han hecho ni medio bien la tarea correctora de desigualdades. Les han fallado a quienes más necesidades tienen, a pesar de que les vendían lo contrario. Hay que decir enseguida que esta afirmaciones no son propias, están tomadas casi de forma textual de Philip Alston, que ejerció desde 2014 hasta hace unos meses como relator especial sobre pobreza y derechos humanos de Naciones Unidas. Las escribió tras visitar España.

Todo lo anterior y muchas más tesis preocupantes figuran en el Informe del Relator Especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, que estuvo de visita por las CC AA de Madrid, Galicia, el País Vasco, Extremadura, Andalucía y Cataluña, antes de que nos golpeara estrepitosamente la pandemia. Algunos dirán que poco pudo enterarse en apenas 12 días, que se dejó mucho territorio sin visitar. De cualquier manera, habrá que reconocer que si lo que dice se acerca al estado general de las cosas el asunto es extremadamente grave. Porque el informe también subraya que más de la mitad de los españoles llega con dificultades a fin de mes para solventar sus penurias económicas y vivenciales; un 5,4 sufre pobreza material severa. El futuro se ensombrece con otras conclusiones: se dan altas tasas de desempleo, asunto que se ha cronificado especialmente en los más jóvenes; el acceso a la vivienda para una buena parte de la población tiene dificultades de enormes proporciones; los programas de protección social son insuficientes para las crecientes necesidades; el sistema educativo es enormemente segregador y sigue manteniendo sus rémoras anacrónicas; casi el 30% de la población infantil se encontraba en 2018 en riesgo de pobreza o exclusión social; las políticas tributarias y de gasto continúan favoreciendo a las clases acomodadas. En fin, todo esto en el contexto de una burocracia que no se simplifica para mejorar el bienestar de las personas.

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Una educación de calidad tras la pandemia

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Ya nada será como nunca. Pero queremos repetir aquello de que la educación de calidad adorna la vida de esperanza, de compromiso, de universalidad y de futuro. Cualquier reflexión educativa se estructura en torno a la valoración del acceso universal a la educación, la equidad, las variables referidas al aprendizaje en sí, la calidad de la educación apoyada también en la formación inicial y permanente del profesorado. Asuntos todos sobre los que hay que trabajar mucho en este momento, cuando la educación formal ha sufrido tanto.

Toca hablar de financiación; máxime ahora cuando los dineros destinados a hacer frente a la pandemia en todo el mundo dejan en incógnita las necesarias inversiones educativas. Cuando volvamos a las aulas hay que examinar si la educación de cualquier país –lo centramos en España y América porque desde allí se visita este blog- dispone de recursos económicos, traducidos en programas y profesorado. El comienzo del informe nos avisa de lo que viene detrás: “Uno de cada cuatro países no cumple ninguno de los principales objetivos de referencia sobre financiación para los gobiernos esbozados en el Marco de Acción de Educación 2030”. Dice la UNESCO que para empezar medianamente bien hay que dedicar al menos el 4 % del PIB a la educación. Claro que es difícil hacer lo que Suecia (7,7 %), Dinamarca (7,6) o Islandia (7,5) pero ahí tenemos a Costa Rica y Belice (7,4) y Bolivia (7,1).

La pandemia debe hacernos cambiar aquellos contenidos estáticos de los que tanto hablamos normalmente en las aulas para acoger acontecimientos de alcance social, propios de una ecoescuela abierta, como puede ser otra de las contundencias del informe: “Las ambiciosas metas en materia de educación no se alcanzarán a tiempo sin recursos adicionales, especialmente en los países más rezagados”. Tomemos nota: de los aproximadamente 5 billones de USD que se destinan a educación al año en el mundo, solamente el 0,5 % se emplea en los países de ingresos más bajos mientras que más del 65 % se dedica a la educación de los de ingresos más altos. Esto se llama injusticia global, es un motivo más para que aumente la explotación de los débiles en muchos países, para anular sus ilusiones colectivas, para que la emigración multidireccional se convierta en una espoleta social. Por eso, solo estos datos nos deben empujar a hacer las cosas de otra forma. Ahí vamos.

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Descuidos peligrosos en tiempos difíciles

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Puso la palabra adecuada, como siempre, Victoria Camps en un reciente artículo en la revista Ethic. Los descuidos tienen una repercusión multidimensional. Durante esta pandemia hemos oído muchas veces que la prevención es la mejor forma de evitar males mayores; la escucha no ha hecho efecto. Fallaron previsiones en los gobernantes, llegaron tarde quizás porque no sabían o están habituados a descuidos, dado que atienden de forma prioritaria a otras cosas, que es una manera de no comprometerse con lo importante porque suele costar más resolverlo. Pero ¿qué es lo importante hoy: cada uno de nosotros o los demás? Lo uno y lo otro combinados e interrelacionados, la salud colectiva o las cifras macroeconómicas.

Sorprende ver que por todo el mundo se generan situaciones de manifiesta irresponsabilidad en la actuación individual o colectiva frente a la pandemia; cuentan poco los cuidados que tiene otra mucha gente para que el peligro no se extienda. El lema «Cuídate para cuidar de los demás» no cala del todo. Será porque lo primero supone una cierta restricción y por eso se supedita a la libertad, a la expansión o al jolgorio. Tanto da una cosa como la otra. Quien puede proteger(se) y no quiere merece la crítica unánime. Pero ahí estamos: 13,5 millones de contagios y 584.000 víctimas.

Vivir en la zozobra pandémica es un ejercicio de temor continuado, con episodios de miedo, con riesgos y peligros; de los que costará recuperarse a mucha gente. Aquí estamos, sin poder hablar de otra cosa, consumiendo nuestras energías en repasar lo que se hace mal. Debemos aprender una lección que cada día la pandemia nos recuerda: nadie es independiente, ni está a salvo de lo que le pueden transmitir los demás; nadie puede usar la libertad para poner en peligro al colectivo. Cuesta decirlo, pero a quienes no lo entiendan habrá que explicárselo bien, incluso limitándole su autonomía, que no le es propia sino un préstamo colectivo. Los descuidos que entrañan peligros provocan enormes desperfectos en tiempos difíciles.

La covid-19 nos hunde en la turbación socioambiental

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No resulta exagerado decir hoy que casi todo que afecta a nuestra vida está en paréntesis, que cualquiera de las relaciones sociales es una incógnita marcada por las incertidumbres. Si esto es realmente así, habrá que aprender a saber campearlas; acaso componiendo nuevas estrategias vivenciales. Se comenta que fue Confucio quien alertaba de que para aprender lo primero que hay que hacer es reflexionar; a la vez, o después, convendría fijarnos en el espejo de los demás; incluso habiendo pensado las cosas adecuadamente, no debe faltar la experiencia. Pero ni siquiera eso asegura la protección ante lo que se nos viene encima.

Todo esto sucede cuando las actuaciones para aplanar la virulencia del coronavirus en la salud se enfrentan a una batalla contra el tiempo. ¡Vaya encomienda que se presenta al sistema, a la gobernanza y a la ciencia! Hay que hacerlo bien y rápidamente, extremos que la mayoría de las veces restan bastante eficacia a cualquier transformación social, o de mejora colectiva como puede ser encontrar la tan anhelada vacuna. Un proyecto colectivo de tal envergadura requiere una medida previsión, una planificación exquisita, la colaboración multisectorial y una pausada ejecución.

En este escenario complejo, el mundo mantiene pendiente el reto socioambiental en forma de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). Tampoco tienen solución rápida ni universal y sin embargo urge extenderlos a mucha gente; no muy tarde para no dejar demasiadas personas atrás. Seguro que si los ODS se pudieran expresar -en particular el núm. 3 que postula una salud y bienestar universal- maldecirían a la covid-19. Ha sumido al mundo en una emergencia imprevista, que no respeta fronteras ni ideologías, de complicada gestión tanto a escala próxima como lejana.

Cunde la impresión de que la atención prioritaria a la covid-19 va a arrinconar a los ODS en todo el mundo. Lo asegura Naciones Unidas en su informe Responsabilidad compartida, solidaridad global: una respuesta a los impactos socioeconómicos de la COVID-19

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El espejo climático nos previene de aconteceres difíciles

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Atentos como estamos a lo que nos dice la ciencia para explicar el cambio climático, no podíamos dejar pasar ni siquiera unos días. La AEMET nos lo ha puesto delante de los ojos en un espejo con superficie plana. Allí ha proyectado la imagen nítida de lo que acontece hoy en las variables que condicionan el clima. Pero además, nos ha proporcionado claves para pensar en que al lado de esa pantalla podría haber situado otros espejos, más o menos convexos o cóncavos, para que cada cual aventurase lo que puede suceder. El 2 de julio pasado se presentaba el Primer Informe anual sobre el estado del Clima en España 2019. Lo dicho ahí viene a corroborar el pronóstico del Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU (IPCC) que nos avisa de que debemos estar preparados para esos cambios que suponen el incremento de las lluvias torrenciales al lado de sequías más o menos pronunciadas, las sucesivas e incrementadas olas de calor y el progresivo aumento de la salinidad del mar, entre otras malas noticias meteorológicas vs climáticas.

El informe de la AEMET tuvo unos antecedentes. Ya nos habló de las evidencias del cambio climático: el otoño pasado fue el más cálido en el conjunto de la Tierra desde 1880. En España, fue más húmedo de lo normal, cerró con una temperatura media de 16,5 ºC, 0,7 ºC por encima de la media 1981-2010, lo que lo convierte en el sexto más cálido desde 1965. Es más, desde aquel año, ocho de los diez otoños más cálidos tienen fecha del siglo XXI. Mal asunto cuando lo que podría ser episódico se convierte en duradero. Otro aviso de la AEMET para sufridores: “En 2019 se registraron tres olas de calor de las que destaca, por su gran intensidad, la que tuvo lugar entre el 26 de junio y 1 de julio; en ella se superaron los 43 ºC en puntos del nordeste peninsular y se batieron numerosos récords absolutos de temperatura máxima anual”. Si miramos bien estas cifras nos queman, demasiados reflejos sin protección.

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Redescubrir la naturaleza es un aconsejable ejercicio pospandémico

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Hay que insistir en el valor de la naturaleza, para que nunca se nos olvide, para que pensemos en ella cuando no sea urgente visitarla para que nos mejore el cuerpo y nos atempere el alma. De ella salimos o formamos parte, el significado exacto que lo elija cada cual, y en ella somos; para ella debemos ser amables conviventes. «Tan corto el amor, tan largo el olvido», parafraseando a Pablo Neruda que utilizaba la frase para otros menesteres.

Estaba ahí permanentemente, casi sin levantar la voz. Desde siempre, servía como fuente inagotable (sic) de recursos. Tanto tiempo pasó en esta situación que la habían despojado de una parte de sus tesoros, por más que siempre había sabido renovarse. La naturaleza va a su ritmo entrópico, pausado o abrupto, pero cada vez se altera más pues padece incidencias antrópicas más o menos graves. Su devenir bascula de un lado para otro respondiendo a condiciones físicas extremadamente complejas, algunas le ayudan a mantener su esencia y estampa, otras se las cambian. Durante siglos y siglos no le faltaron afectos, si bien últimamente se sintió olvidada.

Era ella por tierra, mar y aire; toda una expresión de biodiversidad. Hay que recordar que el metabolismo de la biosfera terrestre se parece al de un organismo, que lo es, pero en este caso extremadamente complejo. Si alguien se da una vuelta por ‘World Mapper’ encontrará un cartograma animado de la NASA elaborado con las informaciones de satélites que detectan la ‘producción primaria bruta’ (GPP) acumulativa de la biosfera en tierra. Esta productividad, diferente según zonas y países, es la energía para la vida multidiversa de la naturaleza; cambia con las estaciones y según la variabilidad geográfica.Nos da una idea de cómo todos los organismos de la biosfera están interaccionando gracias al sol. Por eso no basta con visitarla, su belleza es parte de su existencia; una y otra dependen de quienes miran o viven.

Leer artículo completo en la Firma de Heraldo. 

La movilidad como símbolo de libertad ilustra el despiste vital

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Ya hemos hablado de esto otras veces: ¿De qué forma se contraponen el ejercicio de la libertad personal con los efectos éticos, sociales o ambientales de cada una de nuestras acciones? Si difícil era la respuesta a esta pregunta enrevesada hace medio año, ahora casi habría que hacer un ejercicio de pensamiento elevado en un cónclave. ¡Vaya despiste en el que estamos metidos! Por ejemplo, imaginemos una situación cotidiana en nuestras ciudades: movilidad y consecuencias ambientales y en la salud. Antes, ya nos resultaría complejo decantarnos por una postura drástica. En estos días casi es eso lo que menos nos preocupa si pensamos en el concepto movilidad, la queremos toda pues de lo contrario no nos sentimos libres. Esto a pesar de que el asunto no deja de ser serio, como lo demuestran los frecuentes atascos que han vuelto a repetirse en salidas y entradas a grandes ciudades cuando nos han dejado pasar a «la extraña normalidad». ¡Esto a pesar del riesgo de volver a extender la pandemia!

Para analizar lo que hacemos nosotros y los otros hemos de utilizar algo de crítica, compromiso, deseos, derechos y deberes, o lo que mejor vaya. Casi nunca se encuentran resultados duraderos, lo de ahora no me vale después, lo de aquí no sirve allá, etc. Algunas personas sí tienen las cosas claras, o al menos eso demuestran; se mueven por donde quieren poniendo en riesgo la salud de los demás. Las tenemos a nuestro lado o lejos -gobernando grandes países en donde la libertad de unos lastima la salud de otros hasta costarles la vida; no es necesario citarlos-. Hagamos el ejercicio de preguntar a la gente que vive o trabaja con nosotros, lo más probable es que no se encuentren mayorías estables. Aquí va una secuencia de ABC news aunque sea de hace más tres años. Aunque parezca exagerada la imagen, sirve para rescatar uno de los vectores/modelos de la insólita normalidad. Hay quien dice que no piensa comportarse de forma sostenible y saludable ante contaminaciones y pandemias. Otros, tal como están las cosas, acuden en masa a celebraciones deportivas o lugares de ocio sin prevenciones ni protecciones mínimas. El despiste vital no parece normal, a pesar de que se haya viralizado. ¿Es eso libertad?

¡La bolsa, de plástico, o la vida! Ni tan cerca ni tan lejos

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Todo es opinable. Cada cual vive como puede o le dejan; las bolsas de plástico también. Tuvieron, todavía conservan, un lugar importante en la vida colectiva. Todos las empleamos más o menos, bien o mal, para todo o solo en determinadas ocasiones, antes más o ahora igual. Las tenemos cerca, pero parece que empezamos a ver que se alejan. En los primeros tiempos se idolatraron, tan omnipresentes estaban en nuestras vidas que el primitivo cariño se oscureció con la monotonía y acabamos por no darles importancia, por eso no dudábamos en tirar a la basura una tras otra. A alguien se le ocurrió revelar los peligros ambientales que comportan, por más que nos hayan hecho muchos favores. El aviso, que se tornó en denuncia llegó a todo el mundo, era serio ya que han conquistado océanos remotos (formando islas) o el suelo (construyendo montañas en cualquier país).

Hubo gente que empezó a ver que la vida no podría ser una bolsa de plástico y decidió despreciarla, si bien también a esa otra Bolsa -confabulación de dinero con bolsas virtuales- que nos organiza las inclinaciones del consumo. Poco a poco cundió la idea de que eran un despilfarro, por lo de usar y tirar. Perdido el apego, a pesar de tenerlas tan ligadas a nuestra vida, queremos quitárnoslas de en medio: las mandamos lejos, a la depreciada basura o al laberinto del contenedor amarillo; al menos que no se vean. Por eso no está de más dedicarles un Día Internacional Libre de Bolsas de Plástico; es el 3 de julio. Sirve para recordarnos que si bien las bolsas de plástico de un solo uso tienen una utilización media de 12 minutos -en realidad nada si lo comparamos con nuestra vida- sus perjuicios ambientales duran decenas de años –más que nosotros- y deterioran la biodiversidad y más cosas. Normal que ahora se las persiga, en España usamos de media por persona 144 bolsas de esas. Por eso, a pesar de la aportación que han tenido durante la Covid-19 para deshacernos de nuestros desechos -hay que decir que sin preocuparnos adónde iban y la posible liberación de virus-, hay que eliminar su uso y cambiarlo por bolsas reutilizables, si se quiere con el paso intermedio de la ayuda de las de papel, biodegradables, compostables, etc. Porque no se crean que las que depositan en el contenedor amarillo tienen un segundo uso; la inmensa mayoría acaban despreciadas, sin otra vida.

Mire sus bolsas de plástico, decida hasta que punto las tiene cerca o lejos de su vida. ¿Sería posible esta sin ellas, al menos durante un día o una semana?