Y se hizo la luz

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Estamos en tiempos de génesis, casi con mayúscula como en la Biblia. De allí hemos copiado el título del presente chispazo. La luz exterior como resurgir interior; no digamos ya como estética metafísica y a la vez teológica. Así dicen que la veía la gente de la Edad Media, así la pintó fra Angélico y no fue el único. Luz como belleza pero a la vez como anuncio de un deseo de felicidad. Necesario en estos tiempos de desgracias varias. Luces y sombras que alternándose nos dibujan la vida.

En lo que contamos no ha intervenido ninguna deidad, sino los gobernantes de las ciudades que se han iluminado a raudales. ¿Acaso viene el renacer tras la pandemia que nos dejó a oscuras? ¿O es queremos enfadar al recibo de la luz que crece sin cesar y amenaza con dejarnos en una oscuridad permanente? Luces para alargar el día que fue corto pues el invierno está cerca en el Hemisferio Norte y se alarga la noche. Luces para captarlas con el móvil e intercambiarlas con nuestros allegados y competir en felicidad. Sería interesante conocer los miles de millones de WathspApp  que nos enviaremos con las luminarias como protagonistas.

Luz que choca con los objetos y nos viene reflejada para enriquecer nuestra percepción de aquello que de otra forma podrá pasarnos desapercibido. Será eso lo que sucede cuando vamos por la calle comercial resplandeciente, un mes antes de que se celebre la Navidad. Porque en estas fiestas debe abundar la alegría iluminada y los regalos engrandecidos por la luz, que nos miran como diciendo: mes ves, yo te veo y puedo ser tuyo. Aunque algunos pierdan parte de su encanto al liberarlos de su envoltura.

Llegaron alcaldes iluminadores, en España su paradigma sería el de Vigo, y embellecieron el cielo comercial. Pero no se quedaron cortos los de Madrid o Sevilla que encendieron sus candelas en el centro para reclamar que sus habitantes lo visitasen ya antes del viernes negro, ese que se inventó para los monederos sin cierre firme. Todas ciudades quisieron ser las de la luz, antes era un privilegio de París. Eso sí, los ediles convocaron a sus ciudadanos al acto de encendido y les explicaron que no se trataba de un despilfarro lumínico, cosa criticable con los actuales precios de la luz, pues se habían instalado millones de leds en lugar de las clásicas bujías. Como aquellas 35 que tanto impresionaron al poeta Pedro Salinas.

La iluminación de un mundo nuevo, percibido, y el camino para salir de las oscuridades. ¿Será cierto? Educados en la potencia de la luz no podemos prescindir de ella. Luz y consumo como génesis de vida. Mundo iluminado que nos traerán los satélites de la NASA con sus fotografías y con los  que nos guiaremos para reconocer los territorios ricos frente a los enclaves pobres. En nuestras casas también habrá una explosión de luces,  alumbradas cada vez con una electricidad más cara. Siempre nos gustan; ahora las necesitamos para aparcar desgracias y sentimientos pandémicos. La vida es grandiosa en sus contradicciones, como apreciamos cuando viene el recibo mensual. Pero, ¿quién no da bien empleados unos euros en iluminarse un poco la vista, la vida?

¿De dónde vendrá la luz? ¿O la llevamos dentro y estos días nos sale del alma? Que al menos nos sirva para ver nuestros pensamientos y aprovechar los que sean más lúcidos y sanatorios. Y que duren mucho, más allá del apagado de las luces navideñas. 

La salud se mejora con el retrete

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Lo saben bien los centenares de millones de personas en el mundo que carecen de una humilde y digna letrina para no tener que defecar a la vista de todos.

La historia está llena de episodios de contagios por este motivo: no depositar en su lugar conveniente las deposiciones humanas. Pero remontémonos únicamente al que ocurrió en España hace 50 años cuando circuló «algo» por el río Jalón en la provincia de Zaragoza. Las diarreas de entonces obligaron a hervir el agua de boca y cocina, clorar el agua, pelar las frutas, lavar las verduras convenientemente. Unas 600.000 personas fueron vacunadas en Zaragoza y ciudades próximas. Algo parecido, pero amplificado se repite ahora mismo en otros lugares.

El sábado pasado se dedicaba a recordar la necesidad de tener una inodoro al alcance de todos los habitantes del mundo, al día siguiente se hablaba de la infancia. La diarrea provocada por la falta de agua segura y malos hábitos higiénicos, junto con la defecación al aire libre, supone la segunda causa de mortalidad infantil en el mundo. No está de más conocer el proyecto La infancia en transformación de Unicef. Por cierto, no se olviden de Los sueños del agua de Nandini. Se difundió en la Expo Agua y Desarrollo Sostenible de Zaragoza 2008.

Disponer de letrina, la pariente pobre de lo que aquí llamamos cuarto de baño, es una cuestión de salud básica pero también de supervivencia en muchos países del mundo, especialmente para las mujeres. La existencia de letrinas en las escuelas en lugares donde ciertas religiones coartan la vida social marca la diferencia entre las chicas que van o no a estudiar. Con ello se las condena a la sumisión analfabeta de por vida. Por fortuna, los Gobiernos y Ministerios de Sanidad de los países afectados han empezado a hacer algo y la cifra va en descenso según nos explica el Banco Mundial; incluso podía haberse reducido a la mitad. Pero en Haití por ejemplo más del 20 % de la población defeca al aire libre. Además, esta práctica está muy extendida en Bolivia, Brasil, Colombia, México, Perú y Venezuela, etc., que suman cientos de millones de habitantes. Por eso no debemos darnos por satisfechos si nos creemos lo que dice el sexto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: la cifra debe quedar a 0 en el año 2030.

Seguir leyendo en el blog La Cima 2030 para conocer la historia y el futuro de la defecación con salud.

Trampantojo climático. Versión COP26

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¿Si lo que es es pero no se ve acaso no deja de serlo? Mirar sin ver es un ejercicio universal. Semejante afirmación valdría para calificar la COP26 de Glasgow, que acaba sin acabar de ver todo el lío climático que pende sobre nuestras vidas. Faltaron espejos grandes en donde no solo se devolviese la imagen de lo que somos sino la posibilidad de ser otros. Se dice que para curar algo es necesario construir a partir de sí mismo, en este caso con dimensión universal, un futuro soportable. Si se permanece un rato delante de ese espejo cuarteado se nos presenta un autorretrato de la vida global, pero con esfuerzo se puede llegar a ver una reinvención del entramado convivencial. A eso parecen aspirar las sucesivas cumbres sobre el cambio climático.

Pero la COP26 se convirtió en un trampantojo porque la mayor parte de la gente nunca la vio con pasión; acaso unas cuantas ONG muy fragmentadas en su ilusión. Al final, si se acumula el aburrimiento de escuchar siempre lo mismo desaparece la pasión, que viene cargada de fuerza y vida, si bien no siempre compensadas en lo individual y social. Somos, nuestros representantes debían serlo aún más, aquello hacia lo que vamos en la cuestión climática, lo que perseguimos, eso concreto por lo que luchamos. Pero por ahora apenas llegan a ser una mera enumeración de proposiciones reclimatizadoras que tardarán en llegar. ¡Qué decir de los recursos económicos comprometidos por los ricos para que los pobres salgan nítidos en la imagen! Así gana el dejarse llevar hasta que la COP27 nos rescate, o no.

Los países que más contaminan el aire -empujados por causas diversas- se han esforzado en decir con mentiras lo que querrían ser, pero ahí hemos visto cómo son. Sus oscuras proposiciones de compromisos, en torno a la emisiones de metano y el abandono del carbón, resultan a la vez delatoras y transparentes: primero mi país (sobre todo si es poderoso como EEUU, China, Rusia o India) y después todo lo demás. Nunca les perdonaremos lo imperdonable: que aparezcan tan difuminados en el esfuerzo mundial; si bien es cierto que algunos como la India tienen el atenuante de su punto de partida. 

Al final, algo bueno saldrá de la COP26. Los medios de comunicación han hecho lecturas varias; ninguna ilusionante como en París. Quien lea de forma crítica los resultados de Glasgow se preguntará si todos, cada cual también, decimos mucho en esto del cambio climático y no hacemos lo que decimos; una parte de lo que pensamos no tiene que ver con cómo vivimos. Querámoslo o no, la acción no responde solamente a la intención, bien sea singular o colectiva. Precisamos de otros que sean francos para que nos hagan ver lo  verdadero. Eso deberían ser la cumbres del clima. En esta se ha avanzado poco, tanto es así que la ONU lo ha hecho saber. Aún así, gracias a quienes – desde la sociedad civil sobre todo- han sabido decir con valentía, con coraje, con ilusiones y sin trampantojos que riesgo incluso, por que el tiempo se acorta. Sin embargo, los plazos se han alargado cual chicle envejecido. 

Por todo esto bienvenido sea aquello que la COP26 pueda significar en el fortalecimiento de una cultura mitigadora o adaptativa, bien sea voluntaria o forzada por las circunstancias. Todavía podemos descifrar los enigmas si nos empeñamos. Nunca el silencio, nos convertiría en cómplices; en un trampantojo de nosotros mismos.

La causalidad climática llama a la renovación ética: un todo humanizado

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El refranero español está lleno de aforismos en los que se alaba el buen hacer para alcanzar un saludable vivir. Sencillos unos, retorcidos otros, hablan de la condición humana, muy diferenciada. Viene esto a cuento de un pensamiento repetido en todas las cumbres climáticas y olvidado por casi todos apenas esas echan el cierre: la aceleración del cambio climático  ha sido motivada por la acción humana, ergo se puede revertir en parte si los humanos se ponen de acuerdo en hacerlo. La ciencia, ¡cuántos dineros se han gastado en callar su denuncia climática!, ha demostrado la incidencia de la acción antrópica en la generación del cambio climático. De hecho, más del 99,9 % de los 88.125 artículos científicos revisados por pares coinciden en darlo por irrefutable.

La catástrofe climática está en código rojo casi negro en algunos aspectos porque todavía no se aprecia la marca de los acordado en la COP25 de París, ni Río 92. En la actual COP26 de Glasgow se habla mucho pero el adorno en el vestido climático de las palabras no siempre deja ver los pensamientos; o engaña directamente. Resumamos lo que todo el mundo sabe: se trata de elegir entre implicarse todos en la consecución de un planeta vivo, amigable con sus criaturas, o mantener nuestro insostenible sistema de vida hasta que llegue el colapso. O lo que es lo mismo: decrecimiento saludable, asumido sobre todo por quienes más contribuyen a la catástrofe climática, o crecimiento abrasador, primero para los vulnerables y después para todos. Porque, lo queramos ver o no, en el origen del embrollo está el aumento del incentivado consumo. 

Parecía que, ante la contundente lectura que realiza el IPCC de lo que está pasando, la Cumbre de Glasgow sería el momento del arranque hacia un destino mejor. Pues no. “Estamos a años luz de alcanzar nuestros objetivos del cambio climático” proclama una y otra vez Antonio Guterres desde la Secretaría General de la ONU. La gente que se manifiesta en tantas ciudades contra la inacción climática siente lo mismo. En este blog vemos el aire en color rojo oscuro casi negro.

La causalidad climática debe ser reversible para bien. Nos tememos que transcurridos unos días casi todos los medios de comunicación se quedarán mudos ante este problema existencial. La verdad molesta si se ve como posible cambio/limitación de intereses. Pero necesitamos que sigan hablando siempre para que llegue la mejora de la calidad el aire que cada día nos permite ser y estar, nos renueva las ilusiones.

Ver artículo completo en La Cima 2030, el blog de 20minutos.es. 

El cambio climático reprende a la ambición humana por crecer

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El planeta está condicionado por algo llamado entropía. Solamente los bichos raros prestan atención a semejante palabra. El concepto también importa. Más todavía si se topa con la ambición humana, con una generalización de esta virtud/vicio. La realidad climática nos está demostrando que es más delirante que cualquier ficción literaria o cinematográfica. La ambición humana por crecer prioritariamente en lo económico es tan ilusa que quiere tenerlo todo controlado. Tanto que muchas personas se creen invulnerables en un mundo que en realidad le es extraño, por extranjero y difícil de entender. Ya lo aventuraba Fénelon para quien «La ambición está más descontenta de lo que no tiene que satisfecha de lo que tiene», y debería conservar, añadiríamos nosotros. Tiempo antes, el gran Miguel de Cervantes escribió algo como que «pocas o ninguna vez se cumple con la ambición propia que no sea con daño de tercero», si bien ahora es también al cuarto, quinto y así hasta el infinito.

Quién sabe si puede haber cordura en este momento de locura. Queremos tener más en un mundo que necesita ser menos. La soledad de los predicadores del decrecimiento es patética. Se encuentran con que pocos de los destinatarios del mensaje quieren enfrentarse a la realidad, muchos menos aliarse con ella. ¿Cómo es el mundo de hoy?, cuando menos extraño a pesar de que sabemos mucho de él, del cambio climático por ejemplo. A la vez que queremos la libertad de ser y tener; somos un misterio en conjunto. ¿O no?

Cambio climático y ambición humana se deberían conjugar con ecología, economía ajustada, educación y ética universal en grandes proporciones. Cabrían también una larga dosis de salud propia y ajena y mucha dimensión social en medio. Parece que no nos preocupan las sociedades futuras, aunque continuamente digamos lo contrario. Bueno, cada cierto tiempo sí porque para eso están las cumbres climáticas y los informes del IPCC, que son una reprimenda muy seria. En estos documentos encuentro mucho cambio climático y propuestas ambiciosas con beneficio universal. ¡Qué decir!

A veces de la impresión de que cuando nos cansemos/destruyamos esta Tierra nos iremos a otra. Hasta ahora quienes nos mandan/engañan con los PIB y el consumo nos están demostrando que la ambición humana y el cambio climático no se pueden coordinar. ¿Podría ser al contrario? Antes o después tendremos que reconocerlo. ¿Será tarde ya?

Mientras, estemos atentos a lo que predican o se comprometen la gente poderosa en Glasgow, COP26; más que nada por si se acuerda de los compromisos de París, si de ella salen ambiciosos acuerdos para detener el cambio climático. Al tiempo, pero nos falta tiempo como diría Benedetti.

Pesadumbres de la pasión electrónica en tiempos de cambio climático

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Más de una vez me sucede que miro al horizonte mundial y de allá lejos viene Orwell resucitado y aumentado; también se aprecian las siluetas de otras mujeres y hombres que le dieron vueltas al asunto de pensar. En esta ocasión me cuenta, o me imagino, que una maraña electrónica ha capturado nuestras mentes, casi de manera universal. Las puertas de la inteligencia y el pensamiento están continuamente abiertas. Por allí se cuela todo. 

Me avisa de que la araña tejedora de Facebook, cual Gran Hermano, se ha aliado con trece universidades y centros de investigación para desarrollar el proyecto Ego4D”. ¡Vaya nombrecito más aparente! Con su desarrollo, si tienen suerte y dinero (esto parece que les sobra), construirán algo que logre enseñar a las máquinas a entender lo que ve y escucha, como si fuera uno mismo. Mas bien que uno deje de serlo. Algo así como si nos quitasen los ojos, oídos y lo que es peor: el pensamiento autónomo. Cuando leo cosas de este estilo me acuerdo de aquella la frase de Juanjo Millás de “llevar la  cabeza en el bolsillo”, o tenerla encima de la mesa o en el bolso; a veces pegada permanentemente a las manos. Incluso he visto a algunos bebés ir en sus carrito jugando con el móvil, en lugar de tener en la boca el chupete para entretenerse. Así empiezan a sujetarse a la maraña electrónica. Me digo: ¡vaya penuria!

Porque pasión rima con apasionados-as pero también con padecimientos. ¿Cómo mantener la coherencia?

Con más frecuencia de la debida me pregunto si esto de la dependencia electrónica será bueno para el devenir ecosocial del año 2030. Y en el caso de que así sea, si servirá para que el medioambiente y sus habitantes reduzcan una parte de sus problemas. Por eso, desde mi humilde despiste me atrevo a pedir a los gigantes de la electrónica que van a construir esos programas tan «inteligentes» que consideren también la posibilidad de que los aparatos, los chips y los algoritmos apuesten por la sostenibilidad social y natural: antes, durante y después de su utilización. Total, unos cuantos algoritmos más. Aun así nos nublarían las mentes, pero al menos el rastro que dejamos en asuntos como el cambio climático, que está de promoción estos días, se aminoraría. Por cierto, se me nubló el horizonte y no veo a Orwell pero sí a otra gente que quiere conservar la facultad del pensamiento no electrónico, por más que esté sometido siempre a errar e ir contracorriente y le genere alguna pesadumbre que a lo mejor el algoritmo le solucionaría. Habría que ver en qué dirección y con qué sentido.

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Medioambiente saneado como derecho humano

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El Consejo de Derechos Humanos de la ONU acaba de aprobar una resolución que reconoce que “vivir en un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible es un derecho humano sin el cual difícilmente se pueden disfrutar de otros derechos, como la salud o incluso la vida”. Hay que congratularse de esta decisión. Sin embargo, en el texto no queda totalmente explícito que no tenemos ese derecho por ser nuestro el medioambiente sino por formar parte de él. Por tanto, habrá que extender ese derecho al planeta en su conjunto y a cada una de sus biodiversos habitantes.

Los derechos humanos se ejercitan en interacción con todos los pobladores de la Tierra, vivan donde sea y ocupen un estadio u otro en el entramado de la vida. Si se desea construir un mundo que se articule con el disfrute universal de cada uno de los derechos humanos, incluidos algunos tan prioritarios como la salud y la vida, solamente puede conseguirse en el contexto de una ecodependencia amigable, dedicada en primer lugar a cambiar interpretaciones erróneas del uso del espacio y a restaurar desastres previos, a valorar que el medioambiente es una interrelación compleja. Decir saneado significa no estar expuesto a alteraciones graves inducidas por la acción antrópica. Hecho que sí sucede ahora.

Lo saben bien quienes no disfrutan de esos beneficios. El pasado 16 de octubre la FAO lo dedicaba a recordar que la alimentación también es un derecho. Señalaba que más de 3.000 millones de personas, casi el 40% de la población mundial, no pueden permitirse una dieta saludable en un medioambiente que muchas veces les resulta poco acogedor, o está muy deteriorado. Salud y vida se construyen en correlación con la alimentación, además de otros vínculos. En su Web se puede leer que «También deben considerar los diversos vínculos existentes entre las áreas que afectan los sistemas alimentarios, incluida la educación, la salud, la energía, la protección social, las finanzas y demás, y hacer que las soluciones encajen. Y deben estar respaldados por un aumento considerable de la inversión responsable y un apoyo enérgico para reducir los impactos medioambientales y sociales negativos en todos los sectores, especialmente el sector privado, la sociedad civil, los investigadores y el ámbito académico.» Ojalá podamos decir dentro de un año que ha habido avances significativos.

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Toca aclimatarnos a una vida ecosocial en un planeta inestable

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Julio Verne decía aquello de que la Tierra era cada vez más pequeña porque podía recorrerse más rápida que hacía cien años. Nos gustaría poder preguntarle qué piensa ahora del asunto. Quién sabe cómo calificaría el que hayamos tardado tanto en darnos cuenta de que todas las colonizaciones también entrañan riesgos para el ejército invasor, a pesar de que cada vez tiene más poder tecnológico y cuenta con más atacantes. Más todavía si todo se desarrolla en un espacio cerrado, por ahora, como es la Tierra.

A este derecho de soberanía que es la apropiación múltiple le surgieron siempre problemas. Quizás se debe a aquello que decía Bárbara Ward, economista y periodista que hacia 1960 empezó a hablar del desarrollo sostenible: nos hemos olvidado de ser buenos huéspedes, de cómo caminar ligeramente sobre la Tierra como hacen sus otras criaturas. Fue ella la encargada de elaborar  junto a René Dubos –científico investigador reciclado al mundo de la ecología del que se dice que se inventó aquello de “piensa globalmente, actúa localmente”- el informe previo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, celebrada en Estocolmo en 1972. Aquel documento, que supuso un hito en el pensamiento global sobre el medioambiente, se publicó en forma de libro con un título premonitorio La Tierra es única (“Only One Earth”). También se divulgó con la marca de Sólo tenemos una Tierra. Este axioma, que se repitió en la Cumbre de Río en 1992, fue recordado con aquello de que “no tenemos un planeta B”, enunciado por el Secretario General de la ONU Ban Ki-Moon hace unos años. Una parte de las inquietudes de B. Ward fueron recogidas por el IIED  International Institute for Environment and Development que fundó en 1971.

No tenemos otra solución que aclimatarnos. La crisis climática es la punta, cada vez mayor, del iceberg ecosocial en el que estamos inmersos. Ya constituye un problema de salud colectiva, como nos recuerda el Instituto de Salud Carlos III. Luego está la cuestión ecológica, económica, de biodiversidad, de dinámicas poblacionales, desigualdades, etc. 

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El examen de la educación española en 2030

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Es un año tan nombrado en todo el mundo que parece que tras él comienza una nueva era. ¿Quién sabe? Por lo que afecta a España, además de otras muchas transformaciones ecosociales y económicas pendientes, debería suponer la consolidación de una educación diferente, desde la Primaria hasta la Universidad. Deberíamos llegar a ese año con las hechuras firmes. Sin embargo, estamos contemplando que las variables ecosociales hasta ahora se «resuelven» con argumentos frágiles, basadas sobre todo mercadotencia. Señal de que falta una lectura crítica y un debate reposado sobre lo que significa el Espacio Europeo de Educación para 2025.

En 2030 y en los años siguientes no habrá sociedad posible, entendida en sus interrelaciones favorables, si la educación no se toma en serio. Recordemos que la educación de calidad es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS. 4). En torno a ella se nos ocurren proyecciones transformadoras tan delicadas como el respeto al prójimo, las crecientes desigualdades, lo que suponen unos derechos humanos universales, la pertenencia a un conjunto multidiverso, la ecodependencia social, el complejo mundo de las emociones, las variables vitales ligadas al cambio climático, las incertezas que van y vienen, etc. 

Lo exige el mundo cambiante actual; no podemos anclarnos en la escuela de hace décadas. Pero por ahora, nuestros representantes políticos se enfrentan por casi todo y desatienden la educación para 2030. No es una escena nueva. Cada vez que se quiere revisar la Educación, suponemos que para mejorarla, se origina una esporádica tragedia nacional en forma de ideologías contrapuestas, que poco tienen que ver con el sentido social y transformador que le sería propio. Pasa ahora con la Lomloe, la reforma educativa que corre el riesgo de no llegar al año 2030. Nos gustaría tener una visión renovada de lo que sucede en otros países.

Podrían reflexionar si para esa fecha no sería más conveniente darle alguna vuelta a aquello que afirmaba Emilio Lledó sobre el hecho de utilizar la bandera ideológica como única señal para educar, de que lo que consigue es entorpecer el futuro de la generación. Apostillaba que valdría más tener como referencia una enseña bordada con hilos de “de justicia, de bondad, de educación, de cultura, de sensibilidad, de amor a los otros, de los que formamos parte nosotros”. En todo el mundo se espera mucho del año 2030, si se llegará a él por la pasarela de la ética global. ¿Quién sabe si en España lograremos superar el examen?

Ver artículo completo sobre esta cuestión en el blog «La Cima 2030» de 20minutos.es

Olímpico(D)s en 2030 a pesar de todo

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Ya se cumplen seis años desde que aparecieron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Durante este tiempo han sobrevolado la acción política, la propaganda mediática, el verdeo empresarial y la atención ciudadana. En una reunión que mantuvieron los mandamases mundiales en septiembre de 2019 en Nueva York se dieron cuenta de que poco habían hecho hasta ahora. Se dijeron que debían relanzar políticas para atender propósitos enunciados hace seis años. 

Si la cosa andaba lenta se empeoró con la pandemia. El Secretario General de la ONU reprendió en Nueva York a los líderes olvidadizos. Sirva como muestra el ejemplo del hambre mundial: puede que el 7% de la población mundial se encuentre en pobreza extrema en el año 2030. Y muchas más cosas que de partida ya no eran nada buenas.

El año 2030 habrá que hacer un repaso serio de lo realizado. También en España, que por ahora tiene muchos deberes pendientes: hay gente que pasa hambre y vive en la pobreza, no hay trabajo digno al alcance de todos y muchas más tareas pendientes que subrayan los ODS; no digamos cómo va el asunto del cambio climático. Por eso no deja de sorprendernos que ahora algunas CC.AA., anden ocupadas en celebrar unas olimpiadas de invierno en 2030. Además, con lo que llevamos hablado del calentamiento global y la crisis climática, del deterioro de la salud relacionado, y de otros asuntos inciertos. Hay que leer este artículo de María Gilaberte- Búrdalo y Nacho López-Moreno del Instituto Pirenaico de Ecología CSIC que manda un mensaje claro: el esquí y los esquiadores deben adaptarse a la disponibilidad de nieve, y no al revés. 

Si apetece, en el artículo del Blog La Cima 2030, encontrará algunos argumentos para poner en cuestión semejante empeño. Podría pensarse que no nos afecta el asunto, que se traduciría en un crecimiento económico fundamental y en más cosas buenas y bonitas. Esperemos acontecimientos pero la complejidad ecosocial y la incierta carretera de la economía exigen hacer mucho caso a la voz de la prudencia.  

P.D.: Ahora Madrid parece que resucita su pretensión olímpica, varias veces fracasada, para los JJOO 2036, se supone que con todos ODS completados. ¿O el asunto es un bulo o un pulso político? Vivir para ver.

Ecodependientes, para siempre

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La mirada triste, el lamento amargo de quienes lo pierden todo ante un grave episodio natural, ahora mismo en la isla canaria de La Palma  con la erupción del volcán, expresa en cierta manera la ecodependencia que siempre nos acompañará. Un hecho de estos supone una quiebra en el calendario social de quienes se ven más afectados.

A lo largo de este año hemos visto como ardía California y el noroeste de América, Siberia, Brasil, Australia, grandes extensiones aledañas al Mediterráneo. Antes la borrasca Filomena nos hizo tiritar en enero y convulsionó la vida cotidiana, además de producir graves daños. Haití volvió a temblar. Inundaciones en EE.UU., Alemania, China, India, Brasil, etc. Terremotos en América del Sur o Indonesia. Huracanes y ciclones azotan las zonas costeras de todo el mundo. Qué decir de las danas que se acumulan ahora cerca del Mediterráneo con una frecuencia nunca vista. Por ahí se dice que los desastres naturales se han incrementado casi un 50% en los últimos diez años.Todos estos episodios no hacen sino recordarnos una y otra vez que vivimos en un inestable equilibrio. Por fortuna, los sistemas de alerta han logrado salvar muchas vidas.

Pero hay catástrofes silenciosas, que van minando sin llegar a ser percibidas por la población porque no son tumultuosas. Buena parte de estas están incentivadas por la acción humana. Por no hacer prolija la lista nos referiremos solamente a la contaminación del aire. Las concentraciones atmosféricas de GEI han alcanzado récords en 2020 y van camino de superarlos en 2021. Ayer mismo, la OMS lanzaba una alerta mundial sobre la contaminación del aire y revisaba varios parámetros que afectan gravemente a la salud por sus efectos acumulativos. Hay una crisis climática de incentivación antrópica que tardamos en asimilar y tratar de mitigar sus efectos en la salud. Ver https://twitter.com/WHO/status/1440671322602819596 

Dado que siempre vamos a ser ecodependientes, e interdependientes, no dificultemos más las condiciones que marcan nuestra vida actual y el futuro global. Sería una muestra de la inteligencia humana teñida de ética global.

Movilidad sostenible en un mundo hiperviajero dominado por los objetos

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Movilidad sostenible es permanecer un rato sin moverse, pensando lo viajera que es o no nuestra vida. También preguntarse cosas tan sencillas como; a dónde nos vamos a dirigir después y en qué medio de transporte; si utilizamos a menudo los pies y piernas que nos llevan a muchos lugares o acaso preferimos hacerlo en un medio de locomoción; a dónde va esa camiseta que tiramos a un contenedor que a su vez hizo un largo viaje hasta llegar a nuestra casa; de dónde vienen las cosas que comemos y el viaje largo o corto que hemos hecho para aprovisionarnos; anotar las veces que compramos por Amazon y esos sitios aunque sea una bagatela que no necesitamos; si en alguna ocasión el deseo de aventura nos ha llevado lejos en low cost; si cierto día nos dedicamos a contar el número de personas que viajaban en un coche y calculamos la media; las veces que utilizamos el vehículo personal para cosas innecesarias; si nos parece bien o mal esos megaaeropuertos que hay por el mundo y ahora quieren construir en Barcelona y Madrid; si pagaríamos la gasolina al precio que fuera con tal de tener la libertad de ir donde queramos en cada momento; si la movilidad tendrá algo que ver con lo del cambio climático; si la salud y la movilidad están relacionadas; si el lugar donde vive aprobaría o no en movilidad sostenible; si le cuesta mucho poco practicar la ciudadanía sostenible en una movilidad responsable; si antepone el disponer de cualquier cosa de inmediato al desplazamiento sostenible para lograrlo, etc. Por último, ¿cómo definiría movilidad? Lo de responsable es cosa suya.

Seguro que después de responder a estas preguntas y otras muchas podremos participar con más fundamento en la Semana Europea de la Movilidad. Tenga siempre en cuenta  cuando acabe el sonido de las bellas intenciones y el ruido del lavado de cara de la semana si la vida seguirá en un circunloquio permanente.

Caso de que no le apetezca, le invitamos a leer despacio y pensar aquello que dijo Jean Baudrillard, filósofo y sociólogo francés (1929 – 2007) y feroz crítico de la sociedad de consumo, que veía la movilidad desde la esfera de los objetos y necesidades:
„El mundo de los objetos y de las necesidades será así el de una histeria generalizada…, en el consumo, los objetos se convierten en un vasto paradigma donde se declina otro lenguaje, donde habla otra cosa. Y podría decirse que esta evanescencia, que esta movilidad continua que hace imposible definir una especificidad objetiva de la necesidad …, que esta huida de un significante al otro, no es más que la realidad superficial de un deseo que es insaciable porque se basa en la falta y que este deseo, por siempre insoluble, es lo que aparece representado localmente en los objetos y las necesidades sucesivas.“

Se nos ocurre una pregunta después de leer esto: ¿La movilidad se consume o se consume movilidad?

Amargores veraniegos para el mundo ecosocial

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Nos refugiamos en el verano para huir de los desastres anteriores. Pero sin darnos cuenta se asomó el apocalipsis del mundo. El colapso no viene en forma de meteorito, como aquel que se llevó a los dinosaurios hace unos 66 millones de años. Hoy las amenazas son más sutiles o distintas. Las advertencias del tiempo pasado ahí están en forma de dilemas del presente: olvidos éticos, desastres ambientales, récords de temperaturas que se quedarán en anécdotas, evidencias científicas, disgresiones políticas y desigualdades crecientes, entre otras. El miedo atenazó meses pasados por momentos con episodios muy sonados por su intensidad y recurrencia. Pero en verano los nubarrones se disipan pronto, aunque descarguen tormentas y agobios por el calor. Las emisiones olímpicas alejaron al medioambiente de nuestras ataduras mentales.

El verano no consiguió limpiar la(s) crisis ambiental(es). Quedaron en forma de incendios en los países ribereños del Mediterráneo, en California o Siberia y sequías varias. Anteriormente en inundaciones porque los ríos quisieron recuperar sus cauces usurpados. Las máximas mandatarias europeas Der Leyen y Merkel se acordaron momentáneamente del cambio climático. Pero pasó el ruido mediático y la preocupación se disipó.La malla mediática apenas se hizo eco del deshielo de Groenlandia o de las liberaciones gaseosas del permafrost en Siberia. Otros iconos veraniegos acapararon la audiencia, como la publicación del informe del IPCC culpando a los humanos del desatino climático, pero su eco se apagó enseguida. O el caso anunciado de Mar Menor muerto.

Lo que dicen los aguafiestas, por más que sean científicos o ecologistas razonadores, no es bien recibido. No hay nada mejor que taparlo con todo un santoral de iconos placenteros alejados de los daños ambientales. La gente recuperaba la playa y las vacaciones en la liberación pospandémica. Casi al final ha estallado el drama social de Afganistán, que también es medioambiente con borrones humanitarios difíciles de digerir.

Continuará aumentando la fragilidad del medioambiente ecosocial y después…

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«Helibike» en la montaña y otras ligerezas deportivas

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La práctica deportiva es una medida saludable como pocas. Pero realizarla en cualquier lugar tiene sus conques. En particular para el enclave donde se lleva a cabo. La gente del Pirineo aragonés está muy airada por la maniobra «deportiva» que supone subir a gente a bordo de un helicóptero a un pico para que desde allí se lance cuesta abajo en bicicleta. Imaginamos que las personas que se deslizan a toda marcha verán satisfecho un reto determinado. Eso defienden las empresas que publicitan estos cuestionados viajes. Existe el precedente de aquel «descenso brutal» que realizaba el conductor de un programa televisivo por Benasque. Dicen que contaba con permisos del Gobierno de Aragón.

El respeto a la naturaleza y sus biodiversos habitantes debe primar antes que la descarga de adrenalina en los enclaves singulares. Durante este verano, la gente se ha lanzado a tropel por ciertos lugares de los Pirineos que gozan de fama por su riqueza natural. Casi se formaban colas como aquellas del Everest. Las afecciones que provocan en los enclaves pesan más que el posible beneficio para la salud humana. Por supuesto que la naturaleza está para disfrutarla, pero con algunas prevenciones. De hecho, una parte de quienes van por allí a expansionarse o superar un reto personal lo hacen sin el equipamiento adecuado, incluso por el glaciar del Aneto. Aumentan año tras año los rescates de la Guardia Civil de Montaña en toda España. 

Para nada es una veleidad deportiva transitar por las redes de senderos que existen en todas las comunidades. Permiten una captura emocional sosegada de la naturaleza y sus habitantes. Hoy se puede obtener suficiente información en Internet sobre ellas. Si vienen a Aragón dense una vuelta antes por «Chino Chano«. Allí encontrarán explicadas de forma amena rutas para todas las edades, gustos y necesidades. Esto sí que es deporte saludable sin prisas. Un reconocimiento desde aquí a sus responsables y al guía senderista. Somos conocedores de que hay otros canales, televisivos o no, que enseñan recorridos pausados en otras comunidades autónomas y en Europa.

Al paso que vamos, nada quedará en paz con eso del deporte extremo, tan de moda últimamente. Nos nos extrañaría que se programasen carreras de drones que surcasen todos los picos famosos del mundo (o lagos, o cuevas, o lo que sea) para poner un banderita. Por cierto, las autoridades que deben regular toda la expansión lúdica en la naturaleza, sea deportiva o no, han de estar atentas. 

Sí al derecho a la práctica deportiva en la naturaleza, pero según y cómo.

Desde el espacio, el clima terrícola despierta curiosidades y lanza amenazas

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Vuelo muy alto para ver el planeta entero. Para imaginar el reto cambiante de lo vivo. Para entender un poco las imágenes que dicen que demuestran lo del cambio climático. Desde tan lejos no veo personas, pero sí sus rastros en el suelo. El aire se me hace imperfecto en su comprensión. El Planeta se mueve, lo sabía Galileo. El planeta en una conjunción que se conjuga consigo mismo. Pero no solo. Al mismo tiempo tiene complementos humanos, más o menos concordantes. ¿Lo verían de igual modo los dioses griegos que sabían alejarse hasta el infinito?
El planeta de El Principito resultaba enigmático. Tan pequeño y difícil de abarcar. La Tierra, con sus ropajes de agua y aire resulta bella. Así es para quien la mira en positivo porque la belleza se busca dentro de sí mismo. La Tierra acoge el mundo de las relaciones, que le confeccionan sus ropajes. Cambia de moda y a la vez permanece desnuda. 
Desde lejos, esta esfera parece querer decir algo. La miro una y otra vez en las imágenes de la ESA, sin salir de ella. Me paseo por sus distintas entradas y no dejo de maravillarme. A cada una de la imágenes, alarmantes o no, le pongo un título de película: Amanece que no es poco, Apocalipsis trescientos, Los grandes dictadores del consumo, Alicias maravillándose, El amor en los tiempos del cambio climático, Gravity pero mucho, La conquista del oeste de algo que gira hacia el este, En busca del fuego, La quimera del agua, Odisea 2030, El clima del carbono no es para el verano,  y así hasta llenar la infinita página de los deseos no satisfechos.
¿Dónde estarán los dioses que “crearon” el planeta sin asegurarle un clima perfecto, universal y para siempre?  Se olvidaron de que debían acondicionarlo para las personas y las otras biodiversidades. La sucesión temporal hizo de las suyas; millones de años es mucho tiempo. Ahora tenemos delante un menguante calendario. Los humanos se pusieron en su contra. No se sabe la razón.
Con todo me pregunto qué hago yo para cambiar el clima. ¿Quedarme en el espacio o volver a la Tierra? Personas y meteoros se miran con desconfianza.